Un Deseo Por San Valentín [Eun Hae] by Cherry-kun at Inkitt
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Un deseo por San Valentín [EunHae]

Summary

«Tu ángel de San Valentín está esperándote» Donghae no cree en el destino, ni en la magia, ni en las almas gemelas. Donghae solo cree en las casualidades y en el guapo y simpático peliblanco que se muda al apartamento de al lado un mes antes de San Valentín. «Solo tienes que desearlo»

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U N O

Me gusta pensar que las casualidades existen.

Siempre me ha parecido más razonable creer que dos personas se encuentran por coincidencia que en el hecho de que alguien, en alguna parte, tenga un libro en el que se encuentra escrita toda mi vida. "Destino", lo llaman. Según ésto, no hago nada porque realmente quiero hacerlo, sino porque estoy "destinado" a ello, a todo, ya sea comerme una tostada a la hora de desayunar, trabajar en una oficina o llevar dos años sin pareja. La verdad es que es una excusa válida para no aceptar que todos los hombres que conozco últimamente son imbéciles.

Pero no, eso no tiene que ver ni con el destino, ni con el universo, ni con nada. Solo conmigo. Todos los chicos con los que me acuesto acaban siendo insoportables y todos los chicos que me gustan, o son heteros o tienen novio. Tampoco es cosa de suerte. Simplemente carezco de la capacidad de elegir bien a los hombres.

Mis amigos dicen que mi "alma gemela" está en alguna parte y que por eso el resto de la humanidad no se compenetra conmigo. Son muy optimistas al respecto. Pero, claro, ¿cómo no vas a serlo cuando tienes una pareja que te adora y haría cualquier cosa por ti? Los odio. A todos. A ellos y a sus novios y novias que no saben lo que es volver de trabajar a las tantas y no tener a nadie que esté esperándote en la cama.

Habitualmente esto no es un problema. Al final uno se acostumbra a estar solo y considera más importante seguir trabajando y tener dinero para pagar el apartamento, la televisión, Internet y el gimnasio al que voy tres veces por semana. Habitualmente no pienso mucho en todo lo anterior, pero a partir de mediados de enero comienza esa época en la que, camines por donde camines, hay un corazón. Y en mi calendario ya han pasado dieciséis días desde que empezó 2020.

Todavía falta un mes para San Valentín y medio mundo ya está celebrándolo. El otro medio está tan amargado como yo. Al menos los memes son divertidos. Le subo el volumen a la música que suena por mis auriculares mientras me muerdo el labio para no echarme a reír a carcajadas en medio del metro. Estoy de pie entre una mujer de mediana edad que se duerme con el contoneo del vagón y un hombre con más pelo en la barbilla que en la cabeza que habla por teléfono con su mujer. Me parece que él también pasará solo el día más romántico del año. Cuando le veo colgar, rabioso, me tiento con la idea de enseñarle el meme que acabo de encontrarme en Instagram, pero quizás me rompa estampe el móvil contra la cabeza y me ha costado muchas horas extra conseguir un iPhone nuevo.

Agacho la cabeza como si no hubiera oído su discusión y sigo vagando por la aplicación. Paso rápidamente las fotos de parejas "couple goals" y me detengo en las que me hacen reír, en los vídeos de recetas de cocina y en los de gente maquillándose como personajes de película. Impresionante. Sigo subiendo el dedo por la pantalla cada vez que acaba uno para ver el siguiente durante todo el camino. Lo único que me molesta es que aparezcan anuncios entre las publicaciones, pero no es nada que no pueda pasar con el pulgar.

Cuando levanto la cabeza después de un buen rato, veo que faltan un par de minutos para mi llegada a Wangsimni. Suficiente para otro video. Bajo la cabeza y deslizo el dedo por la pantalla.

—Otro anuncio, ¿en serio? —mascullo por debajo de la música. Y encima es un anuncio de San Valentín.

«Tu ángel de San Valentín está esperándote»

Pues que se siente, porque voy a tardar.

