Chapter 1
Todos sabemos cuándo y por qué Dios creó el universo y cómo empezó la humanidad enfrentando su primer y gran castigo en un jardín precioso. Bueno el por qué no lo sabemos exactamente, es un ser impredecible y tampoco le agrada ser cuestionada por ello.
Muchos demonios te aconsejarían que no le preguntaras nada, o sí, son demonios y muy posiblemente querrían tu alma atormentada en el infierno para apuntarse esa pequeña victoria.
Te diría que tampoco le preguntes a los demonios...mejor no le preguntes a nadie.
Hay múltiples historias sobre la famosa serpiente que tentó a Eva, un vil demonio de ojos amarillos y escamas negras. Sus colmillos no eran los únicos que podían soltar veneno pues sus palabras fueron suficientes para condenar a la humanidad para siempre.
Una pequeña tentación, es solo una maldita manzana.
Lo que pocos saben es que esa serpiente no era horrible ni monstruosa, no era un animal asqueroso ni viscoso. Era una gran serpiente de largo y majestuoso cuerpo albino, sus escamas brillaban en colores blancos, azules e incluso violetas, según cómo el sol se refleja en él.
Sus ojos afilados no eran amarillos ni rojos, eran azules con vetas blancas, brillantes cuando hablaba sobre sus amadas siestas o grises cuando algo le molestaba.
Era un animal precioso y cautivador, muy amable en cierta manera, si es que los demonios podían tener esa cualidad. No usaba una voz grave y tenebrosa, sus siseos eran suaves como la primera brisa de primavera después de un frío invierno.
La cuestión es que ambos humanos ya se encuentran caminando entre las altas dunas de arena hacia un futuro incierto, pero libres y un ángel de largos cabellos rojizos los observa desde lo alto de la pared rocosa con una mirada preocupada y labios apretados.
—¿Realmente era necesario? —Se cuestiona a sí mismo en una voz muy baja, tampoco desea ser escuchado por nadie, Dios le libre de hacer preguntas en contra del gran plan...aunque nadie sepa cual es.
El sonido de un cuerpo arrastrándose tras él no le advierte de ningún peligro, sabe que es esa serpiente albina que ha provocado todo esto aunque tampoco puede reclamarle nada, es su trabajo.
El animal sisea entre sus piernas y se alza a su lado hasta volverse “humano”, uno de largos cabellos blancos, ojos azules y brillantes cortados por una pupila afilada y una túnica negra un poco maltrecha— ¿La pregunta es por la tentación en sí o por poner algo prohibido justo al alcance de la mano?
Raphael mira al demonio de soslayo, tampoco desea fijarse mucho en él pues esos ojos azules son demasiado hipnóticos y le ponen algo nervioso— Crear un paraíso para luego dejarlos a su suerte, hay demasiados monstruos ahí fuera —Sus blancas alas se remueven en un gesto incómodo.
—No les pasará nada, tampoco pensaba que los abandonaría solo por comer una manzana —Dice este encogiéndose de hombros— Me dijeron “sube ahí arriba y líala parda” y ese árbol tenía un letrero de “no tocar”...quiero decir ¿Por qué poner eso? Es cómo si todo estuviera...
—Escrito...—Termina el ángel con el ceño fruncido y un leve movimiento de mandíbula— No podemos cuestionar el gran plan, posiblemente debía pasar así...
—No lo podrás cuestionar tú pero yo ya soy un demonio —Sentencia con la mirada fija en las dos siluetas que se alejan— Puedo preguntar lo que me dé la gana.
—Ya...supongo que sí pero...nadie te contestará —Dice distraído hasta que sus ojos se fijan en algo sumamente curioso y muy ardiente que porta Adán en su mano derecha— Esa no es...¿Esa no es la espada llameante?
—¿Ah, sí? ¿De dónde la habrán sacado? —Por fin los ojos del pelirrojo se desvían hasta el demonio notando como se ha puesto particularmente tenso y evita su mirada deliberadamente.
—Esa era mi espada, Dios me la dio en la guerra pero se la presté a un ángel rebelde de cabellos blancos y heridas graves...
—Ese “ángel” rebelde te la quitó en una pelea justa y no pudiste hacer nada para evitarlo —Gruñe un poco por lo bajo.
—De acuerdo, ¿Y por qué ahora la tiene el primer hombre? —La mirada del ángel lo observa en detalle, le parece que esas alas negras son preciosas.
—Se la regalé —Murmura entre dientes en un susurro ahogado mirando levemente sus pies con cierta vergüenza.
