Vamos por un café.
La residencia de la familia Astraea se encontraba inusualmente silenciosa aquella mañana, un hecho que, para cualquiera que conociera a sus integrantes, podía considerarse prácticamente un milagro. Normalmente el lugar estaba lleno de conversaciones, risas, discusiones sin importancia y alguna que otra persecución iniciada por motivos tan ridículos que ni ellas mismas recordaban cómo habían empezado. Sin embargo, ese día reinaba una calma tan absoluta que hasta el sonido del viento colándose por las ventanas parecía demasiado fuerte.
La razón era bastante sencilla.
Por primera vez en mucho tiempo, la familia no tenía absolutamente nada que hacer.
No había patrullas programadas por las calles de Orario, ningún encargo urgente del gremio esperaba sobre el escritorio y, para sorpresa de todas, tampoco existía un entrenamiento preparado para la jornada. Era, simple y llanamente, un día libre.
Y aunque aquello sonaba como un auténtico regalo para la mayoría de las personas...
Para cierta capitana era poco menos que una tortura.
En uno de los sofás del vestíbulo principal, un par de chicas pasaba el tiempo jugando una partida de cartas mientras discutían entre ellas por reglas que probablemente acababan de inventarse. Un poco más allá, otra integrante descansaba recostada en un sofá individual, hojeando con tranquilidad una revista de moda sin preocuparse lo más mínimo por el paso del tiempo.
Pero seamos sinceros.
Ellas no son las protagonistas de esta escena.
Dirijamos nuestra atención hacia la extravagante, magnífica, absolutamente hermosa, incomparable y, según una fuente completamente objetiva y para nada amenazada, la mujer más bella de toda Orario.
La orgullosa capitana de la familia Astraea.
Y no, definitivamente no estoy diciendo todo esto porque alguien me obligara. Me gusta demasiado seguir respirando.
Alice Lovell permanecía de pie frente a una de las ventanas del vestíbulo, observando el exterior con una expresión digna de una comandante vigilando el campo de batalla antes del inicio de una guerra. Sus brazos estaban cruzados bajo el pecho, sus manos entrelazadas con firmeza y uno de sus dedos golpeaba rítmicamente el antebrazo contrario, delatando la impaciencia que intentaba ocultar detrás de aquella pose tan elegante.
Cómo odiaba los días libres.
Bueno... eso no era del todo cierto.
No odiaba el concepto de descansar.
Lo que realmente detestaba con toda su alma era quedarse sin oportunidades para demostrarle al mundo, a las chicas de su familia y a los inocentes ciudadanos de Orario lo increíblemente competente que era como líder. Después de todo, alguien con semejante talento, un liderazgo impecable y una belleza capaz de inspirar a las masas no podía simplemente quedarse de brazos cruzados viendo pasar las horas.
Sería un desperdicio para la humanidad.
O, al menos, eso era lo que Alice llevaba repitiéndose desde que despertó esa mañana.
Antes de que pudiera continuar alimentando su inmenso ego con semejantes pensamientos, una voz tranquila terminó por romper el inusual silencio que reinaba en la residencia.
"Capitana... llevas quince minutos mirando por la ventana."
Alice ni siquiera se molestó en girarse. Permaneció con los brazos cruzados debajo del pecho y el mentón ligeramente elevado, adoptando la pose digna de alguien que contemplaba un inminente campo de batalla. Para cualquiera que la observara desde atrás, parecía estar vigilando el horizonte con la determinación de un héroe... aunque la realidad era que afuera únicamente había un jardín perfectamente cuidado, algunas flores balanceándose con la brisa y un par de aves picoteando el césped.
"Estoy vigilando."
Respondió con total solemnidad, como si aquello bastara para explicar absolutamente todo. La seguridad con la que lo dijo hizo que varias de las chicas levantaran la vista hacia ella. Lyra dejó una carta sobre la mesa y dirigió la mirada hacia la misma ventana, buscando desesperadamente aquello que su capitana parecía haber encontrado.
"¿El jardín?"
"La seguridad del perímetro jamás debe subestimarse."
El silencio que siguió fue bastante revelador. Las presentes volvieron a mirar por la ventana esperando descubrir algún monstruo, un ladrón o, por lo menos, un gato sospechoso. No había nada. Absolutamente nada.
