LA ESTRELLA MALDITA
La Alianza Galáctica de la Tierra envió una expedición de élite para investigar una anomalía que devoraba la luz en los confines más profundos del espacio. Siete tripulantes—cuatro hombres y tres mujeres—fueron reclutados para adentrarse en un sector maldito más allá del sistema solar. En esa negrura absoluta, desprovista de cualquier sistema estelar conocido, decenas de naves comerciales y de exploración habían desaparecido sin dejar rastro al desviar sus rutas autorizadas hacia el misterioso vacío.
Tras aceptar el peligro, el equipo abordó una imponente nave nodriza diseñada para viajes hiperespaciales de largo alcance. Tras activar el hiperalto, saltaron 20 años luz hacia la nada. Al salir del salto, se encontraron flotando en una oscuridad total: no había estrellas, constelaciones, ni galaxias lejanas; solo un abismo negro.
Pasaron cuatro días de tensión absoluta en los que los radares permanecían mudos, hasta que un destello escarlata rompió la monotonía del vacío. Al acercarse, descubrieron una estrella de un color rojo magnético y enfermizo. Aquel astro moribundo actuaba como el sol de un único planeta no identificado: un mundo estéril, seco y cubierto de roca muerta.
El horror comenzó antes de llegar a la órbita. Flotando en el espacio circumestelar, la tripulación halló un cementerio flotante de naves brutalmente desgarradas, rodeadas por los restos congelados y mutilados de antiguas tripulaciones.
—Debió ser una eyección de masa coronal —teorizó uno de los científicos, intentando aferrarse a la lógica—. Una tormenta solar de gran magnitud pudo haber frito sus sistemas y colapsado las estructuras.
Pero la ciencia no podía explicar lo que sucedió a continuación.
La superficie de la estrella roja comenzó a retorcerse. Una masa de plasma denso se desplazó y, uno a uno, miles de ojos aterradores y gigantescos empezaron a abrirse por toda la superficie del astro, fijando sus pupilas encendidas directamente en la nave. Una luz cegadora y maldita inundó la cabina, inyectando directamente en los cerebros de los tripulantes visiones espantosas de billones de muertes y torturas cósmicas. Entonces, una voz titánica, que no resonaba en los altavoces sino dentro de sus propias mentes, sentenció:
"Yo soy la maldad. Yo soy la mente de sus mentes. Yo los controlo. Yo los mantengo en la penumbra. En este rincón de la oscuridad yo gobierno, y todo se someterá ante mí. Yo soy el poder supremo del universo".
El impacto mental fue devastador. El capitán de la misión, tras sostenerle la mirada a una de las pupilas de la entidad, perdió instantáneamente la cordura. Su mente fue corrompida por el influjo rojo. Con los ojos desorbitados y una sonrisa maníaca, tomó un hacha de mantenimiento del panel de emergencias. Antes de que nadie pudiera reaccionar, asesinó brutalmente a Billy y a Jason.
—¡Redstar me ha enseñado las maravillas de la muerte! —gritaba entre carcajadas histéricas, mientras desviaba los controles de la nave a toda velocidad hacia el planeta rocoso.
Emily, reaccionando en medio del pánico general, desenfundó su arma láser de dotación y le disparó al capitán en el pecho. Sin embargo, ya era tarde para corregir el rumbo. La nave, sin control, se precipitó contra la superficie estéril del planeta, desatando un infierno de metal y fuego.
Tres horas después del impacto, los supervivientes lograron salir a rastras de los restos humeantes de la cabina. Al levantar la vista, el cielo vacío estaba dominado por la estrella roja, que emitía pulsaciones de luz rítmicas acompañadas de un zumbido monstruoso, un rugido cósmico que vibraba en el suelo de piedra.
Antes de que pudieran buscar refugio, una horda de figuras salvajes y violentas emergió de las cavernas rocosas. Eran cientos de humanos desfigurados: los tripulantes desaparecidos durante los últimos 30 años, ahora convertidos en una secta caníbal y demente entregada a la voluntad del astro. Los exploradores fueron sometidos rápidamente, encadenados y arrastrados hacia el centro de un asentamiento de pesadilla.
A Emily la ataron con fuerza a un altar de piedra negra esculpido con geometrías imposibles. A su alrededor, la secta comenzó a entonar un cántico unísono que hacía eco con el zumbido de la estrella. La luz roja del cielo se intensificó, quemando la atmósfera y filtrándose en los ojos de Emily. La resistencia de la protagonista comenzó a desmoronarse bajo el peso de la influencia divina del astro.
Mientras Emily gritaba, sintiendo cómo su propia individualidad era devorada para dar paso a la perversión más antigua del cosmos, los fanáticos y ella misma unieron sus voces en un solo clamor demencial, justo cuando la estrella iluminó por completo el firmamento muerto:
—"Yo soy la maldad, yo soy la mente de sus mentes, yo los controlo, yo los tengo en la oscuridad, en este rincón de la oscuridad yo gobierno, y todo se someterá a mí, yo soy la más poderosa del universo... ¡YO SOY REDSTAR!"
FIN








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