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Propiedad del Mafioso

Summary

Park Jimin era un ladrón legendario. Había robado joyas, secretos y fortunas enteras sin ser atrapado jamás. Hasta que una noche cometió un error. Entró en la bóveda equivocada. Robó el objeto equivocado y llamó la atención del hombre equivocado. Ahora todas las organizaciones criminales del país lo persiguen, pero ninguna es tan peligrosa como el dueño de aquello que robó. Porque mientras todos quieren lo que Jimin tiene... El mafioso solo lo quiere a él. Dedicada a @yuxir709 *** 🚫 No adaptaciones 🍋 Contenido Adulto 🤫 👶 M-preg ⚠️ Violencia Publicado: Junio 2026

Status
Ongoing
Chapters
17
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Capítulo 1

La Mansión Kirill se alzaba sobre una colina privada al sur de Seúl como una fortaleza moderna diseñada para desafiar a cualquiera lo suficientemente estúpido como para intentar entrar. O lo suficientemente arrogante.

Park Jimin sonrió al observarla desde la distancia.

Cinco metros de muro perimetral, alambre electrificado, sensores de movimiento, cámaras térmicas, francotiradores apostados en los tejados, perros entrenados recorriendo los jardines y un ejército privado de hombres armados.

Era excesivo y precisamente por eso le gustaba.

—Compensas algo, señor Kirill —murmuró mientras ajustaba el pequeño auricular en su oído.

La enorme propiedad parecía salida de una película.

Columnas de mármol blanco sostenían balcones iluminados por luces doradas. Los ventanales de varios metros de altura reflejaban el resplandor de la ciudad lejana. Fuentes ornamentales decoraban los jardines perfectamente cuidados y, en el centro de todo, la mansión se erguía majestuosa e intimidante.

Un auténtico palacio para un rey criminal.

Jimin revisó su reloj. Veintitrés segundos, eso era todo lo que tenía.

Cuando el primer guardia giró para iniciar su ronda, Jimin se movió.

Corrió.

No hacia la entrada, no hacia una puerta, sino directamente hacia el muro.

Saltó.

Sus dedos encontraron una pequeña grieta invisible para cualquiera que no la estuviera buscando. Impulsó su cuerpo, subió. Dos movimientos más y estaba arriba.

El sistema eléctrico zumbaba a escasos centímetros de su rostro.

Jimin sonrió.

Sacó una pequeña herramienta aislante de su cinturón y la colocó sobre el cable. La corriente se desvió.

Cinco segundos después ya había caído al otro lado. Ninguna alarma sonó, ninguna cámara detectó movimiento, nadie levantó sospechas.

Como un gato.

Siempre como un gato.

Avanzó por los jardines utilizando las sombras proyectadas por los árboles ornamentales. Un guardia pasó a menos de dos metros.

Jimin permaneció inmóvil detrás de una estatua de mármol.

Otro apareció por el lado contrario.

Esperó.

Contó hasta tres y cuando ambos desaparecieron de su campo de visión, continuó avanzando.

Ni siquiera estaba respirando con dificultad. Aquello era rutina.

Había entrado en museos europeos, había vaciado bóvedas privadas, había robado información militar.

Una mansión era casi un descanso.

Entonces un gruñido bajo rompió el silencio.

Jimin se congeló.

Uno.

No.

Dos.

Dos pares de ojos brillaron entre los arbustos.

Los perros de vigilancia. Enormes pastores caucásicos entrenados para derribar intrusos antes de que los guardias pudieran siquiera reaccionar.

Durante un segundo su respiración se detuvo. Luego sonrió.

—Ah, son ustedes.

Las dos enormes criaturas emergieron de las sombras. Uno de ellos emitió otro gruñido, Jimin metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta.

—No me miren así. Les traje algo.

Los perros inclinaron la cabeza.

Sacó dos trozos de salchicha envueltos cuidadosamente en papel. Los animales reconocieron el olor al instante.

Las colas comenzaron a moverse.

—Eso pensé.

Se agachó lentamente.

Los perros se acercaron sin mostrar agresividad. Uno incluso emitió un pequeño gemido impaciente.

—Qué guardianes tan aterradores.

El primero tomó la salchicha con sorprendente delicadeza. El segundo prácticamente se la arrebató.

Jimin soltó una risita.

—Sí, sí, ya sé. Vladimir no los alimenta tan bien como debería.

