Capítulo 1: un despertar sin sentido
Lo primero que llegó no fue la conciencia, sino el ruido.
Un zumbido grave, constante, que vibraba en los huesos. No era fuerte, ni molesto al principio, pero se metía en los oídos como un agua que no se puede escurrir: el sonido de decenas de tubos fluorescentes funcionando sin descanso, justo encima de su cabeza.
Después vino el olor.
Pesado, húmedo, como el aire de un sótano cerrado desde hace décadas. Una mezcla de moho, polvo acumulado y el aroma químico y rancio de una alfombra vieja que ha absorbido humedad durante años. No era insoportable, pero se pegaba a la garganta, dejando un sabor metálico en la boca.
Abrió los ojos muy despacio.
La luz lo golpeó de golpe: un brillo amarillento, enfermizo, que teñía todo de un tono pálido y deslavado. Entrecerró los párpados, dejando que la vista se acostumbrara poco a poco.
Permaneció tendido unos minutos, sin atreverse a moverse del todo, como si el simple hecho de cambiar de postura hiciera que el lugar se desmoronara.
El techo estaba cubierto de placas acústicas cuadradas, muchas hundidas, manchadas de un gris oscuro por la humedad. Entre ellas, hileras y hileras de lámparas se extendían hasta perderse de vista, emitiendo ese zumbido que no cesaba ni un segundo.
Parpadeó una, dos, tres veces.
Intentó mover los dedos. La alfombra bajo su espalda era áspera, de pelo corto, del mismo amarillo desvaído que todo lo demás. Al presionar la mano contra el suelo, notó que estaba ligeramente húmeda, fría, como si hubiera llovido allí dentro horas antes. Había manchas oscuras, irregulares, que prefería no intentar identificar.
Frunció el ceño.
No recordaba dónde estaba. No recordaba haberse sentado, ni haberse acostado allí. No recordaba nada más allá de una sensación de vértigo.
Con un esfuerzo lento se incorporó, y una punzada aguda le atravesó la sien, haciéndolo llevarse la mano a la cabeza con un gemido bajo.
—¿Dónde...?
Su voz sonó débil, rasposa. Y extraña: apenas salió de sus labios, pareció ser absorbida por las paredes, tragada por el silencio del lugar antes de terminar de pronunciar la palabra. No hubo eco, ni rastro de que hubiera hablado.
Levantó la vista.
Frente a él se abría una habitación inmensa, sin fin a la vista. Las paredes estaban cubiertas de un papel tapiz geométrico, rombos y líneas repetidas una y otra vez hasta marear, del mismo tono amarillo pálido, desgastado en las esquinas.
Buscó instintivamente una ventana. Un marco. Una rendija.
Nada.
Ni una puerta. Ni un cuadro. Ni una sola marca que indicara que alguien había pasado por allí, ni siquiera para construirlo. Solo paredes que se abrían en pasillos, pasillos que giraban en esquinas, esquinas que mostraban más paredes idénticas.
Todo estaba repetido. Todo era igual. Como si el espacio hubiera perdido la capacidad de crear algo nuevo, o de llegar a un final.
Su respiración se aceleró de golpe. El aire se sentía espeso, difícil de tragar. Se puso de pie de un salto, y las piernas le fallaron un instante; tuvo que apoyarse contra la pared, notando el papel tapiz frío y ligeramente pegajoso bajo los dedos.
—Tranquilo —se dijo a sí mismo, aunque la voz le temblaba—. Solo... solo hay que pensar.
Llevó la mano al bolsillo del pantalón casi por reflejo, y soltó el aire que tenía retenido al tocar el plástico familiar del teléfono. Aquello era algo real. Algo suyo.
Lo sacó con manos temblorosas. No era nuevo, pero le servía desde hacía años: en la esquina inferior derecha de la pantalla tenía una pequeña grieta, la misma que se hizo cuando se le cayó en el estacionamiento el mes pasado.
Encendió la pantalla.
Sin servicio. Ninguna barra de cobertura.
Lo intentó otra vez. Activó y desactivó el modo avión. Buscó redes manualmente. Nada. Solo la palabra SIN SERVICIO en gris, en el centro superior.
Miró la hora: 12:07. El reloj seguía funcionando, al menos.
