1
El viento de diciembre en la Namsan Tower era cruel. Cortaba la piel como pequeños témpanos de hielo, arrastrando consigo la escarcha de una noche implacable. Jimin se abrazaba las rodillas con fuerza, con el cuerpo encorvado contra el frío polar de la barandilla de hierro, pero el temblor que lo recorría no venía solo del invierno coreano.
Llevaba horas allí arriba, suspendido sobre el abismo luminoso de la capital. Desde hacía años subía hasta ese mirador cada vez que el vacío dentro de su pecho se volvía demasiado grande para soportarlo en la cobardía de las cuatro paredes de su apartamento, cuando su naturaleza omega lloraba en silencio, suplicando un aroma que la memoria ya casi había borrado.
Cedro.
Todavía podía sentirlo en los rincones más oscuros de su mente. Ese olor cálido y profundo que lo envolvía todo cuando era más joven, actuando como un escudo invisible contra las hostilidades del mundo exterior. El aroma que significaba risas compartidas, protección absoluta, unas manos grandes y cálidas sujetando las suyas con firmeza, y promesas eternas susurradas al oído bajo el cielo estrellado.
Sin embargo, ese mismo aroma también escondía algo más oscuro, un rastro de peligro latente que Jimin, en su inocencia de la adolescencia, nunca se atrevió a nombrar en voz alta.
Cerró los ojos, permitiendo que la marea de los recuerdos lo inundara en una secuencia lenta y dolorosa. Habían crecido juntos entre los muros del mismo orfanato. Compartían literas, comida escasa y promesas demasiado grandes para un chico y un adolescente que no tenían nada. Luego, un día, un hombre poderoso apareció buscando un heredero. Eligió a Jungkook. Y meses después, él desapareció.
Recordó las tardes anocheciendo junto al río Han, cuando el dinero escaseaba y Jungkook compartía pequeños dulces y chocolate caliente con él, mirándolo con esa sonrisa traviesa que hacía que su corazón latiera demasiado rápido. Y cómo Jungkook, incluso antes de presentar su casta por completo, se ponía instintivamente delante de él cada vez que otros alfas se acercaban demasiado, cómo su voz descendía a un registro bajo solo para defender su espacio.
Recordó las noches clandestinas en las que se escapaban de sus respectivas realidades y se quedaban dormidos en el mirador, con Jungkook abrazándolo por detrás, la nariz pegada a su nuca, respirando su rastro de jazmín como si fuera lo único que necesitaba para dormir en paz.
—Nadie más te va a tocar, Minie —le había susurrado una vez, con una seguridad absurda para su edad—. Solo yo. Cuando seamos mayores y el mundo sea nuestro, vas a ser mío. Te lo prometo por mi vida.
Jimin había sonreído avergonzado en ese entonces, ocultando las mejillas encendidas entre las manos, pero su naturaleza omega ya ronroneaba feliz, sintiéndose completamente a salvo.
Jungkook era su alfa, el norte de su brújula biológica. Lo sentía en cada mirada posesiva, en el roce accidental que encendía su piel, y en la forma en que sus feromonas lo envolvían como una armadura indestructible.
Y luego... el abismo. El corte limpio y seco de la realidad.
Jungkook desapareció de la faz de la tierra. Sin una nota de despedida. Sin una explicación que calmara la tormenta, ni una última mirada que justificara el abandono. Solo quedó un vacío enorme, la ausencia con bordes afilados que se tragó de golpe todo lo bueno, y todo lo cálido que Jimin poseía.
Los primeros años tras la desaparición se transformaron en un infierno silencioso. Jimin lloraba hasta que los ojos le escocían y la garganta se le cerraba en la penumbra de su pequeño apartamento. Cada ciclo de celo se convirtió en una tortura física y psicológica, dolorosa, insoportable y vacía.
Su cuerpo ardía en fiebre biológica, y su instinto omega arañaba las paredes de su mente, suplicando por la presencia de un alfa que parecía haberse borrado del mundo.
