Capítulo 1
El eco de los zapatos resonaba por los pasillos del enorme teatro mientras Jimin corría, el corazón latiéndole como si quisiera escapar de su pecho. Su máscara, resbalándose con el sudor, colgaba precariamente de una oreja. Las luces seguían brillando detrás de él, y el rugido de los aplausos todavía parecía vibrar en sus costillas.
Esa noche, no era Park Jimin, el asistente invisible de los idols. Hoy él era el mito enmascarado que había subido al escenario como reemplazo de última hora y que había robado la atención de todos, incluyendo la del mismísimo príncipe del país y del K-pop, Jeon Jungkook.
Jimin vivía entre bastidores, casi literalmente. Huérfano desde joven, trabajaba como asistente en la agencia más poderosa del país, EPIC RECORDS, y soñaba con brillar, aunque fuera un segundo, bajo los focos. Ayudaba a vestir a los trainees, limpiaba salas de ensayo y a veces se colaba en las prácticas para aprender coreografías que nunca bailaría en público.
Cada noche, se quedaba después del cierre, cuando el silencio tomaba el edificio. Frente al espejo del estudio tres, se deslizaba como si el suelo fuera suyo. Movía las caderas como si fueran cuerdas de un instrumento que solo él sabía tocar.
—Bailas mejor que la mitad de los trainees... —decía J-Hope, uno de los pocos Idols que conocía su secreto—. Pero te escondes como si fueras un fantasma.
—Porque eso soy. Nadie ve a los fantasmas. — Jimin no quería levantar sospechas y que lo echaran del único lugar que consideraba su hogar.
Todo cambió la noche del Baile de Máscaras, una gala exclusiva organizada por Jungkook para descubrir talentos emergentes y elegir a su nueva musa artística. Era un evento televisado, con la élite del entretenimiento presente, y cada actuación era una prueba de fuego.
Un bailarín principal canceló a última hora por una lesión.
—¿Quién puede y quiere reemplazarlo? —gritaba el director—. ¡La actuación es en tres horas!
Jimin tragó saliva, su corazón le exigía hablar.
—Yo... yo me sé la coreografía...
Tras una prueba rápida y una mirada escéptica del coreógrafo, le dieron el visto bueno.
Fue entonces cuando, entre el caos de los preparativos, apareció ella: Minji, la jefa de vestuario. Nadie sabía mucho sobre ella, pero todos la llamaban “el hada del estilismo” por su ojo perfecto y sus silenciosas apariciones.
—Tú, ven conmigo —le dijo a Jimin, tomándolo de la mano.
Lo llevó a una pequeña sala donde colgaba un traje que parecía brillar con luz propia. Lentejuelas blancas, y finamente bordado en dorado, junto con una máscara del mismo color, que no parecía hecha para ocultar, sino para realzar su etérea belleza sin igual.
—¿Esto... es para mí?
—Esta noche no necesitas ser invisible —le dijo ella, mientras lo ayudaba a vestirse con delicadeza, como si supiera lo que significaba para él—. Esta noche vas a volar.
Jimin sintió que las manos de Minji no solo le ajustaban el traje, sino que le cosían alas invisibles a la espalda y esas zapatillas de ballet de un material ligero y semejante al cristal que con ellas parecía flotar. Decididamente no eran de este mundo. Cuando se miró al espejo, no reconoció al chico que pasaba desapercibido por los pasillos. Era una criatura hecha de brillo, misterio y magia.
Minji lo miró de arriba abajo y sonrió.
—Ahora sal ahí fuera y haz que todos te admiren y se arrodillen.
Con el corazón en llamas, Jimin asintió.
Y entonces salió al escenario. Y el mundo se detuvo. Cada paso era una declaración. Sus movimientos eran gráciles, eléctricos, llenos de sensualidad y precisión. Era como ver a alguien desnudarse el cuerpo sin quitarse la ropa.
Jungkook, sentado en su trono de oro, sintió un calor extraño en el pecho y en el bajo vientre. Se inclinó hacia adelante, fascinado. Esa silueta, ese ritmo, esa entrega absoluta. Nunca había visto bailar así a nadie. Quien fuera, había nacido para bailar. Para triunfar.
Cuando la música terminó, el silencio reinó por un segundo, y luego estalló la ovación.
Pero el bailarín ya no estaba.
Jimin huyó por los pasillos tras bastidores, como si lo persiguieran. Sabía que debía volver a su lugar, invisible, antes de que alguien lo reconociera. Pero al girar en la escalera de servicio, una voz profunda lo detuvo.
—¡Espera!
Se volteó y vio a Jungkook bajando con el ceño fruncido, los ojos oscuros y perplejos.
—¿Quién eres?
Jimin no respondió. Solo corrió escaleras abajo, y en su huida una de las zapatillas de baile se le salió y quedó en un escalón.
Jungkook recogió la zapatilla y se marchó, con la tristeza de haber perdido a su musa. No pudo dormir esa noche. La imagen del bailarín enmascarado lo perseguía como una melodía que no lograba sacar de su cabeza.
