Capitulo 1"El despertar"
Era una noche lluviosa. Lucía dormía profundamente hasta que una luz cegadora entró por la ventana, iluminando su habitación, seguida de un fuerte trueno que la hizo despertar de un salto.
La pequeña se despojó de la seguridad de sus cobijas para asomarse al cristal. Su mirada, un tanto aturdida aún por la pesadez del sueño, buscaba el auto de su padre en la entrada. Sin éxito.
Salió de la cama arrastrando su camisón y, frotándose la cara para espantar el letargo, bajó las escaleras encaminándose a la cocina en busca de un vaso de agua. Mientras daba el primer sorbo, otra luz iluminó la sala. Esta vez no era un rayo; eran los faros de la camioneta de su padre. Dejó el vaso sobre la mesa, preparándose para saludarlo.
Su padre abrió la puerta abruptamente.
El crujido de la madera al abrirse de golpe resonó con más fuerza que el mismísimo trueno exterior. El agua del impermeable goteaba rápido sobre el suelo, imitando el ritmo acelerado de su respiración. Sus ojos, inyectados en sangre por las noches en vela y el pánico de haberlo perdido todo, recorrieron la penumbra de la sala hasta que dieron con la niña.
No había calidez en su mirada. No había alivio por ver a su hija a salvo en medio de la tormenta. Había una chispa fría, calculadora y desesperada; la chispa del hombre que acaba de ver el final de su carrera y ha decidido que el mundo no lo va a destruir.
Se quitó el capuchón de la chaqueta empapada con un movimiento brusco, revelando su rostro tenso, y dio dos pasos rápidos hacia la niña, acortando la distancia sin importarle dejar un rastro de lodo en la alfombra.
—Lucía... —su voz sonó extrañamente rasposa, carente de cualquier atisbo de dulzura paternal. Era una orden disfrazada de urgencia—. Qué bueno que estás despierta. Muévete, deja ese vaso. Nos vamos. Ahora mismo.
El padre tomó a Lucia del brazo y la arrastró hasta la entrada, la pequeña apenas pudo alcanzar unos tenis arrumbados en la entrada antes de que la subieran al auto mientras gotas de lluvia caían mojándola ligeramente
—Lucía, no hay tiempo para preguntas —dijo él, con esa seguridad narcisista que lo caracterizaba, como si le estuviera haciendo un favor—. Esta noche vas a ayudar a papá con algo muy importante. Todo el trabajo de mi vida, todo por lo que he sacrificado tanto... está a punto de dar frutos. Y tú vas a ser la clave para demostrarle a esos idiotas del gobierno de lo que verdaderamente soy capaz. Camina.
El motor rugió y el auto se adentró en la oscuridad de la carretera. A través de la ventana empañada, Lucía dibujaba líneas con el dedo mientras observaba los árboles otoñales borrosos por la velocidad y la luz de la luna. El ambiente dentro del vehículo era espeso, cargado del olor a humedad del impermeable de su padre y el calor de la calefacción al máximo.
Lucía no podía quedarse quieta; balanceaba los pies dentro de los tenis mal amarrados, frotándose las palmas de las manos contra el camisón. El cansancio no tenía oportunidad contra la enorme curiosidad que la invadía. Siempre había visto a sus padres como figuras inalcanzables, encerrados en despachos llenos de libros enormes y fórmulas que ella no lograba comprender. Eran científicos importantes, mentes brillantes, y por primera vez, su padre la había mirado a ella para decirle que era la clave de algo grande. En su mente infantil, se imaginaba entrando a un laboratorio lleno de luces de colores y robots, lista para ser la heroína del trabajo de su papá.
Fue hasta que su padre se estacionó que saco a Lucia de sus fantasías, ella salió del auto de un brinco notando que ya no llovía, y comenzó a seguir a su padre.
Él la guió a través del bosque hasta una gran roca. Al tocar la superficie, una puerta oculta se deslizó, dejando al descubierto un pasillo blanco con luces fluorescentes que recordaban a un consultorio médico. Lucía entró tratando de absorber cada detalle, pero su padre continuó hasta el fondo, donde comenzaban unas largas escaleras que parecían descender hasta el centro de la tierra.
Al llegar abajo, entraron a una sala llena de computadoras y montañas de papeles. Lucía se decepcionó un poco; esperaba algo más futurista y aquello parecía una simple oficina. Sin embargo, el hombre avanzó hacia una pared gris y, tras teclear un comando, una nueva compuerta apareció de la nada. La emoción de la niña se reavivó al instante.
