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LA RUTA OLVIDADA

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Una fantasía en la nada misma...

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1
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n/a
Age Rating
18+

LA RUTA OLVIDADA


El sol pegaba fuerte sobre el asfalto agrietado de la Ruta 47, esa carretera olvidada que serpenteaba entre cerros áridos y cactus gigantes.

Pocas almas se aventuraban por ahí; era el tipo de lugar donde el GPS te abandonaba y el silencio te hacía dudar de tu propia cordura.

Kim Taehyung, o simplemente Tae como lo llamaban los pocos que pasaban por su taller, llevaba tres años en ese rincón del mundo. Alto, de hombros anchos y manos callosas por la grasa y el metal, con esa cara de idol que parecía sacada de un sueño húmedo, ojos profundos, labios carnosos y una sonrisa ladeada que prometía problemas deliciosos. Vestía un overol azul desgastado, abierto hasta el pecho, dejando ver la piel bronceada y tatuajes que se asomaban como secretos.

Su taller era un galpón viejo con un cartel oxidado que decía “Taller Tae – Arreglos Rápidos”. Tenía una camioneta destartalada, herramientas esparcidas y una nevera con cervezas frías. Internet? Ni en sueños. La señal moría a kilómetros de distancia. Dinero en efectivo era lo único que aceptaba, y a veces ni eso.

Ana conducía su viejo sedán con las manos sudorosas sobre el volante. Veinticinco años, cabello castaño suelto que le caía en ondas sobre los hombros, y una cara dulce que se ponía roja con facilidad. Viajaba sola hacia la ciudad después de un fin de semana familiar, vestida con una blusa ligera que se pegaba a su cuerpo por el calor y unos shorts de jeans que marcaban sus curvas suaves. No era el tipo de chica que buscaba aventuras, pero la vida tenía otros planes.

De repente, un estruendo. El auto dio un volantazo y Ana soltó un grito ahogado.

—¡No, no, no! ¡La rueda!

Logró detenerse a un lado del camino, el corazón latiéndole a mil. Bajó del auto temblando y vio la llanta trasera derecha completamente destrozada. El calor era infernal. Miró alrededor: nada más que polvo y horizonte vacío. Sacó su teléfono. Sin señal. Ni una barra.

—Mierda… —susurró, mordiéndose el labio.

Caminó unos minutos bajo el sol abrasador hasta que vio el taller a lo lejos. El alivio la invadió. Corrió casi, con las mejillas ya sonrojadas por el esfuerzo y la vergüenza de tener que pedir ayuda.

Tae estaba bajo el capó de una pickup cuando la vio llegar. Se enderezó lentamente, limpiándose las manos con un trapo sucio. Sus ojos se clavaron en ella como si fuera un regalo del desierto.

—Vaya, vaya… ¿Qué tenemos aquí? —dijo con esa voz grave y juguetona, sonriendo de medio lado—. ¿Se te perdió algo, preciosa?

Ana se detuvo a unos metros, cruzando los brazos sobre su pecho como si eso pudiera esconder lo nerviosa que estaba.

—Mi… mi rueda se pinchó. O se rompió, no sé. Estoy a unos cientos de metros de aquí. ¿Puedes ayudarme? Por favor.

Tae soltó una risita baja, acercándose. Olía a aceite, sudor y algo masculino que hizo que Ana tragara saliva.

—Claro que puedo, muñeca. Soy el único que puede por estos lares. Vamos, sube a la grúa.

La llevó hasta su vieja grúa y en menos de diez minutos ya estaban junto al auto de ella. Tae se arrodilló junto a la rueda, inspeccionándola con manos expertas. Los músculos de sus brazos se tensaban bajo la piel.

—Está jodida de verdad. La llanta reventó y el rin está torcido. Necesito cambiarla completa. Traeré una de repuesto del taller.

Ana asintió, mordiéndose el interior de la mejilla.

—Gracias… ¿Cuánto me va a costar?

