Capítulo 1: El valle de Terramón
HARRIET
- Es tan tranquilo... - la voz de Kalista interrumpió mis pensamientos. Estaba sentada junto a la ventana, observando el valle donde los Vaelis caminaban sin prisa -. Me gusta este lugar, Harriet. De verdad me gusta. Mira el follaje de los árboles Lumina; parece que sus hojas de cristal cambian de color con el viento. Y el aroma del agua del río... huele a lluvia fresca y lavanda. Aquí la tierra se siente viva, en paz.
Me acerqué a ella, ajustándome los vendajes de las muñecas.
- Lo sé, pequeña. Los jardines flotantes del valle son lo más hermoso que hemos visto en años - respondí, esbozando una sonrisa genuina, un lujo que rara vez me permitía- . Pero la paz de los Vaelis durará poco si nos quedamos más tiempo…
Mi nombre es Harriet y tengo veinticinco años y, si preguntais en los callejones equivocados, susurran el nombre de Bruja Negra. Supongo que mi reflejo en el espejo justifica el apodo: cabello negro como el carbón, piel tan pálida que parece de mármol y una cicatriz que me cruza el ojo izquierdo, un recuerdo vivo de que la justicia y la libertad exigen un precio.
Si bajas la mirada hacia mis brazos, verás que mi piel es un mapa de tinta; cada tatuaje es un hechizo, un pecado o un secreto que he tenido que cargar…
Mis ojos azules como el mar, esconden, un secreto que todos temen pero que pocos entienden.
Llevamos huyendo desde que mi hermana Kalista tenía dos años y yo ocho. Ese día, los Cazadores de la Élite redujeron nuestra casa a cenizas y se llevaron a nuestros padres. Eran dos Kindrasianos blancos cuyas almas codiciaban los reyes corruptos para mantener su inmortalidad y su eterna juventud.
Aquel secreto era algo que muy pocos en el continente conocían. Los monarcas lo mantenían oculto bajo llave, pero no contaban con la habilidad innata de los Kindrasianos blancos: una conexión mental secreta que les permite comunicarse a través de las emociones, los sentimientos y los deseos más profundos. Cuando el primer Kindrasiano blanco fue sacrificado en los sótanos del palacio de Valeria, su agonía resonó en la mente de todos los de su clase. A través de ese lazo de dolor, supieron la terrible verdad y comprendieron que, tarde o temprano, todos estarían en peligro de muerte.
Desde ese instante, mi vida se redujo a una sola regla: sobrevivir y mantener a mi hermana a salvo. Ella heredó la luz blanca de la sanación; yo, en cambio, la oscuridad destructiva.
A lo largo de nuestra huida, Kalista fue aprendiendo poco a poco a dominar sus dones a través de los pocos recuerdos y enseñanzas que yo intentaba transmitirle de nuestros padres. Al principio ella tampoco sabía mucho, pero tuvimos suerte. Gracias a nuestros constantes viajes y al contacto con las diferentes razas del continente que se compadecieron y nos abrieron las puertas, mi hermana logró absorber nuevos conocimientos. Esa sabiduría ajena le permitió conectar con su elemento y desarrollar su potencial como Kindrasiana blanca.
El problema era que yo nunca tuve esa oportunidad real… Los Kindrasianos al cumplir el primer año de vida, empieza a conectar de forma natural con el elemento que define a su estirpe: los azules se funden con el agua, los marrones con la tierra, los verdes con la naturaleza y los blancos, como mi hermana, se guían a través de la curación, las emociones y los deseos. Pero yo nací siendo una Kindrasiana negra. No había registros, no había guías, apenas existía documentación alguna sobre nuestra especie ni sobre cómo desarrollar una magia que la corona consideraba sinónimo de devastación. Ninguna de las razas que conocimos sabía cómo ayudar a una criatura de la oscuridad…
Mis padres, personas maravillosas, encantadoras y amantes devotos de su raza, habían hecho todo lo humanamente posible para mantenerme oculta del mundo. Intentaron enseñarme ciertas habilidades rudimentarias para canalizar mi energía, pero el poder que yo ostentaba era tan colosal, tan oscuro y errático, que incluso a ellos les costaba horrores entenderlo, enseñarlo y, mucho menos, dominarlo.
Toda esa guía, todo ese amparo, desapareció de golpe cuando cumplí los ocho años y los Cazadores irrumpieron en nuestro hogar, raptando a mis padres y dejándome sola con una bebé en brazos y un poder destructivo que, a diferencia de la luz de mi hermana, se quedó congelado en un pozo de ignorancia y miedo…
Kalista suspiró, apoyando la mejilla en su mano mientras contemplaba las cascadas invertidas que desafiaban la gravedad al fondo del valle, salpicando gotas que brillaban como diamantes flotantes.
- Solo desearía que pudiéramos quedarnos lo suficiente para ver florecer las flores de luna - susurró, con un deje de nostalgia- . Dicen que su luz azul puede guiar a los viajeros perdidos.
- Debemos empezar a recoger las cosas - dije
En el momento en que Kalista se levantó, hubo un cambio brusco en el ambiente que me heló la sangre.
El brillo exótico de las hojas de cristal se apagó de golpe, volviéndose opaco. Las cascadas invertidas parecieron perder su fuerza, y el aroma a lavanda fue sustituido por un olor pesado, metálico... como el acero frío y la ceniza.
