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Attention

Summary

Checo solo quiere la atención de maxie para el

Genre
Erotica
Author
Sykes_ss
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

∘⁠˚⁠˳⁠°Checo siempre había creído que nada ni nadie podía meterse entre él y Max.

Su Maxie.

Ese niño rubio que lo abrazaba cuando estaba enfermito, que lo consentía con dulces, que no tenía problema en darle un besito en la mejilla —o a veces en la boca, de puro juego— porque para ellos no había límites. Eran amigos, hermanos, confidentes, todo.

Al menos hasta que apareció ese idiota de Lando.

La noche que Max llegó con su comida favorita y una bolsa de dulces, Checo pensó que sería otra velada normal de risas tontas y películas. Se tiraron en el sofá, tan cómodos como siempre, cuando Max, con esa sonrisa nerviosa, le soltó:

—Checo… conocí a alguien. —se rascó la nuca—. Se llama Lando, es lindo, amable… y pues… ahora es mi novio.

El mundo se le vino abajo.

Checo lo miró en silencio, tragando duro, el estómago revuelto. “¿Novio?”. ¿Cuándo? ¿Cómo? Si Max estaba con él todo el tiempo.

—¿Y…? —balbuceó, con un nudo en la garganta— ¿aún me vas a dar besitos?

Max soltó una carcajada, de esas que siempre lo hacían sentir en casa, pero ahora sonaba como un puñal.

—No, lindo—le empujó el hombro—. Eso ya es solo para Lando.

Checo sonrió por compromiso, pero por dentro ardía.

Ese idiota de Lando le había robado a su Maxie.

Y no, Checo no era de los que se rendían.

El día que lo conoció fue el principio del desastre.

Max lo presentó sonriente:

—Lando, él es Checo, mi mejor amigo.

—Mucho gusto —respondió el británico, ingenuo, como si realmente fuera a conocer a un amigo.

Falso.

Ese día estaba conociendo al mismísimo demonio.

En la cena, cada vez que Lando intentaba hablar, Checo lo interrumpía.

—Maxie, ¿te acuerdas de aquella vez que te cuidé cuando estabas con fiebre? —decía, subiendo el tono para tapar a Lando—. No te despegabas de mí, me agarrabas la mano hasta para dormir.

Max reía, recordando, sin notar la tensión.

—Sí, sí, me acuerdo. Checo es un ángel cuando quiere.

Lando trataba de meter palabra, pero Checo lo acribillaba:

—¿Y la vez que te di tu primer beso? —sonrió de lado, mirándolo fijo—. Estabas nervioso, ¿no? Hasta me agarraste de la camisa como si me fueras a romper.

Max se sonrojó, pero lo tomó a broma.

—Checo, cállate, eso no se cuenta.

Lando lo miraba confundido.

—¿Cómo que “primer beso”? —preguntó en voz baja, con un gesto torcido.

Checo clavó los ojos en él, sonrisa venenosa, como quien dice “no tienes idea en qué te estás metiendo”.

—Claro, chiquillo. —se inclinó hacia adelante, lamiéndose los labios—. Yo lo estrené antes que nadie.

(😦)

Max soltó una risa nerviosa, como si la tensión no existiera.

—Ya basta, Checo.

Pero Checo no se pasaba. No, no.

Él estaba marcando territorio.

La velada siguió con el aire espeso. Lando apenas probó bocado, mientras Checo hablaba de cada detalle íntimo, cada recuerdo que compartía con Max. Historias donde él siempre estaba en el centro.

Y Max… ingenuo, torpe, seguía sin ver el problema. Para él era una charla normal.

Pero para Lando, era claro: Checo lo miraba con odio, con esa sonrisa torcida que prometía guerra.

Cuando la cena terminó y Max fue a buscar un postre, quedaron solos.

Checo lo miró fijamente, con esa calma perturbadora.

—Mira, Lando… —murmuró con voz baja, casi ronroneando—. Maxie es mío. Yo lo hice quien es. Yo lo cuidé, lo besé, lo abracé cuando lloraba. Tú solo eres… un puto accidente en su vida.

Lando frunció el ceño, pero no respondió.

Checo se inclinó un poco, los labios peligrosamente cerca de su oído.

—No voy a dejar que me lo quites.

El británico tragó saliva, intentando mantener la calma, pero en sus ojos ya había un brillo de miedo.

Max regresó, sonriente, ignorante de todo.

—¿De qué hablan?

—De nada, Maxie —contestó Checo rápido, abrazándolo por la cintura con descaro, mirándole a Lando con triunfo.

Ese fue solo el comienzo.

Checo ya había decidido:

Lando no iba a quedarse con lo que era suyo.

