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The Taste

Summary

Una boda. Una antigua mansión. Un heredero que nunca debió regresar. Cuando SeoAh entra en la vida de la familia Min, desconoce que comparte techo con un hombre que lleva siglos alimentándose de la oscuridad. Pero Min Yoongi jamás había conocido un aroma capaz de despertar su sed... y algo mucho más peligroso. Entre secretos, obsesión y un deseo imposible de contener, ambos descubrirán que el verdadero monstruo no siempre es quien tiene colmillos. A veces, el sabor más irresistible es también el más prohibido.

Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Capítulo 1


La sangre goteaba de sus labios, pintándolos de un rojo carmesí. Era un líquido tibio, de sabor dulce; el éxtasis puro por el que Min Yoongi moría, figurativamente.

Su lengua lamía los últimos restos que quedaban en el cuello de la chica que yacía tendida boca abajo. Su respiración se había ralentizado después del placer que la había dejado completamente exhausta.

Yoongi, con el pecho descubierto y los pantalones abiertos, acomodó sus prendas. La hebilla de su cinturón tintineó como una campanilla, convirtiéndose en el único sonido dentro de la habitación sumida en penumbras. Solo las velas dibujaban figuras temblorosas sobre las paredes y contra las cortinas aterciopeladas de color rojo que ocultaban la luz del día.

La observó al rostro una vez que la giró con cuidado. Tomó su pulso para asegurarse de que seguía con vida.

No la quería fuera de este plano.

Era la sangre más deliciosa que había probado hasta el momento y se negaba a perderla. Ella, envuelta en una especie de hechizo, tampoco parecía querer alejarse de su amado, Yoongi.

El muchacho de piel blanquecina y cabello rubio acarició sus pómulos pálidos antes de rociar sobre sus labios una mezcla de agua y azúcar: almíbar.

La joven, delgada y de cabello corto, pareció saborear levemente el líquido. La pérdida de sangre había conseguido hacerla caer inconsciente, pero despertaría en unas horas, si sus cálculos no fallaban.

Estaba allí por voluntad propia.

Ella misma se había entregado a aquel hombre que la acechaba al salir de compras para su lord ; aquel que le sonreía desde la distancia y le regalaba rosas de un color rojo intenso.

Yoongi la había elegido para ser su cena.

Sin embargo, ya no sabía cuánto tiempo más podría seguir haciéndolo.

No recordaba cuántas veces había intentado salvarla de la muerte. Sabía que existía un límite, una línea imposible de cruzar.

El problema era que, cuando sus colmillos perforaban aquella piel y el sabor inundaba su boca, olvidaba dónde estaba esa línea.

Al cabo de unos minutos la chica se removío entre las sabanas e intentó abrir los ojos. Yoongi quien tenia un reloj en su mano notó que a diferencia de otras veces, habia reaccionado antes de tiempo.

—Yoongi...

Su voz fue apenas un susurro.

Él sonrió de lado.

—¿Sí?

—Tengo frío.

—Eso suele pasar cuando alguien pierde medio litro de sangre.

La muchacha soltó una débil risa.

Una reacción absurda.

Siempre reaccionaban así.

Como si su presencia fuera suficiente para hacerlas olvidar lo que acababa de ocurrir.

Yoongi tomó una manta del respaldo de un sillón antiguo y la cubrió.

La habitación se encontraba bajo una vieja iglesia abandonada a las afueras de la ciudad.

Nadie bajaba allí, nadie sabía que existía.

A simple vista parecía una bodega olvidada por el tiempo, pero él había convertido aquel espacio en una residencia improvisada décadas atrás.

Libros, velas, muebles antiguos, cortinas gruesas.

Todo diseñado para mantener lejos la luz del sol.

La chica buscó su mano.

Yoongi observó sus dedos aferrándose a los suyos.

Luego levantó una ceja.

—Mírate.

—¿Qué?

—Acabo de beber de ti y sigues buscándome.

Ella sonrió con los ojos cerrados.

—Porque eres tú.

La respuesta arrancó una carcajada seca de su garganta.

Siempre la misma respuesta. Siempre la misma estupidez.

La inmortalidad le había enseñado muchas cosas.

La principal era que los humanos confundían obsesión con amor con demasiada facilidad.

Con cuidado apartó su mano.

—Duerme.

—¿Volverás mañana?

Yoongi caminó hacia la escalera de piedra.

—Probablemente.

—¿Lo prometes?

Él se detuvo un instante. Una sonrisa torcida apareció en su rostro.

—Nunca prometo nada, cariño.

Especialmente cuando sé que voy a romperlo.

