El mismo café
Apúrate, me dijo, si querés tener hijos, ya que a mí no me queda mucho tiempo. Ella tenía treinta y seis años y tenía dos hijos y yo veintiuno y todavía era hijo.
Para mí salir con Estela era como un triunfo, como un premio que me había dado la vida, es lo que en mi vida imaginé que podría haber sido realidad, que a los veintiún años una mujer quince años mayor que yo me mirara me resultaba prácticamente un cuento de fantasía y sin embargo, con ella esa fantasía se hizo realidad. Estela era una mujer hecha y derecha, separada, dos hijos con los que yo me llevaba menos edad que con ella.
Estela era una mujer adulta responsable y además se daba el gusto de salir con un chico más joven por el cual se había dejado seducir. En mis veintiún años era la primera vez que tenía una relación seria. Obviamente había estado antes con mujeres pero nunca de novio. Estar con Estela representaba el salto a la madurez: ahora debía ser un hombre, no podía fallar, no podía fallarle y no podía fallar al amor. Cada vez que estábamos juntos nuestros momentos parecían eternos, hablábamos mucho pero también haciamos mucho el amor. A mí me encantaba hacer el amor con ella, cada vez que lo hacíamos yo sentía algo tan especial que nunca pude definir con claridad. Todo era especial, sentía que era un delirio cada caricia, cada beso, cada movimiento de ella o mío, cada gesto, cada gemido parecían fantasías que salían de mi cabeza que se metían en nuestra cama. Muchos años después pensé que mi inexperiencia podría haberla frustrado, pero de la forma en que hacíamos el amor no me lo había parecido.
Si bien ella no tenía necesidad de ser madre de nuevo, era consciente de que yo con mis 21 años podía aspirar a ser padre. Así que sorpresivamente un día me dijo apúrate si querés tener hijos, mira que yo no tengo mucho tiempo más para ser madre de nuevo. Ese comentario me hizo pensar acerca de algo que nunca había pensado antes: en mi propia paternidad. Jamás me había imaginado ser padre de alguien. ¿cómo iba a ser padre si todavía era hijo? Aún vivía en la casa de mis padres y ellos me ayudaban con cosas de mi vida. Yo no era independiente y no quiero mentir porque no lo recuerdo bien, pero creo que inclusive mi madre aún me lavaba los calzones. Me resultaba inimaginable pensar en la paternidad. El comentario de Estela me dejó completamente descolocado. Pero a pesar de todo lo que pensaba, reconozco que no me desagradó para nada la idea, sino todo lo contrario, su comentario generó en mí un halo de fantasía romántica que me encantó. De todos modos no pude resolverlo en ese momento, ni en esa noche, ni en esa semana ni en los días siguientes y quedó ahí suspendido en el aire como algo que decidiría algún día dentro de mucho tiempo.
Nuestra relación duró tres años y a lo último ya se hacía muy notable la diferencia de edad. Ella tenía problemas que escapaban a mi capacidad para resolverlos o de ayudarla, porque tenían que ver netamente con los problemas de una mujer madura, y yo estaba lejos de poder ser el hombre maduro que ella necesitaba a su lado. Finalmente terminamos, y la noche en que nos separamos hicimos el amor.
Tiempo después la vida nos volvió a cruzar. Recordamos viejas épocas, pasamos la noche juntos. En ese encuentro ella creyó que íbamos a recomenzar, aunque para mí no fue lo mismo. Estela se enojó mucho cuando se lo dije y juró que no íbamos a volver a vernos nunca más. Aquel último encuentro fue unos meses antes de mi cumpleaños número 25.
