Un Obsequio para el Mafioso

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Summary

Un hombre excéntrico, convencido de su invulnerabilidad e indomabilidad, recibe como obsequio a una mujer que desatará en él una obsesión peligrosa, más intensa de lo que jamás imaginó. Un mafioso, acostumbrado a controlar cada aspecto de su vida, se enfrenta a la que se convertirá en su perdición: ella. Un enigma que desafiará no solo su poder, sino también sus pasiones más oscuras y sus deseos más profundos. En medio de una guerra imparable, donde la lealtad y la traición se cruzan, todo lo que creía conocer comenzará a desmoronarse, poniendo en peligro a todos los que lo rodean.

Status
Ongoing
Chapters
13
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Capítulo 1

Al levantar la mirada y encontrarme con mi reflejo, me quedó inmóvil por unos segundos. La falta de sueño y el peso del estrés se entrelazaban, clavándose como sombras persistentes. Sentí cómo la ansiedad me envolvía, como si una oscuridad implacable estuviera tragando cada rincón de mi vida.

Cerré el grifo al terminar de limpiar la sangre de mis manos. Justo entonces, la puerta del baño del club se abrió con un golpe violento. Permanecí sereno, sacando suficiente papel para secarme las manos.

—¿Qué demonios hiciste, Esteban? —exclamó Owen, con la mandíbula tensa de incredulidad.

Se acercó al cuerpo tirado en el suelo, comprobando el pulso.

—Necesitaba la información —contesté, sin inmutarme.

—Maldito idiota —masculló, furioso—. Haberlo hecho así solo nos traerá problemas.

Rasgó la camisa ensangrentada de Emilio, revisando las heridas profundas que le hice con la tijera. Emilio tosió débilmente, escupiendo más sangre. El rostro de Owen se endureció al darse cuenta de la gravedad.

—Busca mi maletín —ordenó, mientras intentaba contener el sangrado—. Si no, este tipo se desangra aquí mismo.

Lancé el papel ensangrentado al basurero y lo miré, indiferente.

—Tengo la información —dije—. Olvídate de él.

Owen se acercó a un tirón, agarrándome de la camisa y acercando su rostro al mío.

—Escúchame bien: o traes el maletín, o te dejo tirado junto a él, a ver si así logramos enterrar esta enemistad con su padre —sus ojos llameaban—. ¡Ve! Joder.

Con una calma burlona, ​​aparté sus manos y me arreglé la camisa antes de salir sin apuro. Al abrir la puerta, el estruendo de la música del club me envolvió de nuevo. Mientras caminaba hacia la salida, envié un mensaje a Theo: tengo los códigos, pero no nos iremos hasta que Owen termine su papel de doctor.

Vi a Theo captar el mensaje desde la distancia. Levantó la vista, recogió sus cosas y se dirigió al baño.

En cuanto a Emilio, su vida me resulta insignificante. Es el hijo del mafioso que nos ha atormentado durante los últimos tres años. Su familia asesinó a una docena de nuestros hermanos Roussous solo para adueñarse de un cargamento destinado a Italia. Hasta nos enviaron sus cabezas desfiguradas como macabra advertencia. Desde entonces, un eco oscuro retumba en mi mente, uno que solo se apaga cuando ofrezco algo a la muerte. Hoy, al tener frente a mí al hijo de nuestro enemigo, mis hermanos caídos no me habrían perdonado que dejara pasar esta oportunidad de hacerlo sufrir.

Regresé al baño con el maletín de cuero. Owen, ansioso, comenzó a limpiar y coser las heridas. Me resulta increíble que trabaje mejor bajo los efectos de la droga que sobrio.

—Esto es un asco —murmuró Theo, arrugando la cara al ver a Owen trabajar, hundiendo la aguja en la carne y haciendo nudos rápidos. Theo regresó la vista a su laptop, tecleando cada dígito que le dictaba. Al cabo de unos segundos, el mapa se desplegó, mostrándonos la ruta de cientos de kilos de cocaína ocultos en latas de leche. El dinero que nos quitaron volverá a nosotros, multiplicado por cuatro.