Sus zapatos hacían el característico sonido de los tacones contra el porcelanato del lugar que más odiaba en el mundo.

La casa de su padre.

Hoy celebraba su quinto matrimonio.

Algo ostentoso, como siempre.

Nada que dijera es la primera vez que hago esto.

Por el contrario, parecía una producción cuidadosamente ensayada. Flores importadas. Música en vivo. Champaña francesa. Invitados sonrientes fingiendo que aquello era una historia de amor y no el capricho de un hombre incapaz de permanecer solo.

Ridículo.

Aquel hombre era alto, atractivo y poseía ese aspecto que parecía desafiar el paso del tiempo. Las canas en sus sienes le otorgaban un aire distinguido, mientras que su fortuna parecía multiplicarse con cada año que pasaba.

Lo único que jamás había conseguido hacer prosperar era la relación con su único hijo.

Mientras el hombre terminaba de acomodar su corbata frente a un espejo, Yoongi observaba desde el balcón.

Desde allí podía ver a los invitados dispersos por el jardín.

Risas.

Copas.

Mentiras.

Todos parecían disfrutar de la celebración.

O fingían hacerlo.

Después de tantos años, había aprendido que la diferencia era irrelevante.

—Podrías intentar parecer feliz por una vez.

La voz de su padre sonó detrás de él. Yoongi ni siquiera se molestó en girarse.

—Podrías intentar no casarte cada diez años.

—Han sido doce.

—Vaya. Mis disculpas. Qué diferencia tan importante.

Escuchó el suspiro exasperado del hombre.

Siempre el mismo.

Siempre decepcionado.

Como si todavía esperara algo de él.

—Es mi boda, Yoongi.

—Y yo estoy aquí, ¿no?

—Porque te obligué.

Una sonrisa torcida apareció en los labios de Yoongi.

—Detalles.

Finalmente giró la cabeza.

—¿Quién es esta vez?

—Hana.

—¿Y cuánto durará Hana?

—Basta.

—¿Cinco años? ¿Siete si tienes suerte?

El hombre endureció la mandíbula.

Yoongi volvió la mirada hacia el jardín antes de que la discusión pudiera continuar.

Porque, honestamente, había encontrado algo mucho más interesante.

O mejor dicho...

A alguien.

Entre los invitados, una joven avanzaba por el sendero principal.

Y por primera vez en toda la tarde, algo consiguió llamar su atención.

Yoongi se deshizo del mal sabor de boca que le dejaba intercambiar palabras con su padre y caminó por los pasillos, comprobando que su piedra de granate siguiera colgando de su cuello.

Con los años había descubierto que portar aquella piedra le permitía inhibir sus ganas de beber sangre, amortiguar los olores que percibía de las personas y evitar el impulso constante de devorarlas.

Pero, de vez en cuando, le gustaba desafiar su propia naturaleza.

Sacó la piedra del bolsillo, la dejó dentro de un jarrón de porcelana entre las decoraciones del pasillo y cerró los ojos durante un instante para concentrarse en sus sentidos.

Su mente y su olfato se convirtieron en un rastreador de sensaciones.

Ya había comido. No tenía nada que temer.

Portaba, además, la pulsera de ónix que le permitía caminar bajo la luz del sol sin terminar convertido en cenizas.

Solo quería divertirse un momento.

Y, cómo no, entre tanta gente había encontrado un aroma peculiar.

Quizá algo único.

Las ganas de encontrar a la persona dueña de aquel olor eran tan intensas que un ser humano común habría confundido aquella sensación con enamoramiento.

Para Yoongi era algo muy distinto. Era un presentimiento hambriento. Un pulso sediento latiendo bajo su piel.

Caminó entre los invitados sin saber exactamente dónde buscar. Sonrisas, perfumes y conversaciones vacías se mezclaban a su alrededor, convirtiéndose en un ruido de fondo insoportable.

Entonces lo comprendió.

Su presa no estaba en la fiesta.

Se encontraba dentro de la casona. Oculta en una de las habitaciones.

Una sonrisa lenta apareció en sus labios.

Era una mujer.

Podía sentirlo.


Se adentró por los pasillos como un felino sigiloso hasta dar con el lugar: un baño del segundo piso.

Apoyó el oído contra la madera de la puerta y escuchó con claridad los gemidos que aquella chica intentaba sofocar.

La sangre que recorría sus venas parecía fluir con mayor intensidad, impulsada por aquel torrente que llevaba una mayor cantidad hacia sus mejillas, su cerebro y el resto de su cuerpo.

Hacia sus zonas más sensibles.

Aquellas donde una mordida podía resultar especialmente placentera.

