Mutant Queen: Tears Of Gemini by Hozoruz33 at Inkitt
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Mutant Queen: Tears of Gemini

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Summary

En las nieblas eternas de Minakami, una aldea olvidada donde la frontera entre lo orgánico y lo mecánico se pudre lentamente, dos gemelas fueron traicionadas por quienes más amaban. Sae y Yae, sometidas a un ritual profano que fusionó carne, y algo mucho peor, despertaron convertidas en armas vivientes: cuerpos mutantes capaces de reconfigurarse, de volverse armas biológicas de precisión letal, de sentir el pulso de sus corazones como si fuera propio. Pero el don es una maldición que las devora desde dentro. Cada vez que despiertan su poder, la carne se retuerce, deformaciones orgánicas crecen como tumores hambrientos y un hambre ancestral amenaza con borrar lo que aún queda de su humanidad. Si no aprenden a dominar la abominación que llevan dentro, serán consumidas por ella. Ahora, perseguidas sin descanso por la Iglesia de la Santa Petrificada -una orden fanática que ve en ellas la encarnación del pecado definitivo y la clave para su ascenso apocalíptico-, las gemelas recorren las ciudades controladas por la Iglesia y las ruinas de la antigua humanidad, de un mundo que las teme tanto como las necesita. Entre traiciones, dolor y una conexión psíquica que las une hasta lo enfermizo, Sae y Yae deberán decidir si luchan por sobrevivir... o si se rinden a la monstruosidad que las hace más fuertes que cualquier dios o máquina.

Genre
Scifi
Author
Hozoruz33
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

El Escape

La tormenta rugía sobre las ruinas de lo que alguna vez fue una metrópolis humana. El cielo, un lienzo desgarrado de nubes negras, vomitaba lluvia ácida que siseaba al golpear el concreto agrietado y el hierro retorcido como venas expuestas de un cadáver colosal. Entre los escombros, dos figuras corrían con el aliento entrecortado, sus pisadas chapoteando en charcos contaminados que reflejaban relámpagos distorsionados.

Un trueno estalló, iluminando por un instante sus siluetas tomadas de la mano: dos jóvenes idénticas, con el cabello negro corto empapado y ojos carmesí que brillaban como brasas en la oscuridad. No estaban solas.

Detrás de ellas, el aire se llenaba de aleteos mecánicos, el zumbido grave de propulsores y el clangor metálico de armaduras doradas. Una voz hueca, distorsionada por vocoders antiguos, retumbó entre las paredes derruidas como la sentencia de un dios mecánico.

—¡Busquenlas! ¡No deben estar lejos!

El eco de la orden se propagó como un virus por las ruinas. Las hermanas se lanzaron hacia un refugio improvisado: los restos de un antiguo dormitorio, donde una cama polvorienta y carcomida por décadas de abandono ofrecía una sombra precaria. Se apretujaron debajo, conteniendo la respiración.

En la penumbra, sus ojos carmesí —lagunas místicas y sobrenaturales— observaban cómo las siluetas imponentes de los caballeros inquisitoriales pasaban de largo. Sus armaduras relucían con grabados sagrados que ocultaban circuitos y servomotores. Alas plegables de aleación se extendían y contraían con cada movimiento.

Una voz dulce, inocente y temblorosa rompió el silencio sepulcral.

—Tengo miedo... No me dejes sola, Onee-chan...

—No te preocupes —respondió la otra, más firme, con un filo de acero en la voz—. No te dejaré. Solo quiero asegurarme de que se hayan ido.

Yanae emergió lentamente de las sábanas raídas. Su cabello negro caía en mechones húmedos sobre un rostro pálido y afilado, casi etéreo bajo la luz intermitente de los relámpagos. Se movió como un depredador herido: agazapada, sigilosa, con el corazón golpeando contra sus costillas como un tambor de guerra. Cada portazo lejano, cada grito metálico, aceleraba su pulso hasta el límite.

—¡No hemos encontrado nada! ¿Estás seguro de que vinieron por aquí?

—¡Esas putas son rápidas! ¡Sigan buscando!

Los gruñidos de los caballeros se alejaban. Yanae vio cómo desplegaban sus alas mecánicas y se elevaban como buitres cibernéticos hacia la tormenta. Solo entonces exhaló.

—Bien... se fueron.

Sanae salió de golpe y se lanzó a sus brazos, hundiendo el rostro en su hombro con fuerza desesperada. Su cuerpo temblaba.

—Onee-chan...

—Calma, Sanae —susurró Yanae, acariciando su espalda con palmaditas firmes pero tiernas—. Estoy aquí. Siempre estaré aquí para protegerte. Vámonos antes de que regresen.

