Kail Krew.
"Incluso siendo más monstruo que hombre, era más hombre que monstruo".
Greentown. Originalmente llamado Gronvik.
Pueblo a orillas del lago Urwessen (que los nativos de zonas cercanas llamaban Ñi Küme), rodeado de bosques legendarios y de aproximadamente 600 habitantes en aquella época. Fue fundado en el año 1650 por familias emigradas de la capital tras el terremoto ocurrido tres años antes. Varias de ellas, de origen escandinavo e italiano, se instalaron a los pies del monte Zeitlos (Küme), cuyas minas subterráneas de carbón fueron la principal fuente de riqueza del pueblo, apoyadas por la pesca y el transporte de especies en barcazas por el lago.
El monte Zeitlos era un lugar prohibido para los nativos de la zona y fue bastante laborioso para los colonos conseguir mano de obra para la apertura de las minas de carbón.
Se decía, por parte de los indígenas, que el monte, y el bosque que lo rodea, así como las profundidades del lago eran terreno sagrado y maldito a la vez.
La leyenda de Kail Krew.
Fue cerca del año 1700, que un hombre se instaló en el pueblo. Rubio, alto, fornido, de carácter amable y servicial. Con ayuda de los pueblerinos se construyó una pequeña cabaña en el bosque, a los pies del monte Zeitlos y trabajó en las minas de carbón demostrando una notable fortaleza física y capacidad de liderazgo. Al poco tiempo se volvió una figura popular y respetada por todos.
Un par de años después ocurrió la tragedia.
Por una negligencia fueron mal colocados unos explosivos y toda una sección de la mina se derrumbó encerrando a un puñado de mineros, entre ellos Kail.
El pánico se extendió entre los hombres, la falta de luz y el miedo a la presencia invisible del asesino grisú los dominaba, pero Kail tenía lo que llaman "temple de acero" y tomando su pico dio el ejemplo a sus compañeros y comenzó a abrirse paso entre las rocas, de pronto el suelo colapsó y todos cayeron en una especie de caverna enorme.
El aire estaba cargado de humedad nauseabunda, como la que surge al abrir una tumba muy antigua. Las paredes de la caverna brillaban con una luminiscencia fluorescente de tonos extraños y pulsantes, con colores difíciles de definir. En el centro, a unos doscientos metros de donde habían caído, rutilaba un objeto ovalado del tamaño de una cabeza humana con contornos que parecían, sutilmente, deformarse como un globo lleno de agua. Su fulgor era tan extraño como el de los muros de la caverna y los hombres se sintieron tan fascinados como atemorizados. Un leve, casi imperceptible zumbido vibraba por el enrarecido aire del lugar.
Los mineros, en total de seis, se miraron unos a otros con la boca abierta y los ojos enrojecidos. Dos de ellos habían caído mal y estaban heridos, posiblemente tobillos fracturados. El más joven, el mismo novato que había puesto mal la dinamita, comenzó a caminar hacia la cosa brillante.
Kail Krew fue tras él, más cauto, pico en mano.
De pronto, el zumbido fue aumentando, no era simple sonido, era vibración intensa que entraba por la piel hasta los huesos.
Y dolía.
El primero en caer al suelo fue el joven novato. Manos al vientre. Gritos ahogados por el zumbido. Su espalda se arqueó hasta que su nuca tocó sus tobillos. Su piel comenzó a agitarse desde dentro y sus articulaciones comenzaron a crujir y doblarse en ángulos antinaturales.
Kail Krew sintió el golpe dentro de su cabeza, el zumbido parecía gritar en sus oídos. Cayó sujetando su cabeza. Vio a sus compañeros retorcerse y sufrir los mismos dolores que estaba viviendo él.
Entonces dejó de ver con los ojos porque implosionaron y se hundieron dentro de su cráneo. El azul profundo de sus ojos, que tantos suspiros despertaba en las jovencitas del pueblo, ya no existía.