Lyra suspiró.
"Creo que solo estás aburrida."
"¡¿Aburrida yo?!"
Alice finalmente se dio la vuelta, llevándose una mano al pecho como si acabara de escuchar la acusación más absurda de la historia. Su expresión mezclaba indignación y orgullo herido.
"Una líder de mi categoría jamás se aburriría. Simplemente... me encuentro aguardando el momento oportuno para actuar."
"¿Y cuál sería ese momento?"
"Cuando aparezca una emergencia."
Otra vez el silencio.
Nadie respondió.
Y entonces, como si el mismísimo universo hubiera decidido burlarse de la orgullosa capitana...
*Gruuuuu...
Un sonoro rugido escapó de su estómago, resonando por todo el vestíbulo con una fuerza sorprendente. El ambiente quedó completamente inmóvil durante un par de segundos, mientras todas las miradas se dirigían lentamente hacia Alice.
La capitana carraspeó con elegancia y acomodó un mechón de su cabello, fingiendo que absolutamente nada había ocurrido.
"...Eso fue una señal del destino."
"Fue tu estómago"
"El destino puede manifestarse de muchas maneras."
Desde el sofá cercano, Iska apartó por fin la revista de moda que llevaba leyendo desde hacía un buen rato y levantó apenas la vista.
"No desayunaste bien porque estabas demasiado ocupada dando un discurso sobre lo increíble que eres."
"Era un discurso importante."
"Duró cuarenta minutos."
"La inspiración no conoce límites."
Lyra soltó una pequeña risa.
"Yo solo escuché los primeros veinte. Después dejé de prestar atención."
Alice señaló a la pallum con gesto dramático.
"Ese es precisamente el problema. Aún no sabes apreciar el refinado arte de mi oratoria."
"Naaa, solo me dio sueño"
La capitana cerró los ojos durante unos segundos y respiró profundamente. No podía permitir que aquellas pequeñas faltas de respeto alteraran la impecable compostura que debía mantener como líder de la familia Astraea.
Muy bien.
Si aquel día no había patrullas...
Ni entrenamientos...
Ni solicitudes del gremio...
Ni villanos a los que impartir justicia...
Entonces encontraría una misión digna de ella.
Abrió los ojos de golpe y una sonrisa confiada apareció en su rostro.
"¡Ya lo tengo!"
Varias de las chicas levantaron la vista, intrigadas por el repentino entusiasmo.
"¿Vamos a patrullar?"
"No."
"¿Entonces a entrenar?"
"Tampoco."
"¿Alguna misión del gremio?"
"Negativo."
Las presentes comenzaron a perder el interés tan rápido como lo habían recuperado. Alice, por el contrario, levantó un dedo con aire triunfal, como si estuviera a punto de revelar el plan más brillante concebido por mente alguna.
"¡Iremos por un café!"
...
Otra vez el silencio.
Las chicas intercambiaron miradas entre sí, intentando averiguar si su capitana hablaba en serio.
"¿Solo... un café?",
Alice infló ligeramente el pecho.
"¡No es 'solo un café'! Es una importante actividad para fortalecer los lazos de la familia, apoyar a los comercios de Orario y, por supuesto, brindar a los ciudadanos la oportunidad de contemplar la elegancia de su magnífica capitana."
"...Lo último era la verdadera razón, ¿verdad?"
murmuró Asta sin siquiera molestarse en ocultar el cansancio de su voz.
A su lado, Ryana simplemente soltó un largo suspiro. Ni siquiera parecía sorprendida. Después de convivir tanto tiempo con Alice, ya se había acostumbrado a que su capitana encontrara la manera de convertir cualquier conversación en un discurso sobre sus propias virtudes.
Alice, por supuesto, decidió ignorar por completo aquel pequeño comentario. Mantuvo la sonrisa orgullosa en el rostro y esperó a que alguna de las presentes aceptara su brillante propuesta.
Lo único que recibió fue silencio.
Un silencio que duró apenas unos segundos antes de que comenzaran a llegar las excusas.
"Nel, paso."
"Yo no puedo, Alice."
"Prefiero dormir."
"La gente me da miedo."
