Capítulo 1 Desprecio
La mañana era soleada. Estaba sentado en mi lugar favorito de la biblioteca, junto a una ventana que daba al jardín principal de la preparatoria. Desde allí podía ver a los demás estudiantes caminar entre los senderos, conversar con sus amigos o simplemente reírse por cualquier cosa.
A veces me preguntaba cómo era tan fácil para ellos.
Hablar.
Encajar.
Pertenecer.
Bajé la vista hacia el libro que tenía abierto frente a mí. Trataba sobre levitación magnética aplicada a la robótica. Era mucho más interesante que cualquier conversación que pudiera tener con mis compañeros.
No siempre había sido así.
Cuando era más pequeño intenté acercarme a otros niños. Intenté hablarles de los robots que construía con Tadashi, de los experimentos que me parecían fascinantes o de los libros que leía por diversión.
Nunca funcionó. La mayoría de las veces me miraban como si hablara otro idioma.
Con el tiempo dejé de intentarlo.
Era más fácil refugiarme en los libros.
Los libros no se burlaban de mí.
Los libros no me recordaban que era diferente.
Volví la vista hacia el jardín. Un grupo de estudiantes reía cerca de una de las fuentes. Parecían despreocupados, como si el mundo fuera un lugar sencillo.
Me pregunté cómo sería tener amigos de verdad. Alguien con quien sentarme a comer. Alguien a quien pudiera llamar después de clases. Alguien que quisiera estar conmigo simplemente porque sí.
Negué con la cabeza. Pensar en esas cosas no servía de nada. Después de todo, estaba acostumbrado a estar solo.
Miré el reloj.
Todavía faltaban diez minutos para que comenzara la clase. Suspiré y tomé un libro de química avanzada. El cuestionario de práctica me tomó apenas unos minutos. Cuando terminé, repasé las respuestas por simple costumbre. Ya conocía todo aquello.
Cuando entré al salón de química, las conversaciones disminuyeron apenas unos segundos. No necesitaba escuchar lo que decían. Sabía que hablaban de mí. Siempre hablaban de mí. Tomé asiento en la última fila y esperé.
Minutos después, el profesor entró con una pila de exámenes bajo el brazo.
—Antes de comenzar la clase quiero comentar los resultados del examen de la semana pasada —dijo mientras revisaba unas hojas—. En general, las calificaciones fueron bastante bajas.
Algunos estudiantes soltaron quejidos.
—Sin embargo, hubo una excepción. Hiro Hamada obtuvo la mejor calificación del grupo.
Sentí un nudo en el estómago. No era la primera vez. Y sabía perfectamente lo que venía después.
—Muchos de ustedes podrían aprender de su disciplina. A sus 13 años ya está a punto de graduarse. Impresionante.
Varias miradas se clavaron en mí.
—Hamada, puedes pasar por tu examen.
Me levanté en silencio y caminé hasta el escritorio del profesor. Mientras regresaba a mi asiento, sentí las miradas de mis compañeros siguiendo cada uno de mis movimientos.
Por un instante deseé ser invisible.
Lo suficiente para que nadie me mirara.
Lo suficiente para que nadie me recordara que era diferente.
Cuando terminó la clase, fui a la cafetería. Tomé una charola y me dirigí hacia una mesa vacía. Ahí comí en silencio, solo como siempre.
Antes de la siguiente clase, entré al baño para lavarme las manos. Mientras lo hacía, la puerta se abrió. Tres chicos de mi grupo entraron. El ambiente cambió de inmediato.
—Mira quién está aquí —dijo uno de ellos.
No respondí.
—¿Te crees muy listo, verdad?
Sentí cómo se acercaban.
—Por tu culpa el profesor volvió a compararnos contigo.
Intenté pasar entre ellos. Fue un error. Uno de ellos me dio un golpe en el estómago que me dejó sin aire. Me doblé hacia adelante mientras las risas resonaban en el baño.
Uno de ellos me empujó contra la pared.
—Fenómeno.
La palabra dolió más que el golpe.
—Jamás hubieras nacido.
Los tres se marcharon poco después. Cuando estuve seguro de que se habían ido, me dejé caer sobre una banca. Me temblaban las manos. Saqué mi teléfono celular y marqué el número de mi hermano mayor, Tadashi.
