Prólogo
El vuelo desde Los Ángeles a Seúl estaba a punto de despegar, y Kim TaeHyung ya estaba aburridísimo.
No era muy fan de los aviones. Estar demasiado tiempo encerrado con muchas personas era agobiante. Pero el asiento 1D de primera clase era lo suficientemente cómodo, y el gin-tonic que tenía en la mano hacía que todo fuera más llevadero. Se aflojó la corbata, cruzó las piernas y planeó dormir durante las catorce horas de viaje.
—¡Esperen! ¡Esperen! ¡Uno más! ¡Aún faltó yooo!
Una voz resonó en la cabina justo cuando la azafata iba a cerrar la puerta. TaeHyung levantó la mirada con indiferencia, listo para ignorar al pasajero tardío y volver a su bebida.
Pero entonces, ella subió.
Una omega de piernas largas, cabello rubio y una minifalda rosa que apenas cubría lo necesario. Corrió por el pasillo con una sonrisa radiante, y el instinto de TaeHyung —ese instinto alfa en busca de diversión— se despertó con interés.
Bueno. Esto acaba de volverse interesante... Pensó, sonriendo sobre su copa.
—Tienes suerte —Dijo la azafata con una sonrisa profesional—. Estábamos a punto de cerrar la puerta.
La omega se rió, un sonido ligero y coqueto.
—Bueno, me alegro de haber corrido entonces.
—Vamos a sentarte. ¿Cuál es tu asiento?
—Parece que es el 1C.
Y eso, como dicen, fue todo.
TaeHyung la observó mientras se deslizaba en el asiento a su lado. Su aroma llegó hasta él: algo floral, dulce, típico de una omega. Atractivo, sí. Pero eso no fue lo que realmente llamó su atención.
Fue la forma en que ella lo miró.
Con desafío y curiosidad. Como si supiera exactamente quién era y qué podía ofrecerle. Y oh... TaeHyung estaba más que dispuesto a dárselo.
—Soy Kim Minjeong —Susurró, extendiendole una mano con una perfecta manicura color rosa.
TaeHyung la tomó, pero no apartó la mirada. Él también sabía jugar este juego.
—TaeHyung. Kim TaeHyung.
—¿Kim TaeHyung? —Repitió ella, con un tono que sugería que el nombre le sonaba—. ¿El abogado?
—El mismo.
—Vaya. —Se inclinó un poco más cerca, y el aroma floral se intensificó—. Tengo el presentimiento de que este viaje acaba de ponerse interesante.
TaeHyung sonrió. Era una sonrisa lenta, calculada, la misma que usaba en el tribunal cuando sabía que iba a ganar un caso.
—¿Tienes algún problema con la ley? —Le guiñó un ojo—. Puedo ayudarte a cambio de un buen incentivo.
...(..)...
Dos horas después del despegue, TaeHyung no podía pensar en nada más que en el cuerpo cálido que se presionaba contra el suyo en el diminuto baño de la parte trasera. La minifalda rosa estaba levantada alrededor de la cintura de la pequeña omega, y sus muslos estaban bien abiertos para él.
Era fácil. Rápido. Y exactamente lo que TaeHyung había estado necesitando para matar el tiempo.
Pero mientras empujaba sus caderas contra ella, sintiendo el calor y la humedad que envolvía su polla a través del condón, su mente comenzó a divagar. Pensó en Seúl. En el bufete. En la vida perfecta y ordenada que había construido con esfuerzo.
Una vida sin complicaciones. Sin ataduras. Sin corazones rotos.
Vivir al máximo.
Esa era la promesa que se había hecho a sí mismo.
Cuando sintió el clímax acercarse, cerró los ojos y dejó que el placer lo llevara. La dulce omega de coño caliente gimió con fuerza, retorciéndose entre sus brazos, pidiendo una dosis de sus feromonas.
TaeHyung sonrió, pero no soltó nada. No quería marcarla con su aroma. Esto solo era diversión. Una distracción.
Unos minutos después, cuando ambos salieron del baño y regresaron a sus asientos, TaeHyung se ajustó el traje y pidió otro gin-tonic. Minjeong se recostó a su lado, satisfecha, y él volvió a mirar por la ventana.
Sin saber que su vida perfecta estaba a punto de cambiar para siempre.
...(...)(...)(...)...
Tres meses después.
...(...)(...)(...)...
Rainy Days. Gangnam, Seúl.
La noche caía sobre la ciudad, y como de costumbre, el bar se llenó de murmullos y el tintineo de las copas.
JungKook se movía detrás de la barra con soltura. Su chaleco negro impecable, una corbata ajustada hasta el cuello, y una expresión neutral.
No pensaba en nada. Solo trabajaba.
El divorcio con Jieun estaba en su punto más crítico. Ella quería arruinarlo, y él no podía permitir que eso pasara. Necesitaba dinero. Y tiempo. Y que el mundo dejara de girar unos malditos segundos para poder respirar.
Pero el mundo no se detenía. Y aquella noche, el mundo estaba a punto de girar de una forma que él nunca imaginó.
La puerta del bar se abrió, y un hombre entró.
JungKook levantó la vista por inercia, como hacía con cada cliente desde que comenzó a trabajar en ese bar. Pero cuando sus ojos se encontraron con el recién llegado, algo en su interior se retorció.
Un hombre alto. Vestido con un traje oscuro que olía a dinero y poder. Su cabello estaba perfectamente peinado, y su mandíbula era tan afilada que parecía tallada en piedra. Pero lo que realmente llamó la atención de JungKook fue su mirada.
Unos ojos oscuros, profundos, que recorrieron el lugar de arriba abajo, como si estuviera buscando a alguien.
JungKook sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Y luego, un aroma llegó hasta su nariz.
Cedro y almizcle.
Un Alfa.
Su instinto se puso en alerta, y su mandíbula se tensó. No sabía quién era ese hombre, pero sabía una cosa con certeza:
Era peligroso.
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Fin del prólogo.
Otra historia porque nunca es suficiente....








