La Pandilla: El regreso de Baal

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Summary

Azahara encuenta un colgante que trae a su vida la tragedia y el destino de una llamada. Convertirse en la Protectora de Astarté. Junto a Noelia, Rubén y Salva, tendrá que impedir el regreso de Baal. Un duque del infierno rencoroso que quiere volver a ser un dios en Cádiz. El demonio, para lograr su objetivo, contará con la inestimable ayuda de Linares, un empresario del sector inmobiliario con aspiraciones a la alcaldía. La batalla por la esencia de Cádiz está a punto de empezar. y lejos de terminar. Una novela que recuerda a series como Buffy Cazavampiros o Embrujadas, pero con alma gaditana. Una histora de acción, humor negro y corazón. La pandilla ha llegado para quedarse.

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1
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n/a
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16+

Prologo: La historia de la Protectora jamás contada

Cádiz, 1 de noviembre de 1755

El amanecer tenía el color de la sangre muerta. Los primeros rayos expulsaron las sombras aferradas a las murallas del castillo de San Sebastián y revelaron a los soldados empalados en tridentes que decoraban la fortaleza como estandartes grotescos. Solo el graznido de las gaviotas y el insoportable zureo de las palomas rompían el silencio. El cielo era rojo, dorado y negro: los colores del infierno.

Un infierno al que Rosario había sobrevivido.

Se pasó los dedos por la melena negra, apelmazada por costras rojizas. Una cicatriz le cruzaba el ojo derecho. El torso amoratado era un mapa de cortes. Cada aliento una tortura.

Si se hubiera quedado en la pastelería de su madre, ahora estaría cubierta de mermelada y azúcar. No bañada en vísceras infernales. Porque los demonios, al ser derrotados, se desvanecían con elegancia; pero sus tripas se quedaban.

Eran pegajosas por naturaleza.

Frustrada, contempló los calzones negros hechos jirones. Eran los mismos que había usado una década atrás, cuando trabajaba en el circo con su padre. Podría haberse quedado allí, aunque seguramente se habría roto un par de huesos entre acrobacias y caídas. Todo un lujo en comparación con la pesadilla que le había tocado vivir. Un gruñido le raspó la garganta.

A pesar de ser una mujer joven, Rosario ya estaba hasta el coño de la vida.

En el patio de armas se alzaba un altar de sacrificios. Se acercó y recogió la aguamarina que descansaba en el centro. Los sirvientes de Baal se la habían robado para llevar a cabo el ritual que traería de vuelta a su señor. Por fin el colgante estaba completo de nuevo. Sin la gema, no era más que una baratija. La encajó en el engarce y la joya se ajustó con un suave chasquido metálico. Un pulso le retumbó en el pecho. Su respiración se acompasó al vaivén de las olas y olió el salitre que impregnaba los muros del castillo. Entre susurros, oyó los anhelos y lamentos de la ciudad.

El humo denso de la batalla, cargado de ceniza, se le pegó a la piel como un sudario. Acarició la guarnición de la espada ropera bendecida que llevaba ceñida a la cintura. Escuchó la voz de Alejandro, su maestro de esgrima, tan clara como si estuviera a su lado:

«No te preocupes, saldremos de esta».

Pero la cruda realidad no hacía concesiones. Su mentor acabó decapitado por la espada flamígera del lugarteniente de Baal. Y con él se fue la única paz que había conocido: la que emanaba de sus abrazos.

Sin rumbo, vagó hasta detenerse ante el cadáver de Mato, su leal compañero. Se encontraba tendido sobre un charco de sangre, con un jubón de cuero destrozado y un pistolete agarrado. Una lanza le atravesaba el corazón. Un corazón que apenas había dejado de ser el de un muchacho; un corazón que, tras años de amistad, le había declarado su amor la víspera de la batalla. Escupió una maldición. El muy necio debería habérselo confesado antes.

Alzó la mirada y vio cómo una voluta de humo adoptaba el rostro de su amiga Vanessa. La misión de Rosario era cruzar el portal para cerrarlo desde el otro lado, pero la hechicera no se lo consintió y lo atravesó en su lugar. Ahora estaría muerta o, peor aún, atrapada en el reino de Baal. La condenada bruja siempre tuvo la última palabra.

Entre la multitud de cadáveres, fijó la mirada en un joven recluta. Tenía el pecho abierto en canal por una hoja curva y serrada que, tras hundirse hasta la empuñadura, lo había rasgado hacia arriba. Era la prueba definitiva de que pelear por una causa noble no protegía a nadie de una muerte brutal.

Durante años había asistido al entierro de hombres y mujeres de voluntad férrea, forjada en el sacrificio y el amor a los suyos. Nunca vio morir a los poderosos que lucían trajes de seda. Ni siquiera acudían a los funerales para honrar a los caídos. Para Rosario, eran unos cobardes. Los que gobernaban la ciudad con botas de hierro hincadas en espaldas rotas eran tan peligrosos como el propio Baal.