Bárbara

Estoy desnuda frente al espejo, observando a la mujer que toma con precisión cada una de mis medidas: los brazos, el busto, la cintura, las caderas, los muslos. Finalmente, sale del vestidor y me da permiso para vestirme.

—Es perfecta…

La escucho murmurar mientras, en otra conversación, describe las medidas de mi cuerpo, comentando también sobre mis labios carnosos y mis ojos rasgados de pupilas grises. Me conoce mejor de lo que yo misma me reconozco.

Llevo dos años sin ver un atardecer, encerrada en una jaula de paredes grises. Mi mundo se reduce a esta sala, donde una gran pantalla me enseña modales y defensa personal, como si me estuvieran moldeando para convertirme en una dama peligrosa.

Hace dos años:

—Vendida en medio millón a la una, dos…

—Ofrezco un millón —dijo un hombre mayor, poniéndose de pie—. Mejor aún, tres millones. No tengo paciencia para estas cosas.

El público quedó en silencio; algunos miraban sorprendidos por la oferta, otros susurraban, emocionados.

—Tres millones de euros a la una, dos, tres… ¡Vendida al señor Julián Roussous!

Los aplausos se estallaron, como si se tratara de una gran hazaña. Julián esbozó una sonrisa apretada, sus ojos me observaban con una frialdad maliciosa.

Desde entonces, no volví a verlo. Me encerró como a un ratón de laboratorio, obligándome a convertirme en alguien completamente distinto. Con el tiempo, llegué a olvidar quién era antes de caer aquí. Me envenenan la mente, me someten a maltratos físicos y verbales, todo para endurecerme. A veces siento que estoy en una versión macabra de los Juegos del Hambre. Hay momentos en los que pierdo el control y termino sedada.

Pero, a través de todo este infierno, me aferro a una única certeza: el día que logre salir de aquí, buscaré a ese hombre y lo mataré con mis propias manos.

—Puedes salir, Bárbara —me informa la mujer que, durante estos años, ha visto hasta los rincones más ocultos de mi alma.

Al salir, busco con la mirada a la persona con la que hablaba, pero no hay nadie más.

—¿Para qué me están preparando? —pregunto.

—Pronto lo sabrás. Solo asegúrate de seguir siendo buena y perfecta —dice, dejando la cinta métrica sobre el escritorio gris—. Hoy será tu último día aquí. Cuando salgas, tu única prioridad será cumplir con lo que se te ordene.

—¿A dónde me llevarán? —pregunto, cubriéndome con rapidez.

—A Santorini —responde, acercándose.

Desliza su dedo desde el centro de mi pecho, erizándome la piel. Sé que le gusta ver cómo mi cuerpo responde a su toque. Se acerca aún más, y me pongo tensa. Aunque ella es la encargada de este lugar y controla a todas las mujeres aquí, nunca antes me había tocado de esta manera.

Siento el roce de sus labios en los míos y me quedo inmóvil. Ella se aleja un poco al notar mi falta de respuesta.

—Bésame —me ordena, en un tono sensual—. Quiero estar seguro de que has aprendido bien.

Trago saliva con esfuerzo. Me han enseñado cómo complacer a un hombre en todos los sentidos, aunque todas las prácticas han sido con mujeres. Humedezco mis labios y me atrevo a besarla. Ella introduce su lengua y profundizamos en el beso, hasta que intento desabotonarle la camisa.

—Es suficiente —dice, apartándose con un suspiro.

Se limpia las comisuras de los labios, tratando de recuperar la compostura. Los guardias me escoltan de regreso a mi habitación y, al cerrarme, la pantalla gigante en la pared se enciende nuevamente.

Esta vez habla de una familia poderosa involucrada en negocios turbios de Grecia, una red de crimen organizada y tráfico. Permanezco de pie frente a la pantalla, observando las fotos de los hombres tatuados con un águila en la espalda. Empiezo a sentir miedo.

