Principios: El rapto del demonio I
Los pasos presurosos resonaban fuertes a través de los espesos y accidentados terrenos dentro del bosque; las hojas crujían bajo sus pisadas, sonando semejantes a las castañas reventando contra el fuego. Le ardían los pulmones y sentía el pulso como tambores de guerra en las sienes, sus piernas se advertían a punto de reventar, sus pantorrillas especialmente eran las que protestaban de cansancio.
Pero no podía detenerse; si lo hacía, con certeza moriría.
No; pensó luego. Si le atrapaban, le harían vivir un infierno antes de permitirle perecer.
Se deslizó sobre una ladera, cayendo descuidadamente sobre sus costados y la cadera le dolió cuando impactó contra el suelo cubierto de musgo qué, lejos de amortiguar su caída, le empapó la ropa; había hecho aquello en un intento desesperado por perder a sus captores. Pero ellos no se detuvieron, ni por la distancia ni por la magia ofensiva.
Saltó por encima de la raíz retorcida de un árbol que brotaba del suelo, adentrándose entre un conjunto de arbustos que le rasguñaron la piel como zarpas afiladas dejando varias marcas alargadas y vivas en su piel. Sus perseguidores eran al menos doce, nueve soldados imperiales y tres Altos Magos del Consejo del Ministerio de Magia de Musutafu.
Su único error, era haber descubierto la verdad. Eso y haber nacido en la casta equivocada.
Debía seguir adelante sin importar nada, a esas alturas cualquier otro reino al que entrase era un riesgo inmediato, pensó; por ende su meta era llegar al único lugar donde el Consejo no tendría jurisdicción inmediata.
A las Tierras Salvajes del Norte, territorio de los bárbaros.
Había descubierto toda apenas horas antes, pasado el medio día; y desde entonces, llevaban siguiéndole. El paso hasta el Valle de Fuego estaba lejos, a día y medio de viaje; pero ante el acecho de la muerte, antes del alba, no solo había dejado Musutafu, sino que ya había cruzado el bosque de Aphodel. Su vista pronto alcanzó a ver lo que los mapas señalaban como el final de la tierra civilizada y el inicio de las tierras salvajes, a dónde sólo los comerciantes iban porque los recursos que ahí se podían encontrar, lo valían.
Usó uno de sus últimos hechizos para hacerse flotar a varios metros de altura y librar el ancho y embravecido río que marcaba el área limítrofe con las tierras bárbaras; sabía perfectamente que era un suicidio adentrarse por su cuenta en aquel lugar, pero era peor no intentarlo. El amanecer comenzó a teñir el firmamento de gris, cuando se dio cuenta de que ya había cruzado la frontera. Los parajes eran diferentes, los árboles eran tan anchos como torres y el aire tenía la esencia de la ceniza y el azufre, pero el verdor de aquella foresta era vibrante, estaba tan vivo que podía sentirlo casi susurrándole en sus oídos.
Se giró para observar sobre su hombro, y justo cuando pensó que los había perdido, los cazadores emergieron detrás de ella, rodeándole finalmente en un quiebre del terreno. Los malditos se habían atrevido a violar la frontera con tal de capturarle, algo que no tenía precedentes. Se mordió los labios por la frustración que hervía en su corazón, mientras la desesperación se apoderaba de toda su faz.
Giró sobre sus talones, explorando el entorno. Estaba exhausta, sentía las piernas como hilachos y sus reservas de maná estaban casi agotadas después de horas de persecución, su espalda se recargó contra un gran muro natural de piedra caliza e irregular, pues había llegado hasta un claro intermedio entre un despeñadero y una pequeña loma, cubierta de maleza dura. Podría saltar al barranco, pero no tenía la certidumbre de que pudiera manejar otro hechizo antigravedad para aterrizar a salvo, pues el fondo del bosque que continuaba por varios kilómetros al norte, no se distinguía bien desde arriba. No tenía caso trepar a la loma contra la que se había atrincherado, porque la distancia entre ella y el suelo sería mayor.
Atrapada. Luego de horas de intensa carrera.
—Ochako Uraraka —la voz emergió de entre los soldados y magos del Consejo, quienes se hicieron a un lado para hacerle paso, ella lo reconoció bien. Era el director de la Academia de Magia, Kai Chisaki, hombre impasible de naturaleza fría—. Has causado muchos problemas esta noche, jovencita —advirtió con una parsimonia que a Ochako le heló la piel, pues si bien el director era un tipo serio pero de apariencia amable, ahora mismo su mirada dorada era gélida y siniestra, carente de cualquier estímulo humano, más aún con esa maldita máscara puesta—. Dame la varita —exigió el alfa, extendiendo su mano hacia ella en demanda.