Lo paso para ver cómo una chica se convierte en Iron Man usando solo maquillaje. En cuanto ella acaba, el metro se detiene. Suelto la barra a la que me sujetaba y salgo detrás del hombre sin pelo, con el móvil en el bolsillo del abrigo. Sam Smith me canta al oído mientras camino sin prisa hacia el siguiente metro que debo tomar para llegar al trabajo.

La gente se amontona a mi alrededor, tanto en mi dirección como en la contraria. Si no llevase años haciendo este mismo recorrido, me perdería. Pero ahora sé exactamente dónde está todo hasta con los ojos cerrados. Sé que una de las bombillas está rota desde noviembre y, por alguna razón, no la cambian. Sé que ayer hubo una fuga en los lavabos de las chicas. Sé que, desde hace meses, todos los anuncios que recorren la pared de la derecha son los mismos.

Por eso me sorprendo tanto cuando me doy cuenta de que los han cambiado. Y no solo eso, es que además han puesto el mismo en todos los recuadros.

«Tu ángel de San Valentín está esperándote», pone, en letras negras sobre un fondo blanco tan brillante que resulta cegador. ¿Cuánto habrá pagado la empresa para llenar la estación de metro con el mismo anuncio? Supongo que todo lo que no se ha gastado en un diseñador.

Durante el camino lo veo otras siete veces.

«Tu ángel de San Valentín está esperándote»

«Solo tienes que desearlo»

Ya me sé de memoria esas dos frases cuando me subo a la línea 2, que está tan llena de gente como la 5. Me pongo cerca de la puerta y me acomodo como puedo para pasar el rato que me queda hasta Sicheong. Esta vez solo tengo dos chicas jóvenes a mi lado que se ríen tan alto que debo girarme. Parece que si no las veo, tampoco las oigo.

El problema es que acabo riéndome yo también al ver el anuncio que llena el vagón. No me lo puedo creer.

Termino sacando el móvil para distraerme. Si no veo la frase "tu ángel de San Valentín está esperándote" otras diez veces, no la veo ninguna.

Son las ocho y media cuando vuelvo a ver la luz del sol. Me desabrocho un poco el abrigo y me aflojo la corbata alrededor del cuello para que no me agobie. Aún tengo que caminar un poco para llegar a mi lugar de trabajo: el ayuntamiento. Ser funcionario puede resultar aburrido y monótono, pero ¿hay algo en mi vida que no lo sea? Hasta la publicidad con la que me encuentro es repetitiva.

Para el momento en el que me siento en mi escritorio, me duele la cabeza. Tantos carteles blancos me han hecho daño a la vista y leer cada segundo las mismas palabras ha terminado por marearme. Me arremango la camisa blanca y me bebo de un trago media botella de agua.

—¡Buenos días, Donghae! —me saluda Junmyeon, asomándose por encima de la pantalla de mi ordenador con una enorme sonrisa en los labios. Sonrisa que se borra en cuanto ve la expresión de mi rostro— ¿Qué te pasa?

Kim Junmyeon es mi compañero de trabajo desde hace cinco años. No puedo decir que sea uno de mis mejores amigos como Ryeowook o Siwon y sus respectivas parejas, Jongwoon y Heechul, pero paso incluso más tiempo con él que con los otros cuatro, así que le tengo muchísimo aprecio. Intento sonreír para que no se preocupe demasiado por mí.

—Nada —digo, dejándome caer en el respaldo de mi silla—. Estoy un poco mareado. No deberían hacer campañas de publicidad tan agresivas.

—¿Agresivas en qué sentido?

—He visto el mismo anuncio unas cuarenta veces mientras venía. Ya sabes, ese del ángel de San Valentín.

—Mmm... no me suena —se encoge de hombros.

—¿Que no te suena? Estás de coña, ¿no? Si está por todo el barrio.

—¿En serio? Bueno, es normal. Faltan semanas para San Valentín y la gente está como loca con Cupido.

Frunzo la nariz. Puede que tenga razón, pero eso no significa que deje de estar mareado. Dejo que se marche de vuelta a su escritorio y pongo la radio para distraerme un poco. Algo de música ayudará.