—Perdona, ¿Qué hiciste, qué? —Alza las cejas en una expresión incrédula.
—Dije que se la regalé, soy un demonio pero no por ello debo ser...—¿Un monstruo, un asesino, un desalmado? Si, es justo lo que significa ser un demonio por eso no termina la dichosa frase y carraspea— Ella está encinta y...a lo mejor él la mata, podría sacarle el bebe con la espada o algo así —Se justifica rápidamente intentando mantener esa imagen que debe proyectar si no desea volver al infierno.
Ha pasado años bajo torturas y baños de azufre, no piensa volver, gracias.
—Eso es horrible, espero que use la espada para algo bueno como protegerse de los animales salvajes —Raphael vuelve a mirar a las figuras viendo cómo luchan contra un enorme león— Eres de lo más retorcido, demonio —Susurra pero en sus labios baila una pequeña sonrisa contenida, puede sentir que ese ser no es la entidad malvada y retorcida que intenta aparentar.
Puede verlo en sus ojos. Unos ojos preciosos, debe admitir.
—Un placer, ángel —Agita las alas y endereza la espalda formando una sonrisa triunfante— Mi nombre es Zira, por cierto —Un eco de su nombre angelical, sabe que no debería usarlo pero le gustaba, no quiere perder el recuerdo de lo que una vez fue. ¿Odia al cielo? Sí, pero no quiere odiar el ángel que una vez fue porque él no hizo nada malo.
—Oh, es bonito, sí —Carraspea un poco jugando con sus manos frente a su estómago, no sabía si decirle su nombre es algo aceptable, es un demonio a fin de cuentas pero por alguna extraña razón siente que no es como los demás, aunque sea el primero que conoce por el momento— Raphael.
Este silba en respuesta en un gesto de sorpresa exagerada.
—Un pez gordo siendo principado, eso no me lo esperaba, eres un arcángel ¿Qué haces aquí?
—A mis hermanos...bueno, no les gusta que sea tan...curioso, me dijeron que proteger la puerta del Este sería bueno para mí —Dice pero miente un poco, en su día estuvo a punto de seguir a Lucifer, le parecía absurdo todo esto del plan inefable y que después de tanto esfuerzo todo terminará en escasos seis mil años. Es ridículo. Pero eso no puede decirlo en voz alta y mucho menos delante de un demonio.
—Pues...lo siento mucho pero no la has protegido muy bien —Dice este con los labios algo apretados pero formando una ligera sonrisa burlona. Dentro de esta frase no solo pretende mofarse de él sino recalcar algo que ambos saben pero no desean expresar.
Porque Raphael sabía que llevaba semanas moviéndose por el jardín, sabía que un demonio se deslizaba entre las sombras más frescas, dormía las mejores siestas en las ramas de los árboles más altos y buscaba el momento perfecto para hacer su trabajo. Aún así no lo desterró ni movió una de sus blancas plumas para delatarlo a los otros principados.
El pelirrojo por su parte no dice nada consciente de todo el trasfondo de aquellas palabras, ¿Quién podría desterrar a tan hermosa criatura? Jamás lo admitiría pero podía pasarse horas admirando el brillo holográfico de sus escamas bajo el sol cuando lo pillaba durmiendo.
Incluso llegó a crear nuevas plantas para darle más sombra cuando el sol era demasiado intenso y así evitar que pudiera despertarse por el calor excesivo.
Claro está, esto no lo mencionaría ni bajo tortura.
Las primeras gotas cayeron del cielo, estaban congeladas y el cuerpo del rubio se encoge ligeramente por ello, su condición de serpiente le impide gozar del frío por lo que da un paso hacia atrás. Piensa en volver al jardín y esconderse bajo las plantas pero una enorme ala blanca se extiende sobre su cabeza evitando aquella lluvia que poco a poco empieza a volverse más agresiva.
Podría decir un gracias pero el ángel no le mira a él, tiene los ojos fijos en el horizonte y piensa que es lo mejor. Tener un acto de bondad hacia un demonio es una cosa pero recibir su agradecimiento son palabras mayores, a fin de cuentas es un ángel y los ángeles son bondadosos, lo habría hecho por cualquiera.
O eso es lo que quiere pensar.
Se acerca un poco más a Raphael y mira también cómo ambas figuras, después de matar al león, corren a un destino condenado hacia una destrucción inminente.