Se apoyó contra la madera, preguntándose si sería prudente entrar y ofrecer ayuda, o simplemente acercarse para percibir mejor aquel aroma. Sin embargo, hacerlo significaría interrumpir el momento y, con ello, la estela de olor que ella desprendía.

Era como percibir el aroma de un pastel recién horneado.

El manjar más exquisito imaginable.

Uno capaz de arrancarle suspiros incluso al vampiro más disciplinado.

Yoongi permaneció inmóvil durante varios segundos.

Escuchando.

Esperando.

El sonido al otro lado de la puerta comenzó a disminuir hasta convertirse en respiraciones entrecortadas y el ocasional movimiento de tela contra porcelana.

Entonces sucedió.

El aroma cambió, se volvió más intenso, más profundo.

Como si hubiera estado oculto bajo otras capas y, de pronto, hubiera decidido revelarse.

Los ojos de Yoongi se entrecerraron.

No.

Eso no era normal, no para un humano.

Su olfato era capaz de distinguir cientos de fragancias distintas. Podía reconocer el miedo, la enfermedad, la excitación, la adrenalina y la sangre a kilómetros de distancia.

Pero aquello...

Aquello era diferente, era imposible.

Por primera vez en mucho tiempo, sintió auténtica curiosidad.

Jamás se había excitado con el olor de una mujer al punto de tener una erección, algo que solo él creía controlar de si mismo.

La puerta se abrió de golpe.

Yoongi retrocedió un paso antes de que la joven pudiera verlo.

Se deslizó hacia la sombra de una columna del pasillo y observó.

Una chica salió del baño con la cabeza agachada.

Se acomodó una hebra de cabello detrás de la oreja mientras avanzaba unos pasos sin percatarse de que estaba siendo observada.

Ojos expresivos a pesar de sus rasgos asiáticos, cabello negro labios rojizos, piel lozana y pálida. Lucía como una chica en sus veinte, saludable con sus mejillas rosadas por el alboroto ocurrido en el baño.

No parecía destacar por su simpleza, su belleza iba más allá de lo que podía verse a simple vista.

El aroma que desprendía era suficiente para eclipsar todo lo demás.

Yoongi sintió cómo cada uno de sus sentidos se enfocaba en ella.

Los murmullos de la celebración desaparecieron. La música se volvió distante.

Incluso los latidos de los invitados quedaron relegados a un segundo plano.

Solo ella permaneció, solo ella importaba.

—Interesante... —murmuró para sí mismo.

La joven levantó la vista. Por un instante, sus miradas se encontraron al final del pasillo.

Yoongi esperaba la reacción habitual. Nerviosismo, incomodidad. La fascinación involuntaria que muchos humanos experimentaban en su presencia.

Pero no ocurrió, ella simplemente frunció el ceño.

Como si intentara reconocerlo. Como si fuera él quien resultaba extraño.

Aquello arrancó una sonrisa lenta de sus labios.

Porque, después de siglos de existencia, muy pocas cosas lograban sorprenderlo.

Y aquella mujer acababa de convertirse en una de ellas.

Sin decir una palabra, ella continuó caminando hacia las escaleras.

Yoongi la observó alejarse.

Podría haberla seguido. Podría haber averiguado su nombre en cuestión de minutos, haber descubierto quién era, dónde vivía y qué hacía.

Pero algo en su interior le pidió paciencia.

Y la paciencia nunca había sido una de sus virtudes.

—Veamos cuánto tardas en volver a cruzarte en mi camino, cariño.

Aunque, por primera vez en mucho tiempo, tenía la sensación de que el destino ya había tomado esa decisión por él.

Durante la ceremonia, Yoongi se mantuvo al final, de pie, apoyado contra uno de los pilares del corredor que daba al patio trasero de aquella antigua casona. De noche tenía un aire gótico y sombrío; de día, en cambio, parecía un castillo sacado de otra época.

Observaba a su padre y a la mujer con la que estaba contrayendo matrimonio, ambos insípidos para todos sus sentidos.

Y unas cuantas bancas más adelante, a la chica que había visto en el pasillo.

Cabello negro.

Piel perlada.

Mejillas ligeramente sonrojadas.

Las clavículas expuestas sobre el escote de un vestido ajustado por un corsé de varillas, atado a la espalda con cintas que terminaban en un delicado lazo.

Un detalle que muchos hombres habrían interpretado como inocencia.

Pero no él.

Sus ojos eran de un color marrón intenso, con leves toques dorados, como si la luz del día los cambiara solo por codicia.

Únicos.

