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Yo soy Bella, la fea

Summary

Su apariencia había sido su calvario desde que tenía consciencia. La carencia de belleza le había arrebatado todo de las manos. El amor, el trabajo y las oportunidades. Pero todo eso estaría a punto de cambiar. La llegada a Nova Moda marcaría un antes y un después en la vida de Isabella Rendón. Fan-Fic/Refrito no oficial hecho por un fan. Basada en la obra original de Fernando Gaitán y RCN: 'Yo soy Betty, la fea'.

Status
3mo ago
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

I

I. “Nova Moda”

Bella.

Su pasos apresurados resonaban al impactar la acera. El autobús la había dejado una cuadra atrás debido a una falla y debía apresurarse si quería llegar a tiempo a su entrevista de trabajo.

Se acercaba cada vez más a la gran edificación. ‘Nova Moda’ se podía leer en un gran cartel en la entrada del edificio.

Observó como entraban en este chicas de todas las edades. Eran de un gran atractivo, cuerpos de pasarela y caras de portadas de revista.

Apresuró su paso hasta llegar al portero, quien la recibía con una mirada inquisitiva. Su mirada la recorrió de arriba a abajo con desconcierto. Sus labios se curvaron en una risa retenida que amenazaba con salirse.

Se rió irónicamente.

—Identificación, ¿señorita? —. Su tono de pregunta la hizo sentir nerviosa.

—I-Isabella Rendón, señor. Vengo por la entrevista de trabajo como secretaria de presidencia. —Su voz irritante y rasposa era casi dolorosa para el portero. Pudo notarlo en su expresión.

—Pase —dijo este, seco.

Se adentró al gran edificio y su boca se abrió con sorpresa. La recepcion era inmensa. Transmitía calidez y creatividad.

Se acercó a la recepcionista, una linda muchacha de pelo rizo.

—Disculpe —dijo en un hilo de voz.

La muchacha siguió hablando animadamente por el teléfono.

—Oiga —repitió esta vez más fuerte.

La muchacha levantó la vista hacia ella y casi se cae de su asiento de la sorpresa. Sorpresa que disimuló colgando el teléfono.

—¿Si, qué se le ofrece? —Su sonrisa fingida se podía notar a kilómetros.

—Vengo por la entrevista de trabajo para secretaria de presidencia.

—Tercer piso, última puerta.

—Gracias, señorita —se despidió.

Camino hacia al ascensor y marcó el piso 3. Las puertas del ascensor se abrieron y la recibió un ajetreo de gente. La gente iba de allá para acá con desespero. Muchas de las chicas hermosas que había visto en la entrada estaban formando una larga fila.

«¿No serán estas las postulantes a secretaria? Si es así estoy acabada.» pensó.

Buscó la última puerta de la que habló la recepcionista y vio una al lado de una especie de escenario. En este se encontraban unas chicas hermosas junto a un hombre. Estaban practicando alguna coreografía.

Se encaminó a la puerta, cruzando por el lado del escenario. La atención de las chicas y del hombre se pusieron en ella. Sus nervios aumentaron y detuvo su paso.

—¿Qué hace usted aquí? ¿Quién fue el esperpento que tuvo la valía de firmarla como una de mis ángeles? —la miró de arriba a abajo—. Usted parece más bien un demonio. ¡Se fue!

Su corazón se encogió y la vergüenza no le daba para mirar a nadie a los ojos.

—Discúlpeme, señor, vengo por la entrevista de trabajo para secretaria de presidencia —explicó apenada.

—Es allá en esa puerta —señaló una puerta doble—. ¡Desfiló! —señalizó con sus manos que se fuera.

Se dirigió a pasos inseguros a la puerta doble. Antes de que pudiera llegar y tocar de esta salió una mujer algo bajita.

—¿Isabella Rendón Soprano y Felicia Martínez? —la mujer llamó su nombre y se acercó.

—S-Soy yo, señora. —Los nervios volvían a sacar esa voz rasposa que tanto odiaba.

—Pasen. Las están esperando. —La mujer se retiró de la oficina.

A su lado pasó una chica rubia, esbelta y de un cuerpo espectacular. Contoneaba sus caderas con seguridad y le dedicó una mirada de desagrado.