∘⁠˚⁠˳⁠°

Checo pensó que aquella advertencia a Lando en la cena bastaría. Que con solo mirarlo a los ojos y escupirle esa amenaza suave, casi venenosa, el mocoso entendería.

Pero no fue así.

El lunes, Checo se levantó con entusiasmo, vistiéndose con calma, seguro de que Max pasaría por él como siempre.

Esperó afuera del edificio, con su mochila colgando floja del hombro, la sonrisa impaciente, el corazón latiendo con fuerza.

El celular vibró.

Era un mensaje de Max:

"Hoy pasé por Lando. Nos vemos allá, Checo."

La sonrisa se le borró de golpe.

El pecho le ardió de rabia, los ojos le escocieron.

Terminó tomando un taxi, mascullando maldiciones contra ese cabrón.

En la escuela, Checo lo buscó desesperado. Caminó entre pasillos, se asomó a las canchas, al jardín. Lo encontró detrás del edificio principal.

Maxie estaba con Lando.

Besándose.

Checo se quedó paralizado, con un nudo en la garganta. El corazón se le estrujó como si se lo aplastaran con un puño.

“Ese era su lugar, su boca, su Maxie.”

Sintió náusea, furia, tristeza. Todo al mismo tiempo.

Pero no se rindió.

Nunca lo hacía.

Corrió hacia ellos, con la sonrisa forzada, ignorando el dolor en el estómago.

—¡Maxie! —lo abrazó por la espalda, presionando su cuerpo contra él con descaro, pegando la cara a su cuello—. Te extrañé tanto.

Max se sorprendió, pero rió, rodeándolo con un brazo.

—Checo, ¿qué haces? Apenas es lunes.

Lando apenas alcanzó a abrir la boca para hablar, pero Checo se adelantó.

—Oye, Maxie… —le miró a los ojos, ignorando la presencia del otro—, ¿qué te parece si esta noche tenemos maratón de pelis? Como antes, ¿sí?

Max dudó un segundo, pero terminó asintiendo con entusiasmo.

—¡Sí! me encantaría

—Perfecto. Yo pongo todo —murmuró Checo, acariciándole el hombro con una dulzura calculada.

Lando trató de intervenir, recordándole a Max que tenían una cita pendiente, pero Checo lo calló con otra interrupción, abrazándolo más fuerte y hablando sobre alguna anécdota estúpida de la infancia, llenando el espacio de ruido.

Max, torpe y confiado, no notó nada.

Pero Lando sí.

El resto del día fue un infierno para él.

En clase, Checo se sentó junto a Max, riendo de cada cosa, robándole toda la atención.

En el almuerzo, compartió su comida, metiéndole a Max una papa frita en la boca como solía hacerlo.

En cada pasillo, lo jalaba de la mano, ignorando a Lando que seguía detrás como un perro abandonado.

Al final, el británico simplemente se fue, sin avisar.

Esperando, tal vez, que Max lo buscara.

Pero Max nunca lo hizo.

Siguió riendo con Checo, como si nada más existiera.

A la salida, se quedaron solos.

—Te espero en la noche, ¿sí, Maxie? —murmuró Checo, con esa sonrisa dulce, escondiendo la sombra en los ojos.

—Obvio —respondió Max, abrazándolo fuerte, con cariño de siempre.

Ese abrazo era suficiente para Checo: un recordatorio de que Lando no tenía nada que hacer contra él.

—Hazme tu sopa de tomate, ¿sí? —pidió Max, con un brillo infantil en la mirada.

Checo sonrió, besándole la mejilla con descaro.

—Lo que quieras, mi niño. Yo te lo preparo.

Lo dejó ir, viendo cómo se alejaba entre los demás alumnos, el corazón latiendo a mil.

Él era todo dulzura, todo cariño, todo lo que Max necesitaba.

Y si Lando no entendía eso… lo haría entender.

∘⁠˚⁠˳⁠°

Esa tarde, mientras Checo acomodaba cojines en la sala, encendía las velas y dejaba la sopa lista en la mesa, en el departamento de Max explotaba una tormenta.

Lando había ido a buscarlo, con el ceño fruncido y la voz temblorosa.

—Max, ¿me puedes explicar qué carajos fue lo de hoy? —lo encaró, cerrando la puerta tras de sí.

Max, medio distraído, se dejó caer en el sillón.

—¿Qué cosa?

—¡No te hagas! —Lando alzó la voz, con los ojos húmedos—. Todo el maldito día Checo se metió entre nosotros. Me robaba cada palabra, cada momento, ¡y tú ni siquiera hiciste nada! ¿Sabes lo que se siente?

Max suspiró, cansado, rascándose la cabeza.

—Lando, por favor… Estás exagerando. Checo es solo mi mejor amigo. Siempre ha sido así.

