Capítulo: En el Fango
Qué cansancio mental es vivir sometido a una sustancia; a esa liberación de dopamina combinada con el silencio. En otra de las ironías de la vida, un silencio absoluto puede mostrar más que mil palabras. Conocía el proceso de vivir encadenado, pues siempre tenemos la llave en las manos de nuestras propias jaulas.
El arte exige disciplina. Quizás nunca haga arte, pero con suerte me salpica algo de su rigor. Había tenido una conexión especial con la pluma, la sustancia y la catarsis de la escritura. Es la fascinación de haber encontrado un lugar, una familia literaria. Ocurre al leer a Charles Bukowski y su forma tan fría y real de ver la crudeza del comportamiento humano con su combustible: las emociones. O al recorrer las páginas de Baudelaire y ver cómo interpretaba el tedio y lo peligroso que es el *spleen ".Este lleva más asesinatos que cualquier asesino serial, sin siquiera derramar una gota de sangre.
Compartí y conocí alguno de los vicios de los que tanto hablan. No era alcohólico como Bukowski, pero sabía lo que podía hacer; puede salir bien o mal, como quitarle las ruedas traseras a una bicicleta. Baudelaire hablaba del opio; afortunadamente no soy adicto a esas sustancias y compadezco a miles de almas condenadas a la decadencia tarde o temprano. No puedes vivir gastando más de lo que te paga la vida. Yo tenía mi propia adicción. Ya lo había reconocido y, como cualquiera que está aquí, no llegó de la noche a la mañana; uno no se da cuenta, y ojalá que en mi caso no sea tan tarde.
Me levanté de la cama porque el cerebro no me dejaba en paz; soñaba que escribía y la ansiedad me escupió de las cobijas. Me senté en el sillón de la sala. La cuerina estaba completamente desgarrada, llena de hilachas y marcas por los rasguños de los gatos; sentarse ahí era una experiencia incómoda, áspera, como la vida misma. A mi costado, el desorden de los estragos de la noche dictaba su propio caos: el cable enredado del cargador, la computadora apagada, ceniza de cigarrillos y los restos de la marihuana tirados por doquier. El entorno perfecto para transformarse o para terminar de hundirse.
Durante el día, en la rutina, uno aguanta el tipo, contiene la respiración y finge cordura. Pero esa noche la necesidad de plasmar algo en el papel era física. Ahí es donde la marihuana jugaba su parte: no como un simple escape, sino como un soplete que derretía los filtros de la realidad y hacía que toda la historia viniera hacia mí de golpe, sin anestesia. Entonces empezaba la catarsis. Un trance que te obliga a caminar por el cuarto como un maldito loco, de pared a pared, con el pecho apretado y las manos temblándote de pura ansiedad porque sabes que tienes que parir esa historia ya mismo. Corres a la computadora. Tecleas poseído, miras la pantalla, borras, sigues mirando el vacío en la oscuridad del cuarto hasta que, de la nada, encuentras la palabra exacta. El rumbo se aclara. Sientes que está perfecto.
Y cuando acabé de teclear esa noche, sentí que había liberado mi alma. Para mí, en mi extrema locura y en la catarsis más impersonal de mi ser, aquello era lo más bello que existía en el mundo. Estaba convencido de que había hecho literatura, y con esa misma emoción mandé el manuscrito a un concurso. Pero los días no perdonan. Cuando volví a leer el borrador de *Inocentes* con la mente fría, choqué con la realidad: sí, había escrito fuego y había derramado sangre, pero la sangre sola en el papel no basta para hacer arte. La sangre, cuando está mal estructurada, solo aterra. Entendí que si iba a volver a intentarlo, tenía que hacerlo bien.
Ya había experimentado ese trance unas cuatro o cinco veces, siempre bajo los efectos de la sustancia. Conocía el proceso, había leído sobre él, y no me cabía duda de que era el mismo territorio que Baudelaire y Bukowski habían pisado a fondo. Sin embargo, ahí estaba la trampa de la prisión. Cualquier sustancia que te domine, por más que te haga sentir el mejor, por más que te permita producir, te roba lo más sagrado: nunca eres tú en plenitud. Nunca puedes mirar tu versión más real frente al espejo.
Probablemente me termine de quemar el cerebro leyendo tanta verdad lanzada como dardos, disfrazada de excesos y placeres, para terminar en menos de una página diciendo todo al saber que aún era capaz de alimentar a un gato con una lata de atún blanco, conservado en aceite de primera calidad, peso neto 7 onzas, bajo mi sombra, porque su instinto le decía que era un “buen tipo”. Creo que los humanos no podremos amar y ver el mundo como ellos; gracias a Dios carecen de conciencia y egos. Pero no quería ser como ellos, estaban y vivían atrapados en sus cárceles; si algo amaba era la vida en claridad y plena conciencia. Tenía razones y cosas que hacer, siempre hay cosas que hacer. Si quería unirme a esa familia, debía ser la oveja negra.
Decidí romper la cadena. Recordando el concepto de la *actividad Ricitos de Oro* de James Clear, me propuse un trato: cada vez que el cuerpo me pida fumar para no pensar, cada vez que la vida me ponga un mal día enfrente, no voy a elegir el escape para silenciar la mente. Me voy a lanzar al rigor que exige el arte. Me voy a obligar a sentarme, a escribir y a transmutar ese veneno en literatura.
Lo que tienes en tus manos es precisamente eso: la crónica de mis días a pie de guerra. Las batallas diarias de la abstinencia, los días de furia, el tedio desnudo y el proceso de aprender a mirar de frente cuando no hay nada que te nuble los ojos. Si estás pasando por algo similar, si esto te resuena o has vivido en tu propia jaula, quédate. Vamos a ver qué pasa cuando decidimos prender la luz.








