El Día Que Os Perdí [Bts] (Two Shot) by MinMinnie94 at Inkitt
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EL DÍA QUE OS PERDÍ [BTS] (TWO SHOT)

Summary

LO PEOR DE PERDER A ALGUIEN ES QUE SIGA DELANTE DE MIENTRAS DEJA DE ELEGIRTE. 💔💔 AÑO 2022. Han pasado 9 años desde que Eira debutó como la única chica de BTS. Nueve años de escenarios, giras, premios y una dependencia emocional tan profunda que hace tiempo que dejó de parecer normal. Porque, para ella, BTS nunca fue solo un grupo. Fueron su familia. Sus hermanos. Su hogar. Por eso, cuando una discusión aparentemente insignificante estalla en una de las salas de ensayo de HYBE, nadie espera que termine convirtiéndose en la peor fractura que el grupo haya sufrido jamás. Ni que secretos ocultos durante un año salgan a la luz delante de todo el mundo. Ni que algunas palabras sean imposibles de perdonar. A veces, perder a alguien no ocurre cuando se marcha. A veces ocurre mientras sigue delante de ti. Y cuando Eira cruzó aquella puerta, algo entre BTS y ella se rompió para siempre.

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El aire acondicionado de la sala de ensayos de Hybe zumbaba de fondo, pero no servía de mucho. El ambiente seguía cargado.

BTS acababa de terminar una sesión de seis horas y la habitación era un caos de botellas de agua por el suelo, toallas usadas, mochilas abiertas y sudaderas tiradas en cualquier esquina.

En la zona lateral, los chicos de Seventeen llevaban ya un rato esperando para su turno de ensayo. No querían molestar, así que se habían quedado a un lado, algunos sentados en el suelo mirando el móvil y otros apoyados contra la pared hablando en voz baja.

Para ellos, esto era lo normal. Estaban más que acostumbrados a cruzarse por pasillos y compartir espacios.

Los miembros de BTS estaban en esa fase de relajación post-ensayo, con la adrenalina bajando y el cansancio ganando terreno.

Jihoon estaba apoyado contra la pared, con los brazos cruzados. Desde fuera parecía el de siempre: callado, serio, a lo suyo. Pero por dentro no podía quitarle la vista a Eira. Intentaba no mirarla fijamente para que nadie en la sala notara nada, pero sus ojos volvían a ella de forma inconsciente cada pocos segundos.

Eira, en cambio, estaba completamente tranquila, charlando de alguna tontería cotidiana con Hoseok. Se reían. Era un día más para ellos, sin imaginarse la tormenta que se venía.

Hasta que Sunhee, la novia de Jungkook, abrió la boca.

Estaba sentada en uno de los sofás del fondo, con un café para llevar en la mano. Llevaba allí toda la tarde mirando el ensayo. Su comentario no sonó a insulto, ni usó un tono de villana de película, pero fue una de esas frases pasivo-agresivas que duelen más porque tocan exactamente donde saben que hay una herida. Una frase que era el resultado de meses acumulando pullas.

—De verdad Eira, me agotas de solo verte —soltó ella, con una sonrisa ligera, como quien hace un chiste sin importancia—. Siempre tan pendiente de lo que hacen los chicos, de si dejan las cosas o de sus horarios. Si gastaras la mitad de esa energía en tu propia agenda, los mánagers tendrían menos trabajo. Y Jungkook podría respirar un poco, que a veces parece que tiene dos madres.

El silencio que cayó en la sala fue instantáneo.

La risa de Hoseok se cortó en seco. Jin dejó de mirar el móvil. En la esquina de Seventeen, un par de cabezas se levantaron de golpe.

No era la primera vez que Sunhee soltaba algo así, y Eira ya venía cansada de aguantar comentarios que la hacían quedar como una controladora, una dependiente o alguien que mendigaba atención.

Eira terminó de cerrar la cremallera de su sudadera, muy despacio. Se enderezó, poniéndose bien la capucha y miró directamente a la chica. Su cara no era de rabia, sino de puro hartazgo.