—¿“exageranado”? —rió con amargura—. ¿Me vas a decir que fue “solo un amigo” cuando me contó que fue tu primer beso delante de mí? ¿Que te toqueteaba la comida, que te abrazaba como si yo no existiera?

Max se encogió de hombros, harto.

—Sí, y qué. Así somos. No seas dramático.

Lando se quedó helado, la mandíbula apretada, los ojos clavados en él con dolor.

—No puedo competir contra alguien que claramente… no es solo tu amigo.

Dicho eso, se dio la vuelta y salió, golpeando la puerta.

Max soltó un bufido y se levantó. Tenía mejores planes esa noche.

A las seis en punto, ya estaba tocando la puerta de Checo.

Este le abrió arreglado, como si hubiera estado esperando ese momento todo el día: shorts cortos que dejaban asomar sus muslos suaves, unas medias con moñitos delicados y una playera vieja de Max, de una banda de rock, que le quedaba ajustada al pecho.

—¡Maxie! —lo envolvió en un abrazo fuerte, apretando su cuerpo contra él como si no quisiera soltarlo nunca—. Ya está todo listo.

El aroma cálido de la sopa llenaba el departamento. En la mesa, un pan con queso recién derretido acompañaba los platos.

Max sonrió, genuino, sintiéndose en casa. Se dejó caer en la silla, mirando todo con ojos brillantes.

—Eres un ángel , Checo. Nadie me consiente así.

Checo sonrió por dentro, satisfecho, aunque por fuera solo mostró ternura.

—Todo lo hago por ti, Maxie.

Comieron tranquilos. Max sorbía la sopa con gusto, mientras Checo lo miraba, hipnotizado con cada gesto, con la forma en que se le mojaban los labios, con cómo sonreía sin sospechar nada.

En un momento, Max suspiró, dejando la cuchara.

—Hoy peleé con Lando… —admitió con voz baja, como si confiara un secreto.

Checo alzó una ceja, conteniendo la sonrisa que quería escapársele.

—¿Ah, sí?

—Sí… vino a reclamarme por ti. Dice que lo ignoré todo el día, que te dejo meterte demasiado… y que no soporta cómo somos.

Checo inclinó la cabeza, fingiendo compasión, acariciándole el brazo con suavidad.

—Quizás pronto se calme… se ve un buen chico. Solo necesita entender que tú y yo… tenemos algo muy nuestro.

Max asintió, relajado, recostándose un poco en la silla.

—Siempre eres tan comprensivo, Checo. —le sonrió con ternura.

Ese “comprensivo” fue como una estaca torcida en el pecho de Checo.

Por dentro reía, malicioso.

Por fuera, solo devolvió la sonrisa y le limpió la comisura de los labios con el pulgar, un gesto íntimo disfrazado de inocencia.

—Siempre voy a estar aquí para ti, Maxie. Siempre.

La cena continuó entre risas, pero la mente de Checo ya trabajaba en otra cosa.

Cada palabra de Max, cada gesto, cada mirada distraída era una confirmación: él seguía siendo el centro de su mundo.

Lando podía llorar, gritar, pelear… al final, el lugar de Max siempre estaba con él.

∘⁠˚⁠˳⁠°

Después de la cena, Checo apagó las luces de la cocina y llevó a Max al sofá. La sala estaba perfecta: mantas suaves, un par de cojines, palomitas en un bowl grande y gomitas que Max siempre pedía. En la tele corría una de sus películas favoritas, esas que ya se sabían de memoria pero que nunca dejaban de ver juntos.

Al principio fue como siempre: los dos riéndose de escenas tontas, compartiendo dulces, hablando encima de la película. Pero poco a poco, Checo comenzó a acercarse, su cuerpo deslizándose como si nada, hasta que terminó sentado en el regazo de Max.

Max lo abrazó con naturalidad, sin pensarlo demasiado, como si fuera lo más normal del mundo. Checo apoyó la cabeza en su hombro, sintiendo su calor, su respiración. Se sentía bien, jodidamente bien.

Max no veía el problema.

Checo sí.

Checo lo veía todo.

—Maxie… —susurró de repente, su voz baja, cargada de un dejo de vulnerabilidad.

—¿Qué pasa? —Max volteó a verlo, preocupado.

Checo bajó la mirada, jugando con la tela de su shortcito.

—Últimamente… me he sentido muy triste. —hizo una pausa, dejando que la palabra pesara en el aire—. Quiero mimos, Maxie. Solo eso.

Max frunció el ceño, nervioso.

—Checo… eso no está bien. Aún tengo a Lando.

Checo alzó la cara y lo miró con esa dulzura peligrosa que siempre lo desarmaba.

—Pero yo no quiero nada malo, Maxie. Solo un poquito de cariño… como antes. —su voz se quebró apenas, calculada, como si se tratara de una súplica inocente.

