Prólogo
Fue abandonado. Eso es lo que recuerda. Entre la penumbra del bosque, que apenas es visitado, solo pudo llorar. Apenas es capaz de controlar sus extremidades, y lo único que podía hacer era observar. Observar como el hombre se fue sin un poco de resentimiento a lo que podría ocurrir. Solo corrió dejándolo allí. A morir. Con el pasar del tiempo, las lágrimas se secaron de sus ojos, las pataletas que hacía para poder moverse se detuvieron, y solo le quedó observar. Observar las sombras altas que empezaban a a estirarse hacía él, quizás para tocarle, quizás para cubrirle, quizás para desaparecerlo. No sabía, y jamás logró encontrar una respuesta. Solo cuando el frío empezó a calar por la delgada manta, cubriendo su cuerpo por completo, fue que la vio por primera vez. Aquella mujer bajó de cielo, cubierta con un manto estrellado, que se arrastrada en cada paso que daba. Ella detuvo donde él estaba, y habló, dijo algo que no logró entender, pero que a sus ojos era pesado, cosa que atrajo de vuelta su llanto. La mujer lo tomó al infante entre sus pálidos brazos, sosteniéndolo contra su pecho, acarició sus mofletes ya no cálidos del pequeño, quien aun no detenía sus sollozos. Ella volvió a hablar, esta vez un poco más lento, como si cantara, en lo que cerraba sus ojos y mecía al infante. Con un vaivén danzante, en lo que un cambio ocurrió en el pequeño. Su cabello castaño fue reemplazado por el tono blanco como la nieve de un frío invierno, sus ojos negros como la noche, se convirtieron en el gris de las nubes. El suave tararear continuó, expandiéndose en aquel olvidado bosque, siendo las ramas, antes sombras para el adormilado infante, quienes se balancearon junto a los pasos de aquella mujer. Quien continuó arrullando a esa olvidada alma entre sus brazos. Detuvo sus pasos en algún punto del bosque, y entonces, habló: "Esta solitaria madre jamás dejará a su hijo atrás."Cuando el infante abrió los ojos, ya no había gigante sombras, ni manos que lo fueran a tomar, ahora estaba rodeado de muchas mujeres que le sonreían, hacía muecas y le hablaban. Más no hubo reacción hacía ellas. Sus ojos buscaban aquella mujer que le cantaba, aquella mujer de piel fría que lo sostuvo, cuando nadie más estuvo. Pero no apareció. Ni en ese momento… ni cuando fue capaz de sostenerse por sí mismo.