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Ser un demonio en la tierra no es sinónimo de ser un salvaje, el arte de la tentación debe ser elegante, sutil y cuidadosa. Todos los demonios pueden susurrar al oído de un hombre “La mujer de tu hermano está muy buena ¿y si te la tiras?” o “¿Y si multiplicas el dinero de la operación de tu madre en el casino, podrían operarla tres veces más?”
Debemos advertir que la mayoría de demonios son estúpidos y ni se esfuerzan en conocer bien los detalles actuales por eso pueden llegar a ser bastante ridículos en sus tentaciones.
Pero Zira se considera todo un mago de la tentación, un hechicero de voz aterciopelada y palabras dulces disfrazadas de intenciones no tan buenas. Una serpiente que acecha con cuidado y no sientes hasta que ya estás a medio camino de ser digerido.
Lo que no esperaba es que le encomendaran la misión que acabaría con toda la creación, la condenación definitiva, el borrado absoluto de toda vida en la tierra y hala, a otra cosa. No desea una guerra entre el cielo y el infierno, ambos bandos solo quieren sangre y espadas chocando entre sí, una barbarie si alguien le pregunta.
Claro está, nadie jamás le pregunta nada.
Justo esta noche cuando había hecho un trato con las ratas del distrito norte para destrozar el servicio de comunicaciones de la ciudad, un golpe maestro para condenar millones de almas que blasfemarán a diestro y siniestro durante horas. Golpe que nadie entenderá pues siguen atrapados en el siglo XIX y recuerda el susto colectivo la primera vez que les enseñó lo que era un móvil.
Casi le prenden fuego al pobre aparato.
Cuando se encuentra a Hastur y Ligur en aquel cementerio sabía que no lo habían llamado para nada bueno, tampoco es que esperara un ramo de flores ni una tarjeta de felicitaciones por su trabajo pero recibir al mismísimo anticristo en una canasta de mimbre es algo que no se esperaba.
Sus ojos azules, ahora grises por el mal humor, brillan sobre el borde de sus gafas negras y las luces de su coche, un hermoso Bentley de color crema y detalles marrones tan limpio como recién salido del concesionario, iluminan su figura a sus espaldas dándole un aire peligroso que incluso ambos príncipes del infierno notan.
—No pensaba que sería tan rápido —Suelta con molestia tomando la canasta con desgana.
—¿Acaso no ansias la guerra Zira? —Escupe Hastur con esa asquerosa rana en la cabeza.
—No he dicho tal cosa, por supuesto que ansío la guerra como todos...—No es lo que parece —dice Ligur algo amenazante.—Solo me pregunto por qué debo ser yo quien lleve a esta...cosa—Abajo te admiran, no se muy bien porqué, seguro que después de esto tendrás un buen ascenso...que envidia —Dice Hastur con un tono de asco mal disimulado.—Mucha envidia...—Sigue Ligur después, “menudo par de idiotas” piensa el demonio afianzando el agarre de la dichosa cesta.
Joder, joder, joder y mil millones de joder son pronunciados por la serpiente mientras conduce, muchos dirían que es un temerario por la velocidad elevada pero sus movimientos no son nada agresivos, al revés, incluso volando sobre la carretera esquiva los coches con una elegancia innata, sin inmutarse lo más mínimo.
—Coche llama a Crowley, ahora —Gruñe mostrando unos colmillos prominentes, debía hablar con ese maldito ángel porque este problema no se lo iba a tragar solo, ni muerto.
Lo sentimos mucho pero las líneas están fuera de servicio, inténtelo más tarde.
—¡Joder! —Son pocas las veces que Zira pierde los nervios pero esta noche lo merece y por primera vez desde que compró a su pequeño en 1933 golpea una y otra vez el volante con furia, perdiendo los nervios y chillando como un animal.
Desgraciadamente eso le costaría no volver a escuchar a Mozart en una buena temporada.
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El Soho siempre ha sido una zona de ambiente tranquilo, ciertamente particular por los numerosos negocios que adornan las calles, negocios pintorescos dignos de ser el primer capítulo de un próximo documental llamado “Destinados a la quiebra”.
Entre ellos hay una curiosa tienda de esquina, una fachada que conserva el estilo propio de una época anterior y en su interior se encuentra Anthony J. Crowley, alias Raphael sólo para los de arriba, ordenando cuidadosamente unos vinilos recién adquiridos, estaba emocionado pues le ha costado sudor y alguna lagrimilla desesperada, conseguir ese ejemplar del Sencillo 7 de “Bohemian Rhapsody / I’m In Love With My Car” de su banda favorita, Queen. Un tesoro de color azul transparente que admira por más de una hora y discute consigo mismo si es buena idea ponerlo en la gramola para verificar si está en perfectas condiciones.
