Chapter 0
El reloj de la pared marcaba las 11:45 p. m. cuando las luces de la oficina finalmente se apagaron, dejando el piso en una penumbra fría. El hombre suspiró, sintiendo el peso de la jornada en los hombros mientras se ajustaba el abrigo. Sus pasos resonaron solitarios por el pasillo vacío hasta llegar al ascensor. Solo quería llegar a casa, quitarse los zapatos, servirse algo caliente y perderse en algún episodio de aquella serie de los noventa que siempre le devolvía la sensación de que el mundo era un lugar más sencillo.
Al salir al estacionamiento, el aire de la noche le golpeó el rostro con una humedad reconfortante. Subió a su auto, puso en marcha el motor y se incorporó a la avenida desierta. El cansancio pesaba en sus párpados; el camino a casa era una rutina grabada en su memoria muscular.
Al llegar a la intersección de la avenida principal, se dispuso a girar a la izquierda. Fue entonces cuando ocurrió.
Un resplandor repentino, blanco y violento, surgió de la nada desde el punto ciego de la esquina, inundando la cabina y borrando el asfalto. "¿Qué rayos...?", alcanzó a mascullar, con el corazón saltándole en el pecho mientras sus manos se apretaban al volante. Antes de que pudiera pisar el freno o cerrar los ojos, un estruendo metálico y ensordecedor le sacudió el costado. El mundo se fragmentó en mil pedazos de cristal y, en un parpadeo, todo fue un vacío absoluto.
No hubo dolor, solo ausencia.
Se encontró caminando, aunque no sentía el suelo bajo sus pies. Estaba suspendido en una oscuridad infinita, un vacío profundo salpicado por una miríada de puntos brillantes que titilaban como estrellas a años luz de distancia. El silencio no era vacío; era denso, como si esperara algo.
"¿Hola?", su voz sonó extraña, carente de eco. "¿Dónde estoy? ¿Qué está pasando?"
Caminó sin rumbo, con la confusión transformándose en una inquietud fría. No había paredes, ni techo, ni horizonte. Solo ese manto estelar infinito. Entonces, una voz pareció brotar del centro mismo de su consciencia, resonando con una autoridad que no exigía obediencia, sino que simplemente era.
"Te encuentras en el limbo, donde el tiempo se detiene a descansar", dijo la voz.
El hombre giró sobre sus talones con brusquedad. A unos pasos, una esfera de fuego blanco, pura y sin calor destructivo, flotaba en la penumbra. Se quedó paralizado, observando cómo la flama palpitaba al ritmo de algo que no podía definir.
"¿Quién... qué eres?", preguntó con un hilo de voz.
La luz se expandió ligeramente, como una sonrisa invisible.
"Me han dado muchos nombres a través de los eones. Han nombrado a mis creaciones, me han buscado en el silencio y han alzado templos en mi honor. Para ti... soy el espacio. Soy la fuente."
El hombre sintió que su mente intentaba procesar lo imposible. El silencio se estiró durante unos segundos eternos mientras él asimilaba la magnitud de lo que tenía frente a sí. Bajó la mirada, avergonzado por su propia pequeñez.
"Disculpe... disculpe mis malos modales", dijo, intentando recomponer su compostura ante la magnitud de la entidad. "Es que todo esto... es un poco abrumador."
"No hay nada que disculpar", respondió la flama, cuya voz seguía vibrando en el ambiente. "La confusión es el primer paso de quien despierta. Debo pedirte disculpas yo a ti. Tu muerte... fue un evento que no estaba en el tejido de lo que debía ocurrir aún. Fue un accidente; un error en el cálculo del destino que no debió haber llegado a suceder en este momento."
El silencio tras la confesión de la entidad fue tan profundo que el hombre sintió que su propio pulso se detenía. La revelación no fue un golpe físico, sino un desplome existencial.
"¿Qué...?", balbuceó, incapaz de articular algo más complejo. Su mente, habituada a las leyes de la física y la lógica, se negaba a aceptar que su vida había sido cortada por un error administrativo del cosmos.
La flama blanca se mantuvo serena, emanando una calma que parecía querer absorber su ansiedad.