"..."
Hubo respuestas de todo tipo. Algunas eran razonables, otras bastante cuestionables y unas cuantas tan descaradamente inventadas que nadie hizo el esfuerzo de creerlas. Pero, independientemente de la calidad de la excusa, todas compartían exactamente el mismo significado.
Nadie quería salir.
Después de semanas enteras cumpliendo patrullas, aceptando encargos y entrenando prácticamente todos los días, lo único que deseaban era disfrutar de la tranquilidad de su hogar. Descansar en los sofás, leer un libro, dormir hasta que el cuerpo se los permitiera o, simplemente, no hacer absolutamente nada.
Y, siendo sinceros...
¿Quién podría culparlas?
Hasta la propia diosa Astraea había decidido aprovechar la ocasión para quedarse durmiendo más de lo habitual. Si incluso la diosa de la justicia se estaba tomando un descanso tan merecido, ellas no pensaban ser menos.
Alice observó cómo una tras otra rechazaban su propuesta. Su sonrisa comenzó a temblar ligeramente, mientras una pequeña vena parecía querer aparecer en su frente.
No.
Se negaba a aceptar semejante derrota.
Con un rápido movimiento dio un paso al frente y juntó las manos frente al pecho, adoptando una expresión casi suplicante que contrastaba completamente con la imagen orgullosa que intentaba mantener apenas unos segundos atrás.
"¡¡Vamos, no sean así!! ¡¡Salgamos un rato!!"
El tono con el que lo dijo sonó más al berrinche de una niña a la que acababan de negarle un juguete que al firme llamado de la imponente capitana de la familia Astraea.
La escena era tan lamentable que incluso podían verse un par de pequeñas lágrimas acumulándose en las comisuras de los ojos de Alice, amenazando con escapar en cualquier momento. Aquello bastó para que varias de las presentes desviaran la mirada por pura vergüenza ajena, mientras otras decidían concentrarse con un interés sorprendentemente genuino en cualquier cosa que no fuera su capitana.
Las jugadoras de cartas continuaron su partida.
La chica de la revista pasó tranquilamente a la siguiente página.
Una incluso soltó un bostezo.
Era como si Alice hubiera dejado de existir.
Y eso, naturalmente, solo consiguió indignarla todavía más.
"¡Bien! ¡Entonces iré yo sola!"
Silencio.
Ni una sola cabeza se giró hacia ella.
Alice esperó unos segundos, convencida de que alguien terminaría llamándola para detenerla.
No ocurrió.
Infló las mejillas.
"¡Saldré por la puerta completamente sola!"
Del otro lado de la mesa, Lyra robó una carta del mazo y, tras observarla unos instantes, sonrió satisfecha antes de colocar un comodín sobre la mesa.
"Color."
"¡Estoy saliendo por la puerta!"
Anunció Alice con todas sus fuerzas mientras ya tenía una mano sobre el picaporte.
Asta, sin levantar siquiera la vista, deslizó discretamente una carta que había sacado de la manga.
"...Haces trampa."
"No puedes probarlo."
"...."
Alice permaneció inmóvil durante unos segundos, esperando aunque fuera un miserable "ten cuidado".
Nada.
Ni siquiera un "adiós".
Con un resoplido lleno de indignación, abrió la puerta de golpe y salió de la residencia, cerrándola con bastante más fuerza de la necesaria.
El silencio volvió a apoderarse del vestíbulo.
Ryana dejó escapar otro suspiro.
"Qué tranquila quedó la casa."
"Muchísimo"
respondió Lyra mientras reorganizaba las cartas.
"¿Creen que vuelva pronto?"
Asta pasó otra página de su revista.
"Depende."
"¿De qué?"
"De cuánto tarde en encontrar a alguien que escuche hablar sobre lo maravillosa que es."
Varias rieron por lo bajo.
Mientras tanto...
Xxx
"No puedo creer que nadie se dignara a acompañarme."
Alice caminaba por las calles de Orario con los brazos firmemente cruzados y el ceño fruncido, murmurando sus quejas a todo pulmón sin importarle que algunos transeúntes giraran la cabeza al escucharla pasar.