Intentó seguir adelante por mera supervivencia. Conocer a otras personas. Aceptar manos ajenas. Convencerse de que podía construir algo con alguien que no oliera a cedro. Betas suaves que le prometían tranquilidad, omegas cansados que compartían su misma miseria, alfas que aseguraban que cuidarían de él... pero ninguno olía como la madera del bosque, ni hacía que su instinto se apaciguara.
Nadie tenía la capacidad de llenar el abismo que Jeon Jungkook había dejado impreso en su alma.
Había noches de tormenta en las que Jimin se despertaba empapado en sudor, gritando el nombre de su alfa en la oscuridad, solo para ser recibido por el eco de su propia soledad. Otras noches se quedaba mirando el techo durante horas, preguntándose si Jungkook seguiría respirando en algún rincón del planeta, si lo habrían ejecutado en alguna guerra territorial del bajo mundo, o peor aún... si habría encontrado a otro omega. Alguien más fuerte, de la alta sociedad. Cualquiera que fuera mejor que él.
Doce largos años fingiendo ante el espejo que podía tener una vida funcional sin él. Todo ese tiempo dependiendo de parches supresores y sonrisas falsas para sobrevivir en la floristería.
En la floristería, rodeado de tallos cortados, jarrones de cristal y pedidos para gente con demasiado dinero, Jimin había aprendido a escuchar sin querer. Los clientes hablaban mientras elegían flores para funerales, aniversarios o disculpas caras. A veces mencionaban un nombre en voz baja, como si pronunciarlo demasiado fuerte pudiera atraer problemas.
Black Lotus.
Jimin nunca preguntaba. No era su mundo. Bastante tenía con llegar a fin de mes y fingir que su cuerpo no seguía esperando a un alfa que tal vez ya no existía. Pero una vez, un hombre de traje negro entró a comprar lirios blancos. Pagó en efectivo, no dio nombre y dejó una propina absurda sobre el mostrador. Al marcharse, Jimin vio un pequeño loto oscuro en la solapa de la chaqueta.
Su omega se inquietó sin motivo.
Desde entonces, cada vez que escuchaba aquel nombre en las noticias de madrugada, cambiaba de canal.
Un sollozo seco, cargado de frustración, se le escapó de la garganta. Jimin se abrazó con más fuerza a sus propias piernas, escondiendo el rostro pálido entre las rodillas, permitiendo que el viento helado de la medianoche se llevara el rastro de sus lágrimas antes de que llegaran a congelarse en sus mejillas.
Hasta que el aire que lo rodeaba cambió de golpe.
El oxígeno de la plataforma se volvió denso, casi sólido.
Un olor conocido. Cedro.
No el cedro joven de sus recuerdos. Este era más oscuro, más pesado, mezclado con un rastro de cigarrillo caro y algo que Jimin no supo nombrar, pero que hizo que su cuerpo se tensara antes de pensar.
—Sigues viniendo aquí... No estaba seguro de si te encontraría —dijo una voz a sus espaldas.
Jimin se giró con lentitud, sintiendo que el corazón le latía con tanta fuerza en la garganta que apenas le permitía respirar. Los ojos se le abrieron por completo, nublados por el llanto reciente.
Allí estaba. Era él.
Jeon Jungkook.
Ya no quedaba nada del chico delgado e impulsivo de diecisiete años que recordaba. Ante él se erguía un hombre alto, de hombros anchos y presencia peligrosa. Llevaba un abrigo largo de lana merina negra que ondeaba con las ráfagas de viento, revelando un torso y unos pectorales musculosos bajo la camisa de seda negra.
En la solapa de la prenda, un emblema discreto bordado en hilo delataba su estatus.
Un loto negro.
Jimin sintió que el aire se le rompía en el pecho.
Sus ojos bajaron al símbolo y luego volvieron al rostro de Jungkook, incapaz de unir al chico que le compraba chocolate caliente junto al río Han con el hombre al que media ciudad parecía temer en voz baja. Jungkook lo miraba con una intensidad que no tenía nada de adolescente. Como si los años de separación no hubieran apagado nada, sino alimentado una obsesión que ya no tenía cura.
Jimin sintió que las articulaciones le fallaban. Un sollozo brotó de sus labios antes de que su mente pudiera levantar una sola barrera.