Por eso la maldad perduraba: porque la gente bondadosa moría joven.

Volvió al altar y observó el grabado cincelado en la base: un trono sencillo, elevado un palmo del suelo. Le asestó un puñetazo en el centro. Los nudillos no se lo agradecieron. La piedra agrietada tampoco.

Un latigazo le trepó por el brazo y estalló en una migraña feroz que le hizo recordar la advertencia de Alejandro: el mero intento de los demonios de destruir el Velo Mágico —y, con ello, abrir la puerta dimensional que traería de vuelta a Baal— podía desatar una catástrofe. La calma que la rodeaba le hizo creer que habían logrado cerrarlo a tiempo.

Por un segundo, la engañosa tranquilidad la animó a relajarse.

Por un segundo, le hizo caso…

Y por un segundo, se equivocó.

La tierra tembló; los muertos se agitaron como marionetas guiadas por un titiritero demente. Las paredes se resquebrajaron con el crujido áspero de la roca. El derrumbe liberó una nube de polvo con hedor a tumba submarina.

Rosario avanzó a trompicones hacia los portones de madera. Tropezó y rodó por la explanada hasta que el muro la recibió con un golpe seco en el cráneo.

Lágrimas. Sangre. Vista nublada y negrura.

Despertó con un inmenso dolor de cabeza. El olor agrio de la marea baja le inundó la nariz. No podía haber pasado tanto tiempo. Durante la batalla, era pleamar. Un murmullo extraño, cada vez más intenso, le penetraba en los oídos. Subió las escaleras entre gemidos y se asomó a las troneras. Palideció al ver el paisaje que se extendía ante ella. Se jactaba de haber presenciado casi todas las atrocidades imaginables, pero lo que tenía delante la dejó helada: la costa transformada en un desierto de arena mojada y algas. Los peces interpretaban una macabra danza de estertores antes de morir asfixiados.

A lo lejos, con un rugido ensordecedor, el océano se incorporó con la solemnidad de los dioses antiguos, convertido en una masa azulada que rasgaba el horizonte y coronado por una espuma rabiosa que devoraba el sol. El agua arremolinada sobre sí misma formaba un arma forjada en las profundidades: una colosal guadaña marina enviada por una reina destronada, decidida a recuperar su territorio. La naturaleza.

Rosario había sobrevivido a las legiones de un duque infernal, a las grietas infestadas de demonios durante años, al sellado de un portal con la sangre de su cuadrilla… Y ahora iba a morir ahogada porque el destino, con su gracia habitual, decidió que no le había escupido lo suficiente en la cara.

Una risa histérica nació de sus entrañas y salió rota por su boca. Sintió un suave tirón del amuleto y desvió la vista hacia la playa.

Abajo, una niña paralizada en la arena: cabello de fuego, vestido blanco y capa escarlata. Rosario se llevó las manos a las sienes. Quería dejarse ir y acabar sus días abrazada entre moluscos, pero la conciencia era una madre implacable: no podía abandonar a esa pobre criatura.

Un susurro familiar resonó en su interior. Lo reconoció al instante: era la voz de la gema.

«Protégelos».

Un calor reparador fluyó desde el amuleto y le recorrió las venas. El bramido del mar fue sustituido por una vibración grave. Cada músculo se le tensó como un cabo de amarre. Los pinchazos al respirar, las articulaciones con calambres y el agotamiento de la batalla se desvanecieron. Las heridas, aunque seguían allí, ya no le molestaban. Se encaramó a una de las almenas. Erguida, con la mirada afilada y el viento salado azotándole el pelo negro, midió la distancia entre la ola y la niña. Solo había una manera de salvarla. Tendría que volver a ser quien había sido durante los últimos diez años.

La Protectora de Astarté.

Desde lo alto de la muralla, saltó al vacío y cayó sobre las rocas con un impacto que debería haberle destrozado los tobillos, pero el amuleto se encargó de absorber el golpe. Corrió tan rápido que su figura se desdibujó sobre la arena. La niña la observaba con los ojos desorbitados y el rostro contraído en una mueca tan intensa que hasta las pecas le temblaban. Los brazos de la pequeña le rodearon el cuello. La Protectora la alzó por la cintura y enfiló hacia el baluarte.

—Vamos, Caperucita, que viene el lobo marino —le dijo para tranquilizarla.

Debía encontrar un lugar elevado antes de que el desastre las alcanzara. Al llegar a la calzada, el corazón le dio un vuelco. No huían de la primera ola.

Delante: un torrente marino reclamaba la ciudad para sí.

