PRÓLOGO
Las suelas de sus zapatos pisaban el asfalto húmedo mientras caminaba por aquellas calles solitarias. La frialdad de la noche de mayo le acariciaba el rostro con la fuerza de una advertencia, pero ella no se detuvo; el frío exterior era tan familiar como el que llevaba por dentro.
A paso tranquilo, caminó varias cuadras con las manos ocultas en los bolsillos de su sudadera.
Al llegar a la esquina indicada, giró hacia un callejón oscuro y estrecho. El olor, allí más intenso, a asfalto mojado la recibió de golpe.
Se adentró en las sombras , dónde la luz de la luna apenas lograba colarse, y se apoyó contra la pared de ladrillos con una fingida indiferencia. Alzó la vista, clavando sus ojos en la silueta que la esperaba al fondo.
—Has tardado —dijo una voz masculina desde la penumbra.
—¿Me has extrañado? —provocó ella, forzando una sonrisa traviesa que no llegó a sus ojos.
El chico bufó, cruzándose de brazos.
—Lo harás, ¿no? —preguntó él, con un tono que mezclaba la advertencia y el cansancio.
—Ella no puede soportarlo más —respondió la chica. Su voz, antes burlona, se volvió de hielo—. Ya no hay vuelta atrás.
—El chico va a pagar por tus acciones —las sombras jugaban en el rostro de él, dejando ver el atisbo de una sonrisa ladeada, casi peligrosa—. ¿No te importa?
—No cuando se trata de ella —sentenció con firmeza.
Él guardó silencio un segundo. El chasquido de un encendedor rompió la pausa, iluminando por un instante sus facciones antes de llevarse el cigarrillo a los labios. Una brasa roja brilló en la oscuridad.
—Yo podría ocuparme de eso... si me lo pidieras —ofreció él en voz baja, dando una calada profunda.
—¿Para qué me has llamado, J? —interrumpió ella, ignorando su propuesta. No estaba ahí para negociar.
El chico dejó salir el humo de sus labios de forma lenta, viendo cómo el vapor gris se disolvía en el aire frío, y se apoyó en la pared justo frente a ella.
—Mi hermano ha encontrado algo. Dice que podría seguir aquí. Las pistas lo llevan directo al centro del país.
La revelación hizo que el corazón de la chica diera un vuelco, pero mantuvo su expresión imperturbable.
—Sigan buscando —ordenó.
—¿No quieres parar?
—No —dijo ella, y la palabra resonó en el callejón con la fuerza de un juramento.
El chico bufó por última vez, resignado. Dejó caer el cigarrillo al suelo y lo aplastó con la punta del zapato, extinguiendo la última fuente de luz entre los dos.
—Debo volver.
La chica salió del callejón sin despedirse , dando la conversación por terminada. Volvió a fundirse con la noche, caminando a paso tranquilo bajo la luz de la luna.
Las palabras del chico rondaban en su cabeza, obligándola a intentar unir los hilos. Necesitaba solo una ubicación exacta.
Mientras tanto, haría lo que debió hacer hace ya mucho tiempo.