—Mis mánagers no tiene ninguna queja conmigo, Sunhee —dijo Eira, con la voz completamente fría—. Y Jungkook es bastante mayorcito para decirme si le molesto. No necesita que vengas tú a la sala de ensayos a hablar por él, y menos cuando estamos trabajando.

El corte fue limpio y directo. A Sunhee se le borró la sonrisa de golpe y se le encendieron las mejillas. Mró a Jungkook inmediatamente, con los ojos de par en par, adoptando el papel de víctima en menos de un segundo.

Jungkook, que estaba poniéndose la chaqueta, se tensó. Vio la cara de su novia, vio la firmeza en Eira y no se lo pensó dos veces. El chip de protección se le activó al instante. Dio un paso al frente, poniéndose en medio.

—Sire tampoco hace falta que contestes así —dijo Jungkook, con el tono serio—. Solo estaba bromeando. Últimamente saltas por todo y te tomas cualquier comentario como un ataque personal.

Eira se quedó estática. Las palabras de Jungkook se sintieron como un bofetón de realidad, pero no fue él quien la hizo contener la respiración.

Fue Taehyung.

Estaba solo a un par de metros, apoyado en la barra de ensayo, observándolo todo con las manos metidas en los bolsillos. Eira lo miró fijamente. Buscó sus ojos de forma automática, esperando ese gesto imperceptible que hacían siempre, esa señal de “déjalo, no vale la pena” o que se metiera en medio con una de sus ocurrencias para rebajar la tensión. Esperaba que su mejor amigo, su hermano, hiciera de escudo.

Pero Taehyung no se movió. Sostuvo la mirada de Eira un segundo, plano y distante, y luego dio un paso hacia el lado de Jungkook. No dijo nada, pero el movimiento habló por sí solo. Se posicionó físicamente con el… con ellos.

Eira sintió un vacío helado en el estómago. El dolor real no venía de Sunhee. A ella podría borrarla de su mapa mental en dos segundos. El dolor venía de él. Venía de la traición silenciosa de la persona que se suponía que debía protegerla. La sensación de abandono la golpeó tan fuerte que por un instante se olvidó de como respirar.

Estaba sola en esa jodida sala.

—¿Que salto por todo?

Eira soltó una risa amarga, dando un paso hacia Jungkook y Taehyung. El cansancio se le transformó en puro adrenalina.

—¿De verdad vas a decir eso, Jungkook?

—Es la verdad —replicó él, cruzándose de brazos. Su tono se estaba volviendo defensivo, el típico muro que ponía cuando se sentía acorralado—. Sunhee solo ha dicho una tontería, y tú has ido al cuello. Parece que no puedes soportar que esté aquí, que tengamos una vida fuera de esto.

—¡Me importa una mierda vuestra vida fuera de esto

El tono de Eira subió, rompiendo el código no escrito de mantener las formas delante del staff o de Seventeen. Ya no le importaba.

—Esto no va por el comentario de hoy —siguió ella—. Va de que llevo meses aguantando sus pullas. De que llevo meses soportando que deje caer que soy una molestia, que os controlo, que os agobio. Y yo me callo por no armar un drama en el grupo. Pero en el momento en el que me defiendo, resulta que la mala soy yo.

— Eira basta ya —intervino Taehyung. Su voz fue baja, pero firme, sonó como un recordatorio de orden, como un reproche—. No metas más mierda donde no la hay. Sunhee no lo ha dicho con esa intención. Estás exagerando las cosas y montando un número delante de todo el mundo.

Ese fue el segundo golpe, y dolió el doble.

—¿Qué estoy montando un número, Kim Taehyung?— Eira lo miró, y la decepción en sus ojos fue tan cruda que Taehyung desvió la vista una fracción de segundo antes de recuperar la compostura—. Llevamos años funcionando de una manera. Hemos sido una familia. Pero desde que aparecieron ellas, parece que el patrón siempre es el mismo: ellas atacan, yo me aguanto, y si hablo, yo soy el problema. Estás defendiendo algo que sabes perfectamente que está mal solo para no llevarle la contraria a Jungkook.