Detrás: una guadaña descomunal, dispuesta a segar sus almas.

En medio: ellas, emboscadas por el océano.

Las mujeres se ahogaban entre gorgoteos. Los hombres se estrellaban contra las fachadas de piedra. Niñas y niños llevados por la corriente desaparecían más allá de la vista… y de la vida.

La calle, convertida en un río, empujaba un carruaje a toda velocidad. Rosario colocó a Caperucita a la espalda y trepó al techo. Ahora solo tenía que mantener el equilibrio, buscar una salida y evitar que la riada las devorara. Casi nada.

Varios bloques de mampostería pasaron frente a ella. Calculó el instante exacto y se dejó caer sobre una robusta estructura. Brincó de una a otra, directa hacia la calle de la Palma. Era como si jugara a la rayuela, pero a vida o muerte.

Cogió impulso para llegar hasta un grueso tablón de madera que flotaba como una canoa por un rápido. Iban a chocar contra un muro de piedra ostionera. Angustiada, divisó un balcón a tres metros de altura y lanzó un ruego mudo al amuleto. Como respuesta, una energía abrasadora le inundó los tendones hasta convertirlos en resortes tensados. Tomó carrerilla y se lanzó directa hacia la pared. Justo antes de chocar contra ella, asestó una patada para impulsarse en la dirección opuesta. Dio un giro imposible y se agarró a los barrotes del balcón.

Respiró hondo antes de trepar al interior del edificio.

Nada más entrar en la vivienda, se agachó para esquivar un candelabro. Tuvo que abrirse paso entre muebles que danzaban sacudidos por el maremoto; cargó contra la puerta y la destrozó con el hombro. Subió por las escaleras, se aferró a la barandilla, que vibraba como el mástil de un barco en plena tempestad. Por fin, habían llegado a la azotea. Ahora podría descansar. Si Mato la hubiera visto, se habría quedado pasmado.

La Protectora sintió que le faltaba aire, como si alguien la agarrara del cuello y quisiera asfixiarla. Se palpó y topó con los brazos de Caperucita, que la estrangulaba cariñosamente. Lágrimas calientes le empapaban el hombro. Acarició los dedos de la pequeña para que se relajara y aflojara la presión.

Escucharon la guadaña marina estrellarse contra las murallas de la ciudad. El apocalipsis no sonó a trompetas celestiales, sino al caos de escombros, adoquines y huesos reventados. No se atrevieron a mirar atrás.

Caperucita, aterrorizada, agarró el colgante por instinto y no pudo reprimir una sonrisa al sentir cómo le hacía cosquillas. La Protectora enarcó una ceja y sacudió la cabeza de inmediato. Seguir adelante: esa era la prioridad.

—¿Preparada, Caperucita?

Ante ellas se desplegaba un infierno de agua. El mar arrastraba un cementerio de manos agarrotadas; cuerpos hinchados como maderos a la deriva. El viento no solo transportaba gritos de agonía, sino también un sabor a ceniza que les resecaba las gargantas. En el horizonte, entre el caos, sobresalía una promesa de salvación tallada en piedra: la iglesia de la Palma. Más de cien metros las separaban de ella. La destrucción las alcanzaría antes de llegar al sacrosanto refugio. Colocó los brazos en jarras y miró a la niña.

—¡Que sea lo que Astarté quiera! Pero si nos quiere muertas… ¡Que se vaya al infierno!

La Protectora avanzó entre balcones y azoteas. Intentaba esquivar una catástrofe que no las perseguía, sino que se limitaba a devorar el terreno bajo sus pies. Y entonces ocurrió lo imposible…

Corrió, saltó y trepó. Se asió a un barrote, el metal gimió, se aferró a otro, escaló al techo, la mano le sangró, la pared vibró, se tropezó. Polvo en la boca, un calambre en la rodilla, alcanzó una cornisa, un jadeo entrecortado, el suelo crujió, la azotea cedió, ella gruñó. Corrió, saltó y trepó, otra fachada, un golpe en las costillas, atravesó una vivienda, esquivó los cadáveres, subió a lo más alto, brincó a otro balcón, entró en una casa; el techo se desplomó, mesas volcadas, sillas rotas.

Su única salida: una ventana. La niña enmudeció: una ventana, la luz al final del túnel, una ventana… que estalló en mil pedazos cuando la atravesaron.

Arriba: el cielo, un lienzo anaranjado e inmóvil.

Abajo: el suelo de mármol de la iglesia.

En medio: la Protectora, un ángel guardián hecho de trapos y esperanzas, suspendida en un universo de cristales rotos y sostenida por el viento. Caperucita, agarrada a ella como una lapa a la roca.

La Protectora aterrizó con la ropa hecha trizas, la rodilla derecha clavada en la losa y una niña a salvo. Lo imposible.