Así pues, las horas pasan, una tras otra sin saltarse ninguna. Hay mucho papeleo que revisar, muchas llamadas que atender y muchos correos que contestar. Como con Junmyeon y otros compañeros en nuestro descanso de media hora y luego volvemos a la carga una vez más hasta que se hace la hora de volver a casa. O la hora en la que todos se ponen el abrigo pero yo estoy todavía pasando unos documentos a limpio.

Junmyeon me pasa en brazo por encima de los hombros y me pincha la mejilla.

—¿Por qué no dejas eso y lo terminas el lunes?

—Porque mañana deberé dejar otras cosas para pasado —respondo sin levantar los dedos del teclado. Me gusta usar los fines de semana para relajarme sabiendo que tengo todo el trabajo hecho.

Sí eso es lo que me relaja a mis veintinueve años, no sé qué me relajará a los treinta.

—¿Y piensas quedarte aquí tú solo hasta tarde? No sé, Donghae, yo preferiría volver a casa con mi mujer.

Le lanzo una mirada de pocos amigos que le hace reaccionar enseguida. Levanta los brazos en son de paz.

—No me estaba burlando de tu soltería, que quede claro. Si a ti te gusta estar solo, no soy nadie para juzgarte. ¿A que no, chicas?

—Claro —responde una de nuestras compañeras desde la puerta—. Los tiempos han cambiado. Cupido ya no le lanza flechas a todo el mundo.

—Cupido le lanza flechas a TODO el mundo —corrige otra, asomando la cabeza desde fuera—. Lo que pasa es que él es un bebé y los humanos somos muy caprichosos. Seguro que algún día aparecerá tu chico ideal, Donghae.

—Seguro —resoplo—. Nos vemos mañana.

—¡Adiós! —exclaman ellas.

—Feliz San Solterín —él me revuelve el pelo.

Los tres se marchan mientras yo me acomodo el flequillo lejos de la frente. Subo el volumen de la radio y me estiro hasta oír crujir los huesos de mi espalda. Ellos no me juzgan por estar soltero, pero ojalá no lo estuviera. Tienen razón. Si hubiera algún hombre esperándome en casa, ya estaría subido en el metro de vuelta.

«¿Estás soltero por San Valentín? ¿Te gustaría que alguien te estuviera esperando en casa cuando llegas del trabajo?»

Miro el pequeño aparato negro con el ceño fruncido. Mi respuesta a ambas preguntas es un sí, aunque no tengo ni idea de qué es lo que está anunciando la suave voz de ese hombre.

«¿Estás harto de que feliciten por San Solterín?»

—¿Me espías? —me echo a reír.

«No te estamos espiando»

Paro. Eso ha sido extraño.

«Solo tienes que desearlo. Adelante, date prisa, tu ángel de San Valentín espera»

Boqueo. ¿En serio? ¿En la radio también? ¿Es que está en todas partes? Me pregunto qué será. Supongo que una web de citas o tal vez un programa de la televisión al estilo de First Dates. No pienso dejar mi vida amorosa en manos de desconocidos ni aunque acabe viendo su anuncio entre los tallarines de mi ramen instantáneo.

Llego a casa cuando el reloj marca las doce de la noche. Voy desnudándome de camino al baño hasta meterme en la ducha. Tardo veinte minutos en salir. Me pongo el pijama, preparo algo rápido de cenar y me tiro en el sofá a devorarlo antes de irme a dormir. Pongo un programa de reformas de casas en el que se oye más el audio en inglés que el doblaje al coreano.

Así estoy hoy y así estaré el catorce de febrero. Muchas cosas tendrán que pasar en los días que quedan para que la cosa cambie.

«¡Solo tienes que desearlo!»

Me llevo las manos a la cabeza y miro casi por inercia el interior de mi cuenco. Vamos, es que solo les falta aparecer ahí.

«Te llevará un segundo contactar con tu ángel de San Valentín. Solo tienes que...»

—Desearlo —completo por él. La pantalla de mi televisión está en blanco y la voz en off del mismo hombre que narraba el anuncio de la radio suena por sus altavoces laterales— Solo tengo que desearlo.

«¡Exacto! ¡Deséalo y se hará realidad!»

Estupideces. Esto es una grandísima estupidez y yo estoy agotado, así que apago la televisión, dejo el cuenco en la cocina y me voy a la cama.