Se inclinó y le dio un besito suave en el cuello.

Max rio, incómodo, pero no lo apartó.

—Checo, basta… —aunque su tono era flojo, como si no tuviera fuerzas para resistirse del todo.

Checo insistió, repartiendo besitos rápidos por su cara, en las mejillas, la nariz, la frente. Lo llenaba de esa ternura posesiva que parecía imposible de rechazar.

Max terminó riendo también, atrapado en esa sensación familiar, sus labios encontrando la piel de Checo por reflejo, dejando besitos en su cara, como hacían antes.

Era un juego.

Era cariño.

Eso se repetía Max en la cabeza.

Pero el cuerpo de Checo lo sabía mejor.

Con descaro, comenzó a frotar su coño contra la verga de Max, sintiendo la dureza bajo el pantalón. El shortcito de algodón se humedecía en el centro, pegándose a su piel, marcando el contorno de su excitación.

Max se quedó helado un instante, los brazos aún rodeando la cintura de Checo.

—Checo… —su voz salió rota, entre alerta y deseo.

Pero Checo no se detuvo. Su respiración se aceleró, frotándose más fuerte, buscando calor, fricción, ese contacto que tanto necesitaba.

—Shhh, Maxie… solo mimos… —murmuró contra su oído, su voz dulce escondiendo el filo de su obsesión.

El corazón de Max golpeaba como loco. Sabía que estaba mal. Sabía que había una línea que no debía cruzar. Pero tenía a Checo en su regazo, caliente, suave, con ese olor familiar llenándole la cabeza.

Y su cuerpo empezaba a responder antes de que su mente pudiera detenerlo.

La manta que los cubría caía poco a poco, revelando más piel, más cercanía.

⁠∘⁠˚⁠˳⁠°

Checo sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Sentado sobre las piernas de Max, frotándose sin pudor, empezó a soltar gemiditos suaves en su oído. Sonidos dulces, agudos, como si no pudiera contenerse.

—Mmm… Maxie… se siente tan rico… —susurró, apenas rozando con sus labios la piel sensible de su cuello.

El cuerpo de Max reaccionó antes que su cabeza. La verga comenzó a endurecerse bajo la presión cálida del coño de Checo, cuando Checo sintió ese cambio, dejó escapar un gemido más alto, descarado, casi un chillidito que lo hizo arquearse un poco.

—¿Te gusta, Maxie? —preguntó, con voz temblorosa pero cargada de malicia escondida.

Max iba a detenerlo, en serio que sí, las manos listas para apartarlo de su regazo.

Pero Checo sacó la lengua y la pasó lenta por su cuello, lamiendo hasta la oreja, Max soltó un jadeo nervioso, traicionado por su propio cuerpo.

Checo sonrió contra su piel, haciéndose el inocente.

—Oye… ¿es normal que mis pezones se pongan duritos? —preguntó en un susurro dulce, como si de verdad no supiera, mientras levantaba la playera de Max —la vieja camiseta de iron Maiden que alguna vez había sido suya— dejaba al descubierto sus tetas gordas, suaves, cubiertas de pequitas, los pezones rosaditos duros por la excitación.

Max tragó saliva, los ojos clavados ahí, sin poder apartarlos.

—Sí… es normal —logró decir, aunque la voz le salió ronca.

Sus manos se movieron por instinto, directas a esas tetas, cubriéndolas, amasándolas con cuidado, como si fueran demasiado delicadas para romper.

Checo soltó un jadeo inmediato, arqueando la espalda contra su toque.

—Aaah… Maxie… me haces sentir rico —susurró, con los ojos brillosos y la cara roja, tan dulce y tan jodidamente provocador.

Max no pudo responder con palabras. Solo asintió, dejándose llevar, mientras se inclinaba para atrapar un pezón entre los labios. Lo chupó despacio, con cuidado, como un cachorro probando algo por primera vez.

La lengua jugueteaba, succionaba suave, Checo soltaba gemiditos cada vez más agudos, enroscando los dedos en el cabello rubio de Max, empujándolo contra su pecho.

—Sí… así, Maxie… eres tan lindo… —jadeó, la voz quebrada.

La imagen era brutal: Max con el rostro enterrado en las tetas de Checo, chupando con devoción, con torpeza dulce, mientras Checo lo montaba despacio, frotándose contra su erección dura bajo el pantalón.

Las mantas se deslizaban al suelo, la película seguía corriendo de fondo, pero el mundo era solo ellos dos.

Checo se veía jodidamente hermoso: mejillas encendidas, ojos húmedos, labios entreabiertos soltando chillidos dulces, las tetas balanceándose bajo el toque de Max.

Max… Max parecía un perrito hambriento, obediente, perdiéndose en el sabor y la suavidad, atrapado entre la culpa y el placer, sin poder soltarlo.

