Chapter
El sonido de la llave torpe en la cerradura fue lo primero que escuchó Taehyung.
Luego, pasos tambaleantes en el pasillo.
Eran casi las tres de la mañana.
Jimin, su hermano menor, dormía profundamente en la habitación de al lado.
Sus padres, en la planta de arriba.
Taehyung estaba despierto, leyendo bajo la tenue luz de su lámpara, cuando la puerta de su cuarto se abrió de golpe.
Era Jungkook. Borracho, con el pelo revuelto y la mirada perdida. Olía a alcohol barato y a cigarrillos.
—Jimin… —masculló, arrastrando las palabras. —Apaga la luz, hace frío.
Taehyung se quedó helado. Él lo confundía con Jimin. En la oscuridad, con el pelo largo y la complexión similar, no era difícil.
Una parte de el quiso encender la luz principal, decirle que se equivocaba de cuarto, empujarlo hacia la habitación de su hermano.
Pero esa parte fue pequeña, y quedó ahogada al instante por un latido fuerte y rápido en su pecho.
Porque Taehyung llevaba años enamorado de Jungkook.
En silencio, apagó la lámpara de la mesilla.
La habitación quedó a oscuras solo alumbrada por luz de la luna que entraba por la ventana.
Jungkook, tomando el silencio como un sí, se dejó caer sobre la cama. Su peso era sólido, caliente.
—Qué cansado estoy —susurró, y su mano buscó a tientas la cadera de Taehyung bajo las sábanas.
El contuvo la respiración. Su piel estaba caliendo donde los dedos lo tocaron.
Jungkook se acercó más, enterrando la cara en su cuello, en el mismo lugar donde Jimin solía ponerse perfume.
—Hueles raro —murmuró él, confundido pero sin detenerse.
Taehyung no dijo nada. Solo cerró los ojos cuando sus labios, torpes por la borrachera, encontraron los suyos.
El beso fue salado, desordenado, pero fue su beso.
La mano de Jungkook subió por su camisón, encontrando sus tetas desnudas. Un gemido ronco salió de su garganta cuando él las apretó.
Jungkook lo tomó como una invitación.
Todo fue rápido, torpe, impulsado por el alcohol y el deseo.
Jungkook le bajó los pantalones de pijama. Taehyung, temblando, le ayudó.
Cuando él lo penetró, fue con un solo empujón seco que le arrancó un jadeo ahogado. El dolor inicial fue agudo, pero luego solo estaba Jungkook moviéndose dentro de el, tan real.
Taehyung agarró las sábanas, mordiéndolas para no gritar, para no delatarlos. Sus ojos se llenaron de lágrimas que no eran de dolor, sino de todo el places que sentía en su cuerpo.
Fue entonces cuando la puerta se abrió.
Un rayo de luz del pasillo cayó sobre la cama, iluminando la escena con crudeza: a Jungkook encima de Taehyung, sus cuerpos moviéndose, las sábanas enredadas en sus piernas.
Jimin estaba en el marco de la puerta, con un vaso de agua en la mano. Su rostro pasó de la sueño a confusión, y de la confusión a una comprensión lenta.
Pero no gritó. No hubo lágrimas inmediatas. Sus ojos, muy abiertos, se posaron en los de su hermano mayor, que lo miraba con pánico y vergüenza.
Solo silencio.
Jungkook, sintiendo la presencia, se detuvo y giró la cabeza. La borrachera empezó a despejarse de un golpe.
—¿Jimin? —balbuceó, mirando al chico que estaba en la puerta y luego mirando al que estaba debajo de él. El horror se extendió por su cara—. ¿Tae… Taehyung?
Taehyung quiso desaparecer.
Pero entonces, Jimin habló. Su voz era extrañamente fría.
—Si ya empezaron… —dijo, y una sonrisa extraña, perversa, se dibujó en sus labios. —Terminen. No lo dejes a medias.
Jungkook se quedó paralizado.
Taehyung no podía creer lo que oía.
—Pero —continuó Jimin, entrando al cuarto y cerrando la puerta suavemente detrás de el. —Yo voy primero la próxima vez.
Se sentó en la silla del escritorio, cruzó las piernas y tomó un sorbo de su vaso de agua. Sus ojos, brillantes en la oscuridad, no se despegaban de ellos.