Tomó su mano con fuerza y huyeron por los pasillos angostos, dos sombras gemelas en un mundo que las había condenado.

En otro lugar de las ruinas...

El líder de los caballeros golpeó con furia el barandal oxidado, que se partió bajo el impacto de su espada energética. El visor de su yelmo dorado reflejaba relámpagos.

—¡Maldita sea! Esto no le va a gustar al Santo Inquisidor. ¡Sigan investigando!

Uno de sus subordinados alzó la mano.

—Quizá se dirigieron al asentamiento de Drogmud. Está a tres horas y es el único refugio viable.

El líder respiró agitado, sus ojos inhumanos brillando tras el cristal.

—Tres horas... No pierdan tiempo. ¡Desplieguen alas!

Los caballeros se alzaron en formación, siluetas aladas contra el cielo tormentoso, como heraldos de una iglesia que ya no salvaba almas, sino que las extinguía.

Las hermanas llegaron a las ruinas de una antigua tienda de ropa, ahora un mausoleo de maniquíes decapitados y telas podridas. Se dejaron caer al suelo, jadeando, con el sudor perlando sus pieles pálidas y perfectas. Eran espejos la una de la otra: curvas delicadas, rostros idénticos marcados por el mismo destino maldito.

Yanae extendió la mano y acarició con dedos temblorosos la coleta de Sanae.

—No dejaré que nos separen —gruñó, rodeando con posesión la cintura delgada de su hermana y atrayéndola contra sí—. Esos bastardos de la Iglesia no te apartarán de mí.

Los ojos de Sanae, lagunas de inocencia pura, se clavaron en los de Yanae, que ardían con furia bestial. La lluvia golpeaba el vidrio opaco de las ventanas rotas.

Entonces llegó el dolor.

Sanae se arqueó bruscamente. Llagas carmesí brotaron en su piel como estigmas vivos. Su corazón latía con un ritmo monstruoso, audible, como si una bestia primigenia pugnara por salir.

—¡Onee-chan... mi cuerpo...! ¡Arde! ¡Haz que pare!

Yanae actuó con desesperación. Acostó a su hermana y rasgó la parte superior de su vestido, exponiendo sus pechos pálidos. Ella misma se descubrió, revelando la cicatriz ritual en el centro de su esternón. Una abertura húmeda y orgánica se abrió. De ella emergió un pólipo rojo, carnoso, retorciéndose como un tentáculo ciego y hambriento.

—¡Sanae, rápido! ¡Deja que tu parásito salga y se una al mío!

Sanae, con lágrimas de agonía, asintió. Su propia abertura se abrió con un sonido húmedo y obsceno. Otro pólipo emergió, palpitante. El aire se cargó de un fulgor cerúleo fatuo mientras la piel de Sanae se ondulaba, deformándose en patrones grotescos de carne y hueso expuesto.

Los pólipos danzaron, se entrelazaron, se fusionaron en un beso viscoso y prohibido. Ambas hermanas soltaron un gemido gutural —placer y dolor entretejidos en una sinfonía oscura—. Sus cuerpos se arquearon al unísono, los pechos brillando con luz interna mientras la mutación de Sanae comenzaba a estabilizarse.

—Sanae... ¡Resiste! —jadeó Yanae, apretando los dientes, resistiendo las oleadas de éxtasis y tormento que recorrían sus nervios.

—Onee... chan...

Frente contra frente, dedos entrelazados, Yanae sostuvo la mirada de su hermana menor con devoción feroz.

—Calma... Todo va a terminar. Estoy aquí. ¿Recuerdas nuestra promesa?

Sanae asintió débilmente, el alivio llegando por fin.

—Lo siento, Onee-chan... Siempre soy una carga. Y ahora, por todo lo que nos hicieron...

—No es tu culpa —susurró Yanae, negando con la cabeza—. Nada de esto lo es.

Los pólipos se separaron con un chasquido húmedo. Mientras se cubrían, Yanae se levantó de golpe, poseída por una rabia negra. Una garra ósea y mutada brotó de su mano y decapitó un maniquí cercano de un solo tajo. La cabeza rodó hasta los pies de Sanae.

—¡Nunca perdonaré a esos hijos de puta que nos obligaron al Ritual Carmesí! ¡Por su culpa, nuestra vida es este infierno!

Sanae se levantó y la abrazó con fuerza, sollozando contra su pecho.

—No me dejes sola... Tengo miedo de mí misma. De lastimar inocentes.

Yanae acarició su cabello con ternura infinita.

