Le Broyeur
Siglo XVII.
País de Sang-été, tierra de vampiros. País de Rivazul, hogar de los licántropos.
Siempre hubo conflictos entre ellos, a tal grado que han perdurado por siglos; generaciones que, con el tiempo, ya olvidaron el porqué. Solo quedaron restos de una guerra sostenida por territorio, superioridad de raza, honor y supervivencia.
Un choque inevitable entre lo terrenal y lo oscuro.
Entre toda la violencia, la sangre y las muertes, es común que los humanos se vean involucrados de manera fatídica, aun siendo inocentes e ignorantes de la existencia de estos seres. Con el paso del tiempo, acabaron adueñándose de sus regiones, lo que ocasionó a la humanidad desplazarse más allá del océano.
Ocurrió un caso en particular, aquel que dio origen a la "reina" del tablero de ajedrez.
Fue dentro de la mansión de un marqués, ubicada en la costa fronteriza de Sang-été —cuando todavía era territorio humano— con el país Rivazul, ambos separados apenas por el límite oceánico.
Un grupo de cazavampiros y matalobos entró en combate durante la noche debido a cuestiones demográficas y atalayas. Golpes, mordidas y amputaciones por ambas partes, creando campos de arena teñidos de rojo y restos viscerales alrededor.
El marqués ni siquiera estaba enterado del desastre ocurrido a las afueras de su mansión; después de todo, por más que se asesinen mutuamente, jamás permiten que los humanos se interpongan a propósito.
Todo debía ser rápido y eficaz.
Cerca del amanecer, el último vampiro del batallón, en un intento desesperado por sobrevivir, repleto de heridas mortales, se arrastró al interior de la mansión a través de la alcoba. Su regeneración no era suficiente para compensar el desgaste físico y las heridas abiertas.
Sangrando de la boca y la nariz, escaló usando sus afiladas garras en la pared mientras su pecho raspaba la piedra hasta alcanzar el despacho de los empleados domésticos.
En el interior se encontraba la familia d'Or Blanc, un legado entero de mayordomos, lavanderos y cocineros, siendo al menos cuatro contando a los padres, el hijo único y el gato. Tres generaciones trabajando y viviendo junto al marquesado, unidos por la convivencia y el deber en común. Trabajadores y leales desde muy temprana edad.
Basile, el pequeño sirviente, con apenas dieciséis años, dormía en su habitación del segundo piso acompañado de su mascota: Mephisto, un gato gris atigrado que descansaba a su lado sobre la cama.
Pero a esa hora, sus padres seguían ocupándose de las últimas labores del día, removiendo el polvo de los pasillos, las pinturas y los objetos decorativos con los plumeros.
El vampiro, tan pronto los alcanzó gracias a su agudo sentido del olfato, andando semejante a una araña sobre la alfombra, no dudó en atacar. Débil, pero todavía capaz de llegar a sus cuellos de un salto.
En cuestión de segundos, habían muerto.
Mephisto, al detectar la presencia extraña del no muerto fuera de la habitación, despertó con las orejas en alto hacia la puerta, bufando agresivo, el pelaje erizado y maullando tan agudo que despertó a su amo, quien se exaltó en un grito angustiante. Sin embargo, como mayordomo, tuvo que recoger la daga de su buró para defender la casa, tal como los de su índole lo hacen por deber.
Pero cuando Basile abrió la puerta con el arma blanca en posición defensiva, se encontró con el vampiro de frente, mucho más alto que él, erguido, ojos brillantes e hipnóticos escarlatas, la boca manchada de rojo carmesí y los colmillos amenazantes aún cubiertos de sangre fresca y casi latente por las vidas que arrebató.
Lo único que pudo presenciar el joven en sus últimos suspiros en vida fue la repentina presión aguda en su yugular; la vida escapándose con cada gota de sangre fluyendo hacia la mandíbula de su cazador. El frío invadía su cuerpo desde los dedos hasta el pecho, incapaz de moverlos, flotando en el aire por su depredador, que lo había cargado del cuello hasta el salón principal.
Su daga cayó al suelo en un eco metálico.
Su vista se inundó en la oscuridad total, creyendo que sería el fin de su corta vida.
Y de repente.
Alzó su cuerpo, liberando un grito por el chispazo de consciencia.