—No —escupió Ochako, apretándose contra el monte, esperando que con su cuerpo bajito, pudiera cubrir el morral de viaje que apenas había tenido tiempo de tomar.
Lo que el Consejo planeaba hacer no tenía nombre; y ella se sentía sumamente estúpida por haber confiado en Chisaki, en él, en su gente y en su maldito programa para omegas súper dotados; demasiado bueno para ser cierto, recordó con amargura, pues ese había sido el primer pensamiento que tuvo cuando aplicó a la Academia y no solo obtuvo el tercer lugar en los exámenes prácticos, sino cuando recibió la propuesta directamente del director. Y la prueba de que todo había sido un vil engaño, era la varita que había extraído.
—No dejaré que se salgan con la suya —advirtió ella, preparándose para saltar al vacío. Con un poco de suerte, lograría aterrizar sin romperse algo usando la poca magia que le quedaba. Los soldados y el resto de los magos también estaban exhaustos, quizá no podrían seguirle el paso si hacía un último movimiento arriesgado en tierras salvajes.
Pero Chisaki se rió de sus amenazas, emitiendo aquel engañoso sonido que no era cruel, sino amable y engañosamente gentil, que a Ochako ya le provocaba espasmos de horror.
—Niña estúpida, criaturas como tu no son más que simples recursos a administrar y una plaga que enferma al reino; andan libres por ahí, alborotando al resto de las castas —dijo el alfa enmascarado con evidente desdén—. Nosotros vamos a arreglar ese problema.
—El único problema en toda la tierra son aquellos que piensan las mismas abominaciones que tú —replicó Ochako dejando toda gentileza de lado, ya estaba cansada de que la trataran como alguien inferior por su origen y su casta. Pensándolo mejor; si algo de magia le quedaba, quizá podría serle provechosa para intentar provocar un deslizamiento de tierra apoyándose de la magia de gravedad, la pared de roca sobre la cual ella se había acorralado fácilmente podría permitirlo, aunque no le quedaría más magia para escapar.
Bien, era todo o nada.
La sonrisa de Chisaki se desvaneció, dejándola a merced de aquella mirada dura como ámbar; el tipo chasqueó los dedos.
—Atrápenla. No la maten… no le quedarán recuerdos de esto de todos modos.
Los soldados y los magos avanzaron hacia ella. Claro que Chisaki no se molestaría en capturarla por sí mismo, pues a sus ojos, ella era apenas era una muchachita tonta, sin magia y superada por las circunstancias. Ya estaba muerta, lo había estado desde el momento en que robó la Varita de Mando.
Ochako usó lo poco que le quedaba de maná, evocando a la tierra y provocando que el peñasco sobre ellos comenzara a resquebrajarse, causando que sus perseguidores se separaran, pero el esfuerzo la hizo doblegarse hasta que cayó de rodillas, pues había llegado al límite; la vista se le empezó a nublar mientras las rocas seguían abatiéndose encima de ellos. Al paso al que iba, no podría escapar, moriría ahí, lapidada.
«¿Bastaría una tormenta de piedras para destruir la varita?» Se preguntó mientras intentaba, desesperadamente, no desmayarse todavía.
...
Entonces, la tierra se estremeció debajo de todos ellos, pero no por la magia de Ochako.
Ella escuchó una serie de detonaciones cercanas, y un calor abrasador ciñó la loma; de pronto, la vegetación cercana al claro estaba en llamas. La explosión que Ochako había sentido había lanzado a los soldados y a los magos hacia atrás, haciéndolos retroceder todavía más. Hubo otro estallido y Ochako rodó por el suelo, estampándose contra una de las rocas que había caído por la ladera. Como pudo, ella se había protegido la cabeza, mientras aquella cortina de fuego la envolvía como un ser viviente. Al alzar la mirada, todo lo que vio fueron las llamas y el humo, mientras el sonido atronador colmaba sus oídos, dejándolos sordos por un instante.
No era fuego ordinario, constató; aquella lumbre ardía en tonos rojizos y naranjas tan penetrantes, que parecía una masa sólida. Era magia explosiva, alcanzó a reconocer; y era tan poderosa, que las llamas provocadas por aquel poder hacían que el aire oscilara a su alrededor.
Y en medio del infierno, divisó una figura que se alzaba magnánimo entre las cortinas de fuego.
