Atardeceres desde lo alto
Desde lo alto de la torre se apreciaba el rojizo atardecer sobre las olas.
—Es precioso… ¿Sueles venir muy seguido? —preguntó Thiago.
La muchacha sonrió. Se subió su vestido y se encaramó al borde de la ventana.
—Ven, siéntate —le invitó—. ¿O tienes miedo?
Thiago se quedó hipnotizado un instante observando a la chica a contraluz: sus ojos cerrados y su cabello brillando ante la luz del sol. Maira lo quedó mirando hasta que el joven reaccionó.
—No, por supuesto que no tengo miedo.
Maira movió de lado la lámpara de mano y dejó un espacio que rápidamente ocupó el chico. Se quedaron en silencio un momento.
—A veces… —susurró ella al fin; Thiago alzó una ceja y Maira rodó los ojos—. Tu pregunta. A veces vengo acá, es bonita la vista. ¿No lo crees?
—La verdad es que sí; no creía que fuese posible ver toda la costa.
Desde aquí los coloridos tejados del pueblo se observaban como una escalera descendente hacia el océano, furioso, vivo.
—Vengo cuando tengo un gran día. Uno de aquellos que me dan esperanzas. No me gustaría arruinar este lugar con malos pensamientos, ¿sabes? —Miró con cara seria a Thiago—. ¿No los tienes ahora, verdad?
Thiago se espantó un instante y consiguió que la chica riera; él lo hizo también.
—La vida tiene demasiados días difíciles —murmuró Maira—. Es bonito sellar uno bueno con un lindo paisaje.
—Lo estoy haciendo ahora mismo —dijo Thiago sin apartarle la mirada.
—¡Oye! —Golpeó con poca fuerza el brazo de su acompañante.
—¡Ouch! —gimió él, sobándose el brazo.
—Debes ir más despacio, ser más gentil. Decir algo reflexivo o algo… Estoy hablando yo sola.
—Tal vez esta sea mi forma de enmarcar un buen día: escucharte feliz de cómo fue el tuyo.
Las mejillas de Maira se tiñeron de color mientras la luz del atardecer comenzaba a desaparecer.
—Creo que ya deberíamos irnos —dijo Maira—. Podrían descubrir que estamos aquí.
—Así suelen ser los momentos felices: efímeros.
Maira asintió. Thiago descendió de la ventana, tomó la lámpara y la encendió; luego extendió su brazo hacia ella para ayudarla a bajar.
—Gracias por mostrarme el lugar —dijo cuando Maira le tomó la mano.
—Espero no lo arruines.
—No lo haré. Si este lugar es importante para ti, ahora lo es para mí.









¿Cómo te gusta recordar tus días felices?