Despertó en el salón principal, suelo con patrón de ajedrez y rodeado de una enorme mancha de sangre —la suya— junto al montículo de polvo correspondiente al agresor. Sus padres seguían fallecidos en el pasillo de arriba, salpicando cada obra de arte y los ventanales al exterior; fue así como los licántropos pudieron seguir el rastro del invasor.
El vampiro que había atacado a Basile fue derrotado, convertido en un simple montículo de polvo gracias a la luz del sol que irrumpió por una ventana rota.
Basile lo había perdido todo y su propio corazón fue incapaz de procesarlo.
¿Corazón?
¿Cuál?
Masajeó su pecho desesperado, sintiendo un vacío extraño, pero a la vez imposible de negar.
Su pecho bajaba y subía, su nariz inhalando aire, pero en ese momento se dio cuenta de que no necesitaba respirar.
Lo hacía por costumbre.
Un joven de su edad debería reaccionar horrorizado, gritando, llorando y con las manos temblorosas en la cabeza, pero él permaneció callado, observando con indiferencia como si estuviera bajo un efecto somnífero permanente.
Sus sentimientos se habían diluido igual que la tinta en el agua dentro de su corazón. Los latidos inexistentes le provocaban desconcierto a tal punto que creía estar en un limbo después de la vida, pero no.
Mantuvo la mirada en sus manos pálidas y se dio cuenta de que seguía... ¿con vida? Incapaz de asustarse, enojarse o llorar por su familia.
Y quienes lo habían salvado del vampiro fueron los mismos cazavampiros que estaban luchando en la costa.
Que, a la inversa, existen vampiros matalobos, quienes perdieron ante los licántropos.
Pero ellos, más que sentirse aliviados por haber salvado a un nuevo vampiro, solo rieron despreocupados y bromearon sobre cuánto tardarían en encontrarse con él y matarlo en una de sus futuras cacerías, dejándolo vivir porque seguía siendo muy tiernito y era una escena demasiado brutal para matarlo ahí mismo.
Después de todo, seguía siendo un adolescente.
──── ✝ ☾ ────
Basile acabó en manos de su nueva raza. Luego del conflicto, exploradores encargados de documentar cada batalla localizaron al joven en aquel lugar, sorprendidos de encontrar un vampiro nacido por accidente.
Casos semejantes eran raros de encontrar, pues se necesitaba contacto sanguíneo directo, heridas abiertas y que la víctima siguiera con vida hasta el momento del contagio.
Lo recogieron semejante a un perro abandonado bañado en lodo, cargándolo del cuello de la ropa en sus formas de murciélago y llevándolo a las cuevas donde residen todos los vampiros: Quichotte.
En la parte terrenal de Sang-été abundan playas, acantilados rocosos, praderas y un clima húmedo casi todo el año, pero los vampiros no residen en la superficie para evitar ataques sorpresivos por parte de los licántropos, quienes tienen prohibido atacar humanos, a excepción de los vampiros, que, por supuesto, necesitan alimentarse de ellos.
El verdadero refugio se encuentra varios metros por debajo del subsuelo marino.
Sin embargo, la entrada es exclusiva para murciélagos que tienen que atravesar grietas estrechas, y Basile no pudo transformarse hasta que cerró los ojos y se imaginó que era uno de ellos, pudiendo arrastrarse dentro junto con los demás, sintiendo sus enormes alas flexionarse en sobremanera a comparación de sus brazos normales, teniendo cuidado de no dañar las membranas contra la roca.
Ya en el interior, analizaron los rasgos de Basile para identificar en cuál subespecie se había convertido, lo cual casi siempre resulta ser la misma de quien lo infectó. Cuatro colmillos y pupilas alargadas fueron suficientes para saber que él era un Vipérien.
Lo más destacable de ellos son sus rasgos serpentinos: mordida de dos colmillos superiores y dos inferiores, saliva coagulante, pupilas alargadas y pocas habilidades mágicas más allá de convertirse en murciélago, porque su verdadera fuerza reside en la mandíbula y la capacidad de pelear usando las fauces.
Por eso son tratados como inferiores y salvajes a ojos de las otras subespecies vampíricas, más civilizadas en comparación, poseedoras de métodos de cacería más sutiles y elegantes.
Al vivir en el interior de la enorme cueva, a la que no llega la luz solar ni lunar, Basile perdió por completo la noción del tiempo y su edad, avanzando en su entrenamiento durante años gracias a sus nuevos guías, quienes le instruyeron en el arte de la fuerza Vipérien: ágiles, rápidos y certeros por sobre todo.
