El Mayordomo de un Noble

Summary

Si Arthur Kirkland no lo hubiera perdido todo nunca lo hubiera conocido, entre las frías y nevadas calles de Londres, enamorándose perdidamente de aquellos infinitos ojos azules que lo invitaron a seguir viviendo. Aunque no se percataría enseguida, menos aun en una sociedad en donde las relaciones entre personas del mismo sexo estaba mal vista, algo muy común en el siglo XIX. ¿Qué le depararía el destino con el transcurso del tiempo si debía servir a un inventor americano algo peculiar? _____________________________ Los personajes pertenecen originalmente a Hidekaz Himaruya.

Genre
Drama
Author
FerFFC
Status
Ongoing
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
18+

CAPÍTULO 1

Después de varias semanas de estar sirviendo como un respetable mayordomo de un magnate multimillonario, Arthur se había acostumbrado a realizar la limpieza y cumplir con los caprichos de su amo. Aunque a pesar de su mejoría en sus habilidades de mayordomo, aún era bastante torpe y tendía a equivocarse en diversas ocasiones.

Al ser la primera vez que realizaba tareas de este tipo, no sabía por dónde empezar o cómo debería hacerlas. Anteriormente él había sido poseedor de una gran fortuna, pero debido a una recesión económica perdió todo lo que tenía hasta haber llegado al punto de vagar por las calles en busca de comida en los basureros.

-El té de la tarde está servido, mi señor – Arthur había entrado a la habitación con un porte refinado después de haber llamado a la puerta.

-Estoy en medio de un gran experimento, no me interrumpas – soltó rápidamente Alfred detrás de su elegante escritorio.

El mayordomo ya se había acostumbrado a aquella clásica respuesta y en esperar en uno de los rincones de la habitación a que el excéntrico rubio gritara maravillas de su recién y más novedoso invento al fin terminado.

¡Soy un genio, Arthur! ¡Te lo digo de corazón, esto revolucionará al mundo entero!

Se despegó unos segundos de su trabajo para dar un sorbo a su té, pero en cuanto sus labios tocaron aquel líquido, escupió e hizo volar la taza por los aires.

¿Qué es esto; agua de alcantarilla? – Alfred limpió sus labios con la manga de su camisa – Necesita cinco kilos más de azúcar para que sepa a algo bueno.

Pero señor – inquirió Arthur ligeramente irritado por el comportamiento caprichoso de a quien servía – siempre he preparado el té de esta manera y es la primera vez que se ha quejado.

No puedes engañar a mi paladar, Arthur, es demasiado refinado para comida de tan poco nivel. ¡Oh por dios! ¡Parece que va a explotar!

Corrió de vuelta a su experimento al ver cómo salía cierto vapor de la máquina y esta comenzaba a sacudirse. Trató de nivelar la temperatura, apretó engranes y cambió piezas, pero ahora este invento producía un silbido sordo.

¡Todos al suelo! – gritó Alfred mientras se arrojaba detrás de un sofá a la vez que obligaba a Arthur a ocultarse con él.

Arthur había caído debajo de Alfred, el cual lo abrazaba para protegerlo de cualquier consecuencia que pudiera causar la explosión del experimento. El inglés por un momento sintió un estremecimiento al tener el cuerpo de aquel loco inventor encima suyo.

La distancia que los separaba le permitió al mayordomo percibir su esencia a aceite, colonia y un reguste a metal. Tenía el cabello desacomodado y la camisa remangada, lo que le permitía observar los fuertes brazos que lo rodeaban.

Por un momento sintió como si su corazón hubiese empezado a latir más rápido, le fue difícil respirar, desvió la mirada de aquellos relucientes océanos que lo observaban con intensidad.

Arthur se exaltó al escuchar el estruendo que causó la máquina después de haber explotado.

Todavía hay que añadir algunos ajustes – se levantó casi de un salto y se aproximó al montículo de tuercas y remaches destrozados.

¿No sería más conveniente practicar este tipo de actividades en algún otro lugar de la casa? – reprochó casi irritado después de observar todo el desastre a su alrededor.

¿A qué te refieres? – tomó uno de los pequeños sándwiches y se lo comió de un mordisco.

¡Las alfombras están arruinadas, las cortinas quemadas y es la sexta vez en esta semana que he tenido que cambiar la funda de los sillones! ¡Sin mencionar lo difícil que es sacar la mugre del tapiz sin dañarlo! ¿Y cuándo aprenderá a comportarse con refinamiento? ¡Si usted es un conde debe comportarse como tal!

La etiqueta no importa en este mundo si nadie te está observando, querido Arthur – habló con soltura. En un parpadeó su rostro pareció oscurecer – Pero me parece que no estás en posición de reñirme – nuevamente su semblante se iluminó – como sea, en ocasiones es más divertido discutir contigo a que siempre estés estirado y recto. Es tan aburrido cuando pareces una máquina.

Bostezó y se estiró por el cansancio.

¿Cuánto tiempo llevo sin dormir?

Alrededor de 18 horas – contestó Arthur mientras recogía todos los pedazos metálicos esparcidos por el suelo. - ¿Desea que prepare su alcoba?

No, tengo una reunión en unas horas. Prepara mi mejor traje y tu mejor sonrisa.

¿Señor? – se escuchó consternado.

Limpiaras esta habitación más tarde, hoy vas a acompañarme.

Partieron en un carruaje que traqueteaba entre las adoquinadas calles de la ciudad. El sol del mediodía se encontraba ocultó entre las grisáceas nubes, el barullo de la gente repicaba en un suave eco.