Bueno... tal vez, si investigo un poco, averiguo por qué no me lo puedo quitar de encima. Solo serán cinco minutos. No es que a mí me importe eso ni que yo crea que un chico hecho especialmente para mí vaya a aparecer de repente.

Abro el portátil y busco "tu ángel de San Valentín está esperándote" en el navegador. En cuanto le doy a Enter, aparece el anuncio. Nada más. Es el único resultado posible para esa frase, cosa que me sorprende más de lo que debería.

Los de marketing son unos genios.

El único problema que veo es que no aparece el nombre de la empresa, el programa o lo que quiera que sea eso. No hay un teléfono ni un email ni una mísera dirección. Ni siquiera puedo copiar el enlace del anuncio para enviárselo a mis amigos, aunque supongo que a estas alturas ya lo habrán visto.

Estoy prácticamente seguro de que ellos me dirían que probara. Yo me negaría olímpicamente. Entonces insistirían y yo cerraría los ojos y pensaría, con escepticismo, que ojalá apareciera un chico guapo que no fuera un imbécil, del cual pudiera enamorarme para San Valentín. Y que él también se enamorase de mí, por supuesto. No sé si sería mi alma gemela, pero me vendría bien acurrucarme con alguien bajo la manta a ver alguna estúpida comedia romántica de Netflix.

«¡Deséalo con fuerza!»

De acuerdo...

«Tu ángel de San Valentín está al llegar»

Ahora soy yo quien espera.

Mentiría si dijera que no me paso todo el viernes mirando a mi alrededor. En el metro, a parte de fijarme en que el anuncio ha desaparecido por completo, miro a cada chico que pasa por mi lado o con el cual cruzo miradas. Sonrío sin pudor cada vez que alguno se fija en mí, pero no consigo que ninguno me responda. Es más, uno de ellos da media vuelta y otro pone cara de asco.

Pues ellos se lo pierden.

En el trabajo, me fijo en cada cliente que nos visita y en cada voz masculina que llama. No sé cuántas veces le pregunto a Junmyeon si el jefe está planeando aumentar la plantilla de trabajo. La respuesta siempre es no.

Como es viernes, salgo antes de trabajar. No pierdo la esperanza de que ocurra una bonita coincidencia y el amor de mi vida aparezca al día siguiente de mi estúpido deseo.

Tres rechazos en el metro después, vuelvo a casa, me cambio y me voy al gimnasio. Entre tanto tío bueno, ni uno solo me llama la atención. Los conozco a todos demasiado como para enamorarme de ellos.

Entonces llega la noche y ¡sorpresa! lo del deseo era mentira. Me voy a dormir más enfadado que nunca. ¿Cómo he sido tan tonto de creérmelo? Si no hubiera dejado que mis amigos me convencieran... Todo es culpa suya, aunque solo hablaran dentro de mi cabeza.

Se acabó. No voy a pensar más en eso.

Mi ángel de San Valentín se puede ir a la mierda.

♥ ♥ ♥

Los sábados suelo despertar tarde, comer y pasarme la tarde tirado en el sofá hasta que alguno de mis amigos me llama para salir. Ese era mi plan cuando me fui a dormir anoche hecho una fiera, pero el ruido de voces y de cosas moviéndose al otro lado de la pared me despierta cuando son apenas las nueve de la mañana.

Doy media vuelta en la cama, escondiendo la cara en la almohada. Alguien se ríe. Yo frunzo el ceño. Mi casero le da la bienvenida a ese alguien alzando la voz como si quisiera que yo me enterara de que tengo un nuevo vecino. Espera, ¿nuevo vecino? Si él siempre ha dicho que ese apartamento estaba reservado para cuando su hijo (que ahora tiene diez años) cumpliera la mayoría de edad.

Me pregunto quién será el hombre misterioso que ha conseguido que el antipático casero ceda.

Vuelvo a colocarme boca arriba. Todo el enfado se ha convertido en curiosidad. Entorno los ojos y agudizo los oídos. No puedo oír muy bien su conversación. Pero me entero de que el casero se va no mucho después y eso es todo lo que necesito para levantarme de la cama.