Jungkook dio dos pasos hacia él.
Jimin retrocedió uno.
El movimiento detuvo al alfa en seco.
Durante un segundo, todo el poder que cargaba encima, el abrigo negro, el emblema en la solapa, no sirvió de nada. Jimin no vio al líder de una organización. Vio al hombre que lo había dejado esperando durante años.
—Minie... —susurró Jungkook contra el viento, y la voz se le quebró.
Jimin negó con la cabeza, con los ojos ardiéndole.
—No.
La palabra salió pequeña, pero bastó para que Jungkook se quedara inmóvil.
—Jimin...
—No me llames así —lo cortó, aunque el apodo le partió algo por dentro—. No después de todo este tiempo.
La mandíbula de Jungkook se tensó. Sus manos se cerraron despacio a ambos lados de su cuerpo, con el esfuerzo de contenerse costándole más que cualquier guerra que hubiera librado.
—Tienes razón.
Jimin soltó una risa rota, sin humor.
—¿Eso es todo?
—No.
—Entonces explícame cómo se supone que debo mirarte. Porque yo pensé que estabas muerto, o que me habías dejado atrás. Incluso que yo no había significado nada para ti.
Jungkook bajó la mirada solo un segundo. Cuando volvió a alzarla, el alfa seguía ahí, pero debajo había algo más humano, algo que no encajaba con el monstruo que decían que gobernaba la ciudad.
—Nunca dejaste de significarlo todo.
Jimin sintió una punzada de rabia tan fuerte que dio un paso hacia él y lo golpeó en el pecho con ambas manos. El sonido fue seco, inútil contra la firmeza de su cuerpo, pero Jungkook no se defendió. Aceptó el golpe como si lo hubiera estado esperando durante años.
—¡Cobarde! —lanzó Jimin, con la voz quebrada—. Si eso es verdad, eres un cobarde.
Jungkook no apartó la mirada.
—Lo soy.
Aquella aceptación lo desarmó más de lo que habría querido. Jimin volvió a empujarlo, esta vez con menos fuerza, pero con más dolor.
—¿Sabías dónde estaba?
El silencio de Jungkook duró demasiado.
Jimin sintió que algo se le hundía en el estómago.
—Dime que no.
Jungkook cerró los ojos un instante.
—No puedo.
Jimin dejó escapar un sonido pequeño, casi ahogado.
—Tus hombres me vigilaban.
—Sí.
—¿Durante años?
—Sí.
—Y no viniste.
Jungkook absorbió el golpe sin moverse. Sus ojos oscuros no parpadearon, pero la máscara del líder se agrietó lo justo para dejar ver el arrepentimiento.
—Creí que si volvía antes, mi mundo iba a destruirte.
—Tu ausencia lo hizo primero.
La frase quedó suspendida entre ellos.
Jungkook respiró hondo, pero no intentó excusarse.
—Lo sé —dijo al fin, con la voz tan baja que casi se perdió—. No hay nada que pueda decirte que lo repare.
Jimin apretó los dedos contra la tela de su abrigo, odiándose por seguir reconociendo aquel olor incluso en medio de la ira.
—Entonces no lo digas.
Jungkook tragó saliva. Todo su cuerpo temblaba, aunque sus brazos seguían quietos, como si tuviera miedo de tocarlo sin permiso.
—Tengo miedo —confesó.
Jimin levantó la mirada.
—¿Tú?
La pregunta salió amarga, e incrédula. Jungkook tenía hombres armados esperándolo abajo. Podía dar una orden y borrar a alguien de la ciudad. Y aun así, en ese instante, parecía más cerca del chico que había dormido abrazado a su espalda en el mirador que del líder de la organización criminal.
—Tengo miedo de que me mires y ya no encuentres nada que amar —dijo.
Jimin sintió que el pecho se le cerraba. Quiso responder con crueldad y decirle que no quedaba nada, que el tiempo transcurrido había matado cualquier rastro de aquel amor adolescente, que su omega ya no lo necesitaba.
Pero su cuerpo lo traicionaba con cada respiración.
