Café Caliente en Tierra Amarga

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Summary

En una finca cafetera asfixiada por las deudas y el machismo, tres hermanas luchan por no ser la próxima moneda de cambio. Mientras una madre enferma calla un secreto de sangre, la llegada de un primo seductor desata deseos prohibidos y grietas en la autoridad del padre. Fuera de los linderos, el acecho de las milicias y la obsesión enfermiza del hijo del alcalde amenazan con destruir lo poco que queda de "La Promesa". En esta tierra, el aroma a café ya no puede ocultar el olor de la traición y el asesinato.

Status
Ongoing
Chapters
18
Rating
n/a
Age Rating
18+

Arribo

La chiva vieja y destartalada subía lento por la carretera destapada, levantando una nube roja de polvo que se metía por todas partes. Eran las 4:40 de la tarde y el sol todavía pegaba fuerte en la montaña antioqueña. Dentro del bus escalera, apretados entre canastos de yuca, gallinas amarradas y varios campesinos sudorosos, iban Margarita Idarraga y su hijo Nahuel.

La chiva frenó con un chirrido oxidado en el cruce conocido como “El Desvío de la Virgen”. El conductor gritó sin bajar:

— ¡Aquí se bajan los de la finca Sastoque! ¡La chiva solo vuelve mañana a las 7 de la mañana y tarde a las 4! ¡Que les vaya bien!

Bajaron. La chiva arrancó dejando atrás solo polvo y el ruido del motor viejo perdiéndose entre los cafetales.

Margarita (42) se acomodó los pantalones anchos color caqui que le llegaban hasta los tobillos, una blusa verde sudada y el pelo corto con canas. Cargaba dos bolsas pesadas (medicamentos y mercado para Rosalina) y un pequeño bolso cruzado.

Nahuel (19) se puso el maletín grande en la espalda, ajustó la correa y empezó a caminar adelante con sus tenis ya sucios de tierra. Camiseta pegada al cuerpo, pelo castaño revuelto y esa cara de energía constante.

El sol bajaba lento entre los cafetales. El camino empedrado subía suave pero constante. Solo se escuchaban sus pasos, algún pájaro y el viento moviendo las hojas de café.

Margarita respiró hondo, sudando un poco bajo los pantalones anchos.

— Tres horas desde Medellín y todavía nos falta esto… — dijo con voz cansada pero firme —. Ojalá tu tía Rosalina esté un poquito mejor esta vez.

Nahuel volteó la cabeza sonriendo, caminando unos pasos adelante.

— Tranquila, ma. Yo cargo lo que quieras. ¿Cuánto falta? ¿Veinte minutos más?

Margarita asintió y siguió caminando detrás de él, mirando la espalda ancha de su hijo y pensando en cómo había crecido tan rápido. Nahuel, por su parte, solo pensaba en llegar, en ver a sus primas después de varios meses sin venir, en bañarse en el río si había tiempo y en explorar un poco los alrededores como siempre hacía.

El techo de teja de la casa Sastoque ya se veía más cerca entre los árboles.

El sol ya bajaba detrás de los cerros, pintando los cafetales de un naranja rojizo. El camino empedrado era estrecho, con surcos profundos por las lluvias y raíces de árboles que se asomaban como venas. A los lados, matas de café cargadas de granos rojos, algunos arbustos de guayaba silvestre y el olor constante a tierra húmeda y monte. De vez en cuando pasaba una mariposa o se escuchaba el canto lejano de un guatín.

Margarita caminaba un poco más atrás, ajustando las bolsas pesadas en sus manos. Los pantalones anchos se le pegaban un poco a las piernas por el sudor.

— Ay, mijo… — suspiró, secándose la frente —. Cada vez que vengo me acuerdo por qué me fui a Medellín. Este calor y estas subidas me están matando. ¿Vos cómo vas con ese maletín tan grande?

Nahuel volteó la cabeza sin dejar de caminar. Sus tenis ya estaban cubiertos de polvo rojo y pequeñas piedritas se le metían por los lados.

— Bien, ma. No pesa tanto — mintió un poco, sonriendo de lado —. Traje ropa, las botas de caucho, la linterna y unas cosas pa’ explorar después. ¿Cómo sigue la tía Rosalina? ¿Le dijeron algo nuevo en el hospital?

Margarita negó con la cabeza, la cara se le puso más seria.

— Lo mismo de siempre, mijo. El cáncer no se va. Yo le llevo más morfina y unos calmantes fuertes. Tu tía es una santa, sigue atendiendo a todo el mundo aunque se esté muriendo por dentro. Y Antonio… bueno, vos ya sabes cómo es él.

Nahuel asintió sin decir nada. El silencio se hizo un rato mientras subían una parte más empinada. El sudor le corría por la espalda y la camiseta se le pegaba al pecho y abdomen.

