Ya era la cuarta vez que la veía al subir por las escaleras o ¿era la quinta?
En realidad no lo sabía, solo entendía que le había hartado observarle ahí; en un rincón, entre las sombras, con el frio abdomen sobre el piso.
Solo bastó un movimiento del pie y ya. ¡Por fin se había deshecho de ella!
La inmunda cucaracha sucumbió bajo la suela de su tenis. Un perfecto “slam dunk” con sus nuevos Nike LeBron: ¡el mejor exterminador de plagas!
En verdad era gracioso -pensó.
En parte podía calificar de deliciosa aquella sensación. Percibir bajo la planta de su pie el deslizar viscoso entre el lomo y la barriga del insecto.
Además, ya no la vería. Ya no estaría observándole ahí, en el séptimo escalón de aquella escalera de trece peldaños; como si le divirtiera mirarle y se carcajeara con esas malditas antenas que se movían incesantemente (porque así se burlan ellas de ti, ¿lo sabías?).
Ahora ya no movería aquellos asquerosos miembros. Jamás, jamás volvería a ocasionarle molestias a nadie
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Fue algo inevitablemente casual (o causal) mencionaron las noticias.
“¡Lo mata una cucaracha!” corría por todas las redes y plataformas. Y es que la verdad, el imbécil al volver a bajar por las mismas escaleras, se había resbalado con la cuc... ¡perdón!, con el cadáver de aquel bicho que no volvería a molestar a nadie.
Claro, excepto a él.