Sus dientes cayeron de su boca empujados por finos tentáculos que brotaron de sus encías reventadas.
En el vacío de sus sentidos dejó de ver y oír y olfatear y sentir. El dolor se detuvo súbitamente y su conciencia se reordenó acorde con su nueva fisiología.
Pudo sentir, ver, percibir a sus compañeros, también transformados.
Grotescos seres, parte humanos y parte algo que evocaba la idea de ratas gigantes o topos de pesadilla.
Y en su nueva conciencia el zumbido fue una voz, no una voz humana o que hablara con palabras pero con un mensaje percibido por los seis en la cueva.
Instintos, hambre, dominio en las sombras porque si eran vistos por alma humana alguna en el pasar de un día morirían a menos que consumieran la vida de aquel que los mirase y al caer el último de ellos sería la llamada final y el Aromthuzur, aquel huevo o globo de colores imposibles, buscaría la superficie y consumiría todo lo existente.
Así entendieron los seis el mensaje en sus conciencias, serían ellos los portadores del tiempo, los últimos marcadores, la arena que caía en el reloj del Finis Terrae.
Entonces los seis se abrieron paso entre las rocas, escarbando con sus poderosas nuevas garras de topo buscando el calor del sol y la vida en la superficie que habría de saciar su hambre.
Los primeros que los vieron fueron los mineros, compañeros que los buscaban.
Al principio fueron solo siluetas saliendo de entre las sombras, y un rayo de esperanza cruzó a los rescatistas. Pero luego, el terror.
La experiencia fue extraña para todos.
Para los mineros que esperaban encontrar a sus compañeros fue el horror y la desesperación. Para los seis fue dolor y hambre.
Cada par de ojos que los miraban les quemaba la pálida piel y el hedor a miedo que salía de aquellos hombres les hacía vibrar sus diminutos tentáculos.
Sus instintos les gritaban mata o muere.
Y mataron. Y cada muerte sanaba una quemadura.
Pero uno de los mineros huyó hacia el pueblo y los compañeros de Kail fueron tras él.
El instinto era fuerte, el zumbido seguía golpeando sus huesos a través de la tierra y la roca pero Kail Krew tenía un espíritu fuerte, incluso siendo más monstruo que hombre era más hombre que monstruo. No siguió a los demás, huyó a su cabaña, cavó un agujero y se escondió.
Aún así, la tierra le trajo a sus nuevos sentidos los gritos, el olor de la sangre, el calor de la muerte y la masacre que sus compañeros repartían en el pueblo. Pasaron horas y de pronto, silencio, no el silencio de los que oyen con los oídos, el silencio del vacío.
Kail salió de su escondite y fue al pueblo. Aunque ya no era eso, era la representación viva de una hecatombe. Cientos de cuerpos masacrados, mutilados, desgarrados por las garras de sus hermanos. Describir la escena incluyendo lo que sucedió a pequeños niños y a mujeres ancianas va más allá de la comprensión cuerda de todo ser. Basta decir que el festín que se dieron las ratas y los cuervos fue monumental.
Y en el centro del pueblo, destrozados por picos, cuchillos, azadas y todo lo que pudieron usar los pueblerinos para defenderse, estaban sus hermanos de maldición. Ni los cuervos, ni las ratas, ni las más repulsivas criaturas carroñeras se acercaron a comer de sus cuerpos.
Kail Krew lloró sin ojos y gritó sin garganta.
Gronvik ya no era pueblo, era un matadero de hombres, mujeres y niños y cinco cosas que no eran nada de eso.
Entonces Kail sintió el fuego punzante en lo que antes fue su nuca. Se volteó y percibió la presencia de alguien oculto en una casa y que lo miraba por la ventana. El horror recorrió y vibró por todo su cuerpo deforme.
Un pequeño niño, de entre cinco y siete años lo miraba con asco y cansancio.