Esa tienda de altos techos e iluminación algo deficiente es lo que llamarían algunos “una quimera” un negocio extraño y poco rentable pues sólo tiene miles de vinilos, discos, cajas de música, alguna guitarra firmada por el mismo Elvis Presley colgada de una pared y lo más raro de todo, también dispone de un rincón lleno de mapas y pergaminos viejos, sobre todo de constelaciones, investigaciones antiguas y rollos de papel demasiado viejos y desgastados, con los garabatos de los mejores astrólogos que han existido.
Sin embargo lo único que puedes comprar en esa tienda son algunos vinilos de poco valor o algún CD que ya tenga repetido. Todo lo demás siempre está, singularmente reservado o directamente no está a la venta. ¿Cómo lleva abierta más de doscientos años? Nadie lo sabe y aunque muchos ansían ese espacio para crear negocios más lucrativos todos terminan volviendo a sus casas y olvidando que existe dicho local.
Un milagro de lo más oportuno.
Crowley camina con cuidado hacia el gramófono con una sonrisa dibujada en sus labios y los ojos brillantes, entre sus manos tiene su tesoro recién adquirido y sería un desastre si algo le pasara.
El repentino sonido del teléfono casi lo hace tropezar con la alfombra e internamente maldice a quien llame a estas horas de la noche, “Que poca educación” piensa con el ceño fruncido y su corazón humano latiendo salvajemente ante la posibilidad de haber podido destruir aquel vinilo.
Chasquea la lengua molesto y guarda dicha pieza antes de tomar el auricular de ese trasto tan ruidoso— Disquería A.J. Ley & Co, espero que me disculpe pero ahora mismo estamos ce...
—Crowley, soy yo —La voz grave al otro lado del teléfono le hace tragar saliva, hace años que no sabe nada del demonio y recibir una llamada suya a estas horas solo puede significar algo muy malo.
—Zira...—Suspira con una voz mucho más anhelante de la que pretendía usar.
—Tenemos que vernos, ahora
—Pero es de noche...es inapropiado —Susurra sin creer demasiado en su excusa, adora pasar tiempo con el demonio, a fin de cuentas tienen una historia de amistad no amistad, que les ha unido mucho en estos años. Pero realmente quería escuchar su nuevo vinilo.
—¿Inapropiado?...¡¿Inapropiado dices?! El jodido Armagedón es lo suficientemente inapropiado para que dejes tus jodidos discos, ángel estúpido —Crowley aprieta los labios y frunce el ceño con disgusto, podría enfadarse por ese vocabulario y ese tono tan violento, por no hablar del insulto, pero conoce al demonio. De hecho, lo conoce demasiado bien.
Sabe que Zira es un ser “malvado”, un tentador innato que disfruta de crear el caos de esa forma tan...original. Es un demonio, pero es paciente y educado, rara vez se le escucha perdiendo los nervios. Y ahora mismo los tiene en busca y captura.
En el momento en el que la serpiente empieza a decir mucho la palabra “joder” con todas sus variantes sabes que está en un punto de desesperación que no acepta ningún tipo de reclamo.
—Vale...ven a mi disquería, nos vemos aquí.
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Quizás en otro universo alternativo ángel y demonio tendrían encuentros mucho más discretos, como por ejemplo en el parque St James como los espías e informantes que se reúnen allí y alimentan discretamente a los patos.
Pero este demonio y este ángel les importa bien poco las sutilezas, Zira no tiene paciencia para fingir un encuentro casual y Crowley ya se encuentra bastante desencantado del Cielo como para que le importe si alguien descubre su “amistad” para nada convencional.
Hace muchos años que Crowley dejó de ser un ángel obediente, aunque a veces duda que alguna vez lo fuera.
Dentro del local, con el cartel de “cerrado” y las cortinas bajadas, ambos seres ya se encuentran bebiendo su cuarta botella de vino, han estado discutiendo por horas porque ninguno de los dos desea ver a la humanidad ser destruida y una guerra ahora mismo es de lo más inoportuno.
—Tenemos que hacer algo, ángel —Dice Zira con la voz algo pastosa caminando de un lado a otro, inquieto— No puedes decir que esto es lo que debe pasar según el plan...¡No vayas a mencionar el jodido plan!...el plan ese...el in..ineme...el jodido plan ese —Gruñe y se balancea con la copa en la mano.
