Capítulo 1
Sostenía el empresario Mitchell Levine que, ante el desconocimiento de lo ajeno —ya sea por etnia, credo o cultura—, el ser humano tiende a legislar el miedo y a sentenciar lo que no comprende. Es una verdad jurídica y socialmente incuestionable: somos prejuiciosos por naturaleza. Emitimos veredictos sumarísimos basados en la apariencia, ignorando que el hábito no hace al monje, pero sí condiciona nuestra disposición a otorgarle la presunción de inocencia. Curiosamente, aceptamos de buen grado el dolo y la mezquindad siempre que se presenten con un traje de sastre y una retórica impecable, mientras que el altruismo, si viste de forma ajena a nuestro estatus, es condenado al ostracismo inmediato.
El prejuicio, ese vicio procesal del alma, suele ser siempre de carácter negativo. Rara vez pensamos lo mejor de alguien al primer golpe de vista; preferimos ampararnos en la jurisprudencia del “piensa mal y acertarás”. Sin embargo, cuando Carlota y Sergio coincidieron en aquella primera semana de la Facultad de Derecho, cometieron la imprudencia de pensar bien el uno del otro, a pesar de que, en materia de prejuicios, ambos eran jueces implacables.
Ambos acababan de cumplir dieciocho años y eran, a efectos prácticos, dos extranjeros en una capital que no entendía de matices. Carlota era una gallega de pura cepa, hija y hermana de pescadores humildes que habían hipotecado su descanso para que ella pudiera litigar en los tribunales de Madrid. Sergio, en el extremo opuesto del espectro patrimonial y geográfico, procedía de Mallorca y era un millonario de cuna, dueño de una fortuna que contrastaba con la orfandad emocional que arrastraba.
Apenas unos meses antes, al tomar posesión de un primer tercio de su herencia —cuyo control total quedaría en suspenso hasta alcanzar la mayoría de edad estipulada de veinticinco años—, Sergio había adquirido un suntuoso piso en el corazón de Madrid. Sin embargo, su nueva residencia se sentía más como una prueba pericial que como un hogar. Tras trece años de confinamiento en un estricto internado mallorquín, la libertad no se le presentó como un derecho, sino como una amenaza. Se sentía un extraño en su propia opulencia, aterrorizado por un mundo que no tenía muros que lo protegieran de sí mismo.
El destino, que a veces dicta sentencias por puro azar administrativo, los unió en la cola para la formación de los grupos de trabajo. Sus apellidos eran casi un espejo semántico: él Bauzá, ella Bazán. Correlativos en la lista y similares en el sonido, quedaron vinculados por orden alfabético. Ante el estruendo cosmopolita de la facultad, dos jóvenes asustados optaron por la legítima defensa mutua y formaron un equipo que, con el tiempo, se volvería indisoluble.
Aquel vínculo no solo sobrevivió a la irresponsabilidad de los años universitarios, donde las hormonas suelen actuar en rebeldía contra el sentido común, sino que prosperó gracias a sus contradicciones. Carlota era el estallido, una fuerza extrovertida que celebraba cada reunión como si fuera una victoria judicial, siempre dispuesta al desmadre y al protagonismo. Sergio, por el contrario, era el silencio: introspectivo, de una timidez que rozaba lo patológico y ajeno a cualquier tipo de exhibicionismo social.
Bajo esa fachada de orden y discreción, Sergio custodiaba un secreto bajo sumario: un dolor devastador que le corroía las entrañas, una herida tan profunda que incluso para Carlota permaneció oculta bajo capas de hierro durante años. Así, establecieron un pacto no escrito de compensación de carencias: Sergio se convirtió en el ancla que frenaba el ímpetu temerario de Carlota, imponiendo cordura ante los exámenes y las clases magistrales; mientras tanto, Carlota obligaba a Sergio a comparecer en el mundo real, dotándolo de una vida social que él, por sí solo, jamás se habría atrevido a reclamar.
En aquellos albores académicos, Carlota albergaba un pronóstico sombrío sobre el futuro profesional de su amigo. Estaba convencida de que Sergio estaba abocado al fracaso en el estrado; su introversión era de tal calibre que ella imaginaba que, ante la sola presencia de un juez o un fiscal, su voz se declararía en huelga y él quedaría bloqueado, sumido en un mutismo absoluto.