Te lo he dicho muchas veces, detesto viajar en carruaje, lo único que provoca es entumecimiento – se quejaba el conde con cada rebote del carruaje – en cambio deberíamos viajar solo en caballo, es mucho más emocionante, me sentiría como esos héroes solitarios que galopan hacia el horizonte.

Si tanto desea montar, debería practicar equitación. Aunque probablemente no podrías porque se requiere de mucha habilidad – terminó su frase burlando socarronamente.

Alfred lo miró desafiante, como si formulara un plan a toda velocidad, un semblante de victoria corrió por su rostro.

Alista en mi agenda a un instructor de equitación para mañana, te enseñaré de lo que soy capaz, hadita.

Arthur se aturdió al escuchar la última palabra, sonaba tan empalagosa y tan fuera de lugar.

¡No te atrevas a ponerme apodos raros! No es digno de un caballero. – se cruzó de brazos indignadamente. – Y no pidas imposibles, ¿cómo voy a encontrar a un instructor para mañana?

La puerta del carruaje se abrió, dejando a la vista al chofer, más allá de él se encontraba una construcción monumental, miles de pilares se alineaban hasta donde la vista alcanzaba a divisar, una fuente decoraba el patio principal; el cual tenía matices verdosos en todo lo amplio del terreno, los árboles y arbustos mantenían un tamaño estándar, cada uno de los adornos y decoraciones contenían un aire francés.

Arthur fue el primero en salir del carruaje, se acomodó junto a la puerta y extendió la mano para que su amo pudiera usarla de soporte para bajar.

Alfred la rechazó sin reparar en ella, caminando de largo hacia la glamurosa escalera que llevaba al interior del edificio.

Un sirviente les indicó el lugar donde se encontraba su amo, subieron por tantas escaleras que era sorprendente que conservaran el aliento, pero finalmente llegaron al sitio de la reunión.

Usted debe ser el conde Jones – sonrió el francés dentro de la habitación.

Por favor, llámeme Alfred, no hay que ser tan formales si planeamos trabajar juntos, marques Francis.

Esplendido, puede tomar asiento – Francis miró de reojo al inglés que estuvo siguiendo todo el camino al conde. Alfred reparó en ello.

Si no le molesta, quisiera que mi mayordomo se quedara a escuchar, su opinión es muy valiosa para mí.

Arthur se sobresaltó, ¿desde cuándo a Alfred le interesaba su opinión? Algo estaba planeando y no podía ser bueno.

En caso de que sus experimentos salgan bien, obtendremos una gran ganancia en el mercado, pero no hay nada que pueda confirmarnos que no será solo una perdida para nosotros – comenzó a hablar Francis en la reunión.

Puedo comprender su preocupación, estos proyectos tienden hacer algo costosos para el bolsillo del explorador, ¿pero quién no ha deseado transportarse por otro medio que no sean carrozas? Imagine las probabilidades, miles y miles de este nuevo objeto llenando las calles de Londres, de París, Nueva York. Conquistaremos al mundo con este proyecto. Sin embargo, no poseo los recursos necesarios para impulsar esta investigación yo solo, por lo que necesito de su pronta colaboración.

Alfred manejaba las palabras con soltura, el rostro de Francis cambió unos segundos, dejándose llevar por la idea de llenar sus bolsillos.

¿De cuánto porcentaje en ganancia estamos hablando? – el marques acarició su barbilla pensando.

Mucho más de lo que poseen ahora.

Las negociaciones continuaron, pareciendo que habían llegado a un acuerdo que beneficiara a ambas partes.

De regreso en la mansión del conde. Arthur ayudó a ponerle los pijamas, llevaba casi todo el día despierto y a Alfred le costaba mantener abiertos los ojos por el cansancio.

Detesto lidiar con este tipo de negociaciones – se le escapó a Alfred mientras se acomodaba dentro de la cama - ¿pudiste notar algo inusual?

¿Señor?

Te llevé porque anteriormente habías sido un conde, así que deberías saber analizar este tipo de situaciones, ¿qué te pareció el trato que fue hecho?

Me parece que el marques Francis está ocultando algo.

Entonces no fui solo yo. Acércate.

El mayordomo se aproximó junto a su conde, Alfred obligó a Arthur a acostarse a su lado abrazándolo, mientras el inglés ponía resistencia ante aquella extraña acción.

¡Suéltame, imbécil!

Pero por más que luchaba no podía deshacerse de su agarre.

Alfred rodeó a Arthur con las piernas para que no pudiera escaparse, empezó a recorrer sus brazos deshaciéndose de la estorbosa camisa de su mayordomo, acarició sus mejillas, sus dedos rozaban el torso desnudo del chico que había empezado a temblar, bajó más hasta encontrarse con las piernas del rubio de ojos esmeralda. Parecía que buscaba trazar un plano del cuerpo de Arthur. Alfred se acercó por detrás del oído de Arthur e inhaló para poder percibir el olor de su cabello.

Sensaciones extrañas comenzaron a recorrer el cuerpo de Arthur, tuvo que apretar los labios para no dejar escapar un gemido, la resistencia que había estado poniendo se debilitó. Su corazón latía rápidamente, su pecho subía y bajaba casi frenético sin ninguna sinfonía.

De repente, las caricias frenaron.

Puede ser que tu cuerpo sí sea perfecto para eso después de todo – dejó escapar Alfred con su último aliento antes de caer dormido.