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La Maldicion de ser Visto

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Summary

Yuuto es un estudiante del que nadie quiere acercarse. Siempre callado, siempre cubierto con una capucha, mascarilla y bufanda. Nunca habla, solo escribe en un cuaderno negro. Lo llaman el raro. Dicen que tiene antecedentes, que no se le puede mirar a los ojos. Nadie ha intentado conocerlo… ni comprobar si los rumores son reales. En un entorno donde ser diferente es un delito, Yuuto sobrevive sin molestar a nadie. Solo quiere pasar desapercibido. Que lo olviden. Que no lo miren. Pero un encuentro inesperado. Una tarde distinta. Un gesto sencillo. Todo puede cambiar. Esta es la historia de un chico que ha vivido demasiado tiempo en la oscuridad… y de las personas que, sin saberlo, empezarán a mostrarle la luz. Un drama escolar lleno de silencios, heridas invisibles y vínculos que nacen en los lugares menos esperados.

Genre
Drama
Author
Aioria1991
Status
Ongoing
Chapters
20
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: donde nacen las sombras

La Academia Seishin se alzaba sobre una colina cubierta de árboles altos y frondosos, como una fortaleza dedicada al saber. Desde la entrada principal, una larga avenida bordeada de cerezos en flor conducía hasta el edificio central, una construcción imponente de estilo clásico, con fachadas de piedra clara, grandes columnas y ventanales que reflejaban la luz del sol con brillo propio.

Era considerada, sin lugar a dudas, una de las instituciones más prestigiosas de todo el país. Su nombre tenía peso, resonaba en las universidades más importantes y en las empresas de mayor renombre. Estar inscrito aquí no era solo estudiar: era pertenecer a una élite.

Cada año, sus estudiantes obtenían algunos de los promedios académicos más altos a nivel nacional, superando constantemente los estándares educativos. Las mejores universidades enviaban representantes meses antes de la graduación, buscando reclutar a los alumnos más destacados antes de que otros pudieran hacerlo. Grandes compañías financiaban laboratorios modernos, bibliotecas inmensas y programas especiales de investigación, invirtiendo en el talento que allí se formaba. Y las familias más acomodadas, influyentes y poderosas hacían todo lo que estaba a su alcance —contactos, donaciones, exámenes rigurosos— para conseguir un cupo para sus hijos.

Aquella reputación no había aparecido por casualidad ni por suerte.

Durante más de veinte años, el director de la academia, el señor Nakamura, había dirigido cada rincón de este lugar con mano firme y una visión muy clara. Había construido toda la filosofía de la escuela sobre una sola palabra, una palabra que estaba grabada en letreros, en los libros, en las paredes y en la mente de todos los que entraban:

Excelencia.

Excelencia académica: no bastaba con aprobar, había que ser el mejor.

Excelencia deportiva: el esfuerzo físico y la disciplina eran tan importantes como las matemáticas o la historia.

Excelencia disciplinaria: el orden, la puntualidad y el respeto a las reglas eran innegociables.

Excelencia moral: se esperaba que cada alumno fuera un ejemplo de conducta fuera y dentro de las aulas.

Cualquier estudiante que cruzaba aquellos grandes portones de hierro forjado comprendía en cuestión de días que Seishin no era una escuela común, ni mucho menos. Era una institución diseñada, construida y perfeccionada para formar a los líderes del mañana, a los mejores profesionales, a las personas que destacarían en todo lo que hicieran.

Y a simple vista, los resultados parecían darle la razón al director.

Desde muy temprano, cuando el sol apenas empezaba a iluminar los tejados de tejas rojas, los amplios pasillos comenzaban a llenarse de vida. Eran pasillos inmensos, con suelos de madera pulida que brillaban bajo la luz de las lámparas colgantes, y paredes adornadas con vitrinas llenas de trofeos, medallas y diplomas que contaban la historia de triunfos pasados.

El ambiente era siempre el mismo: activo, intenso y profundamente competitivo.

Por todas partes se veían grupos de alumnos caminando con sus uniformes impecables, la chaqueta azul marino siempre bien puesta, la corbata en su lugar, los zapatos lustrados. Algunos repasaban apuntes o leían libros gruesos incluso mientras caminaban de un salón a otro, sin perder ni un minuto. Otros se detenían en los cruces para discutir problemas matemáticos complejos o debatir sobre literatura y filosofía antes incluso de que sonara la primera campana.