Odiaba las feromonas con aroma a bosque.
—Te odio —murmuró, con las lágrimas bajándole por la cara.
—Lo sé.
Jungkook bajó la cabeza, aceptando cada palabra.
—No te soporto por irte. Por saber dónde estaba, y aún más porque sigo queriendo acercarme a ti.
La respiración del alfa se rompió.
Jungkook levantó una mano despacio, dándole tiempo para apartarse. Cuando Jimin no lo hizo, rozó su mejilla con los nudillos. El contacto fue mínimo, pero bastó para que el omega dentro de él se desmoronara.
—Mi Minie... —susurró.
Jimin cerró los ojos con fuerza.
—No me hagas esto fácil. No te lo mereces.
—No voy a perdonarte solo porque hayas vuelto —respondió Jimin.
—No te lo estoy pidiendo.
Jimin abrió los ojos.
—Mentiroso.
Una sombra de dolor cruzó el rostro de Jungkook.
—Tienes razón, sí. Te lo estoy pidiendo. Aunque no tenga derecho.
Jimin se estremeció. Llevaba demasiados años imaginando ese momento, pero nunca lo había visto así. No con Jungkook convertido en un monstruo elegante, poderoso y roto. Ni con el loto negro sobre su solapa. Y lo que menos esperaba era a su alfa mirándolo como si el mundo entero pudiera arder, pero una negativa de él pudiera destruirlo de verdad.
—Me rompiste —susurró.
Jungkook dio un paso más.
Esta vez Jimin no retrocedió.
—No vuelvas a hacerlo.
La voz de Jungkook descendió.
—Antes destruyo Seúl entera. Te lo prometo.
Jimin debería haberse asustado. Una parte racional de él sabía que debía hacerlo. Pero su omega solo escuchó una promesa de permanencia, retorcida y brutal, hecha en el único idioma que Jungkook parecía conocer.
Jungkook lo atrapó contra su pecho.
El abrazo fue fuerte, casi desesperado. Sus brazos lo envolvieron como si temiera que, si aflojaba, Jimin volviera a perderse en los doce años que les habían robado. Al principio Jimin se quedó rígido, con las manos atrapadas entre ambos cuerpos y la rabia todavía viva en la garganta.
Luego cedió.
Se derrumbó contra él con un sollozo largo, escondiendo el rostro en su cuello. Jungkook hundió la nariz en su cabello rubio y soltó un sonido herido, casi animal. Todo el cuerpo del alfa estaba temblando.
—Por fin... —murmuró contra él—. Por fin te tengo donde debí encontrarte hace años.
Jimin aspiró el olor de su piel con tanta desesperación que le dio vergüenza. Cedro y algo más oscuro debajo. Pero también estaba el rastro antiguo, el que su cuerpo había recordado incluso cuando su mente intentaba odiarlo.
—Pensé que habías encontrado a otro omega —confesó Jimin, con la voz rota contra su hombro—. Y que yo era una cosa insignificante que dejaste atrás.
Jungkook lo apretó más.
—Nunca hubo nadie más.
—Doce años son mucho tiempo.
—Todo el tiempo estuve pensando en ti, cada noche —respondió Jungkook, cerca de su oído—. En tu olor, tu voz. En cómo te reías cuando creías que nadie te estaba mirando. Y en cómo iba a volver a tocarte sin que fueras un fantasma.
Jimin se separó apenas para mirarlo.
—Eso no repara nada. Tampoco borra lo que hiciste.
—No.
—No me devuelve lo que perdí.
Jungkook sostuvo su mirada con una calma dolorosa.
—Entonces déjame pasar el resto de mi vida pagándolo.
Jimin no supo qué responder. La rabia seguía allí, mezclada con el alivio, el deseo, y una necesidad tan antigua que le dolía en los huesos. Sus pupilas se encontraron con las de Jungkook, perdiéndose en un océano de culpa y amor retorcido.
El alfa bajó la mirada a su boca.
Jimin sintió el movimiento antes de que ocurriera.
—Estoy enfadado contigo. No deberías besarme —susurró.
