Capítulo 1
ANNABELLE
El olor a humedad y a cerveza barata siempre era el primer indicio de que las cosas iban a ir mal.
Me quedé de pie en el umbral de la cocina, con la mochila del instituto colgando de un hombro y las manos metidas en los bolsillos de mi sudadera desgastada. Quedaban apenas dos meses para que terminara el curso. Estábamos en pleno ecuador de la primavera, con los exámenes finales a la vuelta de la esquina y la presión académica asfixiándome. Sin embargo, la luz dorada que se filtraba por la ventana sucia de mi cocina no traía calidez. Solo iluminaba las motas de polvo y la silueta de mi padre, desplomado sobre la mesa de madera astillada, con la cabeza apoyada en su brazo y rodeando una botella de bourbon vacía a la mitad.
Respiré hondo, intentando que el nudo en la garganta no me impidiera el paso del aire. Tenía que ser rápida. Tenía exactamente una hora antes de recoger a Lily en el colegio, y la casa parecía el escenario de una batalla campal.
—¿Papá? —susurré. Mi voz sonó pequeña, pero en el silencio de la cocina retumbó como un disparo.
Él se movió, soltando un gruñido ronco antes de enderezarse a medias. Sus ojos, inyectados en sangre y nublados por el alcohol, tardaron varios segundos en enfocarse en mí. Cuando lo hicieron, solo vi esa fría apatía que se había convertido en la norma desde que mi madre se fue por culpa del cáncer hacía cinco años, dejándonos con una pila de facturas médicas impagables y un hombre roto que prefería ahogarse en alcohol antes que asumir la realidad.
—Llegas tarde —arrastró las palabras—. ¿Dónde coño estabas?
—En el instituto, papá. Hoy tenía examen de química. Te lo dije ayer.
—Me importa una mierda tu examen de química —escupió, golpeando la botella contra la mesa. El sonido del vidrio me hizo dar un respingo involuntario—. No hay nada de comer. ¿Para qué coño trabajas en el bar si ni siquiera puedes traer algo decente a esta casa?
No respondí. Había aprendido por las malas que llevarle la contraria en ese estado solo aceleraba el proceso. Caminé hacia la nevera, esquivando una lata de cerveza aplastada. La abrí. El panorama era desolador: un cartón de leche casi vacío, un bote de mostaza y un par de yogures caducados. Sentí una punzada de rabia. El dinero que yo ganaba de camarera los fines de semana y dando clases de surf apenas daba para pagar la electricidad y comprar lo básico para Lily, sobre todo porque mi padre siempre encontraba mis escondites y se llevaba los billetes para sus vicios.
—Haré la compra luego, cuando traiga a Lily —dije, manteniendo la voz plana—. Necesito que me dejes algo de dinero. El alquiler vence la semana que viene y...
No me dio tiempo a terminar. Mi padre se levantó con una brusquedad que hizo caer la silla hacia atrás. Dio un paso hacia mí, tambaleándose, con una ira repentina brillando en sus ojos. Su presencia física, alta y desaliñada, llenó la cocina, arrinconándome contra la encimera.
—¿Me estás pidiendo cuentas a mí? —siseó, señalándome con un dedo tembloroso—. ¿A tu padre? Todo lo que entra en esta puta casa es mío. Si no te gusta cómo se gestionan las cosas aquí, ya sabes dónde está la puerta. Eres exactamente igual que tu madre. Una desagradecida.
El dolor de la comparación me escoció en el pecho, pero me obligué a clavar los talones en el suelo y a sostenerle la mirada. No podía flaquear. Si yo me desmoronaba, ¿quién protegería a Lily?
—Solo te estoy pidiendo lo que nos corresponde para comer, papá —dije, apretando los puños dentro de los bolsillos—. Lily necesita zapatos nuevos.
Él soltó una carcajada amarga, que apestaba a alcohol y a desprecio. Se acercó un paso más, invadiendo mi espacio personal y encendiendo mis alarmas de peligro.
—Pues búscate otro trabajo, niñata. —dijo, dándose la vuelta para coger la botella de bourbon—. No me des más la brasa. Me voy a la cama. Y más vale que cuando despierte haya algo de cenar en esta mesa.
Le vi subir las escaleras. Solo cuando escuché el portazo de su habitación solté el aire. Me apoyé contra la encimera, sintiendo un temblor incontrolable en las rodillas. Cerré los ojos con fuerza, obligándome a respirar hondo hasta que mi corazón se normalizó.
No llores, me repetí como un mantra. No aquí. No ahora.
Limpié la cocina a contrarreloj. Recogí las botellas, tiré las latas y barrí el suelo con movimientos mecánicos. Era mi forma de recuperar un mínimo control. Cuando terminé, miré el reloj: las tres y cuarenta y cinco. Si no salía ya, llegaría tarde a Cresthaven High para mi tutoría obligatoria con el director Miller antes de ir a por Lily.
Salí de la casa y me subí a mi viejo sedán gris, un coche que hacía más ruido del que caminaba, rezando para que no me dejara tirada a mitad de camino.
Cresthaven High School parecía pertenecer a un planeta distinto. Situado en la zona alta de la colina, rodeado de palmeras perfectas y con instalaciones de club de campo, era el territorio de los hijos de cirujanos, productores de cine y empresarios. Yo solo estaba allí gracias a una beca académica por excelencia, lo que me convertía automáticamente en el espécimen extraño del lugar. La chica de la zona baja que vestía ropa de segunda mano y no encajaba en sus fiestas de piscina.