Durante semanas, interrogó a sus asistentes, pidió grabaciones, revisó perfiles, y probó a cada uno de los trainees la zapatilla, pero a nadie le coincidía ni tampoco eran como su musa. Hasta que, una tarde, pasando frente al estudio tres, escuchó música suave y vio a alguien moviéndose con la misma sensualidad.
Se quedó en la sombra, observando. Era él. El cuerpo, la técnica, la forma y el movimiento de las caderas. Sabía que era él.
Entró sin hacer ruido y se apoyó contra el marco de la puerta.
—Eres tú.
Jimin se detuvo, su respiración agitada, el cabello y el rostro mojado por el sudor.
—No sé de qué hablas...
—Tu cuerpo y tu forma de bailar te delatan. — Jungkook que iba a probar la zapatilla a los últimos candidatos la llevaba en la mano y se la mostró a Jimin. —¿Es tuya verdad?
—¿Dónde la encontraste? La perdí el día de la actuación y debía devolverla a vestuario, de lo contrario me las iban a cobrar. Gracias por recuperarla.
—Se te cayó el día de la actuación, saliste corriendo y no te la pude dar. Tenía la esperanza de volverte a ver y entregártela.
Lo que siguió fue una danza más íntima. Jungkook se acercó lentamente, sin tocarlo, pero invadiendo su espacio con una intensidad que erizaba la piel.
—Desde esa noche no he podido dejar de pensar en ti.
—Yo no pertenezco a tu mundo.
—Quiero que pertenezcas a él.
Las palabras eran como un susurro que lo tocaba más que cualquier mano. Y cuando Jungkook finalmente lo besó, fue fuego y ternura al mismo tiempo. Jimin gimió contra su boca, aferrándose a su chaqueta.
Empezaron a verse en secreto. En estudios vacíos, en azoteas solitarias, en habitaciones de hotel. Jungkook se convertía en otro con Jimin. Bajaba la guardia, se rendía a sus caricias, se perdía en los suspiros que escapaban de sus labios suaves.
Una noche, después de los premios MAMA, en los que Jungkook había ganado, llegó con su elegante traje, y las pupilas dilatadas de deseo por la adrenalina del momento.
—No quiero hablar. —dijo con voz ronca— Quiero sentirte.
Empujó a Jimin contra el piano del estudio, lo besó con hambre, desabrochando su camisa mientras sus labios descendían por el cuello, mordiendo, marcando.
Jimin arqueó la espalda, jadeando.
—¿Y si nos descubren? Mírame, yo no soy nada, solo un huérfano que nadie ve ni quiere, soy solo un asistente anónimo y tú, tú eres el príncipe
—No es relevante, para mí lo eres todo. Eso es lo único que me importa. ¡Que el mundo arda! — Le respondió Jungkook.
El escándalo no tardó en llegar. Un paparazzi captó a Jungkook entrando a los dormitorios del staff. Los rumores estallaron:
¿Romance entre el príncipe y el asistente? ¿Amante secreto de Jungkook?
EPIC exigió una explicación. Los managers amenazaron con filtraciones. Jimin recibió insultos, amenazas de muerte e incluso propuestas indecentes.
Le pidió a Jungkook que se alejara. Lo amaba demasiado para verlo caer. Prefería sacrificarse.
—Jungkook, no puedo ser la razón por la que te destruyan.
—Tú eres la razón por la que respiro, sin ti no soy nada, Jimin.
Y esa noche, Jungkook hizo algo impensable: en una entrevista en vivo, frente a millones de fans, tomó el micrófono y dijo:
—Estoy enamorado. De un asistente. Y no me avergüenzo.
El fandom se dividió, pero el amor venció. Jungkook exigió que Jimin tuviera su propio debut. Lo entrenó, lo produjo, lo guio.
En su primer concierto, Jimin apareció en el escenario con la misma máscara dorada. Y al llegar el estribillo de la canción, se la quitó con una sonrisa triunfal.
Detrás del escenario, Jungkook lo miraba con los ojos brillosos. Sabía que esa historia, como en los cuentos, tendría su final feliz.
Pero lo mejor, apenas comenzaba.
💘
Los focos ya no los ocultaban. Ahora eran una pareja pública. Ídolo y bailarín. Príncipe y vasallo Jungkook y Jimin.
La noticia sacudió al mundo del entretenimiento como un terremoto. Fans que gritaban su amor, otros que exigían la “pureza” de su príncipe y que no se mezclara con la plebe. Programas de televisión que analizaban cada gesto, cada cruce de mirada.
—¿Te arrepientes? —le preguntó Jimin una noche, mientras ambos se escondían en el palacio que Jungkook había acondicionado solo para ellos.
—Jamás. —respondió Jungkook, mirándolo como si fuera la luna—. Pero a veces quisiera desaparecer contigo, solo un fin de semana... sin cámaras, sin titulares... solo tú, desnudo, y yo devorándote.