Tae se levantó, limpiándose las manos en el overol. La miró de arriba abajo sin disimulo, deteniéndose en sus piernas y en cómo la blusa se pegaba a sus pechos por el sudor.

—Depende, linda. ¿Traes efectivo?

Ana palideció.

—Yo… tengo algo, pero no mucho. ¿Aceptas tarjeta o transferencia?

Tae soltó una carcajada ronca.

—¿Tarjeta? ¿Aquí? —Señaló el vacío alrededor—. No hay internet, no hay banco, no hay nada. Efectivo o… bueno, ya veremos.

El corazón de Ana dio un vuelco. Se sentía expuesta, vulnerable y, para su vergüenza, un calorcito traicionero empezaba a subirle por el vientre.

Llegaron al taller. Tae levantó el auto con el gato y empezó a trabajar. Ana se quedó sentada en una silla vieja bajo la sombra del galpón, observándolo. Era imposible no mirarlo: el overol se le bajaba un poco con cada movimiento, mostrando la cintura marcada y el inicio de lo que prometía ser un culo firme.

Después de casi una hora, Tae se incorporó, sudado, con el cabello pegado a la frente.

—Listo. Arreglado. Ahora… el pago.

Ana sacó su billetera con dedos temblorosos. Contó los billetes.

—Solo tengo doscientos. Es todo lo que traigo.

Tae se acercó, invadiendo su espacio personal. Su altura la hacía sentir pequeña.

—Doscientos no cubren ni la mitad, princesa. La pieza, la mano de obra… —Se inclinó un poco más, su aliento cálido rozándole la oreja—. Pero soy un hombre razonable. Podemos negociar.

Ana retrocedió un paso, chocando contra la pared del galpón. Sus mejillas ardían.

—¿N-negociar? ¿Qué… qué quieres decir?

Tae sonrió, perverso y encantador al mismo tiempo. Le levantó la barbilla con dos dedos sucios de grasa.

—Eres una chica lista. Sabes exactamente qué quiero decir. Aquí no pasa nadie en horas, tal vez días. Estamos solos tú y yo. Y te ves tan rica toda sonrojada… —Su pulgar le rozó el labio inferior—. Págame con esa boquita tímida tuya. O con ese culito que no parabas de mover mientras me mirabas trabajar.

Ana soltó un jadeo ahogado. Sus ojos se abrieron grandes, llenos de vergüenza y algo más oscuro.

—No… no puedo. Eso es… —balbuceó, pero su cuerpo no se movía. Sentía los pezones endureciéndose contra la tela fina de la blusa.

Tae se rio bajito, presionando su cuerpo contra el de ella. Podía sentir el bulto duro en sus pantalones rozándole el vientre.

—¿No puedes? Mírate… ya estás mojada solo de pensarlo, ¿verdad? Vamos, Ana. Dime que no quieres que te folle aquí mismo contra esta pared hasta que grites mi nombre.

Ella negó con la cabeza, pero un gemidito escapó de su garganta cuando él le puso una mano en la cintura, subiendo lentamente.

—Soy… soy tímida. Nunca he hecho algo así… —confesó en un susurro, mirando al suelo.

—Eso me pone más duro, muñeca. Me encanta romper a las chicas buenas como tú. —Le besó el cuello, mordiendo suavemente—. Quítate la blusa. Quiero verte.

Ana temblaba. Sus dedos torpes desabotonaron la blusa, revelando un sostén blanco sencillo que apenas contenía sus pechos llenos. Tae gruñó de aprobación y lo desabrochó con una mano, liberándolos. Sus pezones rosados estaban duros como piedritas.

—Joder, qué tetas más perfectas. —Bajó la cabeza y chupó uno con fuerza, haciendo que Ana arqueara la espalda y soltara un gemido vergonzoso.

—A-ah… Taehyung… por favor…

—¿Por favor qué? ¿Que pare? ¿O que te chupe más fuerte? —preguntó él, alternando entre pechos, lamiendo y mordiendo mientras su mano bajaba a desabrochar los shorts de ella.