Doy un paso adelante para ver de cerca la foto frontal de uno de los hombres, un desconocido de aspecto griego que despierta en mí una atracción visceral. Es hermoso. Me detengo a observar sus ojos azul oscuro, su barba perfectamente perfilada y sus labios sensuales.

Leo la información junto a sus fotos:

EstebanEdad: 33 añosAltura: 1,90 mPeso: 92,3 kg

“Es perfecto”, pienso, tocando la imagen. De repente, la pantalla cambia, mostrando letras rojas:

“Si no cumples con tu objetivo, morirás”.

La pantalla se apaga, y entonces miré hacia la cámara encendida en la esquina.

— ¿¡Cuál es el objetivo!? —pregunté en voz alta—. ¿¡Cuál es el maldito objetivo!?

Esteban

El juego terminó de la forma más brutal: asesinado por Theo, otra vez. Sentí una oleada de rabia recorriéndome; por cuarta vez consecutiva había perdido. Sin pensarlo, lancé el control contra el suelo, los nudillos apretados. Agarré el vaso de whisky y lo apuré de un trago, el líquido quemándome la garganta como si eso pudiera borrar la frustración.

—Deberías relajarte un poco más —comentó Selene con una sonrisa que se esforzaba en disimular la burla—. Es solo un juego.

—Que te jodan —espeté, lanzándole una mirada fría.

Me levanté dispuesto a romper la consola, pero recordé que se la he regalado recientemente a Theo.

Caminé hacia el balcón, en busca de algo que disipara la furia latente. La vista era inigualable: desde aquí, la lujosa mansión en Santorini dominaba el paisaje agreste de la isla. La casa, construida en piedra, parecía fundirse con la naturaleza salvaje que la rodeaba. Es un lugar privado hasta el extremo, con su propia entrada y una piscina climatizada al aire libre que reflejaba el cielo, las piedras volcánicas blancas, rojas y negras extendiéndose hasta el borde de la playa.

A lo lejos, los guardias patrullaban con armas visibles, vigilando cada rincón de nuestra fortaleza. Verlos es un recordatorio constante de quiénes somos y del peso que nuestro apellido traía consigo.

Los Roussous. Una familia con una reputación tan letal como el acero de una navaja. Para el gobierno, somos empresarios respetables; para el resto, somos asesinos sin misericordia.

Bárbara

Terminaron de vestirme y colocaron un espejo frente a mí. Llevaba puesto un vestido camisero de piel sintética y tacones negros, un conjunto que me hacía parecer la esposa de un mafioso.

Las puertas se abrieron, dejando que la brisa del cielo gris me envolviera. Respiré profundo, disfrutando el clima nublado. A lo lejos, distinguí un avión privado de color rojo vino, del que descendieron una mujer y el hombre que me había comprado: Julián Roussous, acompañado de tres hombres armados.

—Soy Delia Roussous, y él es mi esposo, Julián —dijo la mujer.

Permanecí en silencio, sin apartar la mirada de Julián, que me observaba con la misma intensidad. Había supuesto que me había comprado para abusar de mí, para consumir mi voluntad hasta el agotamiento.

—A partir de hoy serás parte de la familia Roussous —anunció Delia.

—Yo no tengo familia —respondí, con dureza—. Me abandonaron al nacer en la puerta de un orfanato.

Delia sonrió ante mi respuesta y miró a su esposo.

—Al parecer, será como imaginamos —comentó Julián, con una leve sonrisa—. Recuerdo que Selene también fue un dolor de cabeza. Solo espero que este plan funcione.

—Llévensela —ordenó Delia.

Los hombres armados se acercaron con calma para sujetarme, pero reaccioné al primer toque y golpeé a uno en la nariz. En un instante, las armas de los otros me apuntaban. Asustada, levanté las manos en señal de rendición.

La mujer, con una sonrisa irónica, dio un paso hacia mí, y me acerqué hasta quedar frente a ella.

—Voy a asesinarla a usted y a toda su familia —le susurré, en tono sereno.

