Capítulo 1
Creo en las segundas oportunidades, porque somos seres imperfectos que cometemos errores inconscientemente de forma constante. Pero también creo que quien no valora una segunda oportunidad, o no acepta que cometió un error, ya no merece más.
—Patty Castillo
Tony se resignó y dejó escapar un suspiro que sabía a hiel. Renunciando a mantenerse en pie, se dejó caer en las arenas movedizas de la Gema del Alma. No se sentía solo abatido; se sentía furioso. Su mirada seguía el orbe naranja intenso con destellos verdes, observando lo que sucedía detrás como una maldición que lo obligaba a presenciar su propio fracaso.
Apretó los puños hasta que sus nudillos inexistentes dolieron. Morgan, su dulce hija, ya tenía ocho años y la sonrisa que él tanto amaba se había extinguido. La ira le quemaba el pecho al ver a Pepper: se había dejado arrastrar por el trabajo y por los mismos Vengadores que una vez juró detestar. Estaba cometiendo su mismo error, dejando a su niña huérfana en vida. ¿Cómo podía ser tan ciega? ¿Cómo podía él haber sido tan estúpido para confiarle el futuro de su hija a alguien que no sabía vivir sin una crisis que resolver?
Con el paso de los años, su relación se había enfriado hasta volverse un bloque de hielo. Tony podía admitir ahora que lo que los mantuvo unidos no fue el amor, sino una mezcla tóxica de egoísmo y cansancio. Se quedó con ella porque era fácil, porque tras el colapso en Siberia no tenía fuerzas para empezar de nuevo. Se arrepentía de su propia pasividad. Se odiaba por haber cedido su juicio a otros, por haber buscado aprobación en una mujer que se volvió amarga y en un equipo que solo lo quería cuando necesitaban que pagara las cuentas o diseñara una solución de último minuto.
Había sido un cobarde. Ese pensamiento le dolía más que el chasquido. Se aferró a Pepper como un náufrago a un madero podrido, solo por el pánico de quedarse a solas con sus demonios. Cuando nació Morgan, la usó como el pegamento para una estructura que ya estaba en ruinas.
Sus “pecados” ahora ardían con una luz diferente, una alimentada por el resentimiento:
Haber mendigado lealtad: Le enfurecía recordar cuántas veces intentó salvar a los Vengadores, un equipo que nunca lo apreció. Se odiaba por no haber mandado todo al diablo mucho antes y haber confiado en su propio instinto en lugar de intentar encajar en sus estándares morales hipócritas.Su ceguera con Harley y Peter: No era solo descuido, era negligencia proactiva. A Harley lo dejó en un garaje con juguetes caros en lugar de presencia; a Peter lo moldeó para que fuera un soldado que buscara su aprobación, condenándolo a una vida de sacrificio que él mismo odiaba.Haber delegado su propia vida: Estaba harto de haber sido el “genio” que siempre encontraba la solución para otros, pero que fue incapaz de encontrar una salida digna para sí mismo. Se sentía un impostor que se dejó llevar por la corriente en lugar de tomar el timón.
—Fui un cobarde —gruñó Tony, su voz cargada de un veneno que no iba dirigido a nadie más que a él—. Me quedé con ella porque era cómodo. Me quedé porque me daba miedo admitir que, sin la armadura y sin ellos, no sabía quién era. Me traicioné a mí mismo antes de que ellos pudieran hacerlo.
De pronto, una luz intensa lo cegó. Frente a él apareció una mujer de belleza inhumana, con ojos que cambiaban del verde bosque al plata frío.
—Anthony Edward Stark Carbonell, mi mercader —habló ella, su voz vibrando como una cuerda de violín—. Te veo lleno de una ira deliciosa.
—¿Quién eres? ¿Cómo llegaste aquí? —preguntó él, poniéndose en guardia por puro instinto, aunque sabía que estaba indefenso.
—Yo, querido Anthony, soy la Muerte. Y tú eres mi comerciante favorito. El hombre que arma al mundo y luego llora por las cenizas. Pero hoy... hoy te veo diferente. Ya no lloras, ¿verdad? Estás ardiendo.
Tony se tensó. El título de «Mercader de la muerte» siempre le había causado vergüenza, pero ahora, en medio de su furia, le sonaba a una verdad que debió aceptar hace tiempo.
—¿Por qué estás aquí? —escupió, harto de acertijos.
—¿Te interesaría volver? —Su voz era suave como la seda mientras lo miraba intensamente.