Desbloqueó el teléfono, y su fondo de pantalla apareció entre las grietas: una foto tomada el fin de semana anterior. Él, con una sonrisa torpe, detrás de dos mujeres que abrazaba con fuerza. Su esposa, con el pelo suelto al viento, y su hija, que levantaba un puño como si hubiera ganado una carrera. Las dos miraban a la cámara, brillantes, vivas.
Sus dedos rozaron la cara de la niña, y el recuerdo le golpeó de golpe, sin previo aviso.
La carretera. El sol brillando demasiado fuerte sobre el asfalto. El cansancio de la jornada doble. Miró el reloj del tablero: eran las doce menos diez. Ellas le esperaban con el almuerzo, le habían dicho por mensaje.
Y entonces... el coche que apareció de la nada. El chirrido agudo de los neumáticos frenando en seco. El instante en que cerró los ojos, esperando el impacto.
Pero no hubo choque. No hubo dolor.
Sintió que el suelo desaparecía. Que el asfalto se volvía agua, que atravesaba el capó, la carretera, todo lo que había debajo, cayendo y cayendo sin fondo, en una oscuridad que no pesaba.
Después... nada. Solo el zumbido de las luces.
—¿Qué demonios...? —se llevó ambas manos a la cabeza, apretando el pelo entre los dedos—. ¿Dónde estoy? ¿Qué pasó?
Se revisó el cuerpo con prisa, con miedo a encontrar algo que no pudiera ver. Tiene unos raspones en la muñeca, un corte superficial cerca del codo, la camisa manchada de polvo. Nada más. Ninguna costilla rota, ni golpe en la cabeza, ni una sola herida que justificara lo que recordaba.
Era imposible. Ese accidente debió haberlo matado. O dejarlo hecho pedazos en una camilla de hospital.
Miró a su alrededor de nuevo, y por primera vez se dio cuenta de lo grande que era el lugar: los pasillos se perdían en la distancia, repitiendo el mismo patrón una y otra vez. No se oía nada más que el zumbido. Ni viento, ni pájaros, ni el ruido de una ciudad, ni su propia respiración parecía tener eco.
Un escalofrío le recorrió toda la espalda, hasta la nuca.
Había visto esto antes. No en persona, claro que no. En internet, a altas horas de la madrugada, cuando no podía dormir: videos sin sonido, foros olvidados, dibujos y relatos que decían ser reales. Lugares donde caías si te perdías entre las rendijas del mundo. Historias que siempre había tomado por ficción, por miedo a que pudieran ser ciertas.
—No —negó con la cabeza, dando un paso atrás—. No puede ser.
Rió, pero fue una risa seca, rota, que se le murió en la garganta.
—Es una pesadilla. Claro que lo es. El golpe en la cabeza, estoy inconsciente, solo es un sueño muy vívido. Tengo que despertar.
Se pellizcó el brazo con fuerza, hasta que le dolió.
No cambió nada. La alfombra seguía húmeda. El olor seguía allí. El zumbido no paraba.
Apretó el teléfono contra el pecho, como si fuera un amuleto. Las piernas le temblaban, y tuvo que sentarse en el suelo de nuevo, con la espalda contra la pared.
Si no era un sueño... si el accidente no lo mandó a un hospital, ni a la muerte... si había caído aquí, de verdad...
Entonces estaba perdido. Completamente solo, en un lugar que no existía, y que no tenía salida.
El zumbido de las luces volvió a apoderarse de todo, convirtiéndose en el único sonido que marcaba el ritmo de sus pasos.
No había relojes en ninguna pared. Ni ventanas que mostraran si era de día o de noche. No existía forma alguna de saber si habían pasado diez minutos o varias horas desde que despertó: el tiempo aquí parecía estirarse, volverse blando, como si el propio lugar se negara a medirse.
Caminaba sin rumbo fijo, doblando en cada esquina con la esperanza callada de encontrar algo distinto, una sola marca que rompiera la monotonía. Pero cada nuevo pasillo parecía burlarse de él, repitiendo exactamente lo mismo que el anterior.
Las mismas paredes amarillentas, con el papel tapiz despegado en las juntas.
La misma alfombra húmeda, que se pegaba ligeramente a la suela de los zapatos.
Las mismas lámparas fluorescentes colgando del techo, emitiendo ese brillo pálido que cansaba la vista.
Incluso el olor permanecía inalterable, como si el aire hubiera quedado atrapado allí hace décadas y jamás se renovara.
Intentó trazar un camino en la mente.
“Dos giros a la derecha... luego uno a la izquierda... avanza cincuenta pasos...”