Checo lo miraba desde arriba, jadeando, con esa expresión que mezclaba inocencia y maldad: “Lo sabía, Maxie. Siempre vas a ser mío.”

∘⁠˚⁠˳⁠°

Max no tardó en cambiar la posición. Con un movimiento torpe pero desesperado, acomodó a Checo boca arriba en el sillón, atrapándolo bajo su cuerpo. Se besaban con hambre, labios chocando, respiraciones mezcladas, como si de repente todo lo prohibido se hubiera vuelto inevitable.

Checo gimió contra su boca mientras se bajaba el shortcito de algodón, lento, descarado, hasta dejar ese coño jugoso y húmedo a la vista, resaltado por las medias con moñitos que aún llevaba puestas. La inocencia de la prenda contrastaba con la crudeza del momento: pura provocación.

Los ojos de Max se abrieron grandes, devorando la escena.

—Mierda, Checo… —murmuró, la voz ahogada.

Con manos temblorosas desabrochó su pantalón sacó la verga, gruesa, larga, con la punta ya brillante de preseminal. Cuando Checo la vio, abrió los ojitos emocionado, mordiéndose el labio.

—Es tan grande, Maxie… —susurró con un chillidito entrecortado—. Estoy seguro que me vas a llenar muy rico.

Comenzó a mover las caderas, buscando la fricción directa. Max no tardó en darle lo que pedía, presionando la verga contra la entrada húmeda, frotando, rozando, arrancándole jadeos agudos que llenaban la sala.

Checo lo rodeó con brazos y piernas, apretándolo contra sí, clavando las uñas en su espalda.

—Ay… se siente tan rico… te quiero tanto, Maxie… —jadeaba entre besos.

Max apenas podía hablar, el rostro escondido en su cuello, gimiendo contra su piel.

—Dios… qué calientito estás, Checo… no sabes cuánto lo deseaba.

Fue en ese momento cuando Checo notó la vibración. El celular de Max, encendido sobre la mesa. La pantalla mostraba el nombre de Lando.

Lo estaba llamando.

Checo sonrió para sí, con malicia escondida tras la máscara de dulzura. Max ni cuenta se daba, con la cara perdida en su cuello, chupando y mordiendo la piel.

Con cuidado, Checo estiró el brazo, alcanzó el celular y respondió la llamada en silencio.

Entonces subió la voz, gimiendo más fuerte, como si no pudiera contenerse.

—Mmm… Maxie… ¿estamos haciendo algo malo? —preguntó en tono inocente, con un quejido entrecortado—. ¿Y si el pobre de Lando sufre?

Max levantó la cabeza apenas, con los ojos nublados de deseo.

—Al carajo Lando… —dijo jadeando, empujando su verga con más fuerza contra él—. Yo solo te quiero a ti, Checo…

Checo se arqueó de placer, mordiéndose los labios, pero no perdió detalle: la línea estaba abierta, y Lando estaba escuchando cada palabra.

—¿De verdad, Maxie? —gimió fuerte, casi chillando, como si quisiera asegurarse de que todo llegara al otro lado de la llamada.

Max le agarró la cara, pegando su frente contra la suya.

—Sí… el único coño que quiero probar es el tuyo. Nadie más me importa. Solo tú.

Checo dejó caer la cabeza hacia atrás, los ojos brillosos, jadeando fuerte, regodeándose con cada palabra. Por dentro reía: sabía que Lando lo estaba oyendo todo, atrapado en esa traición viva.

Del otro lado de la línea, Lando gritaba, preguntando por Max, suplicando una explicación, pero no se escuchaba nada porque no estaba en altavoz. Solo Checo lo oía, y lo ignoraba con crueldad deliciosa.

Movió las caderas más rápido, gimiendo con descaro:

—Aahh… Maxie, más, por favor… se siente tan rico…

Max lo obedecía como un perro fiel, jadeando, mordiéndose los labios, hundiéndose en ese calor.

Checo, entre gemidos dulces y mirada inocente, se regodeaba, contento, con la certeza de que estaba ganando.

Que el mismísimo Lando escuchaba cómo perdía.

∘⁠˚⁠˳⁠°

Max ya no aguantaba más. Con las manos aferradas a las caderas de Checo lo tomó con fuerza, hundiéndose en él de un solo empujón, arrancándole un grito ronco que rebotó en las paredes del departamento. La penetración fue brutal, húmeda, un choque que los hizo temblar a ambos.

Checo arqueó la espalda, los muslos temblando. El aire le quemaba en los pulmones, sentía cómo la verga de Max lo abría, lo llenaba hasta perder el sentido.

—¡Aaah, Maxie! —gimió con un chillido dulce y roto, uñas clavándose en el sofá.