Jungkook dio un paso más, invadiendo el espacio de Eira. Su postura se volvió agresiva, los hombros tensos y los puños cerrados a los lados. Sintió que Eira estaba cruzando una línea roja, atacando directamente su relación y la madurez de sus decisiones.

—No hables de ella como si la conocieras —siseó Jungkook, con los ojos inyectados en rabia—. Estás celosa, Eira. Es eso. Te jode que ya no seamos los críos que dependían de ti. Te jode que tengamos prioridades que no te incluyen a ti.

En ese punto, la atmósfera en la sala cambió por completo. Ya no era un roce incómodo de pareja, sino una bomba de relojería que acababa de estallar.

Los miembros de BTS reaccionaron.

Namjoon dejó caer una botella de agua ue rodó por el parqué con un sonido estridente. Jin, a su lado, se enderezó del todo, con el rostro serio, perdiendo toda la pereza post-ensayo.

—Jungkook para ya —ordenó Namjoon, dando unos pasos hacia el centro de la sala, intentando imponer su autoridad de líder—. Cortad esto ahora mismo, no es el lugar ni el momento.

—Eira, ven aquí, vamos fuera —pidió Hoseok, acercándose a ella con las manos levantadas en un gesto pacificados, intentando agarrarla suavemente del brazo para sacarla de la línea de fuego.

Pero Eira se soltó del agarre de Hoseok sin quitarle los ojos de encima a Jungkook. Jimin se había quedado a un lado, frotándose la nuca, visiblemente incómodo, mirando el suelo porque dolía demasiado ver esa fractura en directo.

Y luego estaba Yoongi. Yoongi,que solía quejarse de todo o soltar algún comentario sarcástico para cortar la tensión, se quedó completamente callado. Se cruzó de brazos, apoyó el peso en una pierna, y se les quedó mirando con los ojos entrecerrados.

Cuando Yoongi se callaba de esa manera, daba miedo. No porque fuera a gritar, sino porque era el único que estaba leyendo la escena con total claridad. Estaba viendo cómo una grieta de años se abría en canal en mitad de la sala de ensayo, y sabía que lo que venía después iba a ser feo. Muy feo.

Jungkook no escuchó a Namjoon. Ni siquiera miró a Hoseok. Estaba completamente cegado por el enfado, ciego por la adrenalina y por tener a Taehyung pegado a su espalda. Miró a Eira con una frialdad que ella no le había visto en la vida.

Ya no estaba discutiendo por defender a su novia. Estaba atacando para ganar.

Eira dio un paso atrás, pero no por miedo. Fue el impacto de la palabra “celosa”. Se le quedó clavado en el pecho como un trozo de cristal. Miró a Jungkook, buscando en sus ojos negros al chico que había visto crecer, al que dormía con ella porque tenía miedo, al que consolaba cuando rompía a llorar por la presión en mitad de las giras.

No había rastro de él.

Solo había un hombre adulto mirándola con una hostilidad que la hacía sentir una extraña.

—¿Celosa? —repitió ella, perdiendo la fuerza del grito y ganando una fragilidad que hizo que Hoseok se le cayera el alma a los pies—. ¿Eso es lo que piensas, Jungkook? ¿De verdad?

La rabia de Eira se evaporó, dejando en su lugar una sensación pura y asfixiante de traición. Miró a Taehyung, buscando una grieta en su fachada, pero él seguía con la mandíbula apretada, mirando un punto fijo en el hombro de Jungkook.

—Necesito que me mires a los ojos y me digas cuánto tiempo llevas pensando eso —insistió Eira, con los labios temblando ligeramente—. Cuánto tiempo llevas guardándote esa mierda dentro mientras me sonreías y me decías que éramos una familia. Dime si el hermano que he tenido al lado todos estos años era real o si solo estabas esperando que me convirtiera en una molestia para echarme en cara que te agoto.

Jungkook no retrocedió. Al contrario. Verla flaquear, ver que sus defensas caían, pareció darle alas. Su enfado se volvió más frío, más calculado. Sabía exactamente dónde golpear porque la conocía mejor que nadie. Sabía donde estaban sus cicatrices. Y decidió meter el dedo en la llaga sin piedad, no porque creyera al cien por cien lo que estaba a punto de decir, sino porque la adrenalina le pedía sangre.