Ahora sí, ante ellos se abría un imponente laboratorio subterráneo. Había pantallas parpadeantes por todos lados y, en el centro, una gran máquina cilíndrica se descolgaba desde el techo. Lucía contemplaba incrédula aquel despliegue tecnológico que no lograba comprender.
Mientras los ojos de la pequeña brillaban de fascinación, una figura salió de entre las sombras del equipo. Era su madre. Llevaba una bata blanca bien abotonada, pero sus manos no dejaban de frotarse entre sí, visiblemente ansiosa. Tenía los ojos enrojecidos, fijos en la máquina, hasta que escuchó los pasos de su hija.
Al verla allí, tan pequeña en su camisón y con la cara llena de inocencia, la mujer dio un respingo. Por un segundo, un destello de culpa y horror maternal cruzó su rostro. Dio un paso hacia ella, amagando con detener aquello, pero el padre avanzó con firmeza y la sujetó del hombro con un agarre que la congeló en el sitio.
—Excelente. Llegamos a tiempo —dijo el padre con una sonrisa fría y triunfante. Su voz resonó en las paredes metálicas del búnker—. Míralo bien, Lucía. Este es el Proyecto Ápex. El pináculo de la evolución de la energía inducida. Esos burócratas del gobierno no tuvieron la visión para entenderlo, pero nosotros sí.
La madre bajó la mirada, asintiendo sumisamente ante la presión de la mano de su esposo. Con una voz temblorosa, casi mecánica, intentó convencerse a sí misma de lo que estaban a punto de hacer:
—Tu... tu padre tiene razón, Lucía... —forzó una sonrisa rota, sin atreverse a mirarla a los ojos—. Esto es un gran honor. Eres una niña muy especial, y hoy... hoy vas a ayudar a que el mundo entero reconozca el genio de tu papá. Sé una buena niña y haz todo lo que él te diga, ¿sí? Es por nuestro futuro.
El hombre soltó a su esposa con un ademán de desprecio y se encaminó hacia la consola principal, tecleando códigos a toda velocidad. Los generadores de la gran máquina del techo empezaron a rugir, emitiendo un zumbido grave que hizo vibrar el suelo. Una luz azulada y eléctrica comenzó a parpadear en el núcleo del artefacto.
—Mira, Lucía... juega con él un momento, ¿sí? Está bien... todo está bien... —le dijo su madre con la voz quebrada.
Le entregó al gato del laboratorio y la sentó en una silla metálica, justo debajo de la enorme máquina. Lucía acarició al felino, distraída por su suave ronroneo, mientras los dedos temblorosos de su madre comenzaban a abrochar las correas en sus piernas. El metal frío le rozó la piel. Entonces, de un tirón brusco, la mujer le quitó al gato de las manos y aseguró la última correa sobre su pecho.
Fue en ese instante cuando el peso de la realidad cayó sobre ella. Estaba atrapada. Inmovilizada.
—¡Mamá! ¡No! ¡Sácame de aquí! ¡Papi, por favor! —comenzó a gritar. Las lágrimas se desbordaron por sus mejillas mientras forcejeaba con todas sus fuerzas, haciendo que el cuero de las correas crujiera.
Su madre dio un paso atrás, pálida como un fantasma. Se cubrió la boca y la cara con ambas manos para ahogar sus propios sollozos, dándole la espalda porque no era capaz de sostenerle la mirada. Caminó a tropezones hacia la consola junto a su padre.
—¡Ignora los gritos y concéntrate en los niveles de energía!— bramó el padre, con los ojos fijos en las pantallas, completamente sordo al llanto de su propia hija—. ¡Iniciando secuencia de disparo en cinco... cuatro...
Lucía seguía gritando; el pánico le nublaba la vista. De repente, el pestillo de la jaula donde la madre había metido al gato cedió por la intensa vibración del lugar. Libre y aterrorizado por el rugido de los motores, el felino saltó con desesperación buscando refugio y cayó directamente sobre el regazo de la niña, clavando las garras en su camisón.
—¡Tres... dos... uno... FUEGO!
Un estallido de luz cegadora inundó el laboratorio. La máquina disparó el rayo de energía inducida directo hacia Lucía y el gato. Las alarmas de emergencia comenzaron a sonar con un pitido estridente y ensordecedor que sepultó por completo los gritos de dolor puro. Las pantallas de la consola estallaron en luces rojas, los fusibles reventaron lanzando chispas por todo el cuarto y, de golpe... el sonido se apagó. Las luces se extinguieron.



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