En las aulas, que eran espaciosas, luminosas y equipadas con la mejor tecnología, ya podían escucharse conversaciones animadas sobre exámenes futuros, competencias nacionales, proyectos de investigación que podían cambiar el mundo o intercambios internacionales.

En el ala oeste del edificio, donde se encontraban los talleres y laboratorios, varios miembros del club de ciencias se agrupaban alrededor de una maqueta enorme, discutiendo con pasión sobre estructuras y materiales, rodeados de pizarras llenas de fórmulas y esquemas.

Más allá, hacia la parte trasera, se extendían las instalaciones deportivas: canchas de baloncesto con gradas cubiertas, piscinas climatizadas, pistas de atletismo de material sintético y un gimnasio que parecía un palacio. Allí, los miembros del equipo de atletismo ya realizaban sus ejercicios matutinos, sudando y esforzándose bajo la atenta mirada de sus entrenadores, mucho antes de que empezaran las clases teóricas.

Todo parecía funcionar con una precisión casi perfecta.

Como una enorme máquina compleja, engranaje tras engranaje, cuidadosamente diseñada y aceitada para no fallar nunca.

Sin embargo...

Como ocurría con cualquier máquina, por perfecta que pareciera ser.

Siempre existían grietas.

Pequeñas fisuras ocultas bajo la superficie, invisibles a los ojos de los visitantes o de las familias orgullosas, pero muy visibles para quienes vivían allí día tras día.

Porque la excelencia, aquella meta inalcanzable que todos perseguían, tenía un precio muy alto.

El precio era la presión constante. La sensación de que nunca era suficiente, de que siempre había alguien mejor, de que un solo error podía echar por tierra todo lo construido.

Eran las expectativas inmensas que pesaban sobre los hombros de cada alumno: las de sus padres, las de los profesores, las de la sociedad, las de la propia academia.

Era la necesidad constante de destacar, de ser diferente, de demostrar que valías más que el de al lado.

Y en ocasiones... esa necesidad se convertía en algo más oscuro.

La necesidad de encontrar a alguien diferente.

Alguien que rompiera la armonía perfecta que se suponía que debía existir.

Alguien sobre quien proyectar todos los miedos, las inseguridades, las frustraciones y los prejuicios que cargaban.

Alguien que sirviera de tema de conversación, de distracción, de explicación para todo lo que no entendían.

Y en aquel momento, en ese inicio de curso, en aquellos pasillos tan pulcros y ordenados...

Ese alguien era Yuuto Kanzaki.

Su nombre recorría los pasillos, las aulas, los comedores y los patios incluso antes de que él apareciera. Era un nombre que se susurraba, que se decía con tono de misterio, de desconfianza o incluso de miedo.

—¿Lo viste ayer a la salida? —preguntó una chica de cabello recogido, bajando la voz mientras caminaba junto a su amiga frente a los casilleros.

—No, llegué tarde y me fui rápido —respondió la otra, mirando a todos lados como si temiera solo mencionarlo—. ¿Tú sí?

—Yo sí. Lo vi cruzar la puerta principal. Iba solo, no saludó a nadie, ni miró a nadie a los ojos.

—¿Y qué dicen de él?

—Que da miedo, la verdad. Que tiene una presencia extraña... como si siempre estuviera al margen de todo.

—Dicen que viene de una escuela muy problemática, de esas donde hay peleas todos los días y nadie hace caso a las reglas —añadió la primera, ajustándose el cuello de su camisa como si eso la protegiera.

—Yo escuché algo peor —intervino una tercera compañera, acercándose con aire de estar contando un secreto de estado—. Dicen que estuvo involucrado en una pelea muy grave hace un tiempo. Que hirió a varios compañeros y por poco lo expulsan de todo el sistema escolar. Solo lo aceptaron aquí porque su familia tiene alguna influencia, o eso me contaron.

—Yo escuché que no es solo eso... dicen que es peligroso. Que no se sabe de qué es capaz. Que es mejor no acercarse.

Las historias cambiaban, crecían y se deformaban dependiendo de quién las contara.Unos decían que venía de la calle, otros que era un genio perturbado, otros que tenía problemas mentales, otros que su familia era extraña. Cada rumor era más absurdo, más exagerado y más aterrador que el anterior.

Y aun así, todos se extendían como la pólvora.