Sin embargo, el veredicto de Carlota resultó ser erróneo. No tardó ni una semana en descubrir que, tras esa fachada de timidez patológica, habitaba una “bestia” jurídica de un rigor implacable. En el aula, Sergio se transformaba: perdía el miedo y acorralaba a los catedráticos, sometiéndolos a interrogatorios exhaustivos sobre jurisprudencia y señalando, con una lucidez casi cruel, aquellos casos que consideraba resueltos con una instrucción deficiente. Era evidente que Sergio poseía una psique dicotómica: una faceta era fría, calculadora y feroz cuando se trataba del ejercicio del Derechol; la otra, fuera del ámbito profesional, seguía siendo dócil, sumisa y de una maleabilidad que, según vaticinaba Carlota, terminaría por pasarle factura en sus relaciones personales.
Fue también en aquellas primeras sesiones cuando Carlota descubrió el secreto de su orientación, ese “vicio de forma” que Sergio intentaba disimular bajo su apariencia de heredero impecable. Siendo un joven de una apostura evidente —rubio, atlético y con una cuenta corriente que mareaba—, era el objetivo prioritario de cuanta estudiante cruzaba su camino. Sergio, sin embargo, las despachaba con una cortesía gélida que rozaba la indiferencia.
La duda se disipó durante una Clase Magistral de Derecho Penal. En el instante en que el ponente —un ejemplar de hombros hercúleos, mandíbula de granito y unos ojos azules que parecían dictar leyes por sí solos— subió al estrado, la mirada de Sergio se iluminó con una fascinación que no tenía nada que ver con el Código Penal. Nadie en aquella sala, y mucho menos Sergio, recordó jamás el tema de la conferencia; los ojos de su amigo estaban demasiado ocupados tasando la firmeza del “armario empotrado” que gesticulaba frente a ellos.
Aclarado que las preferencias de Sergio se decantaban por los torsos hercúleos en lugar de las curvas femeninas, la confianza entre ambos se volvió absoluta. Tanto fue así que, tras mucha insistencia por parte de él, Carlota accedió a trasladarse a su lujoso piso. Aquel acuerdo no solo selló su hermandad, sino que permitió a la familia de ella rescindir el contrato de la residencia, liberándolos de una carga económica que ya no tenían por qué litigar.
Durante el periplo universitario, Carlota se dedicó a encadenar relaciones con la misma frecuencia con la que se renuevan las vistas en un juzgado de guardia, dejando a Sergio la labor de actuar como el perito de sus rupturas y el consuelo de sus domingos de resaca emocional.
Fue una de esas conquistas de carácter efímero —un argentino de labia hipnótica y una sonrisa que parecía diseñada para eludir cualquier responsabilidad civil— quien los arrastró al universo del tango y la milonga. Aquello no fue una simple afición; desde el primer compás, ambos sintieron que el abrazo del tango era un contrato de adhesión que firmaban con el alma. Para Sergio, especialmente, el baile se convirtió en su idioma secreto, el único lugar donde su melancolía encontraba un cauce reglamentario.
Entre clase y clase, Sergio también tuvo su propia incursión en el terreno afectivo con un estudiante de medicina que, para colmo de males, ostentaba el físico de un gimnasta olímpico. Aquel romance duró lo que tarda en ejecutarse un desahucio: apenas unos meses, el tiempo justo para que Sergio descubriera que el futuro doctor estaba aplicando sus conocimientos de anatomía con medio campus, sin distinción de género ni estado civil.
Esta traición alimentó la preocupación crónica de Carlota. Sergio era un romántico empedernido, un hombre que buscaba un amor vitalicio en una era de contratos temporales. Su fe en la lealtad eterna resultaba, a ojos del cinismo protector de ella, algo almibarado y casi punible. Carlota presentía que el corazón de Sergio, tan desprotegido tras su coraza de abogado brillante, estaba condenado a sufrir múltiples embargos emocionales, y la frustraba no saber cómo dotarlo de una defensa legal contra el desamor.
Y así, entre códigos y milongas, transcurrieron los años de formación.