Me peino un poco con los dedos y salgo corriendo hasta el vestíbulo. Tomo aire mientras llevo mi mano al picaporte. No puedo salir así... Oh, ya sé. Si finjo que voy a tirar la basura no sospechará que he salido porque soy un chismoso de primera.

Voy a la cocina y vuelvo en cuestión de segundos. Apenas tengo la cena de ayer para tirar, pero es suficiente. Me enrollo las asas de la bolsa en la mano y abro la puerta. En cuanto mis zapatillas de estar por casa pisan el felpudo que Ryeowook me regaló cuando me mudé, giro la cabeza hacia la puerta de la derecha.

Nuestros ojos se cruzan como si alguien les hubiera obligado a hacerlo. Es guapo. Joder, es guapísimo. Tiene el pelo blanco, la piel pálida y una sonrisa que me pone las mejillas como dos tomates.

—Hola —dice, riéndose.

Mierda. Yo solo quería disimular y he acabado apareciendo en pijama frente a mí atractivo vecino nuevo.

Llevo un brazo atrás para esconder la bolsa de basura, como si él no la hubiese visto ya, y me limpio las legañas de los lagrimales. Luego le devuelvo la sonrisa sin abrir la boca. Tampoco me he lavado los dientes todavía. Maldición; esperaba a un cincuentón que fuera amigo de mi casero, no a un treintañero con la mandíbula tallada por los dioses.

—Hola —digo, intentando que no se note lo que estoy pensando. Señalo mi puerta abierta— Vivo aquí.

—Me lo imaginaba —vuelve a reír—. Soy Lee Hyukjae.

—Lee Donghae —me presento también. Agradezco que no intente darme la mano y me balanceo sobre mis pies— ¿Conoces a nuestro casero?

—Acabo de hacerlo. Es un hombre simpático, muy servicial.

¿Servicial? Tiene que estar de broma. Pero precisamente ahora no está riéndose, así que tal vez lo piense de verdad. Dentro de unos meses cambiará de opinión, en cuanto tenga el más mínimo problema y el casero no le conteste al teléfono.

No obstante, ¿acaba de conocerlo? Eso significa que el hombre realmente ha alquilado el piso. Supongo que necesitará el dinero.

—Y... ¿puedo preguntar de dónde vienes?

La curiosidad me puede. Él asiente sin problema, mostrándome las encías al sonreír. Podría haber llegado cualquier otro día de la semana y lo habría recibido con un traje impoluto y el pelo perfectamente peinado, pero no, tenía que llegar precisamente hoy.

Por eso no creo en el destino.

—De muy lejos —dice. Cuando arqueo las cejas, agrega— No muchas personas tienen acceso.

Asiento, intentando imaginarme a qué se refiere. No tiene pinta de venir de un pueblo perdido en medio del bosque, pero, bueno, yo tampoco tengo pinta de trabajar en el ayuntamiento.

—¿Y qué haces aquí? No... no hace falta que respondas si no quieres...

—No pasa nada. Es normal que quieras saber cosas de la persona que vive a escasos metros de tu casa.

Guapo y simpático. Lee Hyukjae va sumando puntos con cada segundo que pasa.

—He venido por trabajo —continúa—. Me estresé un poco cuando me dijeron que debía mudarme a la gran ciudad. No conozco a nadie por aquí y estaba bastante perdido cuando llegué, pero encontré este piso como por arte de magia, así que dejé de buscar.

—¿"Como por arte de magia"?

—Ya sabes, cuando deseas algo y de repente ocurre.

—A mí esas cosas no me pasan —me río.

No voy a estropear el momento lamentándome por mi fallido intento de desear un novio, ni envidiando que él haya tenido tanta facilidad para encontrar lo que quería. Mirándolo bien, parece el tipo de chico que no necesitaría desear una pareja porque posiblemente ya la tenga.

Es decir, es guapo y no es un imbécil. La suma de esas características suele significar o hetero o pillado.

—A todo el mundo pueden pasarle esas cosas —dice, interrumpiendo el desalentador hilo de mis pensamientos—. Solo tienes que desearlo.

Un escalofrío recorre mi cuerpo. Acaba de sonar exactamente igual que la voz en off del anuncio. Seguro que me he vuelto loco después de verlo y escucharlo tantas veces. O quizás...