Porque los rumores, por falsos que fueran, eran mucho más interesantes que la verdad. La verdad era simple, aburrida, no tenía emoción. Pero las mentiras... las mentiras creaban personajes, creaban historias, creaban monstruos.

Y muy pocos, casi nadie en realidad, estaban interesados en descubrir quién era realmente Yuuto Kanzaki.

Para la mayoría de los estudiantes de la Academia Seishin, él ya era lo que habían decidido que fuera: una sombra extraña que había entrado a perturbar su mundo perfecto. Y las sombras, según ellos, debían mantenerse lejos de la luz.

Y entonces apareció.

Como cada mañana.

Como cada día desde que había sido transferido a la academia.

Las grandes puertas de hierro forjado se abrieron para dar paso a una figura que, a simple vista, parecía querer desvanecerse entre las sombras de los árboles. Yuuto Kanzaki cruzó el umbral de la Academia Seishin bajo decenas de miradas discretas, miradas que se posaban sobre él, lo recorrían y lo juzgaban en silencio antes de que hubiera dado siquiera tres pasos dentro del recinto.

A primera vista, no parecía un estudiante de Seishin.

No llevaba el uniforme impecable que todos lucían con orgullo, ni la postura erguida y segura que se enseñaba desde el primer día. Parecía, más bien, alguien que intentaba ocultarse del mundo entero, como si el simple hecho de ser visto fuera algo que debía evitar a toda costa.

Llevaba una sudadera negra, amplia, varias tallas más grandes de lo necesario, que le cubría el cuerpo entero. La capucha permanecía siempre puesta sobre su cabeza, proyectando una sombra profunda y constante que caía sobre su rostro, ocultando cualquier rasgo, cualquier expresión, cualquier rastro de lo que pudiera estar sintiendo. Un cubrebocas cubría completamente la parte inferior de su cara, desde el puente de la nariz hasta la barbilla. Y en sus manos, llevaba guantes oscuros que cubrían hasta sus muñecas, sin dejar ver ni un milímetro de piel.

Así iba siempre.

Incluso durante los días más cálidos del año, cuando el sol brillaba con fuerza y todos caminaban con las mangas arremangadas o las chaquetas desabrochadas.

Incluso dentro de los edificios, bajo la luz suave y controlada de los pasillos.

Incluso cuando parecía que nadie lo miraba, o que nadie se fijaba en él.

Nunca se quitaba nada.

Nunca mostraba nada.

Nunca dejaba ver nada.

Y eso, precisamente, era el problema.

Porque en un lugar donde todo estaba diseñado para ser visible, perfecto y transparente, donde cada detalle estaba en su lugar y cada alumno intentaba destacar... cuando algo se salía de lo normal, cuando algo se escondía, la gente comenzaba a imaginar cosas. Y los estudiantes de Seishin, acostumbrados a analizar, a juzgar y a crear historias, tenían una imaginación especialmente activa y peligrosa.

—Ahí está —susurró alguien cerca de la entrada, bajando la voz como si estuviera señalando a un fantasma.

—¿Quién? —preguntó otro, sin levantar la vista de sus apuntes, aunque ya había escuchado lo suficiente.

—Kanzaki. El nuevo.

—Ah... —fue la única respuesta, cargada de un significado que no hacía falta explicar.

Los murmullos comenzaron casi de inmediato, siguiéndolo como una estela invisible a medida que avanzaba por los pasillos de madera pulida. Algunos alumnos fingían hablar de matemáticas o de exámenes mientras lo observaban de reojo, con la curiosidad mezclada con la desconfianza brillando en sus ojos. Otros ni siquiera se molestaban en disimular: se quedaban quietos, se giraban o lo señalaban con la mirada abiertamente, como si estuvieran viendo algo extraño, algo que no pertenecía a ese lugar.

—¿Crees que sea verdad lo que dicen? —preguntó una chica, tapándose la boca con la mano.

—¿Qué cosa?

—Lo de las cicatrices... que tiene toda la cara marcada, que por eso nunca se destapa.

—Yo escuché algo peor —intervino otra, acercándose más para contar el rumor como si fuera un secreto de estado—. Mi primo estudió en su antigua escuela. Dice que sobrevivió a una pelea entre pandillas, que estuvo en medio de una guerra callejera.

—¿En serio?

—Sí. Dicen que fue una de las más fuertes. Que por eso siempre se cubre todo. Para que nadie reconozca las marcas.

