1. El Jardín de Arriba
Como cada mañana, Sombra abrió los ojos al sentir los tibios rayos del sol sobre su cuerpo. Había dormido toda la noche sobre su cama suave y cómoda, que su mamá humana había colocado estratégicamente frente a la enorme ventana que daba hacia el espacioso jardín, su sitio preferido de toda la casa. El felino se estiró cuan largo era y comenzó a limpiarse a conciencia la cara y los bigotes. Estaba listo para empezar un nuevo día.
La puerta de la habitación principal, donde dormían sus papás humanos, se abrió de par en par y escuchó sus voces animadas al bajar por las escaleras. Minutos después, el fuerte aroma del café recién hecho inundó toda la planta baja. Sombra sabía que ese olor solo significaba una cosa: papá humano estaría ausente toda la mañana.
Después, su hermanita humana, una chiquilla de seis años que respondía al nombre de Clarissa, entró corriendo a la cocina ya vestida con su uniforme. Se sentó a tomarse su jugo de naranja recién exprimido junto a papá que sorbía lentamente su taza de café. Entretanto, el gato se restregaba en las piernas de su hermana para dejar sus calcetas impregnadas con su aroma.
Al terminar el desayuno, la pequeña Clarissa tomó su mochila, lo levantó en brazos y le dijo:
―¡Adiós, Sombra! Pórtate bien, no rompas nada, ¡y no te metas en problemas!
Y se subió al auto con papá mientras él se quedaba en casa, haciéndole compañía a mamá, que le sirvió una generosa lata de atún en su plato. Después, anduvo apurada para arriba y para abajo: barriendo los pisos, sacudiendo los cuadros de la pared y picando verduras en la cocina.
Conforme iban pasando las horas, el silencio cayó sobre la casa como una manta. Solo se oía el tictac del péndulo del reloj antiguo que adornaba la pared de la sala y el golpeteo rítmico del cuchillo de mamá contra la tabla de picar. Sombra se lamió los últimos restos de atún de sus bigotes, dio un largo bostezo, se dirigió a la puerta trasera y empujó la gatera con la cabeza.
Afuera lo esperaba su reino. El calor de las once lo recibió de lleno. El pasto se sentía tibio bajo sus almohadillas y aún humedecido por el rocío de la madrugada.
Sombra hizo su recorrido habitual por el jardín para cerciorarse de que todo estuviera en orden. Se dirigió al fragante rosal, donde le gustaba echarse sus siestas diurnas. Después, dio un gran salto y se trepó a la orilla de la barda, desde donde también podía vigilar buena parte del patio trasero de los vecinos.
Cuando se aburrió, bajó de la barda y se dirigió de vuelta a la comodidad de su cama. Se deslizó con sigilo entre los arbustos de camelias, el sillón de mimbre ―donde a veces mamá se sentaba a leer―, los gnomos decorativos de piedra y la pequeña fuente que adornaba el centro del jardín. Y al pasar por el cobertizo donde papá solía guardar sus herramientas para arreglar desperfectos en la casa, algo llamó su atención.
Era una mariposa. Aunque para Sombra era muy común verlas revolotear entre las matas de flores, esta sin duda tenía algo diferente. Era dorada y sus alas parecían hechas de luz líquida. Flotó sin apuro frente a su nariz, como invitándolo a seguirla. Olía a lluvia, a jazmines y a algo extraño... algo mágico.
El gato entrecerró los ojos. Nunca antes había visto mariposas doradas en su jardín. Nunca.
La mariposa danzó en el aire, trazando círculos. Y se echó a volar muy despacio, hacia el fondo. Hacia aquel cuartito viejo y empolvado que olía a cosas olvidadas.
Sombra se quedó quieto, dudando por un segundo.
Recordó la advertencia de Clarissa, que debía portarse bien en su ausencia. Pero su curiosidad felina fue más fuerte que su voluntad.
Dobló la esquina del cobertizo, y entonces, el mundo se detuvo.
Ahí estaba. Un gran agujero excavado en la tierra, como si varios topos hubieran escarbado toda la noche. El felino se acercó con cautela y se asomó. El hoyo parecía no tener fondo y era de un negro profundo, semejante a un trozo de cielo nocturno pegado ahí en el suelo.
Sombra, que conocía cada centímetro de su amado jardín, sabía que eso no estaba ahí ayer. Era completamente nuevo.
Una ráfaga de aire frío se coló por el agujero, provocando que se le erizaran cada uno de los pelos del lomo. El viento traía consigo un olor dulzón y a tierra húmeda. Estuvo a punto de saltar, cuando le llegó el eco lejano del tictac del reloj de la sala... solo que más lento, como suplicándole que se detuviera.
El curioso gato retrocedió un paso. Pensó en su cama, blanda y calientita. Pensó en su plato de comida, que su mamá llenaba cada vez que se lo pedía con un maullido. Recordó la voz cariñosa y enérgica de su hermanita esa mañana: «¡No te metas en problemas!»
La mariposa dorada revoloteó con insistencia sobre su cabeza, se aproximó al borde del hoyo y se dejó caer, libre como las hojas de los árboles en otoño.
Esta vez, Sombra no titubeó.
Saltó tras ella.
Y así, el Jardín de Arriba chisporroteó y se apagó como una vela al dejar de recibir oxígeno.