Se graduaron con la distinción máxima de Summa Cum Laude, una prueba documental de su capacidad intelectual. No contentos con ello, blindaron su currículum con un Máster en Resolución de Conflictos y Mediación, y otro en Asesoría Fiscal de Empresas. Carlota, movida por una curiosidad que rozaba lo obsesivo, decidió ir más allá, especializándose en Investigación en Economía y obteniendo el título de Investigador Privado. Había descubierto que su verdadera vocación no estaba en la oratoria, sino en la indagación: en llegar al origen del conflicto, al entresijo oculto tras la evidencia.
Para cuando terminaron sus estudios, el equipo estaba perfectamente configurado. Se habían convertido en el tándem judicial definitivo: Sergio era el ariete, el abogado de una frialdad quirúrgica capaz de demoler a cualquier adversario en el estrado; y Carlota era el radar, la investigadora implacable que encontraba la prueba necesaria allí donde todos los demás solo veían sombras.
Fue un catedrático de la facultad —un hombre que los detestaba con una intensidad casi religiosa, pero que había tenido la lucidez de reconocer en ellos un potencial fuera de lo común— quien actuó como enlace. Los puso en contacto con Alberto Guzmán, un eminente jurista que capitaneaba un bufete de prestigio aristocrático en la novena planta de la Torre Europa. Allí, con el Paseo de la Castellana rindiéndose a sus pies, se decidían los destinos financieros del país.
Guzmán, un hombre que navegaba con mano firme la década de los cincuenta, no mostró vacilación alguna al contratarlos como pasantes. Su decisión se fundamentó en dos pilares: la ciega confianza que lo unía al profesor y una inesperada vacante en su plantilla, causada por un suceso que rozaba lo surrealista. Uno de sus socios junior, en un alarde de imprudencia temeraria, había decidido realizar un safari por Tanzania. No tuvo mejor ocurrencia que intentar inmortalizar su ego mediante un selfie junto a un león de dimensiones considerables, el cual, para desgracia del abogado, acababa de ser rechazado por una leona y se encontraba en un estado de irritabilidad, apetito ciertamente peligroso y muy cachondo.
El felino dio buena cuenta del letrado, zampándoselo con todo y su traje de safari de Yves Saint Laurent, que debió servir de aliño exótico. El animal tuvo la delicadeza forense de escupir únicamente el salacot y los zapatos, las únicas pruebas materiales que quedaron de aquel desdichado.
A raíz de este cese de actividades tan definitivo, quedaron varios expedientes menores en el limbo. Sergio y Carlota los asumieron con una aptitud y una eficacia que rozaban la insolencia, siempre bajo la mirada de halcón de Guzmán, quien pronto confirmó los vaticinios de su colega catedrático.
Sin embargo, el verdadero examen de fuego llegó con un litigio sobre patentes farmacéuticas. Una empresa de modestas dimensiones reclamaba a una multinacional los derechos sobre un fármaco contra la tuberculosis. Era, a todas luces, una causa perdida; la multinacional contaba con una guardia pretoriana compuesta por los despachos más poderosos y despiadados de Europa.
Tras la negativa de los grandes bufetes de la ciudad a encabezar una misión suicida, Guzmán, en un acto de pedagogía inversa, decidió aceptar el pleito y delegarlo en sus dos pupilos. No lo hizo con la esperanza de ganar, sino con la intención de propinarles una cura de humildad. Quería bajarles unos humos que empezaban a nublar los pasillos de la novena planta y, de paso, que aprendieran a lidiar con la amarga derrota en un escenario de alta complejidad técnica.
Pese a la advertencia de que aquel pleito era una crónica de una derrota anunciada, Sergio y Carlota se entregaron a la causa con una devoción casi mística. Durante semanas, la novena planta de la Torre Europa fue testigo de sus noches en vela, de un desfile incesante de termos de café y de una inmersión absoluta en la hermenéutica farmacéutica. Justo cuando la multinacional se preparaba para la estocada final, Carlota, en uno de sus arranques de genialidad investigadora, halló una brecha procesal inadvertida por la defensa adversaria. Sergio, con la precisión de un cirujano, utilizó ese resquicio legal para dar la vuelta al litigio con un argumento tan audaz que dejó sin respuesta a los veteranos de la industria.
Ganaron. Y no fue una simple victoria; fue un terremoto judicial.