"Tu accidente ocurrió hace treinta años, en tu tiempo", explicó Dios con una suavidad que resultaba casi dolorosa. "Tu familia lloró tu ausencia, el tiempo desgastó su duelo y, aunque no te olvidaron, aprendieron a vivir en el hueco que dejaste. Tu cuerpo físico se perdió en el olvido hace décadas. Volver ya no es una opción; el tejido de tu realidad está cerrado para ti."
El hombre sintió una punzada de melancolía al pensar en los suyos, pero la realidad de los treinta años era una losa demasiado pesada. ¿Qué seguía entonces? ¿El vacío eterno?
"¿Qué pasará conmigo ahora?", preguntó, con la voz quebrada.
"Dime", respondió la entidad, ignorando la pregunta con un tono de curiosidad casi académica, "¿qué sabes tú sobre la reencarnación?"
El hombre se encogió de hombros, dejando que sus recuerdos fluyeran.
"He visto mucho cine y animación...", admitió. "Sé que es el concepto de que el alma no muere, sino que viaja a un nuevo recipiente. A veces es un ciclo de aprendizaje, otras veces una segunda oportunidad. En lo que he visto, a veces conservas tus recuerdos, otras veces pierdes quién fuiste para convertirte en alguien totalmente distinto."
"Tienes razón", concedió la flama. "Te permitiré volver al ciclo. Podrás reencarnar en el mundo que elijas y, como compensación por el error cometido, te concederé tres deseos."
El hombre no tuvo que reflexionar demasiado. Sus prioridades se volvieron cristalinas, forjadas por años de ver historias donde los protagonistas eran vulnerables a la manipulación o perdían su esencia.
"Primero: quiero protección mental absoluta. Nadie podrá leer, manipular, entrar o influenciar mi mente sin mi permiso explícito. Segundo: quiero mantener mis recuerdos intactos, que sean la base de quien soy. Y tercero... quiero ser un hada masculina, similar a la estética y naturaleza de Winx Club."
La flama palpitó, pareciendo observar su alma con curiosidad.
"¿Por qué esa elección, pequeño viajero?", preguntó la voz.
"He visto mundos donde el poder es bruto, destructivo", respondió el hombre. "El concepto de hada me parece una forma de magia más conectada, más pura. Ser masculino en ese rol es una forma de mantener mi identidad pero adaptándome a lo que siempre me fascinó de esas historias. Y respecto a la mente... ya he perdido una vida por un error, no quiero que nadie tome control de mi voluntad en la siguiente."
"Entiendo. ¿A qué mundo deseas ir?"
"A Young Justice", respondió sin dudar. "Siempre me fascinó ese equilibrio entre lo humano y lo heroico, entre el peligro y el crecimiento."
Dios emitió un zumbido que resonó en todo el espacio oscuro.
"Accedo. Pero no irás directo al campo de batalla. Tu alma, tal como está ahora, se fracturaría al chocar con un mundo tan caótico. Primero, serás enviado al mundo de Winx Club. Allí aprenderás a dominar tu esencia, a manejar tus poderes y a estabilizar tu nueva naturaleza. Para protegerte, tus recuerdos de la Tierra permanecerán sellados; solo los recuperarás cuando tu alma sea lo suficientemente fuerte para el mundo de Young Justice. Será entonces cuando la memoria de quién fuiste regresará a ti, lista para ser usada."
El espacio comenzó a vibrar. Los puntitos de luz empezaron a girar en torno a él, creando un torbellino de colores neón y energía pura. El hombre sintió que su cuerpo —o lo que fuera que ahora ocupaba su consciencia— se volvía ligero, casi etéreo.
"¿Por qué sellarlos?", alcanzó a preguntar, sintiendo cómo el miedo a perderse a sí mismo luchaba contra la esperanza.
"Porque el conocimiento de una vida perdida puede ser un ancla que te impida aprender a volar", respondió la flama, cuya luz ahora cegaba por completo. "Prepárate. El viaje comienza ahora."
El vacío se rasgó. La oscuridad fue reemplazada por un estallido de luz rosa y dorada, y el hombre, antes de que pudiera decir una última palabra, sintió cómo el peso de su historia personal se hundía profundamente en su interior, oculto bajo capas de una nueva existencia que apenas estaba por comenzar. La caída hacia el nuevo mundo no se sintió como una caída, sino como el primer vuelo de un ave que finalmente recordaba cómo usar sus alas.
TO BE CONTINUED