Poco a poco, esa sonrisa desapareció de su rostro.

Esteban

Cuando me avisaron de la llegada de mis padres, abandoné el balcón de inmediato para recibirlos de la manera acostumbrada. Me uní a la línea junto a Owen, Theo y Selene, las manos hacia atrás y la cabeza en alto. Sentí el peso de la disciplina familiar en cada paso. Al instante noté la expresión preocupada de Delia; algo no estaba bien.

—Felicidades, parece que Seth ha aprendido que lo ajeno se devuelve —comentó Julián con un brillo de satisfacción en sus ojos.

—Deberían felicitar a Esteban —añadió Owen, con su voz tan seria que helaba—. Cada dígito de la información costó una puñalada al hijo de Seth, Emilio.

Los labios de mi padre se tensaron, y su rostro reflejó algo entre la sorpresa y la repulsión. Detesto esa expresión de terror como si fuera la primera vez que viera lo que soy capaz de hacer. Solo fueron doce dígitos; un precio justo, pensé.

Julián avanzó hasta quedar frente a mí, sus ojos clavados en los míos.

—Está vivo —informé, manteniendo la frente en alto, sin desviarle la mirada.

Sin previo aviso, la mano de mi padre cruzó mi rostro en una bofetada seca. Mi cabeza giró por la fuerza, pero despacio volví a mirarlo, manteniendo el gesto sereno. Sabía que no debía demostrar ni enojo ni debilidad; el respeto absoluto hacia mi sangre era algo que jamás podía romper.

—¿Cómo te atreviste? —gruñó—. ¿Quieres guerra? Nunca pensé que te tomarías el papel de mafioso tan en serio, Esteban.

Mientras mi padre seguía hablando, mis oídos se cerraron para él; toda mi atención se desvió a la mujer que trajeron a la fuerza. Sus gritos, en un idioma que no reconozco, resonaban en el silencio tenso del recibidor. Algo en su furia y en su belleza salvaje atrapó mi mirada. Era una visión de desafío y valentía.

—¿Quién es esa mujer? —preguntó Owen, notando mi distracción.

Julián se ajustó la camisa y le lanzó una mirada evaluadora a la mujer, que ahora se había quedado en silencio al cruzar su vista con la mía.

—Es un obsequio —dijo mi padre, clavándome la mirada mientras exhalaba un suspiro cargado de intención—. Para Esteban.

Fruncí el ceño, intentando entender el significado de sus palabras.

—Por Zeus… —musitó Theo, soltando un silbido divertido.

Ella miraba a su alrededor, desconcertada, como si no tuviera idea de la trampa en la que acababa de caer, mientras Julián sonreía con satisfacción.

—Esteban, desde hoy, Bárbara será conocida como tu mujer —anunció con firmeza.

Mi cuerpo se tensó de inmediato.

—No estoy de acuerdo con esto —protesté—. Ni siquiera la conozco.

—Entonces empieza a conocerla. Te aseguro que es una caja de sorpresas —dijo, dándome dos palmadas en el pecho—. Hijo mío, te irá muy mal si no la aceptas como lo que ahora es en tu vida.

Mi mirada se endureció, mi voz se hizo fría.

—Será un completo estorbo, padre. Si piensas que me dejaré domar por una mujer, estás muy equivocado. No te sorprendas cuando las alfombras de esta casa terminen empapadas de sangre.

La sonrisa de Julián se ensanchó, pero su mirada era tan afilada como el filo de un cuchillo.

—¿Es esa tu amenaza contra la mía?

Tragué con dificultad, esforzándome por no perder el control. Sabía que había una línea que no debía cruzar, al menos no todavía.

—¿Puedo retirarme, padre?

—Por supuesto —respondió, sonriendo de manera casi desafiante.

Asentí, y antes de darme la vuelta, mis ojos se posaron en el “obsequio” que me habían traído. Era hermosa, eso era indiscutible, pero una certeza se afianzó en mi mente: no durará ni dos semanas respirando bajo este techo. No es una amenaza, es una advertencia.