La historia cambiaba, crecía y se deformaba dependiendo de quién la contara. Y cada versión era más absurda, más exagerada y más aterradora que la anterior. Nadie se detenía a pensar si era posible, ni si tenía sentido. Lo importante era la historia, no la verdad.

—Mi hermana me dijo que lo expulsaron de donde estaba —comentó un chico que pasaba por allí.

—¿Por qué? ¿Qué hizo?

—No lo sé con seguridad... pero escuché que golpeó a un profesor.

—¿A un profesor? ¿De verdad?

—No, espera... creo que no fue un profesor. Fue una profesora.

—¿Qué? ¿Y por qué?

—Eso dicen. Que se enfadó, perdió el control y la atacó. Que es peligroso si se le provoca.

Los rumores seguían creciendo, multiplicándose y extendiéndose sin control, sin pruebas, sin fundamento, sin que nadie se preocupara por verificar nada. Porque nadie sabía la verdad. Nadie había visto jamás el rostro de Yuuto. Ni una sola vez. Nadie conocía el color de sus ojos, ni la forma de su nariz, ni la expresión de su boca. Nadie había visto su cabello, ni sus manos al descubierto.

Nadie sabía si aquellas historias eran ciertas, o si eran solo invenciones nacidas del miedo y la curiosidad.

Y aun así, todos parecían tener una opinión formada, un juicio ya dictado.

—Tal vez simplemente es muy feo —dijo alguien más, con una risa burlona y cruel.

—¿Eh?

—Piénsalo bien. Si fuera normal, si fuera como nosotros... ¿por qué se escondería tanto? ¿Por qué no se quita la capucha?

Aquella teoría fue recibida con varios asentimientos y risas bajas. Era cruel, injusta y dolorosa, pero para muchos de ellos, tenía sentido. Explicaba todo sin necesidad de buscar respuestas reales.

—O quizás es un delincuente escondido —añadió otro.

—¿Un delincuente? ¿Aquí?

—Sí. De los que tienen dinero, ya sabes. Uno rico que cometió errores y lo trajeron aquí para limpiar su imagen.

—Buen punto... eso encaja con todo.

Algunos rieron, divertidos por sus propias historias. Otros continuaron observándolo, midiendo cada uno de sus movimientos como si fuera un animal enjaulado.

Mientras tanto, Yuuto siguió caminando.

Como siempre.

Como si no escuchara nada.

Como si aquellos murmullos no existieran.

Como si aquellas palabras afiladas, aquellas acusaciones y aquellas risas no estuvieran dirigidas hacia él.

Pero sí las escuchaba.

Todas.

Cada una de ellas. Cada palabra, cada susurro, cada tono de voz.

Simplemente había aprendido a no reaccionar.

Había aprendido que responder solo empeoraba las cosas. Que intentar explicarse nunca servía de nada. Que la gente prefería creer en sus propias mentiras antes que enfrentarse a la realidad. Que para ellos, él ya era lo que habían decidido que fuera, y nada de lo que él pudiera decir o hacer cambiaría eso.

Sus pasos continuaron avanzando por el pasillo.

Lentos.

Silenciosos.

Solitarios.

Entre decenas de estudiantes que hablaban sobre él sin conocerlo, que lo juzgaban sin haberle dirigido nunca la palabra, que le temían sin que él les hubiera hecho jamás ningún daño.

Y mientras las conversaciones crecían y se extendían a sus espaldas, Yuuto mantuvo ambas manos firmemente sobre la libreta negra que siempre llevaba consigo, apretándola contra su pecho como si fuera su único tesoro, su única protección, su único refugio.

Aquella libreta era, de hecho, su único medio para comunicarse.

Porque Yuuto tampoco hablaba.

Nunca.

Nadie en toda la academia había escuchado su voz.

Ni una sola palabra.

Ni un saludo al llegar.

Ni una presentación cuando le preguntaron su nombre.

Ni una explicación cuando lo miraban mal.

Nada.

Cuando necesitaba decir algo, escribía.

Cuando necesitaba responder una pregunta, escribía.

Cuando necesitaba pedir permiso, o avisar de algo, o simplemente decir “sí” o “no”, escribía.

Aquella libreta de tapa dura, negra y gastada, se había convertido en su voz, en su lengua, en la única forma que tenía de interactuar con el mundo. Y para muchos estudiantes, aquello era simplemente otra razón más para desconfiar de él, otra rareza que confirmaba que no encajaba, que no era como ellos.

