Capítulo 1
El silencio no era paz; era una mordaza. En la negrura de su mente, la clériga no habitaba un cuerpo, sino una celda de cristal. Sentía el frío absoluto de la manatita lamiendo su piel, una caricia de hielo que le recordaba que ya no era una mujer, sino un objeto decorativo en el corazón de un laberinto.
De repente, la oscuridad se fracturó. Vio el destello de una espada; era Paul, su Paul, con el rostro surcado por la desesperación. Pero la danza de acero terminó en pesadilla cuando una de las cabezas de la Hidra de Manatita lo partió a la mitad. El grito de Rudeus resonó como un trueno de agonía pura.
El crujido de los huesos rompiéndose fue lo que más le dolió. Vio a Paul ser partido a la mitad; su torso volando por el aire mientras la sangre salpicaba el cristal que la contenía. El grito de Rudeus, desgarrador y roto, resonó en sus oídos como un trueno de agonía pura.
—No... Paul... no... —intentó gritar la mujer desde su tumba de vidrio, pero su garganta era piedra.
Entonces, la visión parpadeó. En medio de la carnicería, una mancha de vacío emergió para consumir a su hijo. Zenith sintió un asco visceral; todo lo que amaba estaba siendo devorado por un diseño cruel. Pero antes del fin, el mundo se inundó de un brillo imposible. Un rugido ajeno a este mundo sacudió el templo y una energía cálida como un sol barrió la oscuridad.
Pero antes de que la sombra lo consumiera todo, el mundo se inundó de un brillo imposible.
Un rugido ajeno a este mundo sacudió los cimientos del templo. Una energía radiante, densa y cálida como un sol que no había visto en años, barrió la oscuridad. Vio a un joven, el rubio, con marcas extrañas en las mejillas y envuelto en un aura dorada que hacía vibrar el maná. Bajo ese calor, Paul volvió a respirar y la sombra retrocedió.
Aquel resplandor fue lo que expulsó a la rubia de la obscuridad
Zenith se incorporó de golpe, con el pecho agitado en jadeos erráticos. Su grito murió en su garganta, convertido en un sollozo ahogado que le desgarró las cuerdas vocales. Estaba empapada en sudor gélido y las lágrimas corrían por sus mejillas con una urgencia incontrolable.
—Paul... —susurró con la voz rota, llevando sus manos al vientre con desesperación.
No había cicatrices. No había rastro del frío del cristal. Sus manos estaban entumecidas, pero al palpar su piel, la sintió suave, casi infantil.
Desorientada, Zenith paseó la mirada por la habitación con los ojos muy abiertos. No estaba en el Laberinto de Teletransportación. No había paredes de piedra ni el olor a humedad de Begaritt. Se encontraba en una alcoba amplia, iluminada por la luz suave de una mañana de primavera. El aroma a sándalo y flores de Milis flotaba en el aire, pero para ella era extraño, casi ofensivo.
«¿Dónde estoy? ¿Cómo... cómo he llegado aquí?», se preguntó, luchando contra el mareo.
Se puso de pie con dificultad, sintiendo las piernas ligeras y débiles. Al acercarse al gran espejo de cuerpo entero con marco de plata, el corazón se le detuvo. La imagen que le devolvía el cristal no era la de la mujer que recordaba. Era una niña. Sus rasgos eran más finos, su cabello más corto y brillante; sus ojos azules, aunque inyectados en sangre y nublados por el llanto, no tenían las arrugas del cansancio ni de la maternidad.
Retrocedió, tropezando con un pequeño escritorio de madera noble. Sus dedos rozaron un objeto de papel y, con manos temblorosas, lo tomó. Era un calendario oficial de la Iglesia de Milis.
Sus ojos recorrieron los números hasta fijarse en la fecha marcada.
—No... no puede ser —su voz fue apenas un hilo de aire.
Faltaban años. Años para el Incidente de Teletransportación. Años para conocer a Paul. Estaba en Millishion, en la mansión Latreia, en el año de su decimoquinto cumpleaños. El día que tanto había odiado en su juventud, el día en que su madre planeaba sellar su destino con un matrimonio político, era el día en el que acababa de despertar.
Se abrazó a sí misma, temblando violentamente en medio de la opulencia de su habitación. Había regresado. Pero ya no era la «Señorita Modelo» que su familia esperaba. Era una mujer que cargaba con el luto de una vida que aún no había sucedido y el terror de una presencia blanca que la observaba desde las sombras del tiempo.
—No fue un sueño —murmuró, limpiándose las lágrimas con rabia mientras fijaba la mirada en el horizonte—. Si estoy aquí, es porque ese brillo... esa energía... me sacó de allí.