—Vayamos al asentamiento. Tres horas. No te separes de mí, pase lo que pase. ¿Entendido?

—Sí, Onee-chan.

Salieron a las calles desoladas mientras la lluvia amainaba. El viento traía susurros de algo que las vigilaba desde las sombras. Sanae apretó la mano de su hermana, sintiendo cómo el parásito en su pecho aún latía, recordatorio vivo de la maldición que las unía... y las devoraba lentamente.

En este mundo roto, su amor era tan hermoso como monstruoso. Y ninguna iglesia o secta se lo arrebataría.

Las horas se arrastraron como heridas abiertas bajo la lluvia que no cesaba. Yanae caminaba sin soltar la mano de su hermana, sus ojos carmesí escaneando cada sombra, cada ruina que podía ocultar muerte. Su respiración se había vuelto pesada, ronca, cargada de una tensión que iba más allá del agotamiento físico. El parásito en su pecho latía en sincronía con el suyo, recordándole que ya no eran del todo humanas.

De pronto, sus oídos se tensaron. Un sonido apenas perceptible entre los escombros.

—Sanae —susurró con urgencia, acelerando el paso y apretando más fuerte aquella mano inocente.

—S-sí, Onee-chan... Estoy lista.

Sombras deformes se deslizaron entre vehículos oxidados y montones de concreto partido. Las gemelas se detuvieron en seco. Yanae extendió sus garras óseas, el sudor recorriendo su rostro pálido. Sanae se ocultó tras ella, los dedos crispados en la tela de su vestido.

Sin aviso, una de las sombras saltó desde un vehículo destrozado. Sanae reaccionó con velocidad sobrehumana: sus ojos ardieron como brasas y lanzó una patada brutal. La criatura salió volando y se estrelló contra un muro lejano con un crujido húmedo de huesos.

—¡Onee-chan! —gritó Sanae, temblando, aferrándose aún más a su hermana.

Del polvo y los escombros emergió una bestia cuadrúpeda de piel quemada y cuencas oculares vacías, como si hubiera sido arrancada del mundo astral. No venía sola. Una manada de monstruos similares surgió, gruñendo y aullando con hambre voraz. La luna llena rasgó las nubes, bañando las ruinas en una luz plateada que hacía brillar sus dientes irregulares.

—¡Sanae, busca refugio! —ordenó Yanae, una sonrisa sádica curvando sus labios—. ¡Yo me encargo de estas basuras del mundo astral!

Sanae asintió temblorosa y corrió hacia un carro destruido, sin poder apartar la mirada de su hermana mayor. En los ojos de Yanae brillaba una locura alegre, casi extática, mientras el cabello mojado se pegaba a su frente como hilos de sangre negra.

—¡Criaturas repugnantes! ¡No voy a dejar que la toquen! ¿Entendieron?

Las bestias atacaron en masa. Yanae se lanzó contra ellas con ferocidad animal. Sus garras cortaron carne putrefacta en tajos limpios y profundos, bañando su rostro y vestido en sangre oscura y espesa. Una mueca desquiciada deformaba su belleza. Cuanto más mataba, más criaturas emergían de las grietas de la realidad, atraídas por el olor de la violencia.

—Eso es... sigan saliendo. Ustedes serán mi alimento —siseó, lamiendo lentamente la sangre que resbalaba por su mejilla.

Su corazón se aceleró hasta convertirse en un tambor de guerra. El parásito despertaba. Un vapor caliente escapó de sus labios. Dos protuberancias grotescas brotaron de su espalda, retorciéndose como tentáculos óseos cubiertos de venas palpitantes y carne viva. El dolor era exquisito, casi orgásmico.

—No... aún no —murmuró entre dientes, luchando por contener la mutación—. Contrólate... este dolor se siente tan bien...

Logró reprimirlo. Las protuberancias se retrajeron con un sonido húmedo y nauseabundo. Entonces Yanae se desató por completo. Se movió como una bestia sedienta, desgarrando gargantas, rompiendo cráneos y esparciendo vísceras sobre el suelo convertido en un lago carmesí. La carnicería era brutal, hipnótica. Una de las criaturas intentó huir arrastrándose; Yanae se abalanzó sobre ella, rugiendo de pura locura, y golpeó hasta reducir su cabeza a una pulpa irreconocible.

—¡Jajaja! ¡No podrán huir de mí! Si para conseguir mi venganza tengo que matar todo lo que se me cruce, ¡lo haré! ¡Nadie me detendrá! ¡Protegeré a mi hermana!

Alzó el puño ensangrentado para asestar el golpe final.

