El agente del FBI
El velo del hiperespacio
Capítulo 1: El agente del FBI
El pilar de luz rasgó la oscuridad, un par de siluetas amorfas a contraluz ingresaron en lo que fue antes dominio de las perenes umbrías.
Las sombras las tragaron, pero un par de chispazos alejaron toda negrura, las antorchas se prendieron y las llamas naranjas revelaron la naturaleza de los desconocidos: dos mujeres.
Vistieron los típicos trajes de explorador de la jungla. El color caqui disimuló la suciedad del polvo y la arena, la multitud de bolsillos estaban abultados, contenían chucherías, pero confiaron que la suerte les sonreiría en aquellas ruinas desconocidas.
—¿Ves? Te dije que era una buena idea lo del asunto del mapa —dijo una chica rubia de ojos zarcos y piel bronceada.
—De acuerdo, lo admito. Me equivoqué, ¿eso querías oír? ¡Lo siento mucho, señorita Irena!
—No seas sarcástica, Fabiola. No soy ninguna tonta, ¿por qué todos creen que lo soy?
La mujer llamada Fabiola, bajó la mirada para ver el busto de la amiga, la naturaleza fue generosa con ella; la miró al rostro y sonrió, en efecto, cualquiera creería que Irena era inocente, su faz era de alguien que confiaba en los demás y los ojos parecían decir siempre Sí, aspecto que envalentonaba a hombres que pretendían ser algo más que amables con la rubia pechugona.
Se conocieron en Latinoamérica, en la carrera de Arqueología, no obstante, tuvieron que abandonar la universidad a causa de un golpe de estado y se les negó una extensión de la visa. Miraron desafiantes al futuro y fueron al extranjero a ganarse la vida como exploradoras de ruinas en el área del Sahel que penetraba el desierto.
No es necesario decir que eran patosas para aquel peligroso estilo de vida, pero sea el destino o la ironía de los dioses, que Irena compró, a un precio exorbitante, un mapa de dudosa procedencia que indicó la localización de un templo nubio.
El cabello negro de Fabiola pareció aquella vez encresparse de la furia por la ingenuidad de la amiga, pero las cosas resultaron pintar bien. Llenas de polvo, sedientas y con hambre, olvidaron el cansancio al comprobar que el mapa era verídico y penetraron en espera de encontrar maravillas por los corredores negros semejantes a la boca de la muerte.
Cuando el naranja de las antorchas se reflejó en el dorado del oro, que ambas corrieron prestas a abrazar el despido de la pobreza, no obstante, con la caída de las monedas doradas, gemas preciosas y demás, que la bóveda se desplomó.
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Sintió despertar de un sueño que no recordaba, notó que le tocaron el hombro, primero con delicadeza y después con insistencia.
—Solo cinco minutitos más, mami. ¡Perdón, Fabiola, en seguida me levanto! —se disculpó, no obstante, en vez de ver a la compatriota latinoamericana, los ojos vieron un imposible.
Animales, eran ovejas, chinchillas, llamas, guanacos, vicuñas y otros que recordó de los textos escolares. Los animales que nos visten eran enormes, más altos que ella y estaban vestidos, eran criaturas antropomorfizadas.
La conmoción le impidió ser más asertiva. Cubrieron su desnudez con un traje que usaría una campesina en el medioevo, luego, a base de empujoncitos, le dieron a entender que debía seguirles. Así lo hizo y fue por corredores que eran una curiosa mezcla de la estética del Antiguo Egipto, el clasicismo de la Antigua Roma y Grecia, el neogótico de la arquitectura victoriana y las serenas construcciones clásicas japonesas. Lejos de desentonar, los estilos arquitectónicos y mobiliario se unieron en armonía.
La condujeron a unas enormes puertas francesas de madera labrada, pero solo le abrieron aquellas, Irena tuvo que entrar por su cuenta.
Era una oficina que mezclaba la elegancia del rococó (aunque no tan cargada ni bañada de dorado) con la severidad de la oficina de un director de un banco. Los estantes guardaban con el recelo de los cristales, libros de lomos lustrosos de varios colores con letras doradas que rezaban ciencias olvidadas descritas en latín y griego antiguo.
