Prologo .ᐟ.ᐟ
El humo de los cigarros cubría el aire del despacho privado como una niebla espesa, mezclándose con el olor a cuero caro, whisky añejo y poder absoluto.
Kim Taehyung estaba sentado tras el escritorio de caoba negra, con las piernas cruzadas y un vaso de cristal en la mano. A sus treinta y un años, el alfa mafioso exudaba una dominancia que no necesitaba gritar: bastaba con su presencia. Su aroma —oscuro, profundo, como madera quemada, cuero y un toque de especias prohibidas— llenaba la habitación y hacía que cualquier omega cercano sintiera un escalofrío instintivo en la nuca.
Frente a él, de pie y con la cabeza baja, estaba Kim Mingyu. El alfa temblaba ligeramente, sudando a pesar del aire acondicionado. Sabía que había llegado al límite.
—Cincuenta millones de dólares —dijo Taehyung con voz baja y aterciopelada, casi amable. Demasiado amable—. Y ni una sola propiedad, ni un solo negocio que puedas poner sobre la mesa. ¿Eso es lo que me estás diciendo, Mingyu?
Mingyu tragó saliva. Sus manos se cerraban y abrían a los costados.
—No tengo nada más… —murmuró—. Pero… puedo darte algo que vale mucho más.
Taehyung arqueó una ceja, divertido. Sus ojos, afilados como navajas, brillaron bajo la luz tenue de la lámpara.
—¿Algo? —repitió, inclinándose ligeramente hacia adelante—. Ilumíname.
La puerta del despacho se abrió en ese momento. Dos de los hombres de Taehyung hicieron entrar a la figura que había estado esperando afuera.
Jeon Jungkook.
El omega de veinte años entró con pasos inseguros, los ojos grandes y brillantes como los de un ciervo acorralado. Su rostro era angelical: piel pálida, labios rosados y suaves, mejillas que aún conservaban un toque de inocencia. Llevaba una simple camisa blanca que le quedaba un poco grande, y aun así no lograba ocultar la delicadeza de su cuerpo.
Pero lo que realmente golpeó a Taehyung no fue su apariencia.
Fue su aroma.
Dulce. Empalagoso. Intoxicante. Como caramelo caliente derritiéndose sobre vainilla fresca, con un fondo de azúcar glas y algo más suave, casi pecaminoso. Un olor que se coló directamente en el pecho del alfa, despertando un instinto primitivo que rara vez se activaba de esa manera.
Jungkook olía a debilidad y a tentación al mismo tiempo.
El omega se detuvo a unos metros del escritorio, con las manos temblando visiblemente a los costados. No levantó la mirada. Sabía perfectamente por qué estaba allí.
—Es mi pareja —dijo Mingyu con la voz rota—. Jungkook. Es tuyo. Como pago completo. Tómalo y borra la deuda.
El silencio que siguió fue pesado.
Taehyung no dijo nada al principio. Solo observó. Sus fosas nasales se dilataron ligeramente mientras inhalaba más de ese aroma dulce que parecía envolverlo todo. Sintió cómo su propio olor se volvía más intenso, más oscuro, respondiendo de forma involuntaria.
Jungkook levantó la mirada por un segundo. Sus ojos grandes y asustados se encontraron con los de Taehyung.
Y en ese instante, algo se rompió dentro del alfa.
Ya no veía una simple forma de cobrar una deuda.
Veía algo que quería romper y proteger al mismo tiempo.
Algo que deseaba encerrar entre sus brazos y no soltar nunca.
Taehyung dejó el vaso sobre el escritorio con lentitud. Una sonrisa lenta, peligrosa, se dibujó en sus labios.
—Bien —murmuró, sin apartar la mirada de Jungkook—. La deuda está pagada.
Mingyu soltó un suspiro tembloroso de alivio.
Pero Taehyung aún no había terminado.
—Aunque… —añadió, con la voz más baja y ronca—, creo que acabo de encontrar algo mucho más valioso que cincuenta millones.
Jungkook dio un paso atrás instintivamente. Su aroma se volvió aún más dulce, cargado de miedo y algo más que Taehyung reconoció al instante: el comienzo de una sumisión natural.
El alfa se levantó de su silla con elegancia felina y se acercó al omega hasta quedar a solo unos centímetros. Se inclinó ligeramente, inhalando cerca de su cuello sin tocarlo.
—Bienvenido a tu nuevo mundo, pequeño —susurró contra su piel—. A partir de ahora… eres mío.
Y mientras Mingyu salía del despacho escoltado, sabiendo que acababa de vender lo más preciado que tenía, Taehyung ya estaba planeando cómo iba a atar a ese omega dulce y tembloroso a su lado para siempre.
Porque lo que acababa de entrar en su casino no era un simple pago.
Era una obsesión.
Y Kim Taehyung nunca dejaba ir lo que le pertenecía.