"Después de todo lo que hago por ellas... Las lidero, las protejo, organizo patrullas, mantengo el orden, inspiro a la ciudadanía con mi presencia y este es el agradecimiento que recibo."
Bufó con evidente indignación mientras daba una ligera patada a una pequeña piedra del camino, enviándola a rodar unos metros.
"Qué falta de compañerismo..."
Alice probablemente habría seguido desahogándose durante el resto de la tarde, enumerando una por una las incontables virtudes que sus compañeras no sabían apreciar y explicando con lujo de detalles por qué la habían tratado de la manera más injusta posible.
O eso habría ocurrido...
Si una voz inesperadamente familiar no hubiera interrumpido su monólogo.
Y no, no fue porque el autor de esta historia se estuviera impacientando con tanto drama.
Bueno... quizá un poco.
"...¿Alice-san?"
La capitana se detuvo en seco y giró la cabeza en dirección de aquella voz.
A unos cuantos metros de distancia, Bell Cranel caminaba por la calle con una pequeña bolsa de papel en una mano. Al reconocerla, el joven aventurero esbozó una sonrisa amable y levantó ligeramente la mano a modo de saludo antes de acercarse hasta ella.
Lo primero que notó, sin embargo, no fue la expresión algo malhumorada de Alice.
Fue que estaba sola.
Y eso era bastante extraño.
Bell estaba tan acostumbrado a verla acompañada por Ryuu, Kaguya, Lyra o cualquiera de las integrantes de la familia Astraea que verla caminando sin ninguna de ellas le resultó, cuanto menos, inusual. Era difícil imaginar a la ruidosa capitana sin alguna de sus compañeras cerca para detener sus ocurrencias... o, al menos, para suspirar resignadas cada vez que comenzaba a alabarse a sí misma.
Por eso no pudo evitar inclinar ligeramente la cabeza con curiosidad.
"Qué raro... ¿Está sola hoy?"
Alice permaneció unos segundos en silencio.
Luego desvió la mirada con un pequeño resoplido.
"...Ellas decidieron abandonar a su magnífica capitana."
La forma tan dramática en la que lo dijo hizo que Bell parpadeara un par de veces, completamente confundido.
Por alguna razón...
Sentía que detrás de esa respuesta había una historia bastante larga.
"¿Abandonar?"
Repitió Bell, sin comprender del todo a qué se refería.
Alice asintió con fuerza, cruzándose nuevamente de brazos mientras inflaba ligeramente las mejillas, todavía ofendida por el trato que había recibido.
"¡Sí! ¿Puedes creerlo, Bell? ¡Ninguna quiso acompañarme por un simple café! ¿Acaso era mucho pedir? Solo quería salir un rato con ellas, disfrutar del día libre y, de paso, permitirles convivir con una líder tan extraordinaria como yo."
La capitana negó con la cabeza varias veces, como si recordar lo sucedido solo alimentara más su indignación.
"Una auténtica tragedia."
Claro...
Había una pequeña diferencia entre la versión de Alice y la realidad.
Sus compañeras no habían rechazado la idea de salir por el café.
Habían rechazado la idea de pasar las siguientes horas escuchando a Alice enumerar, por enésima vez, las incontables razones por las que era la aventurera más elegante, la capitana más competente y, por supuesto, la mujer más hermosa de todo Orario.
Porque sí.
Convivir con Alice era divertido...
En pequeñas dosis.
Bell, por supuesto, desconocía aquel pequeño detalle.
O, mejor dicho, nunca había pasado suficiente tiempo con ella como para experimentarlo en carne propia.
Así que, siendo el buen chico que siempre había sido, simplemente sonrió con esa amabilidad tan característica suya.
"¿Un café...?"
Alice asintió inmediatamente.
"Sí."
Bell llevó una mano a su nuca, algo avergonzado.
"Bueno... si no te molesta... ¿quisieras que te acompañe?"
Las palabras apenas abandonaron sus labios cuando Alice abrió ligeramente los ojos.
Durante un instante se quedó completamente inmóvil.
Como si acabara de escuchar la propuesta más inesperada del día.
Y entonces...
Una enorme sonrisa apareció lentamente en su rostro.
"¡Sabía que podía contar contigo, Bell!"