Dos frailes, vestidos con hábitos marrones, salieron de la parroquia. Uno portaba un estandarte con la imagen de la Virgen de la Palma; el otro, un crucifijo de madera sin adornos colgado del cuello. Corrieron hasta detenerse junto a la escalinata. Una plegaria surgió de sus labios.

—Vamos, Caperucita, al templo —apremió la Protectora dándole un par de suaves golpes en el hombro a la niña.

La pequeña esquivó a los clérigos y se santiguó dos veces. Después de lo que había vivido, solo le faltaba colarse en casa de Dios sin pedir permiso.

—¡No te preocupes, la Virgen de la Palma nos salvará! —gritó uno de los monjes con fervor.

Cruzada de brazos, la Protectora los observó con atención. Quizá debería haberle pedido a su excelentísima divinidad que cerrase el portal ella sola. Así no habría tenido que ver morir a toda su cuadrilla.

—¡Hasta aquí y no más, Madre mía! —exclamó el otro sacerdote mientras golpeaba las baldosas con el estandarte.

Un destello la dejó ciega. No provenía de la imagen de la Virgen, sino del crucifijo que portaba uno de los religiosos. De él brotó una luz dorada que se extendió como un manto protector sobre el barrio.

El rugido marino se volvió murmullo. El murmullo, rumor. El rumor, susurro. El susurro, brisa. La brisa dejó atrás el horror.

La muerte retrocedió.

Para los frailes, un milagro. Para ella, la prueba de que podrían haber ayudado a impedir el regreso de Baal en lugar de esperar a que la destrucción llamara a su puerta. No sabía si la magia se debía a la fe ciega del sacerdote o al Velo Mágico del que tanto le había hablado Vanessa. Su amiga lo sabría. Ella solo estaba segura de una cosa: no había sido la Virgen.

Se giró hacia la calzada y vio a hombres y mujeres que chapoteaban en las zonas anegadas para rescatar a los niños encaramados a los árboles. Desde las azoteas, varias familias consolaban a sus hijas. Los supervivientes llevaban ropa de pescadores y faldas remendadas. Ni un brocado. Ni una casaca de seda. Ni un solo escudo nobiliario. No había rastro de los nobles y burgueses que solían pavonearse por Cádiz, esos que exhibían con orgullo su casa de recreo en un barrio que, a su juicio, era pintoresco. No regresarían hasta que la gente sencilla, con las manos llenas de polvo y sangre, reconstruyera la ciudad.

La gema centelleó varias veces y le transmitió a la Protectora una disculpa helada antes de apagarse:

«Lo siento».

Ella bajó la cabeza en muda despedida. El amuleto la había salvado en varias ocasiones. No volvería a hacerlo. Había llegado el momento que tanto deseaba y, a la vez, temía. El quemazón de las heridas, contenido hasta entonces por la magia, regresó para consumirla. Ahogó un grito y cayó derrotada. Cansada, observó a los frailes que lanzaban vítores a la Virgen de la Palma. No quería restarle importancia, pero sabía que pronto se adjudicarían todo el mérito.

El sacerdote había logrado frenar el maremoto. Era una leyenda digna de ser contada. Sin embargo, estaba convencida de que nadie recordaría a quienes cerraron el portal y evitaron que Baal regresara a la ciudad convertido en dios. Sus hazañas caerían en el olvido, arrastradas por la poderosa corriente de quienes escriben las historias.

Caperucita salió de la iglesia y corrió hacia ella. Se arrodilló y le tiró del brazo. Rosario soltó un quejido y alzó una mano para pedirle que no la moviera. La luz del sol se le escurría entre los dedos.

—¿Estás bien? —dijo Caperucita mientras le acariciaba las mejillas.

Rosario esbozó una sonrisa cansada. Había conseguido protegerla. Ese era su legado.

—Podría estar mejor. ¿Cómo te llamas?

—Nazaret.

Rosario se quitó el colgante, lo besó por última vez y se lo entregó a Nazaret. Con un último suspiro, recordó a la mujer de pelo blanco que, diez años atrás, se lo había entregado antes de morir entre sus brazos.

—Caperucita, que nadie te diga que ser una heroína es divertido —murmuró, antes de cerrar los ojos.

Nazaret la sacudió. Rosario no se movió.

Nazaret la abrazó. Rosario descansó.

Nazaret reconoció el amuleto al instante. Era el mismo que durante semanas había aparecido en sus sueños. Se lo colgó del cuello y observó la gema vibrar con intensidad. Las pecas de la cara, empapadas de lágrimas, brillaron con esperanza.

El retumbar de las olas perduraría durante siglos y se transmitiría entre susurros por el barrio de la Viña.

Cádiz sobreviviría… y el mito de la Protectora, también.