UNO
Jungkook nunca había sentido algo así. Estaba acostumbrado a que las mujeres lo miraran a él, a que lo desearan por su fama, su cuerpo entrenado y su voz. Pero cuando entró al set de la sesión de fotos para la revista Vogue Korea, el mundo se detuvo en ella.
Jimin estaba de pie bajo las luces calientes, vestida solo con un corsé blanco que apenas contenía sus senos llenos y redondos, que se elevaban con cada respiración. Su cabello largo y rubio caía en ondas perfectas hasta la mitad de su espalda, brillando como oro líquido. Sus ojos azules, grandes y expresivos, miraban a la cámara con una inocencia sensual que hacía que todos los presentes contuvieran la respiración. Sus labios carnosos, ligeramente entreabiertos, y esas caderas anchas que terminaban en unas piernas interminables… era la mujer más deseable que había visto. Y todos los hombres en el estudio la devoraban con la mirada.
El fotógrafo le ajustaba el corsé, sus dedos rozando la piel suave del escote de Jimin. Ella rio suavemente, un sonido cristalino que atravesó a Jungkook como un cuchillo.
Desde ese momento, algo oscuro se despertó en él. No era solo atracción. Era necesidad. Posesión pura.
Esa misma noche, usando su influencia, consiguió su número. Le envió un mensaje: “Eres arte. Quiero conocerte en privado. Jungkook.”
Jimin respondió con timidez al principio. Salieron a cenar en un restaurante exclusivo con vista al Han River. Ella llevaba un vestido negro ajustado que marcaba cada curva. Jungkook no podía quitarle los ojos de encima. Mientras hablaban de sus carreras —ella era modelo y aspirante a actriz, él el idol mundial—, Jungkook ya estaba planeando cómo hacerla suya.
—Todos te miraban hoy —dijo él de repente, su voz baja y controlada—. Ese fotógrafo… te tocaba demasiado.
Jimin parpadeó, sorprendida por el cambio de tono. —Es su trabajo, Jungkook. No significa nada.
Él sonrió, pero sus ojos no. Tomó su mano con fuerza, casi dolorosa. —Significa todo para mí. Eres demasiado bonita, Jimin. Demasiado peligrosa para el mundo. Los hombres te ven y solo piensan en follarte. En arruinarte.
Ella se sonrojó, sintiendo un extraño calor entre las piernas. Nadie le había hablado así.
La llevó a su penthouse esa misma noche. Apenas cerraron la puerta, Jungkook la empujó contra la pared con control preciso. Su mano grande rodeó su cuello, apretando lo suficiente para que ella jadeara.
—Dime que no quieres a nadie más —susurró contra sus labios.
—No quiero… —empezó ella.
No la dejó terminar. La besó con brutalidad, mordiéndole el labio inferior hasta que probó sangre. Sus manos bajaron al vestido y lo rasgaron por la parte delantera, exponiendo sus senos perfectos. Los agarró con fuerza, sus dedos hundiéndose en la carne suave, pellizcando los pezones rosados hasta que Jimin gimió de dolor y placer.
—Estos son míos —gruñó, bajando la cabeza para morder uno con saña. Dejó una marca profunda de dientes alrededor del pezón. Jimin gritó, arqueándose.
—Jungkook… duele…
—Quiero que duela. Quiero que mañana, cuando te mires en el espejo, recuerdes que yo te marqué. Que nadie más puede tocar lo que es mío.
La levantó como si no pesara nada y la llevó al dormitorio. La tiró en la cama king-size y se quitó la ropa, revelando su cuerpo musculoso y su polla gruesa, dura y venosa, ya goteando pre-semen. Se subió encima de ella, abriéndole las piernas con rudeza.
Sus dedos encontraron su vagina, ya mojada. Introdujo dos de golpe, sin delicadeza, curvándolos con fuerza contra su punto G mientras su pulgar presionaba el clítoris con movimientos agresivos.
—Tan mojada para mí… pero estabas así por las miradas de esos cabrones también, ¿verdad? —acusó, sus ojos oscuros llenos de paranoia.
—No… solo por ti —jadeó Jimin, las lágrimas escapando de sus ojos azules.
Jungkook no le creyó del todo. Sacó los dedos y los reemplazó con su polla en un solo empujón brutal que la abrió por completo. Jimin gritó, clavando las uñas en su espalda. Él empezó a embestir con fuerza salvaje, cada golpe profundo y castigador, chocando sus caderas contra las de ella con violencia controlada.
—Eres mía, Jimin. Repítelo —ordenó, una mano tirando de su cabello rubio largo, arqueándole el cuello para morderlo y chupar fuerte, dejando chupetones morados visibles.
—Soy tuya… solo tuya —sollozó ella, su vagina contrayéndose alrededor de él.
La folló durante casi una hora sin piedad. La giró, la puso a cuatro patas y le dio nalgadas fuertes y constantes, dejando sus nalgas rojas e hinchadas. La penetraba desde atrás tirando de su cabello como riendas, insultándola y amándola al mismo tiempo.
—Eres mi puta bonita. Mi ángel. Si alguien más te toca, lo destruyo. Y después te castigo a ti por permitirlo.
Cuando se corrió, rugió su nombre y la llenó con chorros calientes y abundantes, marcándola por dentro. Después, en lugar de ser tierno de inmediato, la abrazó fuerte, casi asfixiándola contra su pecho.
—Te amo, Jimin. Tanto que me asusta. Si me dejas, no sé qué haría. Probablemente me mataría… y no quiero imaginar qué te haría a ti antes.
Ella temblaba, exhausta, con moretones en los senos, el cuello, las caderas y las nalgas. Pero también se sentía extrañamente protegida. Jungkook besó sus lágrimas, acariciando su cabello rubio con falsa dulzura.
—Nadie te cuidará como yo. El mundo es cruel con las mujeres como tú. Solo yo puedo mantenerte a salvo.
Esa noche durmió pegado a ella, una mano posesiva sobre uno de sus senos, como si temiera que desapareciera.
Al día siguiente, ya había instalado una app de rastreo en su teléfono “por seguridad”. Y Jimin, adicta a la intensidad, no protestó.
El ciclo había comenzado.