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La TrincheraVolumen1.1lo otra tiempo Alianza

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Summary

este volumen es un colaboración mi amigo sus libro ambos libros la sombra del imperio es un historia de Superhéroe está sus libro de wattpad por favor mi amigo está triste por que no tiene visitas sus libro por favor gente leer sus libro este volumen es un poco corto de lo intentaré un poco rara la historia la verdad no idea qué a escribir de estilo de escritura mi cómo remarque bueno....

Status
3mo ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

LA trinchera Volumen 1.1 Alianza de Sombra

La noche no era negra, era un vacío espeso que se pegaba a los pulmones. No había órdenes, no hubo discursos; solo el gesto seco del oficial señalando hacia la oscuridad. Tú, tú y tú. Sin equipo, sin peso muerto, solo el metal frío de mi fusil y el peso familiar de la bayoneta larga en mi cinturón.

Nos arrastramos sobre el barro congelado, con la respiración contenida hasta casi detener el corazón. Las alambradas británicas estaban ahí, un nido de espinas metálicas que esperaban nuestro primer error para alertar a todo el sector. Me deslicé por debajo, sintiendo cómo los ganchos rozaban mi uniforme, rezando para que el centinela tuviera la vista perdida en el horizonte y no hacia el suelo.

Lo vi. Una silueta inmóvil, una sombra contra otra sombra. No hubo titubeos. Un movimiento limpio, el impacto seco de la culata contra el hueso y el guardia se desplomó sin un solo gemido.

Me dejé caer en la trinchera. El aire aquí abajo sabía a pólvora vieja y miedo. Mis botas tocaron la madera podrida y, en ese instante, el mundo exterior dejó de existir. Ya no era un hombre; era una extensión de mi bayoneta larga. Había llegado el momento de abrirse paso. EL ÚLTIMO COMPAÑERO

El silencio en el búnker era absoluto, solo roto por el siseo de las ratas entre los tablones de madera podrida. Todos dormían. Sus rostros, apenas visibles bajo la tenue luz de una vela agonizante, eran solo máscaras de cansancio y suciedad. No había honor en esto, solo necesidad.

Me deslicé entre ellos como una sombra. Diez hombres. Diez latidos que se detuvieron bajo el filo de mi bayoneta antes de que pudieran siquiera articular un grito. Fue un trabajo limpio, técnico, un baile silencioso que aprendí en el Marne y que nunca pude olvidar. Sin ruido, sin remordimientos, solo la inercia de quien ya no sabe hacer otra cosa.

Cuando regresé a la penumbra, mi mano estaba caliente, manchada de un rojo espeso que empezaba a enfriarse en el metal. Levanté la bayoneta larga frente a mis ojos. La sangre corría por el canal de la hoja, bajando como un río oscuro hacia el mango de madera.

Me quedé mirando ese reflejo macabro por un largo minuto. En el caos de la guerra, donde los amigos mueren antes de que puedas aprender sus nombres y los oficiales te tratan como una pieza de repuesto, esta hoja era lo único que no me había abandonado.

Susurré para mis adentros, con la voz rota por el peso del recuerdo:

—Ya lo dije una vez... eres el último amigo que tengo.

Limpié la hoja con un trozo de tela sucia, no por respeto al enemigo, sino para cuidar de mi único compañero. En la trinchera, la soledad no se siente cuando tienes el peso del acero en la mano. EL HALLAZGO EN LA SOMBRA

Después de limpiar la trinchera y asegurarme de que el silencio volviera a reinar, mis manos todavía temblaban ligeramente, no por miedo, sino por la adrenalina que se negaba a abandonar mis venas. Mientras revisaba el puesto de mando abandonado para asegurar la zona, mis dedos tropezaron con algo que no encajaba en el barro de Francia.

Era un mapa. No tenía las líneas de trincheras, ni los nombres de los pueblos bombardeados, ni las marcas de los regimientos británicos. Era un trazado extraño, lleno de símbolos imperiales y rutas que parecían pertenecer a otro tiempo o a otro mundo. Mis ojos, acostumbrados solo a leer el terreno para sobrevivir, no entendían qué estaban viendo.

Fue entonces cuando la escuché. El siseo metálico de una ametralladora que se había quedado oculta, una pieza de artillería británica que seguía ahí, acechando en la oscuridad de un rincón del búnker. Sin pensarlo, con la misma furia fría que utilicé para neutralizar al centinela, me lancé sobre ella. No hubo misericordia. Utilicé la bayoneta larga, golpeando los mecanismos, doblando el cañón, destrozando la chapa hasta que aquel nido de muerte quedó reducido a un montón de metal inútil.

—Ya no cantarás más por esta noche — murmuré, viendo cómo el acero se deformaba bajo mi peso.

Dejé la ametralladora hecha escombros y volví a guardar mi bayoneta en su funda. Ese mapa seguía ahí, quemándome la vista. El Imperio tenía planes que yo no comprendía, pero en esta trinchera, la única ley que importaba era la que yo dictaba con mi acero. Salí del búnker.

Buscando reagruparme con los hombres.

Caminábamos entre el barro espeso, con los sentidos al límite.

El mundo olía a muerte húmeda.

A mi izquierda, los muchachos apretaban los dientes.

Ajustando las correas de los pesados fusiles de ordenanza.

El metal frío se sentía congelado entre los dedos sucios.

Yo aferraba el Mauser, sintiendo el peso de la madera húmeda contra mi pecho.

Pero cuando estábamos a punto de alcanzar nuestra propia línea, el aire se volvió pesado.

Casi sólido.

De repente, nos topamos de frente.

El grupo de asalto enemigo apareció entre la niebla como fantasmas.

Un silencio terrorífico cayó sobre nosotros.

No hubo disparos.

No hubo gritos de mando.

Por un segundo, que pareció durar una eternidad, ambos bandos nos quedamos petrificados.

Mirándonos a los ojos.

Podía ver el reflejo de mi propia muerte en la mirada del tipo que tenía enfrente.

Ambos apuntamos nuestras armas.

Los cañones vibraban en nuestras manos, empapados por la llovizna.

Miré de reojo el cañón largo del arma de mi compañero, apuntando directo al pecho del rival.

Pero el instinto fue más rápido que la lógica.

Sin una sola palabra, dejamos caer los fusiles al lodo.

Click. Clack.

Los pesados armazones chocaron contra el suelo, secos y sordos, hundiéndose en la tierra.

Ya no buscábamos munición.

Buscábamos sangre.

Nos lanzamos unos contra otros en una colisión de cuerpos y desesperación.

Ya no eran soldados contra soldados.

Éramos animales peleando por el último trozo de tierra.

El sonido de los puñetazos rompiendo dientes, los gruñidos ahogados y el chirrido de las palas de trinchera cortando los uniformes llenó el vacío.

El barro se tiñó de un rojo espeso.

En ese combate cuerpo a cuerpo, no importaba el mapa.

No importaban los planes del Imperio.

Ni las medallas que prometían los oficiales en sus oficinas limpias.

Solo importaba una cosa:

Si tu mano era lo suficientemente rápida para enterrar la bayoneta en el cuello del otro...

antes de que él abriera el tuyo.

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Good Writing

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Compelling Plot

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