Pero no era solo la ropa de marca lo que me separaba de ellos. El verdadero muro estaba en mi propia cara.
Nací con heterocromía completa: mi ojo derecho era marrón castaño y el izquierdo de un azul tan claro que parecía hielo. En Cresthaven eso me convertía en el blanco perfecto de sus burlas. Acostumbrada a que me llamaran bicho raro o engendro, aprendí a caminar con la cabeza gacha, ocultándome bajo el flequillo y la capucha. A tan solo dos meses de acabar el año escolar, el acoso no había disminuido; al contrario, con la tensión de los exámenes finales a la vista, los ataques se habían vuelto más despiadados.
Aparqué en el rincón más alejado del estacionamiento para que mi coche no destacara entre los flamantes deportivos de mis compañeros.
Al bajar del vehículo, la tensión que acumulaba en los hombros disminuyó un poco cuando vi una silueta familiar esperándome junto a la barandilla de la entrada. Era Eva. Mi mejor amiga desde el mismo día en que puse un pie en este maldito instituto. Ella era la única persona en Cresthaven que conocía la cruda realidad de lo que pasaba dentro de las cuatro paredes de mi casa y, sin duda, la que más me ayudaba. Los fines de semana, cuando los turnos en el bar me asfixiaban o tenía que dar clases de surf extras para conseguir algo de dinero, sus padres se encargaban de cuidar a Lily con un cariño incondicional. Eva era lo mejor que me había pasado en la vida; un salvavidas en mitad de mi constante tormenta.
—Ey —me saludó con una sonrisa cargada de preocupación sincera en cuanto me acerqué. Se fijó de inmediato en mi rostro cansado—. ¿Todo bien en casa?
—Lo de siempre —respondí en un susurro, forzando una sonrisa para no preocuparla más de la cuenta—. Pero estoy entera. Vamos dentro, tengo que pasar por administración antes de que empiece la tutoría con Miller.
Eva me pasó un brazo por encima de los hombros, un gesto simple pero lleno de un apoyo que me dio las fuerzas necesarias para cruzar el umbral del edificio.
Al entrar, el bullicio ensordecedor de los pasillos nos golpeó de lleno. Caminamos deprisa, manteniéndome yo con los ojos fijos en el suelo pulido para evitar las miradas indiscretas de la gente. Estábamos a punto de doblar la esquina hacia los despachos de administración cuando un tumulto ruidoso en la zona de las taquillas nos obligó a detenernos en seco.
Un círculo de estudiantes grababa con sus móviles. En el centro, dos futbolistas con chaquetas de color negro y burdeos acorralaban contra las taquillas a una chica de segundo año, que temblaba protegiendo sus libros. El que lideraba el grupo, uno de los amigos de Dina —la capitana de las animadoras—, le bloqueaba el paso con una mano en el metal mientras con la otra le señalaba la cara con desprecio.
—¿Qué pasa, rarita? ¿Hoy tampoco te has atrevido a mirarte al espejo? —se burló el futbolista, soltando una risotada—. Debe ser jodido saber que asustas a la gente con solo abrir los ojos. ¿Es contagioso lo tuyo o naciste defectuosa?
La escena me revolvió el estómago. Sabía perfectamente lo que era estar en su lugar. Sentí un impulso de dar un paso adelante, pero mi realidad me frenó. Si me metía, los focos se girarían hacia mí, y yo no tenía energía para soportar el acoso de toda la escuela. Miré a mi alrededor buscando a algún profesor, pero no había nadie.
Y entonces, lo vi.
Apoyado contra la pared de enfrente, a escasos metros y completamente ajeno al drama, estaba Christopher Evans.
Llevaba su chaqueta de equipo negra y burdeos abierta sobre una camiseta oscura. Tenía una pierna flexionada contra la pared, los brazos cruzados y los ojos fijos en su móvil. Christopher era el mariscal de campo estrella, el chico de oro de Cresthaven, hijo del cirujano jefe del hospital y una de las personas más frías del instituto. A Chris Evans le rodeaba un aura de absoluta apatía y oscuridad. Tenía esa mirada gélida que te hacía sentir insignificante.
—¡Oye, Evans! —gritó uno de los futbolistas, buscando la aprobación de su líder—. Mira a la monstruito. ¿No crees que deberíamos conseguirle una máscara para que no asuste a la gente por los pasillos?
Chris ni siquiera pestañeó. Levantó la cabeza despacio y sus ojos verdes, afilados como cuchillas, recorrieron la escena con una indiferencia heladora. Miró a la chica, luego a sus compañeros y volvió a bajar la vista a la pantalla, ignorándolos. Le daba exactamente igual el acoso que ocurría ante sus narices; para él, toda esa gente eran simples insectos molestos que no merecían su tiempo.
Esa absoluta falta de empatía me pareció mucho peor que los insultos de los otros.
Me obligué a pasar de largo, pegándome a la pared contraria junto a Eva. Pero al hacerlo, mis botas hicieron un ruido seco contra el suelo.
Chris volvió a levantar la cabeza, esta vez con rapidez.
Nuestras miradas se cruzaron. Fue un segundo eterno en el que sus ojos verdes se clavaron en los míos, analizando mi vieja sudadera, mi postura defensiva y mi evidente desprecio. Se fijó en el contraste de mis ojos, pero su expresión no cambió; no hubo asco ni compasión, solo una frialdad cortante. Enarcó una ceja con una superioridad silenciosa y peligrosa, como si se preguntara quién coño era yo para mirarle así.
Rompí el contacto de inmediato y arrastré a Eva hacia el despacho del director con el corazón desbocado.