Pero bastaban unos cuantos metros para perder cualquier referencia. No había una mancha distinta, ni un tubo roto, ni una marca en el suelo. Todo era absurdamente idéntico. En más de una ocasión se detuvo en seco, convencido de haber regresado al punto donde se sentó al despertar, aunque no podía asegurarlo con certeza. Cada rincón parecía una copia exacta del anterior, repetida hasta el infinito.
Continuó avanzando con pasos lentos y pesados. Una parte de él gritaba que corriera, que buscara con desesperación, pero sabía que hacerlo solo serviría para agotarse antes de encontrar nada. Además... recordaba demasiadas historias. Esos videos que veía por curiosidad, los relatos en foros oscuros, las advertencias que siempre había tomado por broma.
Si aquello era realmente el lugar que temía, perderse no era el único peligro.
Había algo más. Algo que se escondía en los huecos, en el silencio. Algo que prefería no encontrarse cara a cara.
Por eso cada paso iba acompañado de una mirada constante hacia atrás, hacia las sombras que se formaban en los pasillos que acababa de dejar. No escuchaba pasos. No oía voces. Y precisamente por eso, el silencio resultaba mucho más inquietante: era un silencio que esperaba.
Después de un rato que le pareció eterno, decidió detenerse. Soltó un suspiro tembloroso y dejó caer la mochila al suelo con un golpe sordo.
—Tengo que ver con qué cuento... —murmuró, para escuchar al menos su propia voz.
Abrió el cierre principal con manos torpes. No esperaba encontrar milagros, pero cualquier cosa podía significar la diferencia entre seguir o rendirse.
Sacó primero una pequeña linterna que siempre llevaba por si se cortaba la luz en la oficina. La encendió un instante: el haz de luz blanco se abrió paso entre la penumbra, y al ver que funcionaba, soltó un pequeño suspiro de alivio antes de guardarla.
Luego aparecieron los papeles: facturas, informes, un cuaderno con anotaciones de reuniones. Todo completamente inútil allí.
Rebuscó más abajo: tres bolígrafos, una calculadora, el cargador del teléfono y un cable. Y entonces dio con ella: esa batería externa recargable que siempre llevaba encima para no quedarse sin batería en ningún lado. La encendió, y la luz indicadora mostró todas las barras llenas. Estaba al máximo, por suerte. Si la cuidaba mucho, sin abusar de la pantalla, le duraría un día o dos enteros.
Cuando metió la mano en el bolsillo lateral, su expresión se iluminó apenas un segundo.
—Las barras...
Sacó dos barras de proteína, ligeramente aplastadas por el peso del resto de cosas. Las observó en silencio, dándose cuenta de lo poco que eran. No eran una comida: eran, como mucho, un par de horas más antes de que el hambre empezara a dolerle en el estómago. Las guardó con mucho cuidado, como si fueran oro.
—Genial... —dijo con una risa seca—. Con esto no sobrevivo ni dos días...
Apoyó las manos sobre la mochila y cerró los ojos un instante. Maldijo su suerte, maldijo la carretera, maldijo haber salido de casa aquella mañana pensando solo en volver a tiempo para cenar con ellas. Jamás imaginó que terminaría contando sus provisiones para calcular cuánto tiempo le quedaba de vida.
Se colgó nuevamente el equipaje sobre los hombros, apretando las correas. No podía quedarse sentado. Detenerse no iba a cambiar nada, solo le daría más tiempo para imaginar cosas que no quería ver.
Respiró hondo, llenando los pulmones de ese aire húmedo y rancio, y continuó avanzando.
Poco a poco empezó a notar algo diferente. No todos los pasillos tenían la misma luz: algunos tramos permanecían en penumbra, con los tubos apagados. Otros parpadeaban de forma irregular, lanzando destellos amarillentos que dejaban ver sombras fugaces antes de volver a sumir todo en la oscuridad.
Cada vez que debía atravesar una de esas zonas, sacaba la linterna y la apretaba con fuerza contra la palma de la mano. El haz de luz blanca cortaba la niebla sucia del aire, revelando paredes vacías y esquinas sin fin. Aun así, la sensación de estar siendo observado no desaparecía. Era irracional, no veía a nadie, no escuchaba nada... pero su instinto le gritaba que no estaba solo. Que algo lo miraba desde donde la luz no llegaba.