—¿De qué trabajas? —pregunto, tan de repente que se queda callado, casi paralizado. No soy una persona que se caracterice por tener tacto al tratar con los demás— Perdón, es que tu voz me suena y...

—Soy... ehm... inspector. Sí, soy inspector. Trabajo comprobando que las cosas estén como tienen que estar.

Inspector. Vale. Será mejor que dedique el sábado a relajarme.

—Yo trabajo en el ayuntamiento —informo—. A lo mejor coincidimos algún día.

—A lo mejor —asiente.

Entonces nos quedamos en silencio. Lo recorro con la mirada, intentado disimular, aunque estoy casi seguro de que se da cuenta de que me fijo en lo bien que le quedan una simple camiseta negra y unos vaqueros sin forma. Cuando mueve el brazo, salto en mi sitio.

Ahora es cuando, al igual que todos los chicos con los que coqueteé ayer, me rechaza.

—¿No vas a bajar eso? —pregunta, sin embargo.

Miro la bolsa de basura que asoma detrás de mí. Mi rostro arde mientras me río con nerviosismo.

—Sí, claro, la basura. A eso iba cuando he salido —me pongo la bolsa delante—. Ya nos veremos, Hyukjae.

—Encantado de conocerte, Donghae.

Me hace un gesto con la cabeza y se mete en su apartamento. Suspiro. Mejor me voy a seguir durmiendo.

♥♥♥

El lunes llega antes de que pueda controlarlo. Me ducho, visto y desayuno sin pensar, bajo la basura acumulada del fin de semana y me voy a trabajar igual que hago todos los días. Esa mañana ya no me preocupo por coquetear con cada chico guapo que me encuentro. Visto lo visto, quizás debería descargarme Grindr.

La idea se va afianzando en mi cabeza a lo largo del día. Junmyeon me habla de su mujer. Las chicas presumen de sus maravillosos novios y maridos. Incluso el más joven del equipo, que acaba de salir de la universidad, lleva diez años con su chico y está pensando en pedirle matrimonio cuando se vayan de viaje a París en San Valentín. ¡En la Torre Eiffel! Y yo soy al que se abstienen de preguntar porque no tengo nada que decir.

De este modo, salgo del edificio con el móvil en la mano y la notificación de "instalando Grindr" cargando en la parte superior de la pantalla. Me muerdo el labio. No me puedo creer que vaya a hacerlo de verdad. Me apoyo en una pared a esperar, asegurándome de que nadie puede ver lo que hago por encima de mi hombro.

Miro a mi alrededor con nerviosismo. Mis compañeros ya se han ido, así que ellos no son un problema. La gente que pasa por delante de mí tampoco se fija en mi presencia. El cielo ya está oscuro y las farolas se encuentran encendidas. Es poco probable que alguien sospeche de que me estoy descargando una aplicación que en media hora me llenará el móvil de fotografías indecorosas. Pero ¿y si lo hacen? La anciana que pasea un yorkshire en la acera de enfrente. El niño que corre con una pelota en los brazos. El hombre de pelo blanco que se esconde detrás de un Toyota azul marino.

Arrugo el ceño y echo a andar hacia él con las manos en los bolsillos. Cuanto más me acerco, más se nota que es mi nuevo vecino. Está agachado, mirando hacia la puerta del ayuntamiento. Me acerco por su espalda y me inclino sobre su oreja.

—Hyukjae —susurro.

Solo eso lo hace saltar. Pierde el equilibrio y cae de culo al suelo mientras se gira a mirarme. Me echo a reír sin poder evitarlo.

—¿Así es como trabaja un inspector? —intento no sonar burlón, pero no sé si lo consigo.

Hyukjae me devuelve la sonrisa mientras se pone en pie a toda prisa. Se limpia el polvo de los vaqueros y se rasca la nuca como si acabara de pillarlo haciendo algo ilegal.

—Ho-hola. ¿Qué haces aquí?

—Trabajo aquí. Pensaba que te lo había dicho, aunque a lo mejor no... —dudo—. ¿Y tú?