No obstante, lo anterior, el recinto fue erigido para que todas las miradas se centrarán en un punto focal: Un conjunto de escritorio y sillón de alto respaldar, magníficos, pero no igualaron a la criatura sentada.
Era un gato, enorme, igual de grande que un tigre de la Siberia rusa. Blanco todo el pelaje y lo más distinguible: tenía montón de colas, tantas que Irena no supo con certeza cuántas eran.
—Buen día —dijo el gato blanco, giró la cabeza para ver a otro a la derecha. Aquel era naranja y vestía un chaleco del mismo color, brillante, el único rasgo cálido porque la mirada severa detrás de unos lentes más severos, intimidó—. ¿La señorita es de quién te referías, Metatrón, muchacho? —preguntó el gato blanco y el otro afirmó, entregándole al jefe un cartapacio.
»Por favor, tome asiento —dijo y de la nada se materializó un sofá de tres piezas cuyas patas en forma de garra, avanzaron hacia las corvas de Irena, la pobre se sentó lo quisiera o no.
—Perdón, señor, ¿qué es este lugar? ¿Quién o qué es usted?
—Se encuentra en el cielo —dijo el gato de varias colas con el tono característico de un director anciano y bondadoso—. Como reza la placa del escritorio, soy el dios gato.
Pese al tono de sabiduría que inducía a la calma, la mujer bajó la mirada para ver la placa dorada, en efecto, aquella rezó: Neko Kamisama.
Empezó a hiperventilar y el rostro se congeló en un rictus entre querer reír y ponerse a llorar. Se llevó las manos al rostro y balbuceó algo incomprensible.
El dios gato susurró algo y gatitos alados materializaron delante de sus bigotitos unos martillos, de aquellos inflables que se venden a los niños en las ferias. Los sostuvieron pese a no tener pulgares oponibles y con aquellos golpearon a Irena, que recuperó la compostura luego de la serie de rechinidos.
—Perdón por aquello, son solo adminículos pensados para neutralizar emociones negativas y tener una mente fría para lo que voy a decir a continuación, ejem —carraspeó el gato—. Me temo…, señorita Irena, que murió al explorar unas ruinas.
—¿Qué? ¡Espere un momento! ¿Y mi amiga? ¡¿Qué pasó con Fabiola?!
—Me temo que la situación de su amiga es un tanto delicada. Metatrón —dijo Neko Kamisama y el otro gato se acomodó los lentes de marco grueso con un gesto severo antes de pronunciarse:
—Las ruinas a las que entraron estaban malditas, incluidos los tesoros allí enterrados, por desgracia, fue su amiga la que tocó un objeto en particular: las plumas del demonio Pazuzu.
—Su amiga se encuentra en estado de coma. Activó la maldición que es truculenta por lo que no podemos hacer algo a corto plazo y como verá, tengo mucho papeleo pendiente.
—¿No puedo hacer algo por mi amiga? Fue mi culpa que le haya pasado esto. ¡Por favor, señor! ¡Haré lo que sea!
—Gracias por comprender. Por favor, vaya con Metatrón, él le explicará mejor las cosas y lo que debe de hacer.
El gato naranja avanzó unos pasos y la invitó a seguirlo. Apenas salieron de la oficina del dios gato, que Metatrón levitó para quedar una cabeza más alta que la mujer y guio la marcha.
Avanzaron por un complejo en sumo elegante, donde se pudo ver que todo recinto estaba destinado a fines burocráticos. Muchos animales, en especial gatos de todas las formas y colores (algunos vestidos y alados) iban de un lugar a otro.
La oficina de Metatrón era menos lujosa que la del dios gato, más del estilo art deco, pero lo mismo que en el anterior recinto, el papeleo se acumulaba.
—Por lo general ningún humano puede ver a Neko Kamisama apenas muere, con la excepción, claro está, de los que ganan la lotería. Su caso no se enmarca en los afortunados mencionados, necesitamos su ayuda para un trabajo.
—¿Un trabajo? ¿Qué tipo de trabajo?