—Lo sé.
—Entonces no lo hagas como si tuvieras derecho.
Jungkook se quedó quieto. Sus dedos se tensaron sobre sus costados. Pero no avanzó.
Esa espera terminó de quebrar a Jimin.
Fue él quien subió la mano hasta la nuca del alfa y tiró de él.
El beso fue hambriento, y desesperado, un choque de labios que dolía por la intensidad pero cerraba algo antiguo. Jungkook lo besó como si hubiera estado muriendo de sed y Jimin fuera lo único que podía salvarlo. Sus manos grandes temblaron al sujetarle la nuca, manteniéndolo cerca sin obligarlo, aunque todo en su cuerpo gritaba posesión.
Jimin emitió un gemido ahogado contra sus labios, sintiéndose furioso, herido y extrañamente completo por primera vez en su vida adulta. Se aferró a las solapas del abrigo, como si fueran su único salvavidas en medio de una tormenta.
Jungkook se separó unos milímetros, manteniendo sus frentes unidas.
—No voy a permitir que te alejes otra vez —declaró, con la voz ronca—. No voy a perderte dos veces. Eres mío, Park Jimin. Y esta vez nadie va a apartarte de mí.
Jimin respiró contra su boca, todavía con lágrimas en las mejillas.
—No me encierres en una promesa si no sabes quedarte.
La frase golpeó a Jungkook con más fuerza que cualquiera de sus manos.
—Entonces enséñame —murmuró—. Pero no me pidas que te suelte esta noche.
Jimin debería haberle dicho que no. Pero su cuerpo estaba cansado de resistir la ausencia, y su omega, por primera vez había dejado de llorar de vacío.
No respondió, ni se apartó.
Jungkook lo levantó en volandas y lo condujo con pasos firmes hacia el coche blindado que aguardaba en el parking del mirador. Cuatro hombres vestidos de civil se distribuyeron en los flancos del vehículo sin mediar palabra. Ninguno miró directamente al líder. Conocían el protocolo, cuando el alfa olía a cedro y posesión total, el margen de error era cero.
Durante el trayecto por las avenidas iluminadas por las luces, Jimin permaneció sentado en su regazo, envuelto por el calor corporal del alfa y la presión constante de sus brazos. Jungkook no dejó de tocarlo ni un instante, con los dedos delineando su espalda, los labios rozando su cabello y la nariz hundida en su ropa, buscando el rastro dulce del jazmín que comenzaba a abrirse bajo sus feromonas.
El teléfono encriptado vibró contra el asiento.
Una vez. Dos. Al tercero, el conductor lo miró por el retrovisor un segundo.
Jungkook descolgó sin apartar los ojos de Jimin.
—Habla —ordenó, con la voz fría del hombre que gobernaba desde las sombras.
—Señor. Los emisarios del Norte han llegado antes de tiempo. Quieren renegociar esta noche.
Jungkook guardó silencio.
El aire dentro del coche cambió.
—El acuerdo se mantiene —respondió Jungkook, con un ritmo plano—. Si a medianoche no han confirmado, Namjoon sabe qué hacer.
Colgó.
Jimin lo miraba con los ojos muy abiertos, absorbiendo por primera vez de forma directa el peso real del hombre que lo sostenía entre sus brazos. No era solo el Jungkook de antes. Se había convertido en el hombre detrás de los rumores que todos temían.
—¿Acabas de amenazar de muerte a alguien mientras me abrazas? —preguntó Jimin, con la voz entre el asombro y algo parecido al miedo.
Jungkook bajó la mirada hacia él. Por primera vez en toda la noche, una sombra parecida a una sonrisa le acarició la boca.
—Gestión de recursos humanos.
Jimin lo miró con incredulidad.
—Estás enfermo.
—Probablemente.
—No era un cumplido.
—Lo temía.
Jimin soltó una risa involuntaria, corta y desconcertada, que murió enseguida en el interior del coche. Pero fue suficiente para que Jungkook le apretara la cintura con cuidado, como si esa risa pequeña fuera el trofeo más valioso que había recogido en toda su carrera criminal.