—Zira...pero si ya te he dicho que sí, que voy a ayudarte...hace cuatro botellas ya...—Espeta este algo mareado por ver al demonio caminar de un lado a otro— Eres tú el que no para de hablar del plan...intermitente
—Indeciso...
—¿Intacto?
—¡Lo que sea! El tema es que no quiero una guerra ¿Tú quieres una guerra? Tengo que convencerte...porque...porque...allí arriba no tendrás tu querida música...tenemos a todos los rockeros ahí abajo...
—¿Pero de que quieres convencerme si te he dicho que sí? —Exige con cierta confusión, el demonio parece haberse quedado atrapado en una conversación consigo mismo— No pienso soportar una eternidad con esos idiotas de arriba...no hace falta que me convenzas, tenemos nuestro propio bando ¿recuerdas?
—Nuestro...mierda, no puedo pensar con tanto alcohol, me voy a poner sobrio —Suelta al mismo tiempo que se deja caer sobre el sillón frente al ángel. Este asiente en respuesta y ambos se estremecen con expresiones de asco por el drenaje en sus venas— Mucho mejor...¿Por dónde íbamos?
—Hablabas de la música, serpiente
—Ah, sí y también podemos hablar de...los delfines, a ti te gustan los delfines ¿Quieres que mueran?
—¿Aún estás borracho?
—No, pero no descarto el ataque de pánico —Se lleva las manos a la cara en un gesto cansado presionando sus ojos con las palmas.
—Podemos seguir así toda la noche pero quizás sería mejor pensar en cómo evitar el Armagedón —Zira chista y se aparta las manos de la cara para mirarlo con el ceño fruncido, esos ojos azules parecen brillar mucho más que antes pues ese color ahora ha absorbido por completo sus escleróticas.
—¡Cállate paloma idiota! Aún no sabes si pueden escucharte ¿Acaso quieres caer? —Señala hacia arriba con movimientos nerviosos.
—¿Crees que me importa acaso? Zira llevo desde el 41 sin verte y ahora te presentas aquí como un loco desquiciado —Suspira hastiado, todo es mucho más complicado cuando el demonio se vuelve tan impredecible y paranoico. Se lleva las manos al cabello, una media melena rizada que peina antes de atarla en una coleta alta— ¿Podrías, por favor, tranquilizarte? Tú has entregado al niño ¿no?
—Si...
—Y tienes que asegurarte que su crecimiento sea perfectamente demoníaco ¿No?
—Supongo...
—¡Bien! Eso quiere decir que yo, como representante del cielo en la tierra debo sabotear los planes del malvado demonio representante del infierno en la tierra —Habla lentamente, asegurándose que su idea es asimilada por su amigo.
El silencio se instala entre ellos, el azul de los ojos de la serpiente vuelve a encogerse hasta volver a ser un iris normal y la fina línea de sus pupilas se agranda un poco. Bien, después de tantos años sabe que eso es una buena señal.
—Seríamos sus padrinos, yo le enseño cosas malas y tú cosas buenas...
—Y sería un niño normal, neutro, viviendo una vida corriente sin fuego ni ganas de destruir nada —Sonríe con cierta emoción bailando entre sus dedos, podría trabajar codo con codo junto al demonio de nuevo.
—No perdemos nada con intentarlo, supongo —Sentencia Zira con un suspiro pesado y una mirada algo desconfiada, aún recuerda el incidente del 41 y no desea que vuelva a repetirse por lo que extiende su mano para sellar el trato y acto seguido se gira para marcharse.
Borrando así la sonrisa del ángel en cuanto separan sus manos.
—Espera, ¿Ya te vas?
—Voy a mi casa a trazar el plan, te llamaré en estos días —Toma las gafas olvidadas sobre una estatua de un pato dorado y se las coloca evitando mirar al ángel directamente.
—Podemos hacer el plan...juntos, sería lo mejor —Crowley se levanta del sillón y se acomoda las gafas de montura clásica con un diseño de líneas redondeadas y pasta negra, no es que las necesite pero siempre le ha gustado como se le ve con ellas por lo que es un complemento más a su estilo atemporal.
—Adiós, ángel
—Pero tengo ese vinilo que tanto querías...—Ya es tarde, el demonio ya ha cruzado la puerta y el sonido de la campanita acompaña el nuevo silencio—...de ese teatro musical que tanto te gusta deGilbert and Sullivan...—Termina susurrando más para sí mismo con los labios apretados y mirada triste.
Quería pasar más tiempo con él y se maldice por lo que pasó en el 41.




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