Y con la llegada de Basile, nació la imagen del Broyeur.
El Triturador.
Se convirtió en el peor de los vampiros, incluso dentro de los Vipériens.
Era su imagen.
Debido a la enseñanza de su vida humana, creció en un entorno rígido, expectante y laboral desde la niñez, relacionado con la obediencia, la servidumbre y la perfección.
Siendo vampiro, lo aplicó de una manera implacable. Veía a los licántropos y, junto con los recuerdos de aquellos que lo vieron recién convertido, los percibía como bestias que viven sin ningún tipo de cultura.
A los doscientos años de edad, se convirtió en un matalobos, siendo encomendado en varias misiones. Recibía una orden y salía sin dudar, matando a cualquier licántropo sin importar las condiciones, objetivos o distinciones que implicaban aquellas cacerías.
Basile jamás dudó.
Numerosos licántropos cayeron bajo sus fauces, sumando varias decenas con el paso de los años; las generaciones futuras ahora recuerdan que sus enemigos poseen una pieza infalible.
Una de sus más grandes hazañas ocurrió durante un conflicto que implicó la obtención del canal que conecta a ambos países enemigos. Basile, yendo al frente, logró acabar con poco más de veinte de manera continua, uno tras otro, poco importándole las formaciones, órdenes o el batallón, enfocándose únicamente en arrancar pedazos de gargantas para comérselas.
Ninguno de ellos fue rival para Basile, quien, forjado como el As de los Vipériens, asesinó sin piedad; por las espaldas, de frente, arrojando cuerpos desde el aire, sin respeto a intercambiar palabra alguna ni ofrecer tregua o clemencia. Siendo capaz de desgarrar tráqueas incluso en su forma de murciélago, tragando líquido vital como si fuera lo único para lo que fue hecho.
Sin embargo, una de las reglas más importantes del código social vampírico es no excederse con el consumo de sangre, no por simple gula.
Tampoco por imagen aristócrata, no.
Es porque se convierten en monstruos sin raciocinio.
Los Monstres.
Lo que casi le ocurrió a Basile por tragar sangre, pedazos de carne magra y pelaje de varias presas en aquella ocasión, regurgitando restos de pelo y huesos igual que una serpiente.
Llegó al punto donde su interior hervía como si estuviera bajo el sol, sus pupilas desapareciendo bajo el color verde de su mirada y, sobre todo, su mandíbula convirtiéndose en una flexible, capaz de abrir la boca en un ángulo imposible, tanto a lo alto como a lo ancho.
Todos los presentes concordaron en que fue espantoso verlo convertido en un murciélago, una bala viviente capaz de atravesar el estómago de lado a lado de un pobre rival que no supo frenarlo con las manos.
Lo más escabroso que observaron del Broyeur fue cómo devoró la cabeza entera de un licántropo, rozando el cráneo contra su paladar y lengua, tragando hasta donde pudiera antes de hacerlo tronar en varios pedazos.
Fueron otros Vipériens quienes tuvieron que detenerlo por la fuerza, atando sus extremidades y regresándolo a Quichotte, colocando un bozal de cuero y hierro para que evitara morder a los suyos. Lo castigaron a la inanición durante una semana hasta que su compostura regresara.
De todos modos, había roto una norma no escrita, añadiendo que lo había hecho enfrente de los licántropos, corrompiendo la imagen culta de los vampiros, reducidos a simples asesinos sedientos de sangre por su culpa.
Él debería haber sido reprimido o expulsado, pero lo perdonaron debido a su juventud, excelentes capacidades cazadoras y devoción al deber. Sin embargo, el bozal se volvió obligatorio.
Un As oculto.
La reina del tablero.
La pieza más peligrosa e importante de los Vipériens y la comuna vampírica en general.
Pero los Rivazul no se quedarían de brazos cruzados.
Los depredadores y las presas siempre estarán condenados a una constante evolución conjunta.
Basile adoptó un carácter asocial, reservado y serio con los demás; agresivo y testarudo, pero imposible de abandonar.
A pesar de que Basile no suele convivir en paz con los vampiros, jamás rechaza una misión importante que le conlleve obtener comida gratis, un techo goteante de agua marina donde descansar en forma de murciélago y, por supuesto, su inmortalidad y enorme poder.
No obstante, así como Ícaro, destinado bajo sus esfuerzos a rozar el sol, acabaría calcinado por su propio ego, cayendo a lo más profundo.
Y eso ocurrió cuando conoció a una humana.