Porque en una escuela donde todos parecían iguales, donde todos parecían encajar perfectamente en el mismo molde, donde todos hablaban, competían y se mostraban...

Yuuto Kanzaki era la única pieza que parecía pertenecer a otro rompecabezas. Algo extraño, ajeno y misterioso que alguien había puesto allí por error.

Y las personas, en su mayoría, temen aquello que no comprenden.

Aunque ese algo nunca les haya hecho jamás ningún daño.

Allí de pie, junto al cristal, el director Nakamura observaba en silencio.

Era un hombre de edad madura, de complexión fuerte y presencia imponente. Su cabello, cortado muy corto y ya salpicado de canas, enmarcaba un rostro de líneas duras, angulosas, donde destacaban unos ojos grises, fríos y penetrantes, que parecían analizar todo lo que miraban. Vestía siempre con una elegancia impecable: traje oscuro de corte perfecto, camisa blanca inmaculada y corbata de seda discreta, como si fuera un ejecutivo de alto nivel más que un educador. Su postura era siempre erguida, rígida, sin rastro de relajación, y en su expresión rara vez se leía algo más que seriedad, exigencia y una absoluta confianza en su propio criterio. Para él, la Academia Seishin era una obra maestra que él mismo había construido, y cada alumno era una pieza que debía encajar, pulirse y brillar según sus reglas.

A su lado, de pie, con la postura recta y la mirada fija también en lo que ocurría abajo, se encontraba Minori Hayasaka, conocida por todos como Minori-sensei, la enfermera escolar.

A sus veintisiete años, era una de las figuras más respetadas y, al mismo tiempo, más temidas del personal. De estatura media, cuerpo esbelto y elegante, tenía el cabello castaño oscuro recogido siempre en una coleta ordenada que dejaba al descubierto su rostro de rasgos finos y serios. Llevaba puesta su bata blanca impecable, abierta sobre una camisa clara y una falda ajustada, y unos lentes de montura fina que descansaban sobre el puente de su nariz, dándole una apariencia intelectual y muy profesional. Sus ojos, de un color grisáceo profundo, eran agudos y atentos, capaces de notar el más mínimo detalle, el más leve cambio en el comportamiento o la salud de cualquiera. Se caracterizaba por ser una mujer directa, seria y estricta, que no toleraba tonterías ni irresponsabilidades, pero que, al mismo tiempo, escondía bajo esa fachada firme un corazón profundamente protector, compasivo y dedicado por completo al bienestar de los estudiantes. Era esa mezcla de autoridad y calidez lo que la convertía en una de las personas en las que más confiaban en toda la academia.

Ambos miraban hacia abajo, donde Yuuto Kanzaki acababa de cruzar la puerta principal. Lo veían avanzar, pequeño y solitario entre la multitud, siempre envuelto en su sudadera negra, la capucha puesta, cubriéndose todo el cuerpo, mientras a su alrededor, los grupos de alumnos se apartaban, lo señalaban con la mirada y susurraban con animación. Aunque desde allí no podían escuchar las palabras, conocían perfectamente el contenido de esas conversaciones: las mismas historias, las mismas mentiras, los mismos rumores que llevaban días circulando por todos los rincones de la escuela.

Minori-sensei apretó levemente los labios, una expresión de desaprobación y preocupación marcando su rostro.

—Director —dijo con voz clara, firme y tranquila, aunque cargada de significado—. ¿No va a hacer nada? Esos rumores se expanden cada día más. Ya no son solo comentarios en voz baja: se están convirtiendo en verdades para todos, y eso está dañando la reputación y la estabilidad del alumno Kanzaki, sin que él haya hecho nada para merecerlo.

Nakamura no apartó la vista de la ventana. Siguió observando cómo Yuuto desaparecía entre los pasillos, rodeado de murmullos, y respondió con calma, sin alterarse, con esa voz grave y medida que siempre usaba:

—Señorita Hayasaka, usted sabe tan bien como yo que, en una institución de este nivel, donde hay tanta competencia y tanta presión, los alumnos siempre buscarán temas de conversación. Son jóvenes, tienen mucha energía y pocas cosas verdaderamente importantes de las que ocuparse. No puedo controlar lo que dicen entre ellos, ni lo que imaginan. Eso está fuera de mi alcance.