Un hombre.
Medía fácilmente más de un metro ochenta, tenía hombros anchos cubiertos por pesado y largo mando bermejo con gruesa lana en el cuello. Llevaba el torso descubierto y la piel salpicada de sangre fresca; sangre que no era suya, comprendió Ochako con un estremecimiento. El rostro de aquel que emergió entre el fuego la dejó sin aliento, pues sus rasgos eran afilados y crueles, de semblante curtido para ser joven; tenía los cabellos alborotados en una melena puntiaguda y sobresaliente; quizá era debido al brillo de las flamas a su alrededor, pero parecían estar hechos de hebras de oro.
Se miraron y cuando lo hicieron, ella quedó consumida por aquellos luceros como rubíes sangrientos, aquel contacto se le hizo como un segundo que se prolongó una eternidad.
Supo enseguida, que estaba en presencia de un bárbaro del Norte, y aunque todo dentro de su psique le gritaba que huyera, su cuerpo no la obedeció.
El guerrero apartó la mirada primero, y Ochako casi jadeó ante la sensación de pérdida que aquello le produjo, pues esos ojos escarlata fulminaron de inmediato a los invasores con clara intención despiadada.
—¿Quién mierda son ustedes? —la voz del hombre rubio era áspera, con una textura similar a la de las piedras frotándose entre sí. Hablaba el idioma común que hablaban todos los hombres en Avarûn, con un pesado acento del norte, agresivo pero contenido—. Este es mi territorio— escupió con desdén.
—No es asunto tuyo, bárbaro— Chisaki se incorporó hablando con desprecio al recién llegado, evidentemente adolorido e invocando un escudo mágico a su alrededor, pues no era estúpido, tan solo un cobarde como muchos otros que al sentir la opulencia de un poder mayor al suyo, retrocedía con el rabo entre las patas—. Estamos en una misión oficial del Reino de Musutafu. No interfieras.
—Me importa una mierda tu reino —interrumpió el guerrero, en tanto, Ochako alcanzó a ver como las manos del hombre rubio se impregnaban con mil chispas que resplandecían como estrellas—. Estos son mis dominios y aquí impera mi ley, bastardo.
Los soldados y los magos miraron a Chisaki con pánico evidente, porque incluso a través del agotamiento, podían sentir el poder bruto emanando del salvaje aquel. Este no era un mago como los del Consejo o los de la Academia, esto era otra cosa, su poder poseía una cualidad casi animal en su naturaleza. Chisaki iba a protestar algo más, preparándose para pelear; no iba a dejar ir la varita ni mucho menos, dejarla caer en manos de una escoria incivilizada, pero el bárbaro no le dejó terminar el hechizo que había empezado, sino que levantó ambas manos y entonces, una pared de explosiones barrió hacia los cazadores como una ola de destrucción pura. Los escudos mágicos se hicieron añicos y los invasores gritaron de dolor.
Ochako apretó los párpados ante aquel desplante descarnado de violencia, pero no pudo bloquear los ecos de los quejidos de dolor que se cortaban abruptamente. Cuando el silencio cayó, ella abrió los ojos lentamente.
Los perseguidores; Chisaki y los otros estaban muertos.
Sus restos humeaban en el suelo boscoso de aquella loma. Y aquel que se manifestó ante ella como un dios de la guerra, yacía de pie, impasible en medio de aquel pandemonio infernal, limpiándose la sangre que ella le había visto antes, visiblemente irritado.
Una parte de Ochako se horrorizó, porque si bien sus futuros verdugos estaban muertos, ahora estaba a merced de un bárbaro territorial. Había librado a un enemigo, quizá para encontrarse con otro todavía peor.
Pero hubo algo dentro de su ser, que aún estando en el límite de sus fuerzas, no pudo sino maravillarse por aquella brutalidad desalmada.
El hombre se volvió hacia ella y enseguida, de entre las llamas y las columnas de humo que se elevaban hacia el cielo en espirales lentos, emergió una figura inmensa que lo cubrió todo, haciendo temblar el suelo bajo sus pies; la forma gigante tenía alas y unas escamas escarlata que brillaban intensamente con tonos tornasol ante la luz del alba.
Un dragón.
Ochako sintió cómo sus párpados se cerraban contra su voluntad, su cuerpo colapsó de agotamiento finalmente, aferrándose con sus últimas fuerzas a su bolso de viaje.
Lo último que sus ojos registraron fue la forma borrosa de aquel extraño acercándose a ella.
...
Y el mundo se convirtió en un velo negro.