No sabía quién era él. En su visión, solo había distinguido una silueta envuelta en un fuego dorado; una fuerza que no encajaba con ninguna magia de curación o ataque que hubiera estudiado en los textos sagrados de Milis. No era un caballero de la iglesia ni un mago de la academia. Era una anomalía. Una luz que había hecho retroceder a la muerte y al vacío.
Hoy, su madre entraría por esa puerta para imponerle un marido y un destino de seda y sumisión. Pero esta vez, Zenith Latreia no huiría por simple rebeldía juvenil. Huiría para buscar el origen de ese resplandor. Ahora sabía que solo aquel extraño, el dueño de esa energía dorada, podía ser el escudo que su familia necesitaría; la única esperanza para que el futuro de su hijo no fuera escrito por manos invisibles.
—Tengo que encontrarte —susurró para sí misma, sintiendo cómo el miedo era reemplazado por una urgencia febril—. No sé tu nombre... pero sé que estás en algún lugar de este mundo. Y te encontrare cueste lo que cueste
Caminó hacia su armario e ignoró los vestidos de gala que Claire Latreia había seleccionado para ella. Sus dedos, aún temblorosos, buscaron su ropa de viaje más resistente. Tenía una luz dorada que encontrar.
La determinación en sus ojos era algo que la joven Zenith de hace unas horas jamás habría podido emular. Mientras se despojaba del camisón de seda, sus movimientos eran precisos, mecánicos, dictados por una experiencia que sus músculos de quince años aún no comprendían del todo.
Un golpe seco en la puerta la hizo tensarse. Era un sonido que conocía bien: rítmico, autoritario, carente de cualquier rastro de afecto.
—Zenith, ¿estás despierta? El desayuno se servirá en diez minutos. Tu padre y yo tenemos asuntos de suma importancia que comunicarte sobre tu futuro.
La voz de Claire Latreia atravesó la madera como una sentencia. Zenith cerró los ojos por un segundo. En su vida anterior, habría gritado, llorado o guardado un silencio hosco. Esta vez, su respuesta fue una melodía de cortesía aprendida.
—Sí, madre. Estaré allí en un momento. Solo terminaba mis oraciones —respondió Zenith, forzando una calma gélida.
—Bien. No nos hagas esperar. La puntualidad es la base de una casa noble —sentenció Claire antes de que sus pasos se alejaran.
Zenith soltó un suspiro que terminó en un escalofrío. Se miró al espejo por última vez antes de ocultar su ropa de viaje bajo un vestido recatado de «Señorita Estándar». Tenía que actuar. Si Claire sospechaba que su hija perfecta planeaba una deserción, la mansión se convertiría en una fortaleza inexpugnable.
El desayuno fue una tortura de etiqueta. Mientras su padre hablaba de alianzas con la nobleza y Claire detallaba las virtudes del prometido —un hombre que Zenith recordaba vagamente como un fanático religioso sin espina dorsal—, ella simplemente asentía.
—Entiendo la importancia de este enlace para la Casa Latreia, madre —dijo Zenith, manteniendo la vista en su plato—. Sin embargo, antes de aceptar formalmente, me gustaría pasar tres días de retiro y oración en el Gran Templo. Siento que debo purificar mis dudas para ser la esposa que Milis exige.
Claire alzó una ceja, sorprendida pero visiblemente complacida. La piedad era la única moneda que la matriarca aceptaba sin rechistar.
—Es una petición sensata, Zenith. Ve. Te daré una bolsa de monedas de oro para las ofrendas y el transporte. Es bueno ver que finalmente comprendes tu deber.
Con el permiso obtenido, Zenith se movió con una eficiencia que habría aterrado a sus padres. Bajo el pretexto de recolectar suministros para los “pobres del templo”, utilizó su estatus para saquear metódicamente los almacenes privados de la familia Latreia. Sus manos, aunque pequeñas y finas, se movían con la memoria muscular de una sanadora de clase S; sabía exactamente qué buscar.
Desvió pociones de curación de destilación avanzada, cuyo brillo azulado prometía cerrar heridas que la magia básica no podría tocar. Se hizo con un par de pergaminos de barrera mágica, reliquias de la era de las guerras que Claire guardaba como símbolos de estatus, y finalmente, tomó la daga de plata encantada que su padre custodiaba en una vitrina de roble. Al sopesar el arma, Zenith no vio un adorno, sino un recurso vital. El peso del acero en su cintura le devolvió una seguridad que la seda del vestido le robaba.
Esa noche, mientras la luna de Millishion brillaba con una indiferencia gélida sobre los jardines de la mansión, Zenith se preparó para la partida. Se despojó de las joyas, de los encajes y de cada rastro de la sumisión que le habían impuesto desde la cuna. Al mirarse al espejo por última vez, no vio a una fugitiva, sino a una superviviente.
