ABRUPTO INICIO, PERO LUEGO ¿MEJORA? (I)
Más tarde contaría en el bar que podría haber resuelto todo aquello de una mejor manera, pero qué te voy a decir: la prisa y el agobio suelen ser malas consejeras.
Plash-Goo entró en el mirador dilapidado con paso resuelto, sin dejarse amedrentar por las miradas que le lanzaron los bandoleros que ocupaban la planta baja. Contó seis de ellos, puede que siete. Había uno que bien podían ser dos, o solo uno muy gordo; con tanta humareda no fue fácil precisarlo. Todos iban vestidos de blanco y amarillo, los colores de los Santos de Oro, una de las principales bandas que ocupaban aquella zona de Cualquier Ciudad.
—Hola, buenas tardes—dijo Plash-Goo—. Les comunico que ofrecen una recompensa por Udo el Pelotudo, y a mí me gustaría cobrarla, si no es mucha molestia. No tengo nada en su contra, es solo que me gusta mucho el dinero, y además lo necesito. Es por culpa de mi exmujer, ¿sabes?—le confió al Santo de Oro que tenía más cerca—. La muy rencorosa le ha chivado al juez que llevo más de seis meses sin pasarle la manutención y claro, han amenazado con ponerse serios si la cosa no prospera. A ver, no es que yo no quiera pagar, no, es que he estado... er... ¿liado? Sí, liado. Esa es una buena forma de decirlo, supongo.—Se rascó la nuca, algo azorado—. Verás, yo antes era enfermero y...
—Tío, no nos cuentes tu puta vida—le interrumpió el bandolero del pañuelo rojo—. ¡No quiero oír esa mierda! ¿Y por qué dices que hay una recompensa por el capitán?
—No os diré cuánto piden por él porque me parece de mal gusto y no quiero que nadie se ofenda. Solo os pido que me lo traigáis envuelto y con un bonito lazo al cuello para que me lo pueda llevar. Nadie tiene por qué morir. Portaos bien y os recompensaré con una visita guiada por el zoológico. He oído que los parajitos están muy monos en esta época del año.
En ese momento se abrió la puerta, dejando entrar algo más de luz, y a través de los ojos entrecerrados vio a un hombre de considerable anchura que vestía un abrigo de plumón y mallas de leopardo.
—¿Quién cojones ha dejado entrar a este puto gilipollas?—El hombre de piel color tiramisú dijo esto seguido de una extensa y vigorizante y casi didáctica retahíla de insultos y maldiciones, sin objetivo aparente, que el resto de los allí presentes, incluido Plash-Goo, escuchó con solemne respeto.
—La culpa es de Gelton—dijo el pandillero de la camiseta que no transpiraba muy bien—. Le tocaba a él.
—¿Qué me tocaba?—preguntó el aludido.
—Los huevos, por lo que veo.
Todos rieron, incluso Plash-Goo.
—Ese de ahí tiene mucho carisma—le susurró al Santo de Oro que le había pasado un cigarrillo mentolado—. Debería ser vuestro próximo líder.
—¿Verdad que sí? Yo siempre lo he dicho...
—Lo digo en serio—insistió Gelton—. ¿Qué me he perdido?
—La guardia, coño. Te tocaba hacer el turno de guardia.
—¿Tenemos turnos de guardia? Pero ¿para qué?
—¡Pues para que no se nos cuele ningún puto imbécil, joder!—gritó el hombre de los pulmones de oro—. Esta es la puta guarida de los Santos de Oro, pero este tío, que ni puta de quién es, se pasea por aquí como si estuviera en su puta casa. ¿A vosotros os parece normal, mendrugos?
—Ha preguntado por ti—dijo Gelton, ansioso por recuperar parte del favor perdido.
—¿Por mí?—Udo el Pelotudo se encaró con Plash-Goo—. ¿Tú? ¿Tú qué puto problema tienes conmigo, wasao?
—¿Yo? Ninguno. Pero hay una recompensa por ti y a mí me vendrá muy bien el dinero.—Plash-Goo se ajustó el nudo de la corbata—. Verás, el caso es que mi mujer...
—¡Noooo...!—le interrumpió el bandolero del pañuelo rojo—. ¡Que no nos cuente otra vez lo de su mujer! ¡Matémoslo, pero no por cazacabezas, sino por pesao!
Udo el Pelotudo no tenía muy claro qué estaba pasando, pero aquella sugerencia le pareció lo más razonable que había oído en mucho tiempo, y Plash-Goo se mostró de acuerdo con él.
Con un movimiento casi telegráfico (por su extemporánea y catártica precisión), más veloz que una golondrina sin carga, Plash-Goo desenfundó su Convalaria Blanca y extenuó de un solo tiro al bandolero que le había pasado el mechero. Acto seguido usó el cuerpo del caído para protegerse de la respuesta enemiga. El pecho del cadáver convulsionó al recibir los disparos y lo regó todo de sangre, pero cumplió con su cometido de mantener a salvo a Plash-Goo.
—A la mierda la diplomacia y el sigilo. Pasemos al rico chiqui-chiqui, bang, bang.