Esperé.
Y esperé.
Y esperé.
No contestó.
Miré la pantalla durante unos segundos. Antes siempre contestaba. Ahora estaba ocupado. Siempre ocupado. Esa universidad de “nerds” le quitaba mucho tiempo.
Colgué antes de que entrara el buzón. Quizá estaba en clase. Quizá estaba haciendo un examen. Quizá simplemente no había escuchado el teléfono. Aun así, me sentí solo. Guardé el celular y salí del baño.
No entendía por qué tanta gente parecía odiarme.
Nunca les había hecho nada.
Mientras bajaba las escaleras, absorto en mis pensamientos, sentí un golpe en la espalda. Todo ocurrió demasiado rápido. Perdí el equilibrio. Intenté sujetarme del barandal, pero fallé. Los escalones golpearon mis piernas, mis brazos y, finalmente, mi cabeza.
Después, todo se volvió negro.
Cuando abrí los ojos estaba en la enfermería. La cabeza me dolía.
—Afortunadamente no sufriste ninguna fractura —dijo la enfermera—. Pero deberás guardar reposo el resto del día.
Asentí. No tenía ganas de hablar.
Minutos después salí de la enfermería y encontré a la tía Cass esperándome. En cuanto me vio, me abrazó con fuerza.
—Me asustaste muchísimo, cielo.
—Estoy bien —mentí.
Ella pareció tranquilizarse un poco. Durante el trayecto a casa apenas hablamos. Cuando llegamos, subí directamente a mi habitación.
Mi teléfono vibró.
Era Tadashi.
Lo observé unos segundos. Luego rechacé la llamada. No tenía ganas de hablar con nadie. Me dejé caer sobre la cama.
Mi gato Mochi levantó la cabeza y caminó hasta mí. Lo acaricié distraídamente mientras intentaba ordenar mis pensamientos. Pero era imposible. Todo parecía salir mal.
Cerré los ojos.
Por un momento deseé poder desaparecer.
Solo desaparecer.
Un rasguño me devolvió a la realidad. Mochi se había cansado de que lo abrazara demasiado fuerte. Lo solté de inmediato.
—Lo siento, amigo.
El gato me observó durante unos segundos antes de acomodarse nuevamente sobre la cama.
Me avergonzó admitirlo, pero el escozor del rasguño me resultaba más fácil de soportar que mis propios pensamientos.
Permanecí sentado frente a la computadora sin prestar atención a la pantalla.
Hasta que escuché que llamaban a la puerta.
—Hiro, cielo —dijo la tía Cass desde afuera—. Te busca una chica.
Parpadeé.
—¿Una chica?
—Sí.
Bajé las escaleras confundido.
Y entonces la vi.
Vanesa.
Una de las chicas más populares de la escuela. Hermosa. Segura de sí misma. De 17 años. Completamente fuera de mi alcance.
Se puso de pie cuando me vio. No entendía qué hacía allí.
¿Por qué alguien como ella vendría a buscarme?
¿Acaso no sentía el mismo desprecio que todos los demás?
Vanesa me dedicó una sonrisa amable.
—Hola, Hiro.
—Hola...
Ella pareció dudar unos segundos.
—Vi lo que ocurrió hoy.
Mi estómago se tensó.
—El chico que te empujó por las escaleras era mi hermano.
La miré sorprendido.
—Y quería disculparme por él.
Por primera vez en todo el día alguien de la escuela parecía genuinamente preocupado por mí. Y eso me desconcertó más que cualquier otra cosa.
—También quería invitarte a una fiesta este viernes.
Me quedé inmóvil. No sabía qué responder.
Parte de mí quería confiar en ella. Otra parte me gritaba que tuviera cuidado. Porque cada vez que pensaba que alguien iba a tratarme bien, terminaba lastimándome.
Vanesa dio un paso hacia mí. Demasiado cerca. Sentí que mi corazón comenzaba a acelerarse.
Y entonces, antes de que pudiera reaccionar, depositó un suave beso sobre mis labios.
El tiempo pareció detenerse.
Era mi primer beso.
Y no supe qué hacer.
Me quedé completamente paralizado.








