Capítulo 1
El cielo de Neith había olvidado cómo abrirse. No era de noche en un sentido de la palabra; no había estrellas. Era una capa inmóvil, opaca, como si alguien hubiese colocado un párpado sobre el planeta. La gente ya no miraba hacia arriba, ¿para qué?
Las ciudades sobrevivían gracias a redes eléctricas inestables. Los más viejos hablaban de calor en la piel, de un color llamado azul que no se parecía a nada de lo que ahora existía. Los niños escuchaban como si se tratara de un mito.
En uno de los sectores más deteriorados, Eron Valc, científico, obstinado por naturaleza, trabajaba en algo inútil. Su laboratorio era un edificio abandonado. Allí, rodeado de piezas recuperadas, cables reciclados y pantallas antiguas, intentaba resolver una pregunta:
¿Cómo devolver la luz?
Hablaba de algo anterior, algo que más bien dependía del sol.
La versión oficial decía que el oscurecimiento había sido consecuencia de un fenómeno natural irreversible que bloquea la radiación solar y sumió al planeta en una penumbra. Pero un rumor a voces— apuntaba a otra cosa. Eron sabía que no era natural.
Mientras tanto, en la superficie, la ciudad se agitaba de otra manera. Liba Senn sabía reconocer estructuras de poder. El Consejo Central, una entidad que administraba los recursos desde la gran crisis, había consolidado un control absoluto sobre la población. Energía, alimentos, acceso a zonas habitables… todo pasaba por ellos.
Y la oscuridad, de alguna forma, les beneficiaba.
—“No puedes gobernar lo que la gente puede ver con claridad” —decía Liba a su grupo—.
Lideraba una red dispersa de células que operaban en distintos sectores de Neith. No eran un ejército. Eran fragmentos de resistencia unidos por una convicción simple: el mundo no debía seguir así.
Sus acciones eran pequeñas, pero constantes. Interrupciones. Filtraciones. Ataques dirigidos a infraestructuras del Consejo. No buscaban destruirlo todo. Buscaban demostrar que algo podía cambiar.
El encuentro entre Eron y Liba no fue planeado. Ocurrió durante una de esas intervenciones. En una estación de distribución energética en el sector sur. Liba y su equipo habían logrado infiltrarse para desactivar temporalmente el control del Consejo en esa zona. Eron estaba allí por otra razón. Había detectado una anomalía en el flujo energético. Algo que no encajaba. Cuando se cruzaron, ninguno entendió qué hacía el otro allí.
—“No deberías estar aquí” —dijo Liba, apuntándole.
—“Tú tampoco” —respondió Eron.
El silencio que siguió fue breve.
—“¿Qué buscas?” —preguntó ella.
Eron dudó. No por miedo. Por costumbre.
—“Una forma de encender el cielo”.
Liba no bajó su arma. Pero su expresión cambió.
—“Entonces estamos en el mismo problema”.
A partir de ese momento, sus caminos se cruzaron más seguidos. Eron necesitaba acceso a zonas que solo la red de Liba podía alcanzar. Liba necesitaba entender algo que iba más allá de sabotear estructuras. Necesitaba una alternativa. El proyecto de Eron no era sencillo. Había llegado a una conclusión incómoda: El bloqueo de la luz solar era… sistemático.
Una red de satélites —o algo equivalente— mantenía una capa de interferencia constante que no era natural. Estaba diseñada.
—“No basta con esperar a que se disipe” —explicó Eron—. “Hay que romper el sistema que lo sostiene”.
—“¿Y eso cómo se hace?” —preguntó Liba.
Eron miró los esquemas proyectados en la pared.
El dispositivo que comenzó a construir no tenía nombre. Era una combinación de tecnología antigua y conceptos que apenas entendía en su totalidad.
Un emisor capaz de alterar la frecuencia de la capa de bloqueo. Desestabilizarla.
El plan era simple en teoría. Complejo en ejecución. El dispositivo debía ser activado desde una torre de transmisión principal. Una de las pocas estructuras que aún conectaban directamente con la red superior. Y, por supuesto, estaba bajo control del Consejo. La noche elegida —en un mundo sin día— fue determinada por una coincidencia de factores técnicos. El sistema estaba mostrando signos de ajuste. Como si anticipara una interferencia.
—“Si esperamos más” —dijo Eron—, “cerrarán cualquier posibilidad”.
Liba asintió.
—“Entonces no esperaremos”.
El dispositivo requería tiempo. Y eso significaba resistencia. El equipo de Lira se desplegó en distintos niveles de la torre. Interrupciones coordinadas. Desvíos. Todo para ganar minutos. Eron subió hasta el núcleo de transmisión. El lugar donde todo convergía. Las manos no le temblaban. Pero su mente no estaba en calma. No era el fracaso. Era la posibilidad de éxito.
Activó el dispositivo. Al principio, no ocurrió nada. Luego… un cambio sutil. Las pantallas comenzaron a mostrar interferencias. Datos inconsistentes. El sistema reaccionaba.
—“Está funcionando” —dijo Eron.
Pero el sistema no solo corregía. Respondía. Las defensas digitales se activaron. Intentos de desconexión. Sobrecargas.
Eron resistió con persistencia.
—“Un poco más…” —murmuró.
Y entonces… ocurrió. Una luz. No intensa. Real. Un rayo atravesó la capa. Y tocó la superficie. La gente se detuvo por instinto. Algunos levantaron la vista. Otros no supieron qué hacer. Pero todos… sintieron el cambio.
En la torre, Eron observó la lectura. El sistema intentaba cerrarse. Pero no lo lograba. Liba llegó al nivel superior. Se detuvo junto a él. Ambos miraron la proyección. Y luego… el cielo. La grieta se expandía. Lenta. Pero firme.
—“Es un comienzo” —respondió Liba.
El dispositivo colapsó poco después. No por falla. Pero el efecto… permaneció. No todo el cielo se abrió. Pero una parte sí. Y en esa apertura… El Consejo intentó intervenir. Pero su control ya no era absoluto. Porque algo había cambiado.
Eron y Liba descendieron de la torre sin hablar mucho. No era necesario. Ambos sabían que lo que habían hecho no resolvía todo. Pero había alterado lo suficiente.
—“¿Y ahora?” —preguntó ella.
Eron miró la apertura en el cielo.
—“Ahora… aprendemos a vivir con lo que venga”.
Lira asintió. Como un inicio. Porque Neith ya no era el mismo. Y tampoco lo serían todos. La luz no había regresado por completo. Pero ya no era un recuerdo. Era una posibilidad. Y en un mundo que había olvidado cómo esperar… eso era más que suficiente.