Él también duda. Duda mucho más de lo que esperaba, solo para acabar soltando:

—Es que se me ha caído una lentilla.

Sí. Acaba de usar la excusa más vieja del mundo conmigo. Y yo finjo que le creo porque tiene que haber una razón seria para que haya decidido mentirme. Después de todo, apenas nos conocemos y no soy nadie para pedirle explicaciones.

—¿Quieres que te ayude a buscarla? —pregunto con falso interés.

Como suponía, niega. Baja su mirada al suelo, resopla para que crea que se está resignando a perder su lentilla y se lleva las manos a las caderas antes de dirigirse a mí. Tiene los ojos demasiado bonitos como para que haya una capa de silicona delante de ellos.

—Con esta luz va a ser imposible encontrarla —dice, encogiéndose de hombros—. Tendré que usar las gafas hasta que pueda comprar otras.

—Claro —le sonrío.

Y cuando nos encontremos la próxima vez, sea mañana, el sábado o el año que viene, ya habrá podido comprar otras. Así funcionan las cosas. Yo mismo he usado esa excusa muchas veces mientras espiaba a los chicos que me gustaban en el instituto. Me pregunto por qué la habrá usado él, por qué se habrá escondido. De quién, en realidad.

Me dijo que era inspector, pero no de qué tipo. Tal vez sea uno de esos que sigue a las parejas casadas para asegurarse de que no es una estafa para que uno de ellos pueda seguir en el país. Como el que salía en la película de Adam Sandler y Kevin James. O en la de Sandra Bullock y Ryan Reynolds. Se me da fatal acordarme de los nombres de las películas, pero tengo un don con los del reparto.

Sea como fuere, espero no haber interrumpido su primer día de trabajo.

—Pues... ha sido un placer verte de nuevo, Hyukjae.

—Lo mismo digo. ¿Te vas hacia casa? —lo pregunta tan rápido que no tengo tiempo de asimilar sus palabras. Como ve que no respondo, señala en dirección a la parada del metro— Podemos volver juntos, si te parece bien.

Miro por encima de mi hombro como un idiota. Luego vuelvo a él. Mi cabeza ya se está moviendo arriba y abajo sin que yo se lo ordene.

—Me parece perfecto.

—Después de ti, entonces —me hace un gesto con el brazo para que eche a andar.

Lo hago, conteniendo la sonrisa satisfecha que quiere deformar mis comisuras. Es todo un caballero. Necesito averiguar si tiene pareja o es hetero antes de darme totalmente por vencido. Una oportunidad como esta ocurre una vez cada mil años.

Durante los primeros minutos de camino, ninguno habla. Él anda con las manos en los bolsillos de su chaqueta mientras que yo finjo que miro algo en el móvil, aunque en realidad estoy observándolo de reojo. No tiene marcas en el cuello, ni collares, anillos o pulseras de pareja. Tampoco saca su teléfono en ningún momento. Tal vez porque no tiene a nadie que lo llame o mensajee a esas horas. Noto cómo me hierve la sangre.

No te hagas ilusiones, Lee Donghae. Los hombres perfectos siempre esconden algo que les quita todo el encanto.

Pero él...

Él me pilla mirándolo. Vuelvo a fijarme en la pantalla táctil, pero es obvio, por su risa, que ha sido demasiado tarde. Mis mejillas se pintan de color escarlata y decido interrumpir ese silencio de una vez por todas.

—Di-dime... —titubeo— ¿qué tal tus primeros días en la ciudad?

—Bien. Bueno, ayer me perdí en el metro y esta mañana he tenido que pedir un taxi, pero bien. Es distinto a mi hogar.

—¿Nunca habías salido de tu pueblo?

—Nunca he tenido la necesidad de hacerlo.

—Vaya —hago una mueca—. Eres la primera persona que conozco que no tiene la necesidad de viajar.

Sabía que iba a tener algún defecto, pero no me esperaba algo como eso. Viajar es maravilloso. Yo tuve que renovar mi pasaporte el año pasado gracias a mis padres, a mi hermano, a mis amigos y a mis diversos exnovios. No sería yo si no hubiera visto el amanecer en Hawaii, si no hubiera visto Skam en noruego en Noruega, si no hubiera imitado la escena del Times Square en Como conocí a vuestra madre y si no hubiera probado los tacos. No sería yo si me hubiera quedado veintinueve años en el mismo lugar.

