Prólogo
La pantalla del ordenador era lo único que iluminaba el estudio. El aire acondicionado zumbaba de fondo, con ese frío seco que se te mete en la garganta cuando llevas más de doce horas encerrado.
Elliot se frotó los ojos con la palma de la mano, sintiendo el cansancio acumulado justo detrás de los párpados. Eran casi las cuatro de la mañana.
Tenía que encontrar una maqueta del 2021. Un descarte con una línea de bajo que un productor de la agencia le había pedido para un proyecto nuevo. El problema de acumular años de trabajo en un disco duro es que terminas perdiendo el rastro de tus propios pasos.
Pulsó un par de comandos, saltando de carpeta en carpeta.
Demos_2020, Proyectos_Varios, Notas_Voz.
Nada.
Entró en un directorio antiguo, uno que no abría desde hacia una eternidad, y el cursor se detuvo sobre un archivo comprimido que ni siquiera recordaba haber guardado ahí. El nombre era simple, casi plano:
Songs_That_Never_Came_Out
Hizo doble clic.
No era una lista desordenada de archivos de audio. Era una carpeta limpia. Dentro había exactamente diez pistas, numeradas, perfectamente ordenadas. No tenían títulos pomposos o abstractos que solía usar para registrar los temas en la asociación de derechos de autor. Eran solo fechas y anotaciones cortas.
Le dio al play a la primera sin pensarlo mucho.
Un acorde limpio de piano llenó el estudio. No necesitó más de tres segundos para que el estómago se le encogiera. No era solo la melodía. Era la respiración suave que se escuchaba justo antes de que entrara la voz guía. Una respiración que conocía de sobra, grabada con un micrófono barato en una noche en la que el mundo exterior parecía haber desaparecido.
Eira.
Pasó a la pista tres. Luego la siete. Después la diez.
Ella no aparecía en los créditos de los archivos, ni su voz estaba en cada pista. En algunas solo había líneas de sintetizados que imitaba la forma en que ella tarareaba cuando estaba nerviosa. En otras, una letra escrita a medias en un bloc de notas digital que hablaba de un tren que se perdía por no querer mirar el reloj.
No era canciones para Horizon. Tampoco para Apex. Eran os restos de algo que nunca supieron dónde meter.
Elliot se echó hacia atrás en la silla, dejando que la luz azul dela pantalla le diera de lleno en la cara. El silencio que siguió al último acorde se sintió más pesado que de costumbre.
Miró la lista de esos diez archivos, alineados como los capítulos de un libro que jamás se había atrevido a leer en voz alta.
“Nunca me había dado cuenta de que nuestra historia ocupaba más espacio en mi ordenador que en mi memoria”, pensó.