No tuvo que ver más para saber que su búsqueda aún no terminaba. Tenía que seguir buscando trabajo, ya este le pertenecía a la rubia esa.

Resopló con resignación y siguió a la rubia dentro de la oficina con pesar.

—Bienvenidas, bellas… —Un hombre bajito empezó a hablar y al levantar su mirada se cortó. En su expresión se encontraba la sorpresa y el espanto. Se aclaró la garganta—Bienvenidas, damas.

Leyó ambos currículums.

—Cuéntenme. ¿Qué experiencia tienen?

—Bueno, yo así experiencia, experiencia no tengo. Es la primera vez que trabajo, en realidad —la rubia se adelantó a hablar—. Por si no lo sabían, estuve casada con Maximus Blake y ni se me pasaba por la mente trabajar. Pero ahora que nos separamos tengo que ser independiente, ya saben, salir adelante por mi cuenta. —la rubia no paraba de hablar de cosas irrelevantes y casi se le escapó una risa.

—Bien, señorita Felicia. ¿Qué estudios tiene? —inquirió el hombre.

—Bueno yo hice seis semestres de finanzas en la San Francisco, pero me aburrí y apareció Maximus y dejé la universidad. Pero yo te puedo hacer lo que me pongas. —Subió su falda un poco, haciendo más evidentes sus piernas. Tomó todo de sí para no rodar sus ojos.

El hombre le dedicó una mirada lasciva totalmente asqueante. Luego desvió su vista hacia ella y la lascivia se transformó en desagrado.

—¿Y usted? —preguntó con desinterés.

—B-Bueno… —Un gallo sonoro salió de su garganta. Quiso que la tierra se la tragase en ese momento—. Bien, yo soy graduada de la Universidad Autónoma de Economía y Finanzas. En mi hoja de vida puede encontrar que me gradué con tesis laureada, ahí está la confirmación del rector y el decano de la universidad. También hice un curso de contabilidad y un posgrado en finanzas. Puede ver que también fui auxiliar en el Banco Morgan, bajo el mando del vicepresidente Juan Miguel Barro.

»Tengo amplio conocimiento sobre base de datos para sistemas financieros, análisis de proyectos de inversión, comercio exterior, estudios de factibilidad, costos y presupuestos; y mercado bursátil.

Dejó salir todo en un respiro, por lo que tuvo que tomar aire al terminar. La cara del ejecutivo y de la rubia eran de sorpresa pura.

El ejecutivo se aclaró la garganta. —Bien. ¿Cómo vamos de idiomas? —preguntó.

—Yo sé inglés y una que otra palabra en francés. —Se adelantó la rubia.

—Yo sé inglés, francés, italiano y algo de mandarín. —Sus caras volvieron a deformarse en sorpresa.

—Yo tengo que aclarar algo súper importante. No sé si usted sabe, ¿señor…? —Empezó la rubia.

—Ferrer. —Respondió el hombre.

—Bien, Ferri. Yo soy una amiga muy cercana de los Vitoria y los Méndez. De hecho, fue mi mejor amiga, Marie, quien me dijo que viniera a hacer la entrevista. Solo le aviso por si no sabía.

Sus sospechas acababan de ser confirmadas. Era imposible que obtuviera este trabajo, ya estaba destinado a alguien.

«Para la próxima será, supongo» pensó.

—Yo tengo una duda, señorita Rendón. Con semejante hoja de vida, ¿por qué se está postulando a secretaria? Usted podría aplicar a un puesto ejecutivo perfectamente —inquirió Ferrer.

—Le explico, ahora mismo hay mucha competencia en el mercado. Por más títulos, posgrados y estudios que tenga, no tengo la experiencia necesaria para aplicar a un cargo ejecutivo. Mi interés en esta empresa es empezar como secretaria e ir ascendiendo con mi trabajo —expresó.

—Bien. Gracias por su tiempo, señoritas. Las estaremos llamando en un momento. —Dió por terminada la reunión. Ambas se dirigían a la salida, hasta que el hombre volvió a llamarlas:

—Oiga —se dirigió a ella—, ¿por qué su hoja de vida no tiene foto?

No pudo contener la risa. —Se me olvidó ponerla, disculpe —explicó.

Salió de la oficina y se quedó parada observando su alrededor. Gran parte de las chicas hermosas ya no estaban, supuso que las que faltaban no habían sido admitidas.