En su cabeza, los recuerdos empezaron a llegar solos:

Se acordaba de cuando era más pequeño, como de 8 o 10 años, y venía a pasar temporadas enteras aquí. Jugaba con sus tres primas todo el día. Con Nina era fácil: ella siempre quería que le hiciera de papá en la casita de muñecas o que la cargara en la espalda. Con Mina era más de correr monte, trepar árboles y pelearse a veces. Pero con Lina… Lina era diferente. Le gustaba jugar a la casita con ella. Lina siempre era la “mamá”, él el “papá”, y armaban casitas con palos y trapos en el patio. Se acordaba de cómo se reían cuando “cocinaban” con hojas y tierra. Era inocente, pero había algo cálido y especial en esos juegos.

Todo eso se fue acabando cuando Lina cumplió 17 y conoció a su prometido. “Pobre Lina”, pensaba ahora. “Solo la apartó de mí un tiempo, nada más”. No entendía del todo cómo se sentiría ella ahora. ¿Triste? ¿Vacía? ¿O ya estaba más tranquila? No se atrevía a preguntar directamente, pero tenía curiosidad y un poco de nostalgia.

Margarita lo sacó de sus pensamientos:

— ¿En qué pensás tan callado, Nahuel? Mira para el suelo como si hubieras visto un fantasma.

Nahuel soltó una risita corta y se rascó la nuca.

— Nada, ma… Me acordaba de cuando venía de chiquito. Jugábamos mucho con las primas. Especialmente con Lina, jugábamos a la casita y todo eso. Qué raro va a ser verla ahora… después de lo que pasó con su prometido.

Margarita lo miró de reojo, con esa mirada de madre que lo sabe todo pero no dice todo.

— Sí… la pobre Lina ha sufrido mucho. Pero es fuerte. Ya vas a ver cuando lleguemos.

El techo de teja de la casa grande ya estaba más cerca. Se empezaban a oír los perros ladrando a lo lejos y el humo de la leña saliendo de la chimenea. Faltaban unos 8-10 minutos.

El camino se estrechaba más, bordeado de cafetales densos. El sol ya casi se escondía detrás del cerro, dejando una luz anaranjada que hacía brillar el sudor en la nuca de Nahuel. Sus tenis pisaban las piedras sueltas, haciendo crujir la tierra seca. Margarita iba unos pasos atrás, respirando agitada por las bolsas.

Nahuel se quedó callado un buen rato, con la mirada perdida entre las matas de café. Los recuerdos de su última visita, hace ocho meses, le llegaron como oleadas calientes.

En su cabeza:

“La última vez que vine todavía todo era distinto… Mina vivía todavía en la casa grande. Andaba todo el día con cara de pocos amigos, sobre todo cuando Antonio estaba cerca, pero conmigo seguía siendo la misma de siempre: me retaba a carreras, me empujaba cuando jugábamos y se reía a carcajadas cuando yo me caía en el barro. No se había ido todavía a vivir sola afuera del pueblo.”

“El prometido de Lina venía casi todos los fines de semana. Un tipo alto, callado, trabajador. Yo pensaba que era buena gente, solo tuvo la mala suerte de que lo mataran después. Lina se le iluminaba la cara cuando él llegaba en moto. Se sentaban en el corredor hablando bajito, y yo… yo sentía una cosa rara en el pecho. Como si me hubieran quitado algo que ni sabía que tenía. Ya no jugábamos a la casita como antes. Ella ya no me miraba igual.”

“Y Nina… joder con Nina. Se me pegaba como una niña chiquita de cinco años. Me abrazaba las piernas, quería que la cargara en la espalda todo el rato, me pedía que le contara cuentos de hadas y princesas mientras me agarraba la mano. Tenía 17 años ya y todavía actuaba como si tuviera diez. Me incomodaba. Mucho. Sentía su cuerpo ya formado pegado al mío y al mismo tiempo su vocecita inocente diciendo “primo, cárgame otra vez”. No sabía dónde poner las manos, me ponía nervioso y trataba de zafarme sin que se diera cuenta.”

“Pero lo que más me tensaba era la mirada de tío Antonio. Fría, dura, como si me estuviera midiendo. Cada vez que yo hablaba con cualquiera de las primas, sentía esos ojos clavados en la nuca. Como si pensara que yo era una amenaza o un problema. Apenas me dirigía la palabra, solo gruñidos y órdenes. “No te acerqués mucho a las muchachas”, me dijo una vez. Como si yo fuera un perro en celo.”

Nahuel sacudió la cabeza y aceleró un poco el paso, tratando de espantar los recuerdos. El maletín le pesaba más en los hombros por el sudor.

Margarita, que venía atrás, lo llamó:

— ¿Todo bien, mijo? Estás muy callado.

— Sí, ma… — respondió él sin voltear del todo —. Solo recordaba la última vez que vine, hace ocho meses. Todo estaba más lleno… Mina todavía vivía aquí, el novio de Lina venía seguido… y Nina no me soltaba ni un segundo. Qué raro va a ser verlas ahora.

Margarita soltó una risita cansada.

— Han pasado muchas cosas en ocho meses, sí. Ya vas a ver.

La casa ya estaba a menos de cinco minutos. Se oían claramente el perro ladrando y el humo de la leña subiendo recto al cielo. El olor a café recién tostado y a comida en el fogón llegaba débil pero claro.