Magia Virginal
Merlina
Merlina estaba tirada en el piso negro de su habitación. Su rostro pálido no reflejaba la turbulencia de sus pensamientos. Había cometido un error grave, uno quizás irreparable.
En la vida, hay pocas oportunidades para que una mujer estudie una magia tan poderosa y desafiante como la brujería virginal.
Las eruditas en el tema escaseaban, y las estudiantes no eran abundantes porque pocas empacaban el amor en una bolsa de basura sin dudar.
Ese no era un problema para ella, así que, cuando Merlina encontró ese viejo libro apolillado y oculto en el ático de la mansión Addams creyó que los demonios del averno habían escuchado sus quejas y le habían dado algo con que matar el hastío.
En su lectura no encontró restricciones engorrosas ni materiales difíciles de conseguir, nada de eso. Una sola y simple regla. Renunciar al amor de pareja.
Y esa había sido la trampa, en cuanto lo hizo sus visiones se apagaron como una falla eléctrica súbita. Incluso su cuerpo se sintió diferente, menos frío y rígido. Era como si al abandonarla el don, la oscuridad se sintiera menos cómoda en ella.
La chica miró de reojo a la mujer rubia cruzada de brazos detrás del escritorio de Merlina.
La directora Weems, su guía espiritual tenía la cara tan pálida que dejaba claro que la pérdida de visiones la preocupaba. Ni siquiera había intentado regañarla.
—Así que estaba aburrida y no se le ocurrió nada más que ponerse a practicar con magias raras —soltó la mujer. No era un reproche, intentaba establecer los hechos para saber dónde estaban paradas.
—Parecía prometedor —aceptó Merlina encogiéndose de hombros.
No quería aceptarlo en voz alta, pero Weems tenía algo de razón.
Tras concluir sus estudios en Nevermore, Merlina se había tomado un año sabático para buscar publicar su novela, lastimosamente su último editor había renunciado acusándola de causar traumas irreparables, y no estaba teniendo mucho progreso consiguiendo un reemplazo; así que cuando se le cruzó el libro de brujería virginal, no lo dudó.
Weems negó con la cabeza y Merlina se atrevió a soltar una pregunta que había estado dándole vueltas.
—El texto para renunciar al amor era una trampa ¿no? —cuestionó.
Hasta ahora, lo único que encontraba lógico era que el encantamiento en realidad la había hecho renunciar a su don sin que se diera cuenta.
—El problema real es que su don psíquico y la magia virginal no son compatibles.
El entrecejo de Merlina se frunció. La brujería debió haberle dado visiones más poderosas, no eliminarlas. Pero Weems parecía muy segura de que la magia virginal y su don eran mutuamente excluyentes. —¿Por qué?
—¿Sabe por qué las parejas en su familia son tan… —Weems se estremeció —tan locamente Frump?
Merlina lo analizó un momento. Las Frump tenían un gran historial de acosadoras y obsesivas con sus parejas.
Incluso ella misma alguna vez caminó por casi media hora después de una lluvia intensa solo para ver y besar a un monstruo que confundió con una buena persona.
—Es un gen descompuesto —decidió.
Weems suspiró con resignación —Es un pacto. Sus antepasados pactaron amar con locura a cambio de obtener el don psíquico. —reveló la rubia.
Merlina parpadeó.
—Un pacto. —repitió mientras comenzaba a entender el secreto de la locura familiar.
—Y usted lo rompió al rechazar el amor.
Merlina se incorporó abruptamente en cuanto su visión periférica dejó de percibir a Weems sentada.
—¿Se va ahora? —gruñó molesta por la poca ayuda.
—Yo no me he ido. Pero usted está perdiendo sus habilidades psíquicas complementarias y con ello la habilidad de verme. —respondió Weems, su voz sonó menos clara y Merlina ya ni siquiera podía verla.
Por primera vez durante la charla, la chica sintió miedo real.
Desde que tenía memoria había sido capaz de percibir fantasmas y espíritus. Cuando las visiones aparecieron se convirtieron en la cereza podrida en su pastel de rarezas. Si todo eso se terminaba y se volvía una normie… no, no podía.
—¿Qué hago? —cuestionó mirando hacia la silla vacía donde había estado Weems.
La voz de Weems vino justo detrás de ella: —La única forma que veo para arreglarlo es restableciendo el pacto, pero para eso… ¿cree posible amar con locura a alguien? —dudó.
Merlina tragó saliva escaneando la habitación sin saber dónde estaba Weems.