Sin darle tiempo a responder, Alice dio un paso al frente y, completamente satisfecha, le dio un par de firmes palmadas en el hombro.
"¡Excelente decisión! Después de todo, pocas personas tienen el privilegio de compartir una tarde conmigo."
Bell soltó una pequeña risa nerviosa mientras se rascaba la mejilla.
"Bueno... creo que soy afortunado."
"Definitivamente lo eres."
La respuesta de Alice llegó sin el más mínimo rastro de duda. Es más, habría sido extraño que respondiera otra cosa. Para ella era un hecho irrefutable que pasar tiempo en su compañía era un privilegio reservado para unos cuantos afortunados.
Y Bell, al parecer, acababa de ganarse ese honor.
Sin darle oportunidad de añadir nada más, Alice tomó la mano del joven con total naturalidad y echó a correr.
"¡Vamos!"
"¡A-Alice-san!"
Bell apenas alcanzó a reaccionar antes de verse arrastrado por la capitana. La velocidad con la que esta salió disparada era propia de una aventurera de nivel cuatro, obligándolo a acelerar el paso de inmediato para no quedarse atrás.
Afortunadamente para él, Bell también era un aventurero de nivel cuatro.
De lo contrario...
Probablemente habría terminado convertido en un improvisado papalote humano, siendo arrastrado por media Orario mientras Alice avanzaba sin perder el ritmo.
Varias personas que caminaban por la calle apenas alcanzaron a distinguir una ráfaga de cabello carmesíl seguida por un joven de cabello blanco intentando mantener el equilibrio.
"¿No crees que vas un poco rápido?"
preguntó Bell entre pequeñas risas, procurando no tropezar.
"¡Claro que no! El café sabe mejor cuando uno llega con entusiasmo."
Bell no estaba completamente convencido de la lógica detrás de esa afirmación...
Pero decidió no discutirla.
Después de recorrer varias calles, la velocidad de Alice finalmente disminuyó hasta detenerse frente a un pequeño establecimiento.
No era una cafetería especialmente grande ni llamativa.
De hecho, era bastante modesta.
Sin embargo, poseía un encanto difícil de ignorar. Diversas macetas llenas de flores y plantas adornaban la entrada, aportando vivos colores al lugar, mientras un tenue humo escapaba perezosamente por la chimenea del techo, dejando escapar el agradable aroma del café recién preparado que se mezclaba con el aire de la tarde.
El ambiente transmitía una sensación cálida y acogedora.
Era el tipo de sitio donde cualquiera podía olvidarse del bullicio de Orario por un rato y simplemente disfrutar de una bebida caliente.
Alice sonrió con orgullo, colocando ambas manos sobre la cintura.
"Bienvenido a mi cafetería favorita, Bell."
Había dicho aquellas palabras con la misma satisfacción con la que un rey presentaría su propio castillo.
"Parece un lugar muy agradable."
Bell observó el establecimiento con una sonrisa sincera. Le gustaban esa clase de negocios pequeños y tranquilos, donde el ambiente resultaba mucho más acogedor que ostentoso.
"Claro que lo es. Después de todo, aquí es donde siempre compro mi café."
Alice respondió con una seguridad casi orgullosa, como si fuera accionista del local.
Sin esperar más, abrió la puerta de madera y ambos entraron al establecimiento. Una pequeña campanilla tintineó sobre sus cabezas, anunciando su llegada. El cálido aroma del café recién preparado se hizo mucho más intenso en el interior, envolviéndolos de inmediato. Era un olor agradable, lo suficientemente fuerte como para abrir el apetito, pero sin llegar a resultar pesado o mareante. Combinado con la decoración de madera, las plantas repartidas por el lugar y la tenue luz que entraba por las ventanas, la cafetería transmitía una sensación de calma difícil de encontrar en las concurridas calles de Orario.
No tardaron ni dos segundos en ser recibidos.
"¡Bienvenidos!... ¡Oh, Alice! ¡Qué gusto verte otra vez!"
Detrás del mostrador, una joven de cabello castaño sonrió ampliamente al reconocer a una de sus clientas más frecuentes. Sin embargo, su atención se desplazó enseguida hacia el chico de cabello blanco que acompañaba a la capitana.
María alternó la