La forma en que lo dijo hizo que a Jimin se le erizara la piel. Estaban en la cocina, y en menos de un minuto, Jungkook lo tenía sentado sobre la encimera, abriéndole la bata de baño que apenas cubría su piel.
—¿Aquí? —Jimin jadeó.
—Aquí mismo, sí.
La lengua de Jungkook se deslizó por su clavícula mientras le abría las piernas, ávido de deseo. Los dedos acariciaban lentamente la entrepierna de Jimin por encima de la ropa interior, provocándolo, torturándolo. Jimin gemía bajo su aliento, aferrándose al mármol frío con una mano y a la nuca caliente de Jungkook con la otra.
—Hazlo. —susurró—. Hazme olvidar el mundo.
Jungkook bajó lentamente su ropa interior, besando cada centímetro que dejaba expuesto, hasta que Jimin estuvo completamente desnudo, temblando por la anticipación. Su cuerpo brillaba con la humedad de la reciente ducha a tras luz.
El príncipe se arrodilló frente a él como si fuera un ritual. Su boca lo devoró con lentitud, pasó su lengua por la corona, bajo y subió lamiendo por toda la longitud y finalmente introdujo su pene hasta el fondo de la garganta. Sintiendo cada reacción, escuchando cada gemido. Jimin se inclinó hacia atrás, los muslos erizados, el pecho subiendo y bajando con rapidez.
—Te amo. —dijo, entre jadeos.
—Demuéstramelo. —respondió Jungkook, incorporándose y quitándose la camiseta con un solo movimiento.
Lo alzó en brazos y lo llevó a la habitación, como en un cuento de hadas perverso. Lo arrojó suavemente en la cama, desnudándose con rapidez. Los tatuajes de Jungkook parecían moverse con cada respiración agitada.
Jimin lo observaba con los ojos vidriosos, como si estuviera presenciando algo divino. Cuando sus cuerpos se encontraron, piel contra piel, no hubo palabras. Solo gemidos, jadeos, gruñidos. Jungkook lo empujó contra las sábanas, lamiendo su cuello, bajando por sus rosados pezones, por el abdomen hasta hacerlo rogar.
Se fundieron como si el mundo fuera a terminar esa noche. Jimin envolvía las caderas de Jungkook con sus piernas, pidiéndole más, y Jungkook se lo daba todo: cada embestida, cada susurro sucio al oído, cada promesa de amor entre estocadas.
Cuando ambos llegaron al clímax, fue como una explosión compartida. El grito de Jimin se ahogó en la almohada, el de Jungkook contra su cuello. Quedaron enredados, sudados, jadeando y gimiendo.
—Si el mundo nos odia, que lo haga. —dijo Jungkook, besándolo lentamente—. “Mientras tú me ames así... no necesito nada más.
Pero no todo era deseo y pasión.
Las presiones crecían. Jimin recibía mensajes de odio todos los días. Su manager lo miraba con lástima. Los fans de Jungkook escarbaban su pasado buscando fallos. Un día, una reportera preguntó directamente:
—¿No crees que arruinarás la carrera de Jungkook si sigues con él?
Jimin sonrió, aunque por dentro se rompía.
Esa noche, al llegar a casa, se encerró en el baño sin decir una palabra. Jungkook lo encontró sentado en el suelo, con las rodillas al pecho, llorando.
—No soy suficiente para ti...
Jungkook se arrodilló frente a él, tomándole el rostro entre las manos.
—Tú eres más que suficiente. Me haces real. Me haces libre. Me haces feliz y por eso te amo.
Lo besó con ternura. Luego con necesidad.
Y en el suelo frío del baño, volvieron a unir sus cuerpos. No fue lujuria. Fue una forma de aferrarse el uno al otro, de prometer que seguirían ahí, incluso cuando el mundo fuera cruel.
La pareja empezó a mostrarse más en público. Se tomaban de la mano, se abrazaban, incluso se besaban en backstage. Había odio, sí, pero también amor. Miles de fans que los defendían, que gritaban por ellos, que los vitoreaban como JungMin.
Y en un concierto en París, Jungkook detuvo el show.
—Antes de cantar la siguiente canción... —dijo, tomando la mano de Jimin que lo acompañaba como bailarín—. Quiero agradecer al hombre que me enseñó a sentir. Que me recuerda que el amor no necesita permiso.
Y lo besó. Frente a decenas de miles de fans.
El grito fue ensordecedor. Todos a una tarareaban viva el JungMin. Jimin lloró. Y esa noche, en la suite del hotel, se desnudaron lentamente, sin prisa. Se miraron como si se vieran por primera vez. Hicieron el amor con los ojos abiertos, tomados de la mano, diciéndose “te amo” entre jadeos, susurrando promesas entre orgasmos.
Porque sí, el mundo podía odiarlos. En especial a Jimin, pero ellos habían encontrado algo más fuerte:
Su otra mitad. El deseo.La verdad. El amor eterno y verdadero.
Y así el príncipe convirtió al asistente en su consorte y vivieron felices y comieron perdices.
FIN