El laberinto parecía volverse más inmenso cuanto más avanzaba, y por primera vez, mientras doblaba una esquina idéntica a todas las anteriores, la duda le golpeó con fuerza:
¿Realmente existía una salida? ¿O aquel lugar había sido construido —o había aparecido— con el único propósito de que nadie la encontrara jamás?
Se detuvo en seco.
El corazón le dio un vuelco tan fuerte que creyó que iba a salírsele por la boca.
Había escuchado algo.
No provenía de sus pasos, ni del roce de la mochila, ni del zumbido constante de las luces. Era algo totalmente distinto, que rompía el ritmo monótono del lugar.
Era...
Un sonido grave. Hondo. Metálico y vibrante a la vez.
Como el eco lejano de una bocina gigante, pero con una cualidad extraña, orgánica.
Un solo toque. Profundo. Que se quedó resonando en el pecho unos segundos antes de desvanecerse.
Después volvió el silencio absoluto.
El hombre permaneció inmóvil, incluso deteniendo la respiración por miedo a perderse algo. Quizá había sido el cansancio, la mente jugándole una mala pasada tras horas caminando en soledad. Quizá el propio lugar estaba empezando a afectarle los sentidos.
Pero entonces volvió a escucharlo.
Boooooom...
Esta vez más cerca. Mucho más cerca.
No era una máquina. No era una alarma. No era nada que hubiera oído en su vida. Era un sonido vivo, lento, rítmico, como si marcara el paso de algo que se movía con deliberada calma por el laberinto.
Un escalofrío helado le recorrió toda la espalda hasta la nuca, y el vello se le erizó de golpe.
Con movimientos lentísimos, casi invisibles, retrocedió hasta la esquina más cercana. Apoyó la espalda contra la pared fría y húmeda, y asomó apenas la punta de la nariz y un ojo, sin atreverse a sacar más que unos centímetros de la cabeza.
Entonces la vio.
Y su respiración se detuvo por completo.
Una figura inmensa, grotesca y torpe avanzaba por el centro del pasillo. Su cuerpo era una aberración: una mezcla imposible de carne palpitante, tendones tensos y huesos que sobresalían en ángulos equivocados, unidos sin ningún respeto por la anatomía ni la lógica.
Cada movimiento iba acompañado de crujidos secos y torsiones antinaturales, como si sus extremidades hubieran sido ensambladas al azar, o dobladas hasta romperse.
No caminaba. Se deslizaba, inclinándose de un lado a otro, estirando miembros que parecían no tener fin, mientras aquella extraña bocina brotaba de algún punto oculto en su estructura deformada.
Boooooom...
El sonido retumbó contra las paredes y volvió a golpear su pecho.
No había duda. Aquello era real. Estaba ahí, respirando, moviéndose entre los pasillos que él creía vacíos.
Recordó decenas de videos vistos a altas horas de la madrugada: animaciones bien hechas, grabaciones borrosas que decían ser reales, modelos creados con inteligencia artificial, foros donde la gente discutía sobre esa criatura en particular. Siempre había pensado que era una invención popular, un monstruo inventado para darle más miedo a las historias sobre los Backrooms. Una forma de entretener, nada más.
Pero allí estaba.
Lentamente, con el cuidado extremo de quien sabe que un solo ruido puede ser su sentencia de muerte, llevó la mano al bolsillo. Sacó el teléfono sin hacer chocar nada, apagó la vibración y el tono, y abrió la cámara. La batería seguía marcando niveles altos: tenía suficiente para esto.
La imagen en la pantalla temblaba violentamente, porque sus manos no dejaban de temblar. No podía controlarlo. El terror le recorría cada músculo.
Mientras enfocaba a la criatura, que seguía alejándose sin prisa, una idea le golpeó la mente con más fuerza que el miedo: si alguna vez lograba salir de aquí, nadie le creería. Podía hablar de pasillos infinitos, de un lugar que no existe en ningún mapa, de paredes amarillas y alfombras húmedas... Lo tomarían por loco. Lo internarían en un hospital antes de terminar la primera frase. Nadie aceptaría que todo eso era verdad.
Pero un video... un video era diferente.
Apretó el teléfono con tanta fuerza que le dolieron los dedos.
—Aunque muera aquí —pensó, mirando la grabación en curso—, al menos quedará constancia.
Porque él mismo había pasado años viendo historias, leyendo teorías, viendo supuestas pruebas que siempre terminaba descartando como montajes. Jamás imaginó que un día sería él quien estaría detrás de la cámara, documentando la pesadilla que siempre creyó imposible.