—¡Basta, Onee-chan! ¡Por favor, basta! —Sanae surgió de repente, sujetando su muñeca con ambas manos y sollozando—. ¡Te lo suplico!

El brillo asesino en los ojos de Yanae se apagó al ver las lágrimas de su hermana. Bajó lentamente el brazo, respirando con dificultad. Miró sus manos cubiertas de sangre, los restos esparcidos a su alrededor, y una oleada de náuseas la golpeó.

Imágenes del Ritual Carmesí la asaltaron: las dos desnudas sobre altares de piedra fría, campanas resonando en la oscuridad, sacerdotes entonando cánticos mecánicos mientras la luna carmesí las bañaba. Y luego la peor visión: Sanae riendo como una lunática en una habitación empapelada con sangre y cuerpos, su piel transformada en pétalos carnosos de lirios araña, una presencia oscura y antigua acechando tras ella.

—¡Onee-chan! ¡Vuelve en ti, por favor!

El grito de Sanae la trajo de vuelta. Yanae parpadeó y envolvió a su hermana menor en un abrazo desesperado, manchándola de sangre.

—Sanae... Lo siento mucho.

—¿Qué nos hicieron en ese ritual? ¿En qué nos convertimos?

Yanae permaneció en silencio un largo momento, acariciando con dedos ensangrentados el cabello de Sanae, sintiendo su respiración cálida contra su rostro.

—No lo sé... Pero ya no somos humanas, de eso estamos seguras. Usaré este poder para protegerte. Lo juro por mi vida. Vamos, sigamos.

Sanae la ayudó a levantarse. Reanudaron la marcha, dejando atrás el campo de carnicería.

En el horizonte, las luces débiles del asentamiento de Drogmud brillaban como una promesa peligrosa: un amasijo de chatarra, restos de la antigua civilización y luces improvisadas.

—¡Onee-chan, mira! ¡Puedo ver el asentamiento! —exclamó Sanae, emocionada.

Un gruñido audible escapó de su estómago. Se sonrojó y soltó una risa nerviosa.

—Hambrienta como siempre —sonrió Yanae con cansancio—. Pero primero necesitamos ropa limpia para mí y quitar esta sangre. No queremos llamar la atención.

Sanae asintió con determinación inocente.

—Sé lo que debo hacer, Onee-chan. ¡Confía en mí, no te voy a defraudar!

Golpeó su pecho con el puño, llena de confianza.

Se ocultaron tras unas rocas cercanas a la entrada. Una caravana estaba descargando provisiones bajo la vigilancia de varios hombres. Sanae usó su vista mejorada y escaneó las carretas.

—No hay ropa... Solo animales, materiales y comida.

Yanae señaló con la cabeza otra carreta, más apartada, cargada de telas finas y coloridas, custodiada por dos mercaderes.

—Esa —murmuró tocando el hombro de su hermana—. Debemos alejar a esos dos de la carreta.

Sanae miró con ojos brillantes de entusiasmo.

—¿Una carreta de telas? ¡Ya entendí! Qué lista eres, Onee-chan.

Yanae rascó su barbilla, pensativa, con la sangre aún seca en sus manos.

—Sí... pero necesitamos una distracción. ¿Alguna idea?

La luna llena colgaba impúdica en el cielo, sin una sola nube que la ocultara. Su luz plateada bañaba las murallas de chatarra y acero del asentamiento como un reflector inquisitorial.

—Para nuestra mala suerte, ya no hay nubes —murmuró Yanae, escaneando el terreno con ojos carmesí—. Nos verían acercarnos. Lo haremos a la brava.

Buscó desesperadamente entre los restos de la caravana hasta que encontró varias botellas vacías debajo de otra carreta.

—Bingo. Bien, Sanae —susurró, entregándole una—. Cuando arroje esto, corres y tomas cualquier tela. No importa el color. ¿De acuerdo?

Sanae se acercó y envolvió sus brazos alrededor del brazo firme de su hermana, apretando con fuerza.

—Ten cuidado, Onee-chan... No quiero perderte. ¿Recuerdas la promesa?

Yanae siseó entre dientes, frustrada por tener que arrastrar nuevamente a su hermana inocente al peligro. Sus ojos se desviaron hacia las imponentes murallas del asentamiento y luego al rostro frágil de Sanae.

—Lo recuerdo. Juntas hasta el final. Ese fue nuestro juramento antes de aquel fatídico día. Cuando entremos, te prometo un banquete decente.

Juntó su frente con la de ella. Una sonrisa confiada y peligrosa se dibujó en sus labios pálidos.