Ana estaba empapada. Cuando los dedos de Tae se colaron dentro de sus bragas, encontraron su coño resbaladizo y caliente.

—Tan mojada… —susurró contra su piel—. Y apenas te toqué. Eres una putita reprimida, ¿eh?

—No digas eso… —protestó ella débilmente, pero separó las piernas cuando él metió un dedo grueso dentro.

Tae la besó en la boca por primera vez, un beso sucio, dominante, su lengua invadiendo todo. Ana gimió dentro de su boca, respondiendo con torpeza pero con ganas.

—Quítame el overol —ordenó él, retrocediendo un paso.

Ana se arrodilló temblando. Bajó la cremallera y tiró del overol hacia abajo. Tae no llevaba nada debajo. Su polla saltó libre: gruesa, larga, venosa y ya goteando precum. Ana se quedó mirándola, hipnotizada y aterrorizada.

—Es… es enorme…

—Vas a aprender a tomarla toda, linda. Abre esa boquita.

Ana obedeció, avergonzada pero excitada. Sacó la lengua tímidamente y lamió la cabeza. Tae gruñó y le agarró el cabello, empujando lentamente.

—Así… chúpamela como la buena chica que eres.

Ella lo hizo lo mejor que pudo, lamiendo y succionando, gimiendo alrededor de su grosor. Tae follaba su boca con embestidas controladas, disfrutando cómo se le llenaban los ojos de lágrimas.

—Qué boca tan caliente… Joder, me estás volviendo loco.

Después de varios minutos, la levantó y la puso contra el capó de un auto viejo dentro del taller. Le bajó los shorts y las bragas de un tirón, exponiendo su culo redondo y su coño hinchado.

—Mírate… toda empapado para mí. —Le dio una nalgada fuerte que la hizo gritar—. Dime que quieres mi verga, Ana.

—Yo… quiero… —susurró ella, muerta de vergüenza.

—Más fuerte. Quiero oírte rogar.

—Por favor… métemela… Taehyung, por favor fóllame.

Tae alineó su polla y empujó de una sola vez hasta el fondo. Ana gritó, sintiéndose completamente llena. Dolor y placer se mezclaron mientras él empezaba a bombear con fuerza, agarrándola de las caderas.

—Tan apretada… Tu coño me está estrujando, puta. ¿Te gusta que te folle así de duro?

—Sí… sí… ¡ahh! —gemía ella, las tetas aplastadas contra el metal caliente del capó.

Tae la follaba sin piedad, cambiando de ritmo, profundo y lento un momento, rápido y salvaje al siguiente. Le metía los dedos en la boca para que los chupara mientras la penetraba.

—Quiero correrme dentro. ¿Me vas a dejar, verdad? Vas a tomar toda mi leche.

Ana solo podía asentir, perdida en el placer. Su primer orgasmo la golpeó fuerte, haciendo que sus piernas temblaran y su coño se contrajera alrededor de él.

Tae no paró. La dio la vuelta, la levantó en brazos y la folló de pie, contra la pared, besándola mientras entraba y salía.

—Otra vez. Córrete otra vez para mí.

La segunda vez fue aún más intensa. Ana gritaba su nombre sin vergüenza ya, arañándole la espalda.

Tae la llevó a una mesa vieja, la acostó de espaldas y le abrió las piernas al máximo. La penetró de nuevo, mirando cómo su polla desaparecía dentro de ella.

—Eres mía ahora, ¿entiendes? Cada vez que pases por esta ruta, vas a parar aquí y me vas a pagar con este coñito rico.

—Sí… sí, Tae… soy tuya.

Él aceleró, gruñendo como animal. Finalmente se corrió profundo dentro de ella, chorros calientes llenándola hasta que se desbordaba.

Se quedaron jadeando, sudorosos, pegados.

Pero eso no fue todo.

Después de unos minutos recuperando el aliento, Tae la miró con esa sonrisa peligrosa otra vez.

—Aún no terminamos, princesa. Me debes más que una follada rápida.