Las pestañas enmarcaban su mirada como si hubiese sido cuidadosamente pintada a mano, igual que una muñeca de porcelana confeccionada por un artesano obsesionado con la perfección.

Una mujer extraordinaria.

Sin embargo, no era su belleza lo que había capturado la atención de Yoongi.

Era algo mucho más difícil de definir.

Algo que percibía bajo la superficie.

Algo que lo había llevado hasta la puerta de aquel baño.

Desde entonces, no había conseguido apartarla de sus pensamientos.

Mientras los novios intercambiaban votos y los invitados observaban con emoción fingida, Yoongi solo esperaba que la ceremonia terminara.

Después vendrían las mesas.

La cena, el vino, las conversaciones vacías. Las risas cada vez más escandalosas a medida que avanzara la noche.

El añorado vals de los novios.

Y solo entonces tendría la oportunidad de acercarse a ella.

De descubrir quién era.

Y, quizás, comprender por qué su presencia despertaba en él una curiosidad tan incómoda como irresistible.


Yoongi había sobrevivido siglos enteros evitando reuniones familiares.

Por desgracia, la inmortalidad no servía de excusa cuando tu padre insistía.

La recepción se desarrollaba entre brindis, música de cuerdas y conversaciones banales dignas de la época. Los invitados parecían felices. Algunos incluso convencidos de estar presenciando una historia de amor.

Qué imaginación tenían los humanos.

Con una copa de whisky descansando entre sus dedos, observó el movimiento del salón desde una esquina. No prestaba atención a las risas ni a los discursos. Tampoco a la nueva esposa de su padre.

Toda su atención permanecía fija en una sola persona.

La joven de ojos color cambiantes.

La había perdido de vista durante algunos minutos después de la ceremonia y, para su propia irritación, había dedicado ese tiempo a buscarla entre la multitud.

Ridículo. Aquello no era propio de él.

—¡Yoongi!

La voz de su padre interrumpió sus pensamientos.

Levantó la vista.

El hombre avanzaba acompañado por su flamante esposa.

Y por ella.

La muchacha caminaba apenas un paso detrás, con la elegancia natural de alguien que no parecía consciente del efecto que provocaba a su alrededor.

La tela oscura de su vestido abrazaba su figura sin excesos. El cabello negro descansaba sobre uno de sus hombros en suaves ondas y sus ojos recorrían el lugar con evidente incomodidad.

Como si tampoco quisiera estar allí.

Eso le agradó más de lo que debería.

—Quiero presentarte formalmente a mi familia política —anunció su padre.

Yoongi tuvo que contener una sonrisa.

Formalmente.

Como si aquella palabra significara algo después de cinco matrimonios.

—Ella es Hana.

La mujer le dedicó una sonrisa cordial. Él respondió con una inclinación mínima de cabeza. Lo justo para no parecer completamente descortés.

—Y ella es SeoAh.

Los ojos de la joven se encontraron con los suyos. Durante una fracción de segundo, el ruido del salón pareció apagarse.

No porque fuera la mujer más hermosa que hubiera visto.

Había conocido reinas, actrices, aristócratas. Mujeres capaces de provocar guerras.

No era eso, era otra cosa.

Algo que no lograba nombrar.

—Mucho gusto —dijo ella.

Su voz era suave.

Yoongi extendió la mano antes de pensarlo demasiado. Los dedos de la joven descansaron sobre los suyos.

Y entonces ocurrió.

El aroma.

Más fuerte que en el pasillo. Más intenso. Más cercano.

Sus sentidos se afilaron al instante.

No provenía de su perfume. Ni de su cabello. Ni siquiera de su piel.

Provenía de la yema de sus dedos.

Una fragancia tenue, casi imposible de detectar para cualquiera que no poseyera sentidos sobrenaturales.

Algo que también provenía de su entrepierna si se permitía olerla con mayor precisión.

Un aroma único que despertaba en él una necesidad de tenerla en sus brazos pero no solo morderla y extraer de ella su deliciosa sangre, sino de hacerla palpitar en todos los sentidos.

Algo que hizo que el corazón de una camarera, al otro extremo del salón, desapareciera por completo de su percepción.

Algo que eclipsó cientos de aromas humanos en cuestión de segundos.

Por suerte, nadie parecía haberlo notado.

Nadie excepto ella.

SeoAh retiró lentamente la mano. Sus cejas se fruncieron apenas. Como si hubiera percibido algo extraño en aquel contacto.

Como si también estuviera intentando entender por qué, de repente, le costaba apartar la mirada de él.

Interesante. Muy interesante.

Por primera vez en años, Min Yoongi sintió auténtica curiosidad.

Y eso era mucho más peligroso que el hambre.

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