Caminaba hacia atrás sin percatarse de que la señora de antes venía en su dirección muy concentrada en unos papeles. El inminente choque llega y los papeles caen al piso.

—Disculpe, de verdad —dijo apurada.

—No hay problema, chica. ¿Isabella, no?

—Así es. Pero puede decirme Bella, si gusta. —Se presentó—¿Usted como se llama? —preguntó.

—¡Martha! —Un estruendoso grito resonó por toda la planta. El ejecutivo de la entrevista salió de la oficina—Búsqueme a Felicia Martínez —exigió.

—¡Aquí estoy! —La rubia se acercó rápidamente.

—Venga conmigo, señorita Martínez. Usted —la señaló—, la estaremos llamando en cualquier momento. Ya puede retirarse —zanjó la conversación y entró con la rubia a la oficina.

Su expresión se llenó de tristeza y Martha lo notó.

—Tranquila, mijita. La próxima será —trató de darle ánimos.

—Gracias, señora Martha. Nos vemos.

Abandonó el edificio con una gran sensación de derrota. Otra vez su trágica apariencia volvía a jugarle una mala pasada. Sus ojos se cristalizaron y recuerdos difusos atravesaron su mente. Los sacudió y se centró en llegar a su casa.

—Uy, pero que cosita. Tanto pan y uno con tanta hambre —escuchó una voz decir a sus espaldas.

Se dio vuelta, intentando buscar al dueño de esa voz.

—No es con usted, siga su camino. Si con usted es mejor morirse de hambre. —El grupo de hombres se echaron a reír con burla.

Las lágrimas que venía reteniendo terminaron saliendo, empapando sus mejillas. Estaba condenada a este destino. A las burlas, los rechazos. Era algo que ya había aceptado.

Se subió al autobús con ganas de llegar a su casa. Por lo menos ahí no había rechazo, solo amor. A veces hasta se le olvidaba lo fea que era.

(…)

Divisó desde lejos a una conocida figura frente a la puerta de su casa. Se rio sonoramente. Su peculiar risa pareció alertar a su mejor amigo, Tomás, de su presencia.

—¡Bella! Por fin llegas. Fíjate que no podía entrar a tu casa porque doña Jazmín no me quiere abrir porque dice que le arraso con la nevera. Si yo apenas como.

—Mentiras no dijo. Pero ya te abro, tengo tanto que contarte.

Se apresuró a abrir la puerta y ambos entraron.

—Mijita, ¿cómo te fue? ¿Si te dieron el trabajito? Mira que le pedí a San José Obrero que esta vez si tuvieras suerte —Jazmín, su madre, se veía emocionada.

—Dijeron que me llamarían mamá. Así que está la posibilidad. —Se sentía terrible por mentirle a su madre. Pero no quería romperle la ilusión, por lo menos no ahora.

—Oiga, doña Jazmín, ¿por qué no se hace unas tostaditas? Es que la verdad si tengo hambre —Tomás se puso la mano en el estómago.

—Si sigo así te acabas toda la comida del mes tú solo, Tomás. Pero ahora te las preparo mijito —doña Jazmín desapareció en la cocina.

—Vamos a mi cuarto, Tomás —dijo.

—¿Qué son esas propuestas, Bella? ¿No me invitas a una cena primero? —rio.

Rodó los ojos e ignoró el comentario de Tomás. Subieron a la habitación y cerró la puerta.

—Si don Henry ve esa puerta cerrada mientras estamos aquí es capaz de matarme. Él jura que tiene una modelo de Victoria’s Secret por hija. Sin ofender.

—Tu tampoco eres Brad Pitt. Si hicieran una obra de arte a lo más feo que pudiera existir en el mundo, creo que saldría un retrato de nosotros dos. —Ambos rieron.

Su mamá irrumpió en el cuarto.

—Ahí están las tostaditas, Tomás. Y mira mijita —le entregó una revista—, esa revista es de la empresa en la que estás buscando trabajo. Es una empresa de moda de gran renombre, tal vez te sirva alguna información que esté ahí.

Jazmín se retiró de la habitación.

—¿Tú en una empresa de moda? ¿Te sientes bien? La moda es nuestro nemesis —bromeó Tomás.