Minori-sensei giró levemente la cabeza hacia él, sus ojos tras los lentes brillando con una convicción inquebrantable. No era una mujer que se dejara convencer fácilmente por excusas, ni siquiera por las de su director.

—No —respondió con firmeza, negando suavemente con la cabeza—. No puede controlar lo que dicen... eso es cierto. Pero sí puede hacer mucho para acallarlo. Puede dejar claro que esos rumores son falsos, que no tienen fundamento, y que no se permitirán actitudes que dañen el ambiente de respeto que debería reinar aquí. El silencio, señor Nakamura, a menudo se interpreta como aprobación. Y ahora mismo, su silencio está permitiendo que todos crean que hay algo de verdad en lo que se dice.

El director se quedó en silencio unos segundos. Sus dedos golpearon rítmicamente sobre el marco de la ventana, un gesto que revelaba que estaba evaluando la situación, calculando, pensando en cómo aquello afectaba al orden y a la imagen de la academia. Finalmente, se giró lentamente hacia ella, su expresión inmutable, seria y calculadora.

—Tiene razón, Minori —admitió, aunque más por estrategia que por empatía—. Si esto sigue creciendo, podría convertirse en un problema mayor, y la excelencia de esta escuela no puede permitirse desórdenes ni conflictos innecesarios. Muy bien. Haga lo siguiente: llame a la presidenta del consejo estudiantil, Reika Himuro, y a su vicepresidenta, Ayaka Shirogane. Diles que necesito verlas aquí, en mi oficina, en cuanto lleguen. Ellas son las encargadas de mantener el orden y la armonía entre los alumnos. Si alguien puede poner freno a estas habladurías, son ellas.

Minori-sensei asintió brevemente, satisfecha al menos por haber logrado que se tomara una medida.

—Así lo haré, señor.

Se inclinó en una reverencia formal, dio media vuelta y salió de la oficina, cerrando la puerta pesada tras de sí, dejando el espacio nuevamente en silencio.

El director Nakamura se quedó solo.

Volvió a girarse hacia la ventana, apoyando ambas manos en el alféizar, mirando hacia abajo, hacia los patios llenos de vida, orden y disciplina que él mismo había construido. Allí abajo, todo parecía funcionar a la perfección, todo seguía sus reglas, todo encajaba en su lugar. Y sin embargo, allí estaba esa pequeña anomalía: Yuuto Kanzaki. Un alumno que no hablaba, que no se mostraba, que no seguía las normas de conducta social que todos los demás cumplían.

Para Nakamura, la verdad sobre el chico no importaba tanto como la imagen. Lo que le preocupaba no era si era inocente o culpable, bueno o malo, sino que su presencia estaba rompiendo la armonía perfecta, estaba generando ruido, estaba desviando la atención de lo que realmente importaba: la excelencia.

Y mientras seguía observando, con esa mirada fría y calculadora, pensó que, de una forma o de otra, todo debía volver a su lugar. Porque en la Academia Seishin, no había espacio para las sombras. Y si las sombras existían... debían ser controladas, gestionadas o eliminadas.

Lejos de los rumores.

Lejos de las miradas.

Lejos de las conversaciones que parecían seguirlo a todas partes, como una sombra que no se separaba de sus pasos.

Yuuto permanecía oculto en uno de los pasillos menos transitados de toda la academia. Era un rincón olvidado del edificio principal, cerca de una escalera de emergencia que casi nadie utilizaba, un lugar estrecho, con paredes de un tono apagado y ventanas altas por donde entraba una luz tenue y silenciosa. Allí, el ruido del resto del mundo llegaba amortiguado, convertido en un murmullo distante, apenas un zumbido que no lograba romper la calma pesada que reinaba en ese espacio.

Apoyó lentamente la espalda contra la pared fría, deslizándose un poco hasta quedar más cómodo, o al menos, menos tenso.

Y soltó un largo suspiro.

Uno de esos suspiros profundos, que parecían salir desde lo más hondo de su pecho, arrastrando todo el aire contenido, toda la presión, todo lo que había tenido que aguantar desde que cruzó la puerta de entrada.

Lento.

Pesado.

Cansado.

Como si con ese simple gesto intentara liberar el peso acumulado de toda una mañana, un peso que sentía sobre sus hombros desde hacía mucho más tiempo.

Sus manos, cubiertas por los guantes oscuros, sujetaban con fuerza la libreta negra contra su pecho, apretándola como si fuera un escudo, como si fuera lo único que lo mantenía entero.