Una torrencial lluvia de millones en concepto de comisiones y costas procesales inundó las arcas de un Alberto Guzmán que pasó del estupor a la euforia en lo que dura una sentencia. La consecuencia inmediata fue un hito histórico en la jurisprudencia del bufete: Sergio y Carlota fueron ascendidos a socios Senior con apenas un año de antigüedad. Nunca nadie, en las décadas de historia de Guzmán y Asociados, había escalado la jerarquía con tal celeridad.
Para Sergio, aquel ingreso millonario no fue más que una cifra adicional en una contabilidad personal que ya era insultante desde su nacimiento. Sin embargo, para Carlota, aquel éxito representó un acto de justicia poética. Aquellos millones fueron el salvoconducto para su familia, permitiendo que sus padres y hermanos abandonaran las peligrosas aguas de Vigo, donde cada día se jugaban la vida frente al Atlántico, para jubilarse en la seguridad de tierra firme.
Parecía el final de un cuento de hadas jurídico, el nacimiento de dos leyendas del derecho. Sin embargo, aquel triunfo no fue más que el preludio de la tormenta. Fue precisamente el brillo de ese éxito el que atrajo a las sombras que, apenas un par de años más tarde, arrastrarían a Sergio hacia un pozo de desesperación del que ni siquiera su brillante mente sería capaz de encontrar la salida.
El principio del fin tuvo lugar en una recepción fastuosa, organizada para oficializar el ascenso de los nuevos socios Senior. El evento congregó a la aristocracia del dinero, la política y el poder; clientes de Alberto Guzmán que acudieron a rendir pleitesía al bufete más influyente de la capital. En aquel ecosistema de vanidades, Sergio se sentía como un extraño en un juicio sin defensa, refugiado en un rincón sombrío del local para intentar pasar desapercibido. Carlota, en cambio, se movía por el salón con la solvencia de un fiscal en su alegato final, navegando entre brindis y risas impostadas.
Fue desde la barra, mientras aguardaba una copa, cuando Carlota detectó la anomalía. Su amigo no quitaba la vista de un joven de una apostura casi insultante: alto, de facciones esculpidas y una sonrisa que parecía capaz de hipnotizar al jurado más severo. El sujeto, consciente de que los ojos esmeralda de Sergio lo escaneaban con insistencia, mantenía una indiferencia calculada, desplegando su encanto entre el resto de los invitados.
Carlota reconoció el peligro al instante. Sabía que aquel hombre era poco más que un adorno contratado —modelos y actores cuyo único cometido era elevar la estética de la fiesta— e intentó acercarse para advertir a Sergio. Sin embargo, la voz de Alberto Guzmán resonando por los altavoces abortó la maniobra. El gerente los reclamó en la tarima, presentándolos ante la élite madrileña como los arquitectos de una victoria multimillonaria.
El efecto fue inmediato. Al escuchar la cifra de las comisiones y comprender que Sergio no solo era el protagonista de la noche, sino un heredero de fortuna incalculable, el interés del joven modelo viró hacia él como un rayo. Carlota no tuvo tiempo de impugnar la situación. Para cuando quiso intervenir, la sentencia ya estaba dictada: Sergio miraba al joven con esa luz devota y peligrosa que ella conocía demasiado bien.
Era el brillo de la posesión. Lo había visto cada vez que Sergio se detenía ante el escaparate de una joyería para codiciar un Rolex de edición limitada, o cuando su mirada se anclaba en la silueta de un Lamborghini en el concesionario. Cada vez que esa chispa refulgía en sus pupilas, Sergio terminaba adquiriendo el objeto de su deseo. Esta vez, sin embargo, se había encaprichado del “último modelo” de novio.
En cuanto Sergio le presentó formalmente a Andrés, Carlota confirmó sus peores sospechas. Tras aquella fachada de simpatía y belleza se escondía una trampa mortal, una venus atrapamoscas que atraía a sus presas con la dulzura del néctar antes de cerrarse sobre ellas. La antipatía de Carlota fue un veredicto instantáneo y firme, pero Sergio estaba tan deslumbrado por Andrés como por su recién estrenado Lamborghini Huracán. Ante el riesgo de que una advertencia demasiado severa fracturara la hermandad que los unía, Carlota optó por el silencio, temiendo que su amigo hubiera firmado, sin saberlo, su propia condena.









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dentro de está ensalada de sucesos empiezo a conocer a Sergio y carlota
muy interesante. saluditos 💞