Uno de los perros apoyó el hocico contra su hombro buscando más comida.

Traidores.

Absolutos traidores.

Jimin acarició detrás de una de las orejas. El animal cerró los ojos visiblemente satisfecho.

—No pueden venderme por una salchicha. Tengan algo de dignidad.

La cola comenzó a moverse con más fuerza. Claramente no estaban de acuerdo, tras unos segundos volvió a ponerse de pie.

—Bien. Yo sigo trabajando y ustedes siguen siendo perros aterradores. Nadie tiene que enterarse.

Los dos animales observaron cómo se alejaba. Uno incluso emitió un suave gemido de despedida.

Jimin levantó una mano sin mirar atrás.

—Nos vemos, chicos.

Y continuó su camino hacia la mansión como si acabara de saludar a viejos amigos.

Poco después, llegó hasta la fachada principal, no utilizó las puertas. Los profesionales nunca utilizaban las puertas.

Una tubería decorativa ascendía hasta el segundo piso. Escaló con la misma facilidad con la que otras personas subían una escalera.

Al alcanzar una ventana, extrajo una pequeña herramienta metálica.

Un clic.

Dos.

Tres.

La cerradura cedió.

Jimin ingresó al interior.

Silencio, oscuridad y lujo. Mucho lujo.

El vestíbulo principal parecía pertenecer a un palacio ruso más que a una residencia privada. Escaleras gemelas ascendían hacia los niveles superiores mientras enormes cuadros antiguos decoraban las paredes. Arañas de cristal colgaban del techo abovedado y el suelo de mármol reflejaba cada destello de luz.

Dinero.

Dinero.

Dinero por todas partes.

—Definitivamente compensas algo —susurró.

Entonces escuchó pasos.

Guardias. Dos, quizá tres. Demasiado cerca.

Jimin levantó la vista y sonrió. Sobre él colgaba una gigantesca lámpara de cristal sostenida por una compleja estructura metálica.

Perfecto.

Tomó impulso.

Saltó.

Se sujetó del soporte principal. Elevó el cuerpo y desapareció entre las sombras del techo segundos antes de que los guardias entraran al salón.

Desde arriba observó cómo los hombres recorrían la habitación sin sospechar que el ladrón más buscado del mercado negro se encontraba literalmente sobre sus cabezas.

Uno de ellos bostezó, otro se quejó del turno nocturno.

Jimin reprimió una carcajada.

La alarma no debía sonar. Ese era exactamente el problema.

Park Jimin permaneció inmóvil sobre la enorme lámpara de cristal suspendida a diez metros del suelo.

Abajo, dos guardias más se unieron a los otros tres, recorrieron el salón.

Uno de ellos levantó la vista.

Jimin contuvo la respiración.

El hombre volvió a mirar al frente y siguió caminando.

Jimin sonrió.

—Casi.

Su voz apenas fue un susurro.

Se balanceó sobre la estructura de acero como si hubiera nacido allí arriba y descendió por el cable hasta el balcón del segundo piso.

Elegante.

Silencioso.

Perfecto.

Como siempre.

La mansión Kirill era considerada una fortaleza, tanto por fuera como por dentro.

Sensores térmicos, guardias entrenados, cámaras en cada rincón, puertas blindadas y, sin embargo, allí estaba él.

Dentro.

Porque ninguna cerradura había sido creada para detener a Park Jimin.

Mientras avanzaba por el corredor, observó los cuadros antiguos, las esculturas de mármol y los muebles traídos desde Europa.

Dinero. Dinero. Más dinero.

El dueño de aquella mansión prácticamente respiraba riqueza.

Vladimir Kirill. El ruso, el hombre del que todos hablaban en voz baja, el rey del mercado negro, el monstruo que había construido un imperio en Corea.

Jimin no tenía ningún interés en Vladimir Kirill. Solo estaba allí por trabajo. Entrar, tomar el objeto, salir, cobrar y dormir. Era una fórmula simple que le había dado millones y lo había mantenido con vida durante años. Aquella noche no debía ser diferente.

Tres pisos más abajo, oculto tras una puerta reforzada con titanio, estaba el objetivo. Una pequeña caja negra.

Nada más.

Ni diamantes, ni lingotes, ni millones en efectivo. Solo una caja y alguien estaba dispuesto a pagar una fortuna por ella.