Aquella libreta siempre estaba con él.

Siempre.

Nunca se separaba de ella.

Era su voz, cuando el resto del mundo le había quitado la suya.

Su refugio, donde podía decir lo que pensaba sin que nadie lo juzgara.

Su única forma real de comunicarse con el mundo, aunque fuera a través de trazos sobre el papel.

Por unos segundos cerró los ojos, permitiéndose ese pequeño lujo, ese breve instante de debilidad que no podía mostrar ante nadie más. Intentó concentrarse solo en el silencio, en la quietud, en disfrutar de aquel pequeño espacio de tranquilidad que había encontrado. Un momento donde nadie lo observaba con desconfianza. Donde nadie susurraba a sus espaldas. Donde nadie inventaba historias horribles sobre él sin saber quién era.

Pero incluso allí, incluso lejos de las voces, los ecos de los rumores seguían resonando con fuerza dentro de su propia cabeza.

«Tiene cicatrices terribles en toda la cara...»

«Es peligroso, deberían prohibirle estar aquí...»

«Seguro que es un delincuente escondido... no es normal que se cubra tanto...»

«Da miedo solo verlo pasar...»

Las frases se repetían una y otra vez, con la misma claridad que si las estuviera escuchando en ese mismo momento.

Yuuto bajó ligeramente la cabeza, dejando que la capucha de su sudadera cayera aún más hacia adelante, ocultando todavía más su rostro del mundo, aunque allí no hubiera nadie que pudiera verlo.

Sin embargo, no quedó completamente cubierto.

Por un pequeño instante, un espacio minúsculo quedó visible entre la tela oscura y el borde superior de su cubrebocas. Lo suficiente, apenas lo necesario, para dejar ver uno de sus ojos.

Un ojo oscuro, profundo, increíblemente cansado.

Un ojo triste, cargado de una melancolía que parecía haber estado allí desde siempre.

Un ojo demasiado acostumbrado a escuchar cosas así, demasiado acostumbrado a ser juzgado, a ser apartado, a ser tratado como algo que no debía estar ahí.

En esa mirada no había rabia.

No había odio.

Ni siquiera había resentimiento hacia quienes hablaban mal de él.

Solo había resignación.

La resignación de alguien que llevaba demasiado tiempo escuchando las mismas historias, las mismas mentiras, las mismas acusaciones sin sentido.

La resignación de alguien que había dejado de esperar que las cosas fueran diferentes, que había entendido que por más que intentara mostrarse, nadie quería ver la verdad.

Sus dedos se aferraron un poco más fuerte a la tapa dura de la libreta, buscando en ese tacto una pequeña dosis de seguridad.

Lentamente, con movimientos suaves y medidos, la abrió.

Pasó algunas páginas, hojas que ya estaban llenas de anotaciones, ejercicios escolares, apuntes tomados en clases anteriores y pequeños dibujos hechos en momentos de distracción o aburrimiento, trazos que solo tenían sentido para él.

Siguió pasando hojas hasta llegar a una que estaba completamente vacía, en blanco, esperando ser llenada.

Tomó el lápiz que siempre llevaba guardado entre las hojas, como una extensión de su propia mano.

Y escribió unas pocas palabras.

Con letra pequeña, ordenada, muy cuidadosa, casi tímida, como si incluso al escribir tuviera miedo de molestar.

Hoy también será un día largo.

Se quedó allí, inmóvil, observando esa simple frase durante unos segundos, como si al leerla confirmara una realidad que ya conocía muy bien.

Luego, cerró la libreta con suavidad, sin hacer ruido, y volvió a abrazarla contra su pecho, recuperando esa postura cerrada y protegida que siempre mantenía.

En ese momento, el sonido lejano y metálico de la campana recorrió todo el edificio, anunciando el inicio oficial de las clases. Un sonido que rompió la pequeña burbuja de paz que había logrado crear.

Yuuto abrió los ojos de nuevo, recuperando esa expresión vacía y neutra que mostraba ante todos.

Respiró profundamente una vez más, llenando sus pulmones de aire, y expulsándolo despacio, preparándose.

Y se obligó a ponerse de pie.

Porque el día apenas estaba comenzando.

Y todavía tenía muchas, muchas horas por delante antes de que pudiera volver a estar solo.Capítulo 8: Cuando una grieta se abre

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