—Bien. Hagámoslo. No perdamos más tiempo. Cuando los guardias vayan a investigar, tú vas lo más rápido posible.

El viento levantó una cortina de polvo fino. Yanae crispó los dedos alrededor del vidrio, gruñó y lanzó la botella con toda su fuerza sobrehumana. El estallido resonó contra la muralla como un disparo.

Los mercaderes se alertaron de inmediato.

—¿¡Escuchaste eso!?

—Será mejor investigar. Podría ser un ladrón... o uno de esos refugiados. Si lo capturamos, la Iglesia nos pagará bien.

Sus linternas cortaron la oscuridad mientras se alejaban, frotándose las manos con avaricia. Los anillos de oro brillaban bajo la luna.

El plan funcionaba.

Sanae salió disparada como una sombra. Llegó a la carreta y sus dedos ansiosos buscaron entre las telas. Encontró una de un profundo púrpura y la agarró.

—¡Hey, tú!

Un tercer mercader, oculto tras otra carreta, la atrapó por la muñeca con brutalidad. Sanae forcejeó, pero el hombre la abofeteó con fuerza, tirándola al suelo polvoriento. Un hilo de sangre brotó de su labio inferior.

—¡Maldita zorra! Pagarás por esto... Aunque, pensándolo bien, una chica como tú podría servirnos como esclava. Tienes una belleza... única.

El obeso mercader la recorrió con mirada lasciva, pero su deseo se congeló al ver los ojos carmesí de Sanae brillando en la oscuridad.

—No... puede ser... ¡Tú eres...!

No terminó la frase.

Una presencia aterradora se materializó tras él. Yanae tapó su boca con una mano de hierro y lo sometió con fuerza inhumana. El hombre se debatió, arañando desesperadamente, pero era inútil. La Mutant Queen sonreía con sadismo puro, sus ojos ardiendo como brasas infernales.

Sanae observaba horrorizada, paralizada, con la boca abierta pero sin emitir sonido. Sus dedos se hundían en la tierra.

—¡Nadie toca a mi hermana sin pagar las consecuencias! —sentenció Yanae con voz gélida.

Colocó el dedo índice en la base del cráneo del mercader. El hombre jadeó, convulsionó violentamente. Sus ojos se pusieron en blanco mientras un humo acre salía del orificio que se abría en su occipucio. La carne chisporroteaba y se derretía desde dentro, como si el parásito de Yanae estuviera inyectando pura agonía neuronal. Sus manos cayeron inertes a los costados.

Sanae soltó un quejido ahogado de puro horror.

Tras varios segundos eternos, el cuerpo dejó de retorcerse. Yanae retiró el dedo, tiró el cadáver como un saco de carne podrida y escupió.

—¡Sanae, toma la tela! ¡Rápido, antes de que vengan los otros!

—S-sí, Onee-chan... —respondió con voz temblorosa, poniéndose de pie.

Mientras Sanae obedecía, Yanae registró al muerto. Encontró unos anteojos oscuros y un puñado de monedas: 1000 Exiom. Suficiente para sobrevivir un tiempo dentro del asentamiento.

—¡Larguémonos de aquí! ¡No mires atrás!

Corrieron hasta una distancia prudente, ocultándose entre las rocas. Revisaron el botín bajo la luz fría de la luna. Sanae, sin embargo, estaba inquieta. Sus dedos crispaban el borde de su vestido.

—Lo siento, Onee-chan... No me di cuenta de que había alguien más —musitó, conteniendo las lágrimas.

Yanae se estremeció. Dejó caer las monedas y se lanzó a abrazar a su hermana con fuerza desesperada. Las lágrimas que había reprimido durante toda la carnicería brotaron.

—No es tu culpa. Debí asegurarme mejor... No quería que vieras lo peor de mí.

Sanae hundió el rostro en su hombro, temblando.

—Me das miedo, Onee-chan...

Las palabras golpearon a Yanae como un cuchillo oxidado. Su respiración se agitó, el nudo en la garganta casi la ahogaba. Pero Sanae no se apartó.

—...Pero eres mi único refugio. Lo único que tengo en este mundo frío y oscuro. Si morimos... que sea juntas.

Un silencio asfixiante cayó sobre el páramo. La luna llena, testigo impasible, iluminaba el abrazo fraternal entre dos monstruos que aún se amaban con una devoción tan hermosa como destructiva.

Yanae cerró los ojos, apretando más a su hermana contra su pecho manchado de sangre ajena.

—Juntas hasta el final —susurró finalmente, con voz rota—. Pase lo que pase.

Continuará.

Chapters
1. El Escape
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