—Lo sé, Tomás. No iba a entrar como modelo, obviamente. Me postulé a secretaria de presidencia.

—¿Qué? ¿Secretaria? Bella, sabes muy bien que tienes estudios suficientes para ser mucho más que una secretaria.

—Si, ya se. Tengo los estudios, pero no la apariencia. Es imposible que me den un trabajo en un puesto ejecutivo, sería incoherente. Mi apariencia no va de acorde al puesto.

—Tienes un punto. ¿Por eso no pusiste tu foto en la hoja de vida, cierto?

Asintió. —¿Recuerdas lo que nos dijo la maestra Cynthia en el último semestre? “Si son feos mejor no pongan su foto en la hoja de vida. Es como una mancha en el registro. Una por la que te descartan inmediatamente”. Tenía razón. —Fijó la vista en el suelo.

—Creo que esa es la razón por la cual no he encontrado trabajo entonces. Siempre la pongo. Pero tú no la pusiste, ¿si crees que te den el puesto?

—Estoy segura de que no me lo van a dar. Siempre me pasa lo mismo. Estoy tan cansada, Tomás.

—¿Qué pasó? ¿Por qué estás tan segura?

—Pasó lo mismo de siempre. Me lo ganó una bonita. La misma razón por la que me despidieron del Banco Morgan —resopló.

—¿Por qué no leemos la revista? Tal vez encontramos algo interesante —sugirió Tomás.

Abrió la revista.

—Nova Moda cambia de presidente —comenzó a leer—. Con la noticia del retiro de Raúl Méndez, dueño y fundador de Nova Moda, también nos enteramos de que lo sucedería su hijo: Fernando Méndez. —Se quedó mirando la foto adjunta, en esta aparecía un hombre un poco más mayor que ella. Tal vez unos dos o tres años mayor. Era bastante atractivo y masculino.

—¿Bella? ¿Hola? —Tomás la hizo volver en sí—. Sigue leyendo.

—Bien —continuó leyendo—. Esta decisión se llevó a cabo en medio de una junta muy importante en Nova Moda. En donde todos los ejecutivos votaron para decidir quién quedaba como presidente. La votación era entre Fernando Méndez y Diego Vitoria.

—¿Vitoria? —interrumpió Tomás—. ¿No se supone que la empresa es de los Méndez?

—No totalmente. Aquí dice que los Vitoria cuentan con un 50% de las acciones de la empresa. Por lo tanto, es de ambas familias a partes iguales —siguió leyendo—. Nova Moda no es el único lazo que une a los Méndez con los Vitoria, también los une el noviazgo y recién anunciado compromiso entre Fernando Méndez y Mariela Vitoria, quienes se comprometieron públicamente en el lanzamiento de la última colección —Miraba las fotos de la pareja, se veían bastante bien.

—Se ven bien juntos. Lo lindo con lo lindo y lo feo con lo feo —interrumpió Tomás, nuevamente.

—Así es. Por eso somos mejores amigos. —Sus ojos se posaron en una foto de la rubia piernona que le había quitado el trabajo—Mira, Tomás. Esta es la arpía que me quitó el trabajo. —La señaló.

—¡Mamma Mia! A mi que me quite el trabajo, la vida y todo lo que quiera. Pero que ojos tan hermosos, como un mar iracundo. Y esa melena rubia que parece que de ella se emiten rayos de sol. ¿Y que me dices de esa piel de porcelana? Se ve tan suave que si la tocas muy fuerte se rompería —suspiró—¡Me enamoré, Bella! Y ya lo decidí, esa es mi esposa y la futura madre de mis hijos.

—Tomás, ¿se te olvida la parte en donde me quitó el trabajo? ¿O tengo que darte con la revista en la cabeza para que la recuerdes?

—Bueno, pero no te pongas celosa. Pero Felicia Martínez será mi mujer. Eso te lo aseguro.

Por su mente pasó la imagen de Fernando Méndez. No se imaginaba al lado de un hombre tan guapo como ese. Desentonaría totalmente y le arruinaría la imagen.

Lo mismo pasaría con Tomás. Sería una mancha en la gran imagen de Felicia Martínez. Pero era a lo que ellos estaban destinados. Su fealdad era su peor maldición. La vida le había enseñado eso de muchas formas.

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