Tony sintió que los pensamientos le corrían a mil por hora. Volver a Pepper y a los Vengadores, donde nunca era suficiente; volver a cargar el peso del mundo para ser usado y luego descartado... la respuesta debería ser fácil. Pero estaban Morgan, Harley y Peter. Eso lo hizo dudar, hasta que la lógica se impuso a la nostalgia. Volver a su tiempo solo causaría problemas. Nadie permitiría que Tony Stark regresara de entre los muertos sin convertirlo en un experimento de laboratorio; sería secuestrado por el gobierno o acusado de impostor.
—No —su voz sonó seca, ronca por el desuso—. No puedo volver. Ya han pasado más de tres años y ya me lloraron. Soy Tony Stark, y conmigo nada es nunca fácil.
—¿Y si fuera a otro mundo? Igual, pero diferente. Regresarías a tus veinticuatro años, a tu mejor momento. Nadie vigila tus pasos aún. Una verdadera segunda oportunidad.
Las palabras retumbaron en la Gema del Alma. La esperanza y la furia se retorcieron en su interior. Las posibilidades eran infinitas.
—¿Qué quieres? ¿Por qué me ofreces esto?
—Porque mi Maestro te necesita y me niego a ver otro universo destruido por Thanos. Puedes comenzar desde cero y, esta vez, no cometer errores —susurró ella como una sirena.
A Tony le temblaron las manos. Miró a su alrededor por última vez antes de tomar su decisión.
—Lo haré.
En cuanto las palabras salieron de su boca, una sonrisa se formó en los labios de la mujer. Ella comenzó a mover las manos mientras recitaba algo en un idioma rústico y sinfónico que hacía temblar la Gema del Alma. Tony parpadeó y, de repente, se encontró en una habitación. La reconoció de inmediato: era su dormitorio en la mansión de Malibú. Se vio a sí mismo acostado, probablemente borracho.
—Hay condiciones —habló la Muerte.
Tony no pudo evitar bufar. Por supuesto. Nunca nada era gratis.
—La primera es que debes adoptar a Harry James Potter Evans. El niño vive en Privet Drive n.° 4, Little Whinging. Tiene cuatro años.
—¿Harry? ¿Quién demonios es Harry? —preguntó Tony, confundido. La Muerte alzó una ceja, nada impresionada.
—Él es mi Maestro... o lo será. Debes cuidarlo y asegurarte de que crezca feliz. O, créeme, puedo enojarme mucho —dijo ella, mostrando una sonrisa de dientes afilados. Tony tragó saliva y asintió; la cabeza le daba vueltas, pero se negaba a mostrar más debilidad.
—La segunda condición: no puedes vengarte ni hacerles nada a los Dursley hasta que Harry cumpla once años. Escucha bien, Anthony: hasta los once. Después de eso, haz lo que quieras —su sonrisa se volvió amplia y cargada de una sed de sangre que Tony no imaginaba—. Demuestra tus mejores dotes, mi mercader.
—Bien, entiendo. ¿Pero por qué querría hacerles algo? —preguntó Tony mientras la deidad revisaba la habitación.
—Lo sabrás cuando los conozcas. Y la tercera condición: nunca confíes en Albus Dumbledore y recuerda que nada es lo que parece. Lo entenderás con el tiempo.
—¡Espera, el tiempo! —exclamó Tony, preocupado—. Si cambio las cosas, si hago lo que no hice antes... ¿no estaré dañando la línea temporal?
—No te preocupes por eso. Como te dije, eres uno de mis favoritos y no permitiré que ese viejo cascarrabias se entrometa. Es hora de irte. Todo saldrá bien al final.
—¿Y Morgan? —El pánico empezó a instalarse—. Si no vuelvo con Pepper, ella nunca nacerá.
—Ella nacerá. No es solo una oportunidad para ti, querido. Cuando llegue el momento, el Grim abrirá esa puerta.
Su voz melodiosa sonaba divertida y sus ojos brillaban con una sabiduría etérea. Tony sintió que lo empujaban y, al cerrar los ojos, dejó que la oscuridad lo consumiera.
—Te gusta jugar con fuego, ¿verdad? —dijo una voz divertida en el vacío.
—Alguien tiene que enseñarle su lugar —respondió la Muerte.
—Espero que sepas lo que haces. Aunque creo que esto será muy divertido... me pregunto cómo se desarrollará el mundo esta vez —soltó una risa la otra voz.
—Por primera vez, no lo sé. Pero Destino no estará contenta con este desarrollo —murmuró la Muerte con seriedad.
—Y, sin embargo, lo permitiste, Tiempo —replicó la Muerte.
—Solo habrá que esperar y ver —dijo Tiempo con una sonrisa—. Y si esto ayuda a su Elegido... bueno, Muerte no es la única con favoritos.
Año: 1984 Tony Stark: 24 años