Sin apartar la vista de la pantalla, siguió grabando hasta que la figura se perdió al doblar la siguiente esquina, y el último eco de su bocina se apagó entre las paredes.
Y entonces, en el silencio que volvió a caer sobre él, una única pregunta comenzó a roerle la mente, mucho más aterradora que la criatura que acababa de ver:
Si esa cosa existía de verdad... ¿cuántas más estarían caminando por este laberinto sin fin?
La criatura se desvaneció lentamente entre los pasillos idénticos, hasta que su deformada silueta desapareció por completo. Solo cuando el último eco de aquella bocina inquietante se apagó por fin, se atrevió a bajar el teléfono.
Exhaló el aire que llevaba retenido en los pulmones quién sabía cuánto tiempo; el aliento le salió tembloroso, y sintió cómo las piernas le fallaban casi sin fuerzas.
Miró la grabación.
Ahí estaba. La imagen, aunque temblorosa y de calidad media, mostraba con total claridad aquella figura grotesca deslizándose por el corredor. No era un montaje, no era una alucinación. Era prueba irrefutable de que lo que vivía era real.
Permaneció unos segundos observando la pantalla, sin saber muy bien qué sentir. Luego soltó una risa baja, amarga, rota por la desesperanza.
—¿Y de qué sirve...? —murmuró, acariciando la pantalla con el dedo pulgar—. Tengo la prueba... y nadie va a poder verla.
Por pura costumbre, sin pensar, abrió la aplicación de Facebook. Ni siquiera esperaba que cargara: no había tenido ni una barra de señal desde que despertó allí. Pero sus dedos se movían solos, como si su mente se negara a aceptar que estaba completamente aislado.
Seleccionó el video. Esperó unos segundos, sin saber ni qué esperar. Y escribió, palabra por palabra:
“Si alguien está viendo esto... necesito ayuda. No sé cómo llegué aquí. Estoy en los Backrooms y no encuentro la salida. Si alguien sabe cómo sobrevivir en este lugar, por favor dígamelo.”
Leyó el mensaje una última vez. Se sentía absurdo, ridículo. Sabía perfectamente que no tenía cobertura, que no había internet en kilómetros —ni siquiera debería haber señal en un lugar que no existía en ningún mapa—. No entendía por qué perdía el tiempo en algo que no serviría de nada.
Aun así... apretó el dedo sobre el botón Publicar.
La pantalla se quedó quieta unos instantes. Esperó. Nada cambió.
Sonrió con una tristeza infinita y guardó el teléfono en el bolsillo.
—Sí... era demasiado pedir —susurró.
Apoyó la mano en la pared fría para incorporarse, listo para seguir caminando sin rumbo.
Y en ese instante...
¡Tin!
Un sonido claro, nítido, rompió el silencio absoluto del lugar. El aviso de una notificación.
Su cuerpo entero se congeló. Ni siquiera se atrevió a respirar.
Muy despacio, con las manos temblando tanto que casi se le cae el aparato, volvió a sacar el teléfono.
La pantalla estaba encendida. No era un error del sistema. No era una ilusión por el cansancio.
Había una notificación bien visible: Tu publicación tiene un nuevo comentario.
Con el corazón martilleándole tan fuerte que creyó oírlo por encima del zumbido de las luces, abrió la aplicación.
El video estaba allí. Publicado hacía apenas segundos.
A kilómetros, a mundos de distancia de esos pasillos amarillos... alguien acababa de verlo.
El comentario decía:
" Jajajaja, ¿todavía hacen videos de Backrooms? Pensé que esa moda había muerto hace años.
Se quedó mirando las letras. No prestó atención a la burla, ni al emoji de risa, ni a la incredulidad de la otra persona. Solo podía ver una cosa: la publicación existía. Había salido. Alguien la había recibido.
Levantó lentamente la vista del teléfono hacia el pasillo interminable que tenía delante. Luego volvió a mirar la pantalla. Una idea imposible, absurda, comenzó a tomar forma en su mente, disolviendo la desesperanza que le pesaba en el pecho.
No estaba desconectado. De alguna manera que no alcanzaba a comprender... aquel lugar no estaba aislado del todo. Podía comunicarse con el mundo que conocía.
Y si el otro lado podía verlo... si podía llegar hasta allí su mensaje...
Tal vez. Solo tal vez.
Todavía había una forma de cruzar al otro lado. De volver.