Max bombeaba con fuerza, los jadeos entrecortados contra su cuello, arañándole las caderas como un animal. Estaba fascinado, perdido, mirando cómo Checo lo recibía todo, cómo su cuerpo se rendía, húmedo, abierto, perfecto para él.

—Mierda, Checo… mírate… —gruñó, con la cara desencajada, pegando embestidas cada vez más duras—. Estás hecho para mí.

Checo lo miraba con los ojos brillosos, las mejillas encendidas. Estaba jodidamente perdido en el placer, pero aún así no dejó escapar la oportunidad. Entre gemidos dulces, le susurró:

—Maxie… ¿tú me amas?

Max asintió de inmediato, casi sin pensarlo, como un perrito obediente, los ojos cargados de devoción.

—Sí, sí, claro que te amo… —soltó jadeando, sin detener el ritmo.

Checo frunció la boca en un puchero, las lágrimas asomando, jugando al inocente dolido.

—Entonces… ¿por qué sales con Lando? —preguntó con voz temblorosa, aunque por dentro se regodeaba en la manipulación.

Max se inclinó sobre él, pegando su frente a la de Checo, jadeando como si se fuera a romper.

—Porque… porque tenía miedo… miedo de que me rechazaras.

Checo estaba a punto de decirle que era un imbécil, con un gruñido bajo en la garganta, cuando Max se hundió más profundo, tan brutal que le arrancó un grito desgarrado de puro placer, el coño palpitando alrededor de esa verga gruesa.

—¡¡Aaaahhh, Maxie!! —se le escapó, la voz rota, temblando bajo él.

Y como si no fuera suficiente, Max agarró su cara y le escupió sin piedad, la saliva caliente cayendo sobre su mejilla. Luego, con la palma de la mano, se la embarró lentamente, mirándolo con los ojos encendidos.

El gesto era violento, posesivo, jodidamente obsceno. Checo, en vez de molestarse, sonrió dulcemente, con esa inocencia torcida que lo caracterizaba, el rostro manchado de saliva brillando bajo la poca luz del televisor.

—Me encantaría tener fotitos y videos de lo que hacemos, Maxie… —murmuró, con un jadeo suave, como si le estuviera confiando un secreto sucio.

Los ojos de Max se abrieron más, una mezcla de lujuria y adoración. Cada palabra lo encendía más, cada provocación lo volvía más loco.

∘⁠˚⁠˳⁠°

Checo, con la cara todavía manchada de saliva y los labios temblando, lo miró con esos ojitos húmedos, dulces y peligrosos a la vez. Jadeaba como si no pudiera más, pero aún así tuvo la osadía de sonreír.

—Maxie… toma tu celular —murmuró con voz rota, la respiración entrecortada.

Max parpadeó confundido, todavía hundiéndose en ese coño empapado, hasta que vio el brillo en la pantalla: la llamada de Lando se había cortado. Ya no había excusas, ni testigos. Solo ellos dos, sucio deseo y un celular al alcance.

El rubio, con las manos temblorosas, alcanzó el teléfono y abrió la cámara. El primer plano fue brutal: su verga entrando y saliendo del coño de Checo, brillante, mojada, hundiéndose hasta el fondo con cada embestida. El sonido húmedo, el choque de pieles, los gemidos agudos de Checo se mezclaban con su propio jadeo desesperado.

—Mírate… joder, mírate… —gimió Max, acercando la cámara para grabar el movimiento de sus caderas chocando contra las de Checo.

El mexicano, con la carita roja, arqueaba la espalda, los pezones rosados duros y babeados. Max no dudó en tomar fotos de ellos: de las tetas mordidas, con marcas de dientes y saliva, de la forma en que temblaban cada vez que él se hundía con más fuerza. La piel de Checo brillaba, marcada, expuesta para él y para el lente.

—Eres mío, ¿sí? Solo mío… —gruñía Max detrás de la cámara, mordiéndose el labio, el sudor cayéndole por la frente.

Checo gemía más fuerte, disfrutando cada segundo, sabiendo que estaba quedando grabado. La inocencia fingida en su voz lo hacía aún más jodidamente provocador.

—Sí, Maxie… soy tuyo… graba cómo me haces tuyo…

Eso lo volvió loco. Max comenzó a bombear más duro, las embestidas chocando violentas, hasta el punto de hacer que el sofá rechinara bajo ellos. Se inclinó sobre Checo y, con una sonrisita cruel, empezó a darle golpecitos con la punta en el cuello del útero, un castigo delicioso que hizo que Checo soltara chillidos agudos, descontrolados.

—¡Aaahhh, Maxie! ¡Ahí, ahí! —gritaba con voz rota, los muslos temblando, el coño chorreando sin descanso.