El último eco de la voz de su guía espiritual fue un imperativo: —Inténtelo.
—Morir es más placentero —respondió la chica de diecinueve años.
No bromeaba. En el tema del amor… solo una vez había sentido genuino interés por alguien, y terminó siendo un monstruo homicida en serie.
Y pese a que enamorarse seguía siendo una aberración la idea de volverse normie no la entusiasmaba nada.
Estaba decidida, tendría que arreglar su desastre, de una forma u otra.
Merlina dio un paso atrás para contemplar mejor la pared en la que había armado una lista de prospectos para novios. La mayoría eran ex-compañeros de Nevermore con moral dudosa que aceptarían un pago en metálico a cambio de fingir un amor loco con ella.
Su plan era sencillo. Personificar la pareja más asquerosamente aberrante y empalagosa para convencer a la entidad con la que sus ancestros pactaron el don, de que ella seguía siendo merecedora.
Aunque a Enid no le encantaba usar la bola de cristal para conversar, la había ayudado dándole una lista de sus hermanos solteros y Agnes había recopilado los nombres de todos aquellos que en algún momento fueron parte del club de fans de Merlina.
Lastimosamente y pese a sus esfuerzos en conjunto, Merlina veía su pared llena de prospectos tachados con los labios fruncidos. Llevaba días hurgando en su anuario escolar y en conocidos de la familia tratando de encontrar alguien decente.
Engañar a una entidad poderosa sobre el romance era factible, difícil, pero no imposible. Eso siempre y cuando no sintiera un profundo asco hacia la otra persona, y el problema era ese, el número de hombres que no repudiaba era minúsculo, y desgraciadamente la mayoría eran parientes.
—Eugene podría ser una buena opción —musitó paseando los ojos entre las primeras fotos que había tachado.
Dedos hizo un ademán de desdén cuando Merlina comenzó a reciclar de entre los descartados.
La mano no estaba de acuerdo con su plan, había estado insistiendo en que debía pedirle consejo a Morticia o a la abuela Hester, pero la chica se rehusaba, ella se había metido sola en ese problema y podía solucionarlo igual.
La mano se meneó de un lado a otro con incredulidad mientras Merlina continuaba revisando sus nulas opciones.
—Solo debo encontrar al correcto —bufó molesta rompiendo en mil pedazos la foto de su amigo Eugene. Detestaba darle la razón a Dedos, pero el máximo amor que podría mostrarle a Eugine sería una serie de maltratos iguales a los de Pericles.
Los otros candidatos no eran mejores, demasiado vivos, insípidos o en el peor de los casos demasiado correctos.
Imaginar un noviazgo con cualquiera de las personas en las fotografías la tensaba de la peor manera.
Si la entidad dueña del don esperaba de ella un amor del calibre como el que Morticia profesaba a Homero… o incluso uno como el que la abuela había tenido por el abuelo, estaba perdida. Sin importar cuanto estudiará actuación, jamás podría representar un acto así.
La puerta de la habitación se cerró con un ruido sordo haciendo que la chica se girara, después el tamborileo de Dedos sonó por el piso de madera mientras la mano escapaba lejos.
Merlina caminó hacia la puerta para ver la hoja amarillenta dejada por Dedos antes de huir. —Las mejores mentiras siempre llevan un poco de verdad. —leyó sosteniendo el volante de ¨Se busca¨ con la imagen de Tyler Galpin.
Esperaba que Dedos corriera lo suficientemente fuerte porque si lo detectaba cerca sería atravesado por una flecha filosa.
Tyler Galpin era lo más cercano que Merlina había tenido a una pareja. Desde la farsa de Laurel Gates ya habían pasado tres años y aún se sentía molesta por haber caído.
Evitaba pensar en ese tropiezo, pero a veces aún se preguntaba si haberlo dejado vivir en la torre Iago tenía sentido. No había podido encontrar una respuesta, lo ideal habría sido decapitarlo para cerrar el ciclo.
La chica de trenzas negras contempló el volante en su mano sin atreverse a tachar la cara del demente en la fotografía. Tyler era un hyde, un monstruo violento que había intentado matarla en más de una ocasión. Era manipulador, asesino, traicionero y… no era desagradable de besar.
Era una locura. No sabía dónde estaba y habían pasado años desde la última vez que lo había visto. Si Tyler no había conseguido un amo en ese tiempo, ya deberia estar completamente demente.
Una sonrisa tétrica se dibujó en los labios oscuros, esperaba que la inestabilidad de un hyde sin amo facilitara el secuestro.