Hyukjae, en cambio, no parece tener ningún problema con lo que acabo de decirle. Parece hasta orgulloso por mis palabras, aunque no hayan sido precisamente un halago.

—Allí tengo todo lo que necesito —dice—. ¿Y tú? ¿Tienes todo lo que necesitas?

Su pregunta me pilla de improviso. Ya estamos bajando las escaleras hacia el metro mientras me lo pienso... o finjo que lo hago.

—Sí. No tengo todo lo que quiero, pero sí todo lo que necesito.

—Eso suena un poco triste, Donghae.

—Qué va —lo miro por encima de mi hombro mientras me sigue hasta la línea 2—. Uno a veces es más feliz si se conforma con lo que tiene que si va detrás de conseguir algo imposible como... no sé, ¿una pareja con la que pasar San Valentín? No voy a enamorarme de nadie en un mes.

Aunque no me negaría a que un atractivo chico de pelo blanco me regalara una caja de bombones y me empotrara contra la pared. Me relamo a sabiendas de que no puede verme. Es buen momento para empezar con el interrogatorio.

De repente, noto una caricia en mis caderas. Me detengo entre la gente que pasa por nuestros lados y él se inclina sobre mi oreja desde atrás, dejándome sentir su caliente respiración. Se me pone la piel de gallina.

—¿Cómo estás tan seguro de eso? A lo mejor el destino te hace un favor este año.

—Sí, el destino y mi ángel de San Valentín —suelto una carcajada llena de sarcasmo, intentando que no note lo nervioso que me pone su roce.

Como siga así, voy a girarme y a comerle la boca, tenga novio, novia o se considere asexual.

—Solo tienes que desearlo —agrega antes de soltarme.

Me adelanta con la espalda erguida. Sigo si cabeza blanca durante unos segundos hasta que una metafórica bombilla se ilumina encima de mi pelo castaño.

—Oye, Hyukjae —salto a su lado—, ¿tú también has visto el anuncio? El de "tu ángel de San Valentín te está esperando" y "solo tienes que desearlo".

—No sé de qué anuncio hablas.

Frunzo el ceño. ¿De verdad? ¿Entonces ha sido solo casualidad? No entiendo cómo es que nadie se ha percatado de ese anuncio que estaba en todas partes el otro día. Bueno, solo el viernes, para ser exactos. Se quedarían sin dinero para alargarlo todo el fin de semana.

—Olvídalo —resoplo—. Cuéntame más cosas sobre ti. ¿Vas a pasar San Valentín con alguien?

¡Que comience el interrogatorio!

—No —responde, breve y sencillo.

El transporte llega entonces, así que pospongo mi siguiente pregunta hasta que estamos los dos prácticamente pegados en el centro del vagón, ambos sujetos de la misma barra. Huele dulce, como a caramelo. Es raro, pero me gusta.

—¿Y eso?

—No tengo a nadie con quien pasarlo. Como tú.

—¿También llevas dos años sin pareja?

—Llevo un poco más —contiene una sonrisa.

Yo no.

—¿Cuánto?

—No te lo voy a decir. Acabamos de conocernos.

—¡Oh, vamos! Tenemos confianza. Si hasta sabes dónde vivo.

Su seriedad fingida se rompe y se echa a reír con ganas mientras menea la cabeza. Así, pasamos el resto del camino. Yo hago pucheros para que me cuente cosas mientras él se niega. Los dos reímos, a veces por separado y a veces a la vez. Me cuenta cosas que no son demasiado personales, siendo bastante críptico en lo que respecta a su vida. Yo no tengo problema en ser sincero.

Cuando salimos del ascensor, mi estómago se revuelve porque no quiero irme a casa. Me pasaría toda la noche hablando con él.

—Ya nos veremos —se despide antes de que yo pueda hacer o decir nada.

—Sí —meneo la mano.

Dejo que entre en su apartamento y hago lo propio con frustración. La próxima vez le pediré que cene conmigo.

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