[💣🥀] Prólogo.
¿Un propósito?
Christopher no tiene algo como eso en sus cortos veinticuatro años.
¿Motivación? ¿Deseos?
Ni siquiera logra entender el significado de esas palabras.
Lo más cerca que ha estado de un deseo es el apego casi mecánico a escribir en una vieja libreta frases huecas, pensamientos inconclusos, restos de emociones que no terminan de nacer.
Sin contenido, sin profundidad
Desencantado.
Un recipiente vacío que continúa respirando por pura inercia, no porque así lo quiera. Sumergido en melodías oscuras, más ruidosas que los motores de los incontables vehículos que observa día tras día y en una rutina a la que ya se ha vuelto inmune.
Trabajar en un estacionamiento, mirar pasar autos y dejar que sus extremidades se muevan solas.
Porque así tiene que ser.
La paga le alcanza para otros vicios y para esos libros que lo seducen con letras retorcidas pero sublimes. Quizás sea lo único que conserva de su niñez:la curiosidad, el impulso de perderse en páginas polvorientas del altillo de su casa.
Un interés que perdura, incluso aunque su propósito no exista y esa tinta en su libreta sólo se transforme en una simple acción de escribir.
Sin un propósito ni un sitio al cuál pertenecer, Christopher deambula como un fantasma. Invisible para el mundo y peor aún consciente de ello.
No tiene prisa; sólo espera desaparecer.
El momento donde los estupefacientes hagan efecto y se lleven su insondable alma...
Como en ese instante, donde le parece interesante inhalar el polvo de los tubos de luz descartados en uno de los rincones del estacionamiento, con el pretexto de que le aburre recurrir a los suaves excesos y por mientras, leer a John Keats con su exuberante e imaginativa lírica sumergida de melancolía:
(...) Pero en deseos ardo, a menudo, de ver bellezas de mirada más honda, y de sus cantos, y de vagar con ellas por aguas del estío..
El estruendo de vidrios estallando lo arranca de golpe de ese limbo.
Christopher alza la vista y sus orbes chocan con una imagen nueva, inesperada: dorados cabellos descuidados cubriendo el campo de visión buscando abrir la puerta de un automóvil aparcado tras hacer añicos la ventanilla en un hábil golpe seco.
Observa al joven sin intenciones de delatarlo, quién se voltea al percibir un par de ojos en su espalda:
Su campo de visión se expande y la reciente frase leída hace eco en sus sentidos:
Una mirada felina, perspicaz.
Tan hechizante como el mismo canto de una sirena que promete muerte envuelta en dulzura. Christopher siente arder un deseo extraño por dejarse sucumbir.
De vagar junto a ese desconocido.
Deshace esa alucinación en la que ha caído preso cuando vislumbra unas siluetas aproximarse sin intenciones pacíficas, volviendo a la obsoleta realidad en donde no está cumpliendo su labor y un intrépido muchacho rubio acaba de cometer un robo en el estacionamiento.
—¡Hey! ¡Súbete!
La solemne voz que llega a sus oídos lo llama. No suena como una orden; suena como una invitación.
Y aturdido por un estímulo nuevo, Christopher obedece.
Cree encontrarse en ese estado donde las sustancias causan el efecto buscado, haciendo dominio de sus sentidos y lo que sucede solo es parte de la imaginación.
Sin embargo, lo abraza un exótico frenesí del cuál tiene la certeza que no es producto de su desgastada mente al escuchar insultos lejanos, una estridente carcajada y el ensordecedor rugido de un motor avanzando.
Su atención se dirige al muchacho rubio en el volante irradiando excitación y le embelesa lo despreocupado que se muestra.
—Has perdido la cabeza.
Divisa la comisura de los labios adversos curvarse en una simpática mueca y una espontánea risa se apropia del entorno.
Un sonido que se adhiere a su organismo desde el primer segundo.
—Seamos objetivos, tampoco te ves cómo una persona con demasiada cordura al inhalar el polvo de los tubos de luz—la prudente sonrisa del muchacho es sublime al mirar en su dirección—Por cierto, soy Felix.
—Christopher.
—Entonces..¿Qué dices?—en un picaresco hablar, el muchacho de nombre Felix toma el volante con una de sus manos y acerca la otra hacia Christopher; ofreciéndole la cajetilla de cigarros—¿Te gustaría embarcarte en este arriesgado y excitante camino?
—¿Y qué me ofreces a cambio?
Felix lo mira por unos segundos como si ya supiera la respuesta.
—Lo que siempre has estado buscando: un delicioso, fugaz arrebato que le dé placer a tu ordinaria vida y sentido a tu inminente muerte.
“Una cosa bella es un goce eterno...”
Y nuevamente, Christopher siente este verso.
Esas durmientes palabras que cobran sentido al sumergirse en esa explosiva mirada de la que desea ser esclavo.
Un pequeño placer que se quiere permitir tener hasta el final.
Christopher no pregunta hacia dónde van; no importa.La carretera se abre frente a ellos como una herida fresca y por primera vez no le teme a sangrar.
Felix acelera. El mundo queda atrás, reducido a luces borrosas y gritos que ya no alcanzan.
Christopher cierra los ojos un segundo y no para desaparecer. Al contrario, para grabar esa sensación: el vértigo, el ruido, la certeza de que algo acaba de empezar mal...
...y aun así, se siente hermosamente correcto.