La vida transcurrió como transcurre la vida de cualquier ser humano, con altos y bajos, con amores y con odios, con historias románticas que tienen un comienzo fabuloso, un nudo que se va tejiendo al ritmo y con la intensidad de los protagonistas y un desenlace que puede ser bueno o malo pero que siempre llega. Así pasaron los años, pasaron las décadas y fui abandonando la idea de ser padre, ya que por un lado no había encontrado a una madre que me pareciera adecuada para mis hijos y por otro continuaba ausente en mí el plan de ser padre algún día. Y además a medida que pasaba el tiempo me resultaba cada vez más pesada la responsabilidad y más caro el proyecto. Nunca me caractericé por tener trabajos con buenos sueldos ni tampoco era rico de cuna; cada centavo que ganaba lo tenía que trabajar con el sudor de mi frente como todo el mundo, y por lo general lo tenía gastado antes de ganarlo, también como mucha gente. Si bien de esto no me quejaba ni me molestaba, dejaba fuera de mi vida la posibilidad de planificar un futuro con una familia, y mucho menos todavía sabiendo de que llegado a mi edad actual, con 49 años, estaba más lejos aún de pensar en la paternidad porque no quería ser “abuelo de mis hijos”.
Perdido en mis elucubraciones fue que de casualidad, un día en un bar a dónde había ido a tomar un café, la vi. Estaba sentada mirando la tasa de café girar al ritmo de la cucharita, tan morocha, tan linda, con ojos tan negros, tan dulces, su pelo tan negro como el azabache, que me estremeció. Y fue entonces que ella levantó la cabeza y sus ojos negros se cruzaron con los míos. No pudimos dejar de mirarnos ni por un instante. Ella hizo un pequeño e imperceptible gesto de sonrisa que yo pude notar. Yo le devolví el gesto y miré a la silla vacía frente a ella. Me hizo un gesto de asentimiento con la cabeza apenas perceptible.
Era notable que todo esto ocurriera en el mismo bar en dónde Estela y yo solíamos ir a tomar un café casi siempre, y hoy estaba sentado con una chica que, si no me equivocaba, debía tener cerca de veintipico de años. Y pensé: hace casi treinta años atrás ocurrió al revés, el joven era yo. ¿Por qué no puede ser al revés hoy?
Se llamaba Evangelina. Ese nombre siempre me había gustado. Yo que siempre creí en las señales del universo ahora estaba más convencido que antes de que algo lindo podía pasarnos. Tenía efectivamente veinticuatro años. Decidí no mentir mi edad. Me dijo que no me daba más de cuarenta.
El flechazo había sido inmediato. Hablamos mucho y con tanta naturalidad que las palabras salían solas. Así nos pasamos más de dos horas sin darnos cuenta. La urgencia era cada vez mayor y para terminar le dije que la dejaba para que su novio no se pusiera celoso. Ella se rió y me dijo que no tenía novio. ¿Y vos, tenés esposa? No, no tengo compromisos de ningún tipo, le dije.
La invité a dar un paseo por el parque, la luna estaba espléndida y la noche era cálida. Caminamos por el parque un rato, miramos la luna y miramos las estrellas y pedimos deseos. La abracé por la cintura. Ella tuvo un leve e imperceptible asalto de estremecimiento y se le erizó la piel. Todo lo que comenzó en el bar quedó sellado esa misma noche. Nos besamos apasionadamente hasta que casi quedarnos sin aire. La atracción de nuestros cuerpos y la urgencia eran cada vez mayores. Aceptó ir a mi casa. Todavía no me puedo explicar cómo hicimos para quitarnos la ropa tan rápido, y en un minuto estábamos absolutamente convertidos en dos seres celestiales amándose desde lo más hondo de nuestros corazones.
Pasamos desde entonces muchas noches juntos y hemos hecho el amor en lugares que nunca me hubiera imaginado posibles, como en la plaza de un banco del Rosedal, o en un ascensor, o el descanso de una escalera, solo por decir algunos, pero lo cierto es que nuestra pasión nos arrebataba en cualquier momento y en cualquier lugar, sin previo aviso. Y era incontenible. Ella me encendía de una manera inexplicable y yo a ella. Cuando estábamos juntos yo sentía que tenía veinte años de nuevo. Y ella se enloquecía.
Pasaron los meses y la intensidad no cesaba. Decidimos encontrarnos en lugares públicos, dónde hubiera más gente y no tuviéramos chance de entregarnos al amor tan imposible de contenernos, pero terminábamos al rato en su casa o en la mía.