Kail Krew se acercó lentamente, el niño salió de su escondite y avanzó también. A cada paso que daban, la mirada del pequeño agregaba una quemadura en la piel de Kail y el dolor se volvía más intenso. Pero no el dolor de la piel, el dolor del deber.
El niño dio un paso y sus ojos se pusieron blancos. Cayó desmayado. Kail lo tomó con sus garras y lo sacó del pueblo caminando hasta la orilla del lago Urwessen.
Lo recostó en las negras arenas y se sentó junto a él. Las horas pasaron lentas y dolorosas, a cada latido del corazón del niño las quemaduras crecían en profundidad y dolor. Ya no necesitaba mirarlo, ni siquiera estar despierto, tal era la maldición de la cosa aquella en la cueva. Esa cosa que se llamó a sí misma el Aromthuzur.
La noche llegó con una luna tímida y asqueada. Kail Krew no la veía con sus no ojos, pero sabía que estaba ahí. De pronto, las quemaduras fueron bajando su intensidad y las heridas fueron cerrando.
El niño no había despertado. Nunca despertaría. Su corazón ya no vibraba.
La noche pasaría y la humanidad vería un nuevo amanecer.
Toda la noche y el día siguiente y la noche siguiente, Kail Krew quemó los cuerpos humanos y no humanos y se deshizo de toda evidencia de la masacre ocurrida.
Al terminar, el pueblo era un fantasma, un eco, un espectro de lo que fue alguna vez.
Kail Krew se retiró a las cavernas, cada noche recorría los bosques buscando alimento, cada amanecer se hundía en las profundidades.
Pasaron los días, las semanas, hasta que los curiosos llegaron. Comerciantes de la cercana ciudad que trataban con el pueblo fueron a ver qué ocurría con sus pedidos de carbón y encontraron el silencio del vacío del pueblo.
Se hicieron investigaciones oficiales. Todo tipo de expertos buscando respuestas y yéndose con más preguntas.
Nadie vio nunca a Kail Krew. Por suerte.
Año 1932
Han pasado más de doscientos años desde entonces. El pueblo fue repoblado y rebautizado como Greentown, la mina de carbón fue reabierta y la vida floreció como suele pasar en un terreno alguna vez quemado, lento, cansado pero renacido al fin.
Pero aun en tiempos de modernidad las cosas antiguas persisten, y en el bosque que rodea el pueblo, de vez en cuando, algún explorador o campista distraído desaparece para no volver a ser visto. Y en la mina hay rocas que no pueden ser horadadas por ninguna maquinaria o explosivo, quizás porque aquello que habita y brilla en el corazón de la montaña no está listo para ser encontrado.
Y si alguien se pregunta cómo es que yo sé todo esto, es simple, así me fue narrado.
Yo llegué a vivir aquí hace ya veinte años con mi padre y mi madre, contaba yo con apenas ocho años entonces.
Y se nos dio una pequeña cabaña en el bosque, a los pies del Zeitlos.
Una noche, no hace mucho, un ruido fuera de mi ventana sobresaltó mi descanso, siempre he tenido excelente oído, así que no fue difícil para mí percibir una extraña respiración.
La cosa que estaba fuera pareció sobresaltarse un instante y sentir alivio al siguiente.
—No puedes dañarme —dijo con voz que parecía no salir de una boca—. Y no huelo miedo en ti.
Yo no respondí enseguida, un escalofrío me recorrió.
—No sé qué eres —respondí—. Y por eso no sé si debería temerte.
—Mi nombre es Kail Krew —dijo—. Y tengo una historia que contarte.
Yo abrí más la ventana y acerqué una silla para estar cómodo, siempre me gustó que me contaran historias, que me leyeran cuentos y libros o me describieran grabados y pinturas, aunque nunca sabré si lo que yo imaginé se parecía o no a sus originales.
Supongo que a toda persona ciega de nacimiento como yo debe ocurrirle algo parecido.
Fin.
S.R.Vizcarra