La hizo arrodillarse de nuevo y le limpió la polla con la boca, mezclando sus jugos y su semen. Luego la puso a cuatro patas sobre una manta sucia en el piso del taller y la tomó por detrás, más lento esta vez, disfrutando cada centímetro.

Le susurraba al oído cosas sucias:

—Imagínate si alguien pasara ahora y te viera así, toda abierta para mí… ¿Te excita, verdad? Eres más pervertida de lo que pareces.

Ana gemía, empujando hacia atrás contra él.

Siguieron así durante horas. Tae la folló en todas las posiciones posibles: contra la pared, sobre el capó, sentada en sus piernas mientras ella rebotaba, incluso de lado en un viejo sofá que tenía en la parte de atrás del galpón.

En un momento, mientras la tenía de perrito otra vez, le metió un dedo en el culo, preparándola.

—¿Alguna vez te han follado por aquí, Ana?

—No… nunca… —jadeó ella, asustada pero curiosa.

—Hoy va a ser la primera vez.

Usó su propia humedad para lubricar y entró despacio en su culo virgen. Ana gritó de placer-dolor, pero pronto estaba pidiendo más, moviéndose contra él.

—Más duro… por favor…

Tae rio, complacido.

—Qué rápido aprendes, mi putita.

Se corrió dentro de su culo también, marcándola por completo.

Cuando el sol empezaba a bajar, Ana estaba exhausta, cubierta de semen, sudor y marcas de mordidas y nalgadas. Tae la limpió con un trapo húmedo con una ternura sorprendente, besándola suavemente ahora.

—Puedes quedarte esta noche. Mañana te acompaño a la ciudad si quieres.

Ana, todavía sonrojada, asintió.

—No tengo prisa…

Tae sonrió y la atrajo contra su pecho.

—Buena chica.

Luego de dormir unos minutos, tae la llevo hacia la pequeña ducha detras del taller, se bañaron juntos, el la enjabonó con suavidad y ternura, luego la secó y se sentaron en el sillon a ver algún programa en la vieja televisión.

La noche cayó sobre el desierto y el taller se llenó de sonidos de placer otra vez. Tae preparó una cena simple con lo que tenía: carne asada, cerveza fría y pan. Comieron sentados en el piso, Ana envuelta en una camisa de él que le quedaba enorme.

Pero la química no se apagaba. Mientras comían, Tae le metió la mano entre las piernas otra vez, jugando con su clítoris hinchado.

—Todavía estás sensible… me encanta.

Ana gimió, abriendo las piernas sin que se lo pidiera.

—Eres insaciable… —susurró ella, avergonzada pero sonriendo.

—Contigo sí. Eres demasiado rica.

La levantó y la sentó sobre la mesa, comiéndole el coño con hambre. Su lengua experta la llevó al orgasmo dos veces más antes de penetrarla otra vez, esta vez lento y profundo, mirándola a los ojos.

—Dime que te gustó que te rompiera el culo —exigió.

—Me… me gustó —confesó ella, roja como tomate—. Me gustó todo.

Tae la folló hasta que ambos se corrieron juntos, abrazados.

Durmieron poco esa noche. Se despertaron varias veces para follar: una vez con Ana montándolo despacio, otra vez Tae follándola por detrás mientras dormitaba. Al amanecer, la tenía contra la ventana del taller, mirando el desierto mientras la penetraba.

—Este lugar es nuestro ahora —le dijo al oído—. Cada vez que quieras aventura, sabes dónde encontrarme.

Ana se corrió gritando su nombre por última vez esa madrugada.

Cuando el sol salió completamente, Tae le arregló algunos detalles más al auto gratis. Ana se despidió con un beso largo y profundo, las piernas todavía temblando.

—Volveré —prometió.

—Más te vale —respondió él, dándole una última nalgada—. O iré a buscarte.

Ana se fue por la ruta, con una sonrisa tonta y el cuerpo marcado. Tae se quedó mirando el polvo que levantaba el auto, ya pensando en la próxima vez.

El desierto ya no parecía tan solitario.

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