Dejó una nota sobre su almohada, escrita con una caligrafía firme que no pertenecía a la caligrafía infantil que Claire tanto pulía. No era una carta de odio, sino una declaración de independencia:
«No busquen a la hija que creen conocer. Esa Zenith ya no existe».
Sin mirar atrás, se deslizó por las sombras de la mansión, sorteando las patrullas de los guardias con la facilidad de quien conoce los puntos ciegos de su propia prisión. Al saltar el muro perimetral y sentir la tierra húmeda del camino bajo sus botas de cuero, Zenith soltó un suspiro que le quemó la garganta.
Ya no era la “Señorita Modelo”. Ya no era la clériga del cristal. Era una mujer armada con recuerdos de una vida futura y la urgencia febril de encontrar a su única esperanza. No sabía hacia dónde la llevaría el rastro de ese sol dorado, pero mientras se internaba en la oscuridad de la noche, supo que el destino, por primera vez, ya no tenía las riendas.
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Semanas después, la nobleza era un recuerdo lejano. Zenith se encontraba en una taberna fronteriza, a cientos de kilómetros de Millishion. Su ropa estaba manchada por el polvo del camino, su cabello rubio —cortado de forma tosca con su propia daga— enmarcaba un rostro más delgado, y sus manos mostraban las primeras ampollas de una vida sin criados.
Había pasado por tres ciudades, preguntando en cada Gremio de Aventureros por fenómenos inusuales o luces que desafiaran la lógica. La mayoría de los recepcionistas la ignoraban, viéndola como otra niña rica jugando a ser heroína, pero ella persistía con una intensidad que incomodaba a los veteranos.
Fue en una noche de lluvia, mientras compartía una mesa comunal bajo el humo de las velas de sebo, cuando escuchó la conversación que lo cambiaría todo.
—... te digo que el cielo se partió —decía un aventurero veterano, con una cicatriz que le cruzaba el ojo—. Hace dos años, en las cumbres de las Montañas del Fin del Mundo. No fue magia, ni un meteorito. Era un cometa de oro puro. Cayó con un rugido que hizo que hasta los dragones de tierra se escondieran.
Zenith dejó de comer. El trozo de pan duro se le olvidó en la mano mientras su corazón martilleaba contra sus costillas.
—¿Oro? —preguntó ella, tratando de que su voz no temblara—. ¿Dices que el impacto fue hace dos años?
—Así es, muchacha —respondió el hombre, mirándola con curiosidad sobre su jarra de cerveza—. Fuimos a investigar esperando encontrar minerales raros, pero no había cráter. Solo árboles quemados con marcas que parecían... garras. El aire en ese lugar todavía se sentía extraño, como si el sol se hubiera quedado atrapado entre las rocas.
Esa noche, al dormir en el jergón de paja de la posada, la visión regresó con una nitidez abrumadora.
Ya no era solo una luz difusa. Zenith lo vio de cerca. El joven estaba sentado frente a una fogata en un claro que parecía haber sido acondicionado para un campamento, con la mirada perdida en las llamas. Tenía tres marcas en cada mejilla y el cabello rubio alborotado. Parecía despreocupado; a su lado, descansaba la figura de una pequeña maga de cabello azul que dormía plácidamente.
Entonces, la frecuencia de la visión cambió. Escuchó un eco del futuro, la voz de Paul en el corazón del Laberinto, gritando con una alegría que le rompió el alma:
—¡Naruto! ¡Sabía que vendrías!
Zenith despertó de golpe, con el nombre vibrando en sus labios como una oración.
—Naruto... —susurró hacia la penumbra de la habitación.
No era un nombre de Milis. No era un nombre de este mundo. Era el nombre del cometa, del salvador, del hombre que había hecho retroceder a la Sombra Blanca en su pesadilla.
—Así que te llamas Naruto —dijo ella, poniéndose en pie mientras ajustaba su capa con manos firmes—. Dos años... has estado dos años en esas montañas.
Miró por la ventana hacia las cumbres que se dibujaban bajo la luz de la luna. Ya no estaba perdida. Ya no era una fugitiva huyendo de su madre. Era una mujer con una misión sagrada.
—Espérame, Naruto. No importa cuántas montañas deba cruzar. Esta vez, seré yo quien te encuentre.
Con el nombre grabado en su alma y una dirección clara en el mapa, Zenith abandonó la posada antes del amanecer. Dio el primer paso firme hacia el norte, dejando atrás, de forma definitiva, los restos de la «Señorita Estándar de Milis».