—La enviaremos a otro mundo para que resuelva un misterio. ¿Conoce el concepto de los isekai japoneses? —preguntó. Ante la afirmación de Irena, prosiguió:
»Eso facilita las cosas, claro está, no la mandaremos a un mundo estilo medioevo europeo para derrotar a un rey demonio, eso es solo un cliché que usan los nipones. Su caso es diferente, tome por favor. —le entregó un folder tamaño oficio con fástener.
»Lo que ve es una flota espacial de los humanos. No irá al futuro, sino a un mundo paralelo donde la humanidad domina el viaje interestelar. La presente fotografía corresponde a una que desapareció.
—¿Qué es lo que quiere que haga?
—Sospechamos que una entidad maligna podría estar involucrada, para confirmarlo, necesitamos que vaya a dicha flota para recabar información y si el caso lo amerita, neutralizar la amenaza.
—¿Eh? Pero no soy una superheroína, no veo como poder hacer lo que me pide.
—No se preocupe, le daremos poderes y para su seguridad estos no se centrarán en el combate. Usted no viajará sola, se le asignará un agente de campo —dijo y miró su patita, un reloj marca Casio de color bronce se materializó de la nada para después desaparecer de la vista.
Unos golpecitos tocaron a la puerta y el ayudante del dios gato invitó al desconocido a entrar.
Era un gato manchado, pareció un guepardo de orejas puntiagudas, las puntas estaban adornadas por mechones abultados de pelo negro, los ojos naranjas daban miedo, pero se presentó con educación ante el jefe.
El gato resultó llamarse Jacques y Metatrón le explicó los pormenores de la misión. Ambos cruzaron miradas y se presentaron con educación.
—¿Eres del FBI?
—Feline Bureau of Investigation o Buró Felino de Investigaciones —aclaró Jacques. No te preocupes, Irena, prometo que, a mi lado, nada malo te va a pasar.
—Pero ¿qué puedes hacer? Eres solo un gato, ¡uno adorable! ¡Deja que te abrace! —pidió, cosa que hizo que el pobrecito retrocediera dos pasos y moviera la cola de lado a lado.
El otro gato, Metatrón, carraspeó para llamar la atención:
—El agente puede transformarse para su protección. No creo necesario recalcar que el protocolo le obliga a no poder hacer aquello por su cuenta, por lo tanto, será usted, señorita, la que dé el comando respectivo para tal acción. —Ante la cara de duda de Irena, que prosiguió luego de acomodarse los anteojos—. No tiene nada que temer, solo diga la siguiente frase: Moya sestra. Usted, agente, deberá contestar diciendo Sora sora. Vamos, hagan la prueba, no tengo mucho tiempo disponible.
Así lo hicieron y Jacques se convirtió en un gran felino, una pantera para ser más exactos. El gran tamaño y el color negro del pelaje fueron intimidantes.
—Cielos, te ves muy diferente de tu aspecto de gatito. ¿Puedo acariciarte? No me vas a morder, ¿cierto?
—Gracias, creo. No me acaricies y, no, despreocúpate, jamás te lastimaría.
—Perfecto, vayan al salón de transposición. Puesto que no irán a un mundo medioeval, que no necesitarán un círculo mágico que es lo que se acostumbra, son nuevas regulaciones.
»Todo lo verás en el folder de tu protegida. Guíala hacia el salón, de paso, instrúyela respecto a su pantalla isekai.
—Sí, jefe, con su permiso —se excusó y ambos salieron de la oficina, el reflejo de los lentes del gato ocultó unos ojos que expresaron pesar.
Ajena a la preocupación de Metatrón, la jovencita tenía otras inquietudes:
«Tengo que ayudar a Fabiola. No puedo dejarla interpretar a la Bella Durmiente en este sitio. Sé que es el cielo y no debería preocuparme, pero siendo gatos, capaz que se duerman encima de ella, justo en el pecho y cara, no creo que los lindos culitos huelan a rosas».
Crispó el puño, con la mirada decidida en el techo lleno de molduras, sea cual fuere la dificultad que afrontaría, debía resultar victoriosa por el bien de la amiga.