El orgasmo lo golpeó como un rayo: Checo soltó chorros espesos que mancharon el vientre de Max, su propio cuerpo sacudiéndose en espasmos, los gritos cargados de placer puro. El rubio no tardó en perder la cordura también, jadeando con la cámara todavía en una mano.

Con un gruñido animal, Max se corrió dentro, llenando esa pancita suave, derramando tanto que Checo podía sentirlo subirle hasta el estómago, caliente, pesado.

Ambos temblaban, pegados, el sudor mezclándose con la saliva y los fluidos. Checo acarició el rostro de Max con ternura retorcida, sonriendo como si acabaran de hacer algo dulce y no una escena obscena y grabada.

Max, todavía con la verga enterrada, lo miró con una sonrisa torcida, los ojos brillando de lujuria y amor enredados.

—Me hace falta un rico postre mexicano… —murmuró con voz baja, arrastrada por el placer—. Quiero una concha con nata…

Checo lo miró un segundo, y luego rio bajito, entendiendo de inmediato el doble sentido. El sonido era tan dulce que contrastaba con lo perverso de lo que acababan de hacer.

⁠∘⁠˚⁠˳⁠°

Checo estaba medio recostado, todavía con las piernas temblorosas, sentado al filo del sofá, el shortcito tirado en el suelo y las medias aún en su lugar, moñitos desordenados por todo el vaivén anterior. La piel de sus muslos brillaba con el semen que ya comenzaba a escurrirse, sus tetas subían y bajaban agitadas por la respiración.

Max, arrodillado frente a él, lo miraba como un animal hambriento. Tenía el cabello despeinado, los labios hinchados, la cara roja y húmeda por el sudor y la saliva. Parecía a punto de rogarle por más.

Checo ladeó la cabeza con una sonrisa torcida, esa mezcla de ternura y maldad que lo hacía tan peligroso.

—Te prometí una concha con nata, ¿no, Maxie? —murmuró con voz ronca, antes de hundirle los dedos en el cabello y guiar su rostro directo contra su coño húmedo.

Max no lo dudó ni un segundo. Pegó la boca a ese calor empapado y comenzó a chupar desesperado, lamiendo de arriba abajo como si fuera realmente su postre favorito.

—Joder, Checo…—gimió contra la carne sensible, antes de volver a succionar con ansias.

El mexicano se recostó un poco más en el sofá, echando la cabeza hacia atrás, dejando que su “dulce Maxie” le devorara el coño. Cada lamida era húmeda, ruidosa, obscena. La nariz de Max golpeaba contra el clítoris con cada movimiento, arrancándole gemidos agudos y estremecidos.

—Aaahhh… ¡así, Maxie…! —gimió Checo, apretando más fuerte de su cabello, obligándolo a hundirse todavía más.

Max se movía como un poseso: su lengua lo recorría, lo abría, lo chupaba hasta dejarlo temblando. Al mismo tiempo, tenía su otra mano en la verga, masturbándose con violencia, ya dura otra vez, roja y palpitante. Cada gemido de Checo, cada gota de líquido que tragaba, lo volvía más loco.

Checo, con la mirada nublada por el placer, alargó la mano y tomó el celular. Con la cámara temblorosa, comenzó a grabar cómo Max se comía su coño con esa devoción enferma. El rubio, al escuchar el clic, levantó los ojos vidriosos, la cara brillando de fluidos, y gimió con la boca llena.

—¿ sabe rico, Maxie? —susurró Checo, entre jadeos.

—Mmmfff… ¡sí! —asintió él, la voz sofocada contra la piel—. Dame más… dame más natita…

Checo rio bajito, un sonido tierno y maldito a la vez. Grabó de cerca cómo Max chupaba y babeaba sin descanso, cómo sus propios muslos temblaban de puro placer. Sin pensarlo dos veces, con una sonrisa inocente, envió el video en secreto al contacto de Lando.

El celular vibró, pero Checo ya lo había dejado a un lado. Todo lo que importaba era la lengua de Max trabajando como un loco, su nariz frotando justo en el punto exacto, haciéndolo arquear la espalda y soltar chillidos desgarrados.

—¡Aaahhh, Maxie! ¡No pares! —gritó con voz aguda, aferrándose al sofá, hundido en un mar de placer.

Max gimió fuerte, desesperado, mientras se tocaba más rápido. Estaba tan excitado que apenas podía respirar. El sonido húmedo, la mezcla de jadeos, el sabor en su boca lo llevaron al límite.

Checo sintió cómo otra oleada de orgasmos lo atravesaba, temblando y derramándose en la boca de Max, quien tragaba como si se tratara del manjar más preciado. El rubio gruñó, la mano moviéndose frenética en su verga, hasta que explotó otra vez, corriéndose en el suelo, los chorros calientes manchando la alfombra.