Miré hacia la plaza. Los Vaelis se habían detenido. Sus ojos blancos, antes serenos, miraban con pánico hacia la entrada del valle.
- Kalista - dije, sintiendo cómo el frío de mi magia despertaba bajo mis tatuajes - , recoge tus cosas. Ahora.
No hizo preguntas. El pánico en mi voz era una alarma que conocía demasiado bien. Se giró y cogió su mochila mientras yo me asomaba de nuevo a la ventana y cogía mi arco.
El paraíso exótico de los Vaelis se estaba desmoronando en segundos.
Una lluvia de flechas pesadas cruzó el cielo, siseando con un zumbido antinatural. Se clavaron en el suelo y en los troncos de los árboles Lumina, no hubo explosiones, sino algo peor: una onda de choque invisible que absorbió el color y la luz del valle. El brillo de las hojas de cristal se apagó de golpe, y las cascadas invertidas perdieron su gravedad, cayendo al suelo con un estruendo pesado.
Sentí un tirón violento en el pecho. La corriente helada que acababa de despertar bajo mi piel se congeló.
- Joder... - dije entre dientes.
Flechas supresoras. Los Cazadores habían anulado el perímetro.
Entonces los vi entrar. Avanzaban en una formación perfecta, una marea de acero y crueldad que contrastaba con la delicadeza del valle. Pero a la cabeza de la vanguardia caminaba alguien que me heló la sangre.
Era un hombre alto, de hombros anchos y una postura impecable que denotaba años de disciplina militar. Su cabello oscuro, corto y rebelde, enmarcaba unas facciones duras: una mandíbula ruda y perfectamente cincelada, y unos labios finos habituados a no sonreír. Pero lo más magnético y aterrador eran sus ojos, de un verde intenso y cortante como el filo de una hoja, que destacaban en la penumbra. Cruzando su espalda llevaba un hacha rúnica imponente; en la cintura, dos espadas gemelas de acero oscuro, y en su antebrazo izquierdo, acoplada con precisión, una ballesta de repetición. Se movía con una seguridad letal, con la elegancia de un depredador que sabe que todo el lugar ya le pertenece.
Cruzamos las miradas a través de la distancia. Por un segundo se congeló el tiempo, sus ojos verdes se clavaron directamente en mi ventana.
El corazón me dio un vuelco salvaje. Diecisiete años. Habían pasado diecisiete años, pero reconocería esa mirada en cualquier parte. Era el chico que había estado allí el día que mi casa ardió; el hijo de la cazadora que cayó en combate. El chico que se había convertido en el monstruo más temido del reino. El cazador que llevaba años pisándonos los talones.
Pero no fue solo el miedo lo que me paralizó. Al recorrer con la mirada su mandíbula marcada y la firmeza de su porte, una oleada de calor repentina y violenta me recorrió la espina dorsal, instalándose en la boca del estómago. Era una sensación extraña, una combustión interna que no tenía nada que ver con mi magia destructiva ni con el pánico de la huida. Fue un chispazo oscuro, una atracción irracional y peligrosa que me quemó por dentro y que ni yo misma supe reconocer. Me horrorizó sentirlo. ¿Cómo podía mi cuerpo reaccionar así ante el hombre que venía a cazarnos?
- ¡Harriet, la puerta trasera! - el grito de Kalista me arrancó de ese trance, rompiendo el hilo invisible que me unía a él.
Un impacto brutal hizo temblar la cabaña. Fuera, un segundo cazador —idéntico al primero, un gemelo de mirada implacable— acababa de golpear la entrada con su hacha. La madera rúnica no se rompió, sino que se desestabilizó, deshaciéndose en polvo por el poder del Rompehuesos.
¡Muévete, Kalista! - la empujé hacia la trampilla del suelo que conectaba con las raíces de los jardines flotantes.
Kalista se deslizó por la trampilla. Iba a seguirla, pero una voz a mis espaldas hizo que se me erizara la piel. Una voz calmada, fría, desprovista de cualquier rastro de humanidad.
- Se acabó la huida, Bruja Negra.
Me giré lentamente. El hombre que encabezaba el ejército estaba allí, acababa de cruzar la entrada destrozada abriéndose paso entre la nube de polvo. Su ballesta de antebrazo ya apuntaba en mi dirección. No había duda en su rostro, solo una determinación implacable alimentada por años de odio.
- Hoy te vendrás conmigo - sentenció.
- En tus mejores sueños gilipollas - respondí.
Con un movimiento desesperado, agarré la mesa de madera y la volqué hacia él para bloquear su línea de visión. La flecha silbó en el aire, astillando el mueble a pocos centímetros de mi cabeza. Aproveché ese segundo para dejarme caer por la trampilla, arrastrándome hacia la oscuridad de las raíces mientras el santuario de los Vaelis comenzaba a arder a mis espaldas.









Me encanta, acabo de visualizar toda la escena en mi mente, es una muy buena descripción de un nuevo mundo creado por ti. Ahora ya formo parte de esa huida, siento la intriga de sus sentimientos hacia el cazador y siento una gran perdida por el derrumbe de un mundo tan hermoso como el de los Vaelis. Estoy deseando descubrir que me espera en esta lectura. Gracias por compartir.
Gracias a ti por este precioso comentario <3