—Demasiado fácil. — Murmuró.

Y en ese mismo instante todo salió mal. Porque la puerta de la bóveda se abrió.

Desde dentro.

Jimin sintió cómo cada músculo de su cuerpo se tensaba. Eso no era posible, los planos indicaban que aquella zona debía estar vacía. Completamente vacía, a esa hora.

Sin excepción.

Un hombre salió de la bóveda.

Alto, impecablemente vestido, traje negro, guantes oscuros, cabello peinado hacia atrás. Los ojos más fríos que Jimin había visto en toda su vida.

Vladimir Kirill.

Durante unos segundos ninguno habló, ninguno se movió. Ambos se observaron, como dos depredadores que acababan de encontrarse en el mismo territorio.

Y entonces...

Jimin sonrió.

Porque claramente había perdido la cabeza.

—Buenas noches.

El ruso arqueó una ceja.

—¿Acostumbras visitar casas ajenas a estas horas?

preguntó en perfecto coreano.

—Solo las bonitas.

Silencio.

—Estás robándome.

—Técnicamente aún no.

La mirada de Vladimir descendió hasta la herramienta que Jimin sostenía.

—Técnicamente sí.

Y por primera vez en muchos años... Park Jimin tuvo la sensación de que acababa de cometer un error gigantesco. Porque la pequeña caja negra descansaba tranquilamente en una de las manos de Vladimir Kirill.

Justo delante de él, justo fuera de su alcance.

—Qué mala suerte la mía —murmuró Jimin.

Vladimir observó la caja. Luego volvió a mirarlo.

—¿Esto es lo que has venido a buscar?

—Depende.

—¿De qué?

—De si piensas entregármela.

El ruso permaneció en silencio.

Jimin suspiró.

—Era una pregunta legítima.

—No.

—Debía intentarlo.

Vladimir sostuvo la caja detrás de su espalda.

—¿Quién te envió?

—¿Quién dice que alguien me envió?

—Nadie entra aquí por curiosidad.

—Yo entro en muchos sitios por curiosidad.

—Mientes mal.

—Y tú eres grosero.

Algo parecido a diversión cruzó los ojos del mafioso. Aquello preocupó a Jimin más de lo que debería, los hombres peligrosos no debían divertirse, mucho menos con él.

—Dame la caja.

—No.

—La necesito.

—No.

—La prometí.

—Problema tuyo.

—Estoy intentando ser educado.

—Y yo estoy intentando ser paciente.

Jimin ladeó la cabeza.

—¿Y cómo va eso?

—Cada vez peor.

—Entendible.

El silencio volvió a caer entre ellos. Pesado, tenso, peligroso.

Entonces Jimin sonrió. Una sonrisa brillante, traviesa. Exactamente la clase de sonrisa que anunciaba problemas.

—¿Sabes qué?

Vladimir entrecerró los ojos.

—¿Qué?

—Creo que me gustas un poco menos ahora.

Y lanzó algo, no hacia Vladimir, sino hacia el techo. La pequeña esfera metálica explotó con un destello cegador que inundó el pasillo de luz blanca. Vladimir reaccionó al instante, pero Jimin ya se había puesto en movimiento. Siempre había sido más rápido. Se impulsó hacia adelante y chocó contra el ruso antes de que este pudiera apartarse. Una mano firme se cerró alrededor de su muñeca, deteniéndolo apenas un segundo. Fue suficiente para que sus cuerpos quedaran peligrosamente cerca. Jimin alzó la vista y se encontró con aquellos ojos grises observándolo con una intensidad inquietante. Por una fracción de segundo el ruido, las alarmas y el mundo entero desaparecieron.

—Te encontré —dijo el mafioso.

—Y yo encontré esto.

Los dedos de Jimin se cerraron alrededor de la caja. La arrebató, giró sobre sí mismo y escapó.

La puerta de la bóveda quedó atrás, luego el pasillo, después las escaleras. Las alarmas comenzaron a sonar.

Fuertes.

Estridentes.

Toda la mansión despertó.

—¡Intruso!

—¡Está huyendo!

—¡Cierren las salidas!

Jimin sonrió mientras corría.

Ahora sí parecía una noche normal, saltó sobre una barandilla. Aterrizó en el piso inferior.

Dos guardias intentaron interceptarlo.

Uno recibió una patada en el estómago, el otro terminó chocando contra una columna.