Quería ganar.

Quería destrozarla para tener la razón.

—¿Quieres saber la verdad, Eira? —siseó Jungkook, dando un paso que la obligó a levantar la barbilla—. La verdad es que siempre eres el mismo maldito drama. Siempre necesitas ser el centro de todo. Te da pánico que crezcamos, que hagamos nuestras vidas porque no soportas la idea de quedarte sola. No soportas ver que nosotros avanzamos y tú te quedas estancada en el mismo sitio.

Eira abrió la boca para hablar, pero la palabras se quedaron atascadas en la garganta.

—Te crees que eres nuestra prioridad, pero la realidad es que la gente se cansa de ti —continuó Jungkook, subiendo el tono, soltando cada frase como si fuera una martillazo—. Eres demasiado intensa. Exiges tanto emocionalmente de los que te rodean que acabas asfixiándonos a todos. Te metes en nuestras cosas, controlas lo que hacemos, necesitas que te estemos validando veinticuatro siete. ¿Por qué crees que tus relaciones nunca funcionan? ¿Por qué crees que al final todo el mundo se acaba largando de tu lado?

El silencio en la sala se volvió sepulcral, espeso.

—La gente puede quererte un rato, Eira —soltó Jungkook, propinando el golpe final, el que sabía que la dejaría sangrando—. Pueden tenerte cariño, pueden pasar el tiempo contigo. Pero nadie se queda. Nadie te elige a ti de verdad por encima de los demás, porque eres una carga. Agotas a cualquiera. Y tarde o temprano, todos se cansan de arrastrar tu peso y eligen a otra persona. Siempre vas a ser la opción temporal de todo el mundo.

En la esquina de la sala, el mundo de Jihoon se redujo a un zumbido blanco.

Había dejado de escuchar la mitad de las palabras de Jungkook cuando mencionó las relaciones de Eira, pero el tono, la crueldad pura que destilaba cada sílaba, le estaba subiendo por la garganta como ácido.

Tenía los puños tan apretados dentro de las mangas de la sudadera que las uñas se le estaban clavando en las palmas, hasta el punto de hacerse daño.

No miraba a Jungkook, solo la miraba a ella.

Desde su posición, de perfil, vio cómo a Eira se le desencajaba la mandíbula. Vio el momento exacto en que la respiración de ella se cortó, un espasmos violento en el pecho que intentó camuflar tragando saliva. Vio cómo sus ojos, enormes y brillantes por las lágrimas que se negaba a soltar delante de cuarenta personas, se clavaban en el suelo, completamente derrotados.

Parecía que se estuviera encogiendo, haciéndose pequeña bajo el peso de unas palabras que tocaban su mayor pesadilla: el miedo crónico a no ser suficiente, a ser siempre la persona que se queda atrás cuando los demás construyen vidas de verdad.

Cada palabra de Jungkook era una tortura para Jihoon, pero por una razón que Jungkook jamás entendería.

Nadie te elige a ti de verdad”.

Era la mayor mentira que Jihoon había escuchado en su puta vida. Él la estaba eligiendo. La elegía cada mañana al despertarse, la elegía en cada línea que escribía en su estudio, la elegía en el silencio de verla reír al otro lado del pasillo.

Él quería quedarse.

Ver cómo la destrozaban con la mentira de que era insoportable, de que nadie querría cargar con ella, le revolvía las entrañas.

A su lado, la tensión de su grupo empezó a fracturarse. Mingyu notó el cambio de inmediato. Vio como la respiración de Jihoon se volvía corta, rápida, y cómo sus hombros se ponían rígidos como piedras.

—Woozi-hyung… —susurró Mingyu en voz muy baja, estirando una mano hacia su brazo, intuyendo que el productor estaba a punto de perder el control y hacer algo que desencadenaría un desastre corporativo entre las dos bandas más grandes de la empresa.

Él ni siquiera lo escuchó. Su mirada seguía fija en el perfil de Eira, registrando el temblor casi imperceptible de sus manos y la forma en que apretaba los dientes para no romperse.

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