Ambos quedaron jadeando, uno con la cara entre las piernas del otro, el otro con la sonrisa torcida de quien sabe que ya encadenó al rubio para siempre.

∘⁠˚⁠˳⁠°

La noche anterior había dejado a los dos completamente destruidos, jodidamente agotados pero extrañamente felices. El baño compartido, los besos empapados bajo el agua caliente, las risas sucias, todo había terminado con ambos cayendo rendidos en la cama de Checo, desnudos, pegados piel con piel bajo las sábanas.

La mañana llegó con la luz filtrándose entre las cortinas y el zumbido insistente del teléfono de Max. La pantalla brillaba sin descanso: decenas de notificaciones, todas de Lando. Insultos, reproches, mensajes llenos de rabia y dolor: “Eres un infiel de mierda.” “¿Cómo pudiste?” “Asqueroso, me repugnas.” “Espero que te pudras, Max.”

Max parpadeó somnoliento, con el cuerpo aún adolorido por todo lo que habían hecho. Estiró la mano para tomar el celular, los dedos temblando con la intención de responder, de al menos pedirle a Lando que lo dejara en paz.

Pero en cuanto se incorporó, sintió un peso suave sobre su vientre. Checo, despeinado, los labios hinchados por la noche anterior, se subía encima de él como si nada. Con esos ojitos brillosos y la carita inocente, comenzó a llenarlo de besitos por la cara, la mandíbula, el cuello.

—Buenos días, Maxie… —susurró entre pucheros dulces, pegando su cuerpo al del rubio.

Max sonrió débilmente, pero sus ojos todavía buscaban la pantalla. Cuando Checo notó hacia dónde iba la atención, su expresión cambió en un instante. La dulzura se tiñó de celos disfrazados de ternura.

—¿De verdad le vas a responder… después de lo de anoche? —preguntó con voz suave, como si estuviera dolido, como si el solo hecho lo rompiera en pedacitos.

Max dudó, bajando la mirada.

—Solo quiero decirle que me deje de joder… —murmuró, inseguro.

Checo lo abrazó fuerte, escondiendo la cara en su cuello, dejando un beso húmedo en la piel caliente.

—No quiero que hables más con él… bloquéalo, Maxie… por favor… —pidió con ese tono inocente que enmascaraba perfectamente la manipulación.

El rubio lo miró, los ojos derretidos, terminó sonriendo con suavidad. Con un par de movimientos, cumplió su pedido: bloqueó a Lando, cortando el último hilo que lo ataba a él.

Checo suspiró satisfecho y, con esa sonrisa de niño bueno, le acarició la cara.

—Por ser tan lindo conmigo… te voy a compensar —susurró, bajando la voz hasta hacerla sonar casi traviesa.

No habían pasado tres segundos cuando ya se había deslizado bajo las sábanas, acomodándose entre las piernas de Max. Con las manos tibias acarició la verga todavía suave, hinchada por el descanso, comenzó a lamerla con cariño hasta verla endurecerse en segundos.

Max soltó un jadeo ronco, arqueando la espalda contra el colchón.

—Mierda, Checo… qué linda manera de despertar

La lengua del moreno se movía con dedicación, recorriendo toda la longitud, saboreando incluso los restos salados de la noche anterior. Sus labios se cerraban alrededor del glande, succionando con fuerza, mientras las manos acariciaban el tronco húmedo.

El rubio se retorcía, jadeando con la cara perdida en la almohada, las sábanas desordenadas por sus movimientos.

—Eres un maldito ángel… —murmuró entre jadeos, los dedos enredándose en el cabello negro—. Solo mío, ¿verdad?

Checo no respondió con palabras. Respondió tragando más hondo, dejándolo entrar hasta el fondo de su garganta, haciéndolo gruñir de placer. El movimiento era lento y torturador, luego rápido y frenético, hasta que Max no pudo contenerse más.

Con un gemido largo y profundo, se corrió dentro de la boca de Checo, que no apartó ni un segundo los labios. Lo tragó todo con esa sonrisa retorcida escondida, dejando que el semen se deslizara por su lengua como si fuera realmente un desayuno planeado.

Salió de debajo de las sábanas con la boca manchada, los labios húmedos, mirándolo con los ojitos tiernos de siempre.

—Un buen desayuno para mí… y para ti también, Maxie… —susurró, lamiéndose los labios.

El rubio, entre risas nerviosas y gemidos suaves, lo jaló hacia arriba para besarlo. El sabor salado todavía estaba en su boca, pero a Max ya no le importaba. Ahora Checo era suyo, y él era de Checo. No había vuelta atrás.

Porque, jodidamente, nada iba a separarlos ya.⁠∘⁠˚⁠˳⁠°

S.k.☆

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