Jimin siguió avanzando sin detenerse.

La caja permanecía firmemente sujeta contra su pecho.

—Gracias por el regalo, señor Kirill.

Detrás de él, la voz de Vladimir resonó por encima del caos. Calmada, terriblemente calmada.

—Encuéntrenlo.

Jimin sonrió.

No era la primera vez que escuchaba esas palabras, tampoco sería la última. Lo que no vio fue a Vladimir observándolo desde el balcón superior. Sin enfado, sin frustración, sin pánico. Solo contemplando cómo el ladrón desaparecía en la oscuridad con algo que jamás debió abandonar aquella mansión.

Vladimir Kirill sonrió.

Mientras tanto....

La caja permanecía firmemente sujeta contra su pecho mientras corría por los jardines, las alarmas seguían resonando por toda la propiedad.

Luces se encendían una tras otra. Voces, órdenes, pasos.

Demasiados pasos.

—¡Por allí!

—¡No lo dejen escapar!

Jimin aceleró. Saltó una fuente ornamental y aterrizó sobre el césped húmedo sin perder el equilibrio.

El muro perimetral apareció frente a él.

Perfecto.

Solo necesitaba escalarlo y desaparecer. Cinco segundos más, quizás menos.

Tomó impulso y entonces escuchó el inconfundible sonido de un arma siendo amartillada.

—Ni un paso más.

Jimin se detuvo.

Dos guardias emergieron de los costados del sendero, ambos armados. Ambos apuntándole directamente.

Genial.

Simplemente genial.

—Creo que podemos hablar de esto como adultos razonables —dijo levantando una mano.

—Suelta la caja.

—Ahí es donde nuestras opiniones difieren.

—Al suelo.

—Definitivamente difieren.

Uno de los hombres avanzó.

Jimin evaluó la distancia.

Demasiado lejos para alcanzar el muro, demasiado cerca para huir y absolutamente insuficiente para enfrentarse a dos hombres armados.

Por primera vez aquella noche comenzó a considerar que quizás había calculado mal algunas cosas.

Entonces escuchó un gruñido.

Los dos guardias se tensaron.

Otro gruñido respondió desde la oscuridad y otro más.

Jimin sonrió.

—Oh.

Los guardias giraron la cabeza. Dos enormes sombras emergieron de entre los arbustos, los pastores caucásicos. Los mismos que deberían haber ayudado a capturar al intruso, los mismos que, unas horas antes, habían vendido toda su lealtad por unas salchichas.

—¿Qué demonios...?

Uno de los perros mostró los dientes, el segundo avanzó un paso.

Los guardias retrocedieron instintivamente.

—Quietos.

Mala idea, muy mala idea. Porque los animales interpretaron el movimiento como una amenaza, los gruñidos se hicieron más fuertes.

Mucho más fuertes.

—No, no, no...

Uno de los hombres bajó el arma, el otro hizo exactamente lo mismo. Ninguno parecía dispuesto a discutir con ochenta kilos de músculos y colmillos.

Aprovechando la distracción, Jimin corrió hacia el muro.

—¡Deténganlo!

—¡Controlen a los perros!

—¡Nosotros no podemos controlar a esos monstruos!

Jimin apoyó un pie contra la piedra y comenzó a escalar. Llegó a la parte superior en cuestión de segundos, desde allí miró hacia abajo.

Los dos perros seguían bloqueando el paso.

Orgullosos.

Victoriosos.

Como si acabaran de cumplir una misión de máxima importancia.

Jimin soltó una carcajada.

—Son los peores perros guardianes que he conocido.

Uno de ellos movió la cola, el otro hizo exactamente lo mismo.

Traidores.

Absolutos traidores.

Jimin llevó dos dedos a sus labios.

Les lanzó un beso.

Luego les guiñó un ojo.

—Gracias, chicos.

Las colas comenzaron a moverse con más fuerza, los guardias parecían a punto de sufrir un colapso nervioso y antes de que alguien pudiera reaccionar, Park Jimin saltó al otro lado del muro y desapareció en la oscuridad de la noche.

***

Esta historia no es Kookmin, pero espero que también les guste. la idea surgió de una lectora que me pidió esta interacción después de leer otra de mis historias.

como sigo en proceso de edición de las otras historias, está en particular se actualizará solo los sábados y será corta, pero espero complacer a la lectora que la pidió.

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