Era una orden.
Una aceptación retorcida.
Un nuevo juego.
Jungkook miró a Taehyung, cuya vergüenza empezaba a mezclarse con excitación por la mirada de su hermano.
Con un gruñido de resignación y de un deseo que ya no podía contener, Jungkook volvió a moverse. Esta vez, era diferente. Sabían que eran observados. Cada gemido ahogado de Taehyung, cada jadeo de Jungkook, resonaba en la habitación silenciosa.
Jimin no se movió. Solo observaba. Y luego lentamente, una mano se deslizó bajo la bata que llevaba.
Taehyung vio, entre los movimientos de Jungkook, cómo su hermano se tocaba, cómo sus ojos se cerraban de placer al ritmo de sus empujones.
Fue la cosa más íntima y a la vez más obscena que había visto.
Cuando Jungkook terminó, desplomándose sobre Taehyung con un último gemido, el silencio volvió.
Jimin se levantó.
—Buenas noches —dijo, como si nada hubiera pasado, y salió del cuarto.
Esa fue la primera noche.
El acuerdo no se habló nunca.
Simplemente, existió.
La próxima vez fue una semana después. Los padres estaban fuera.
Jungkook vino a ver una película.
Jimin lo llevó directamente a su cuarto.
Taehyung, al escuchar los gemidos a través de la pared delgada, no pudo resistirse.
Abrió la puerta sin tocar.
Jungkook estaba encima de Jimin. Se detuvo al verlo.
—Te dije que yo iba primero —dijo Jimin, sin inmutarse. —Pero puedes quedarte. Aprender.
Taehyung se quedó. Y aprendió. Aprendió a dar instrucciones.
—Más rápido —le susurraba a Jungkook mientras él movía las caderas. —Ahí no, un poco a la izquierda… sí, ahí.
Jimin, debajo de él, cerraba los ojos y sonreía, disfrutando de que su hermano guiara a su novio para darle más placer a el. A veces, Taehyung se acercaba y besaba a Jimin, lamiéndole el sudor de la frente, probando en sus labios el sabor de Jungkook.
Las noches se volvieron más atrevidas.
Una vez, con los padres durmiendo arriba, los dos hermanos compartieron a Jungkook al mismo tiempo.
En el sofá del salón a oscuras con la tele encendida en mute.
Jimin se sentó sobre la cara de Jungkook, ahogando sus gemidos en un cojín, mientras Taehyung, de rodillas en el suelo frente a él, le chupaba la verga.
Luego cambiaron.
Taehyung lo montó, moviéndose con furia, mientras Jimin, de pie frente a ellos, le ofrecía sus tetas a Jungkook para que las chupara.
Los besos entre hermanos se volvieron un ritual sucio. Después de que Jungkook los besaba a ellos, ellos se besaban entre sí, como para probar el sabor de él en la boca del otro. “Sabe a menta”, decía Jimin. “A cerveza”, respondía Taehyung, y se reían en voz baja antes de volver a besarse con más hambre.
La tensión de esconderlo era casi tan adictiva como el sexo.
Los codazos bajo la mesa durante la cena familiar, cuando los pies de Jungkook buscaban a uno u otro bajo el mantel.
Las miradas que cruzaban cuando los padres hablaban de lo buen chico que era Jungkook y lo mucho que quería a Jimin.
El riesgo de que una puerta chirriara, de que un gemido escapara por una rendija, hacía que cada encuentro fuera más intenso.
Una noche, Jungkook preguntó, exhausto y atrapado entre los cuerpos de ambos en la cama de Jimin:
—¿Esto… esto está bien?
Jimin, acurrucado contra un lado de su pecho, le respondió con un beso en el hombro.
Taehyung, del otro lado, trazó círculos en su estómago con un dedo.
—Está bien si no hablamos de ello —susurró el. —Solo si lo sentimos.
Y así fue.
No hablaron.
Solo sintieron.
En la oscuridad de las habitaciones, en el silencio de la casa familiar, el secreto creció, se enredó y se volvió una parte más de ellos.
Un triángulo perfecto construido sobre un error borracho y ninguno estaba dispuesto a mencionar o hablar algo del tema por miedo a que se desvaneciera.








