Prólogo

Lo había visto todo en esta vida de mierda. O eso pensé hasta hace dos años. ¿Qué probabilidades había para que, de todas las personas de la ciudad, acabara liado con el hombre más rico de todos y con el que, además, tenía una diferencia de edad de quince años?
Pero ahí estaba yo, en la cama de ese hombre, desnudo y con su cabeza descansando sobre mi pecho.
Y para añadirle más leña al fuego, ese hombre no es solo el más rico de la ciudad, sino también jefe de una mafia.
Mi propia respiración era demasiado ruidosa en el silencio sepulcral de esa ala de la mansión. Sentía el peso de su cabeza, no solo físico, sino el peso de todo lo que representaba. Un jefe de la mafia. Tenía sicarios a sueldo, contactos en la policía y un imperio que operaba bajo la fachada de una empresa de seguridad de élite. Si alguien de su círculo me descubría aquí, mi vida valdría menos que la tela de la camisa de seda que Levi había tirado al suelo.
Me incorporé muy despacio. El clic del pestillo de una puerta en algún lugar lejano de la casa rompió mi concentración. Me quedé inmóvil, conteniendo el aliento. En la mesita de noche de mármol negro, junto a un ejemplar de El arte de la guerra, brillaba el cañón de una pistola compacta, una extensión de su dueño. Nunca dormía sin ella cerca.
Mi objetivo era la ropa tirada a los pies de la cama. Un movimiento en falso, y él lo sabría.
Mientras me deslizaba, la luz gris del amanecer comenzaba a filtrarse por las cortinas gruesas, revelando la silueta de los muebles antiguos y las obras de arte invaluables que adornaban la habitación. Al mirar el cuerpo dormido de Levi, no pude evitar notar el tatuaje oscuro que se extendía desde su hombro derecho y desaparecía bajo la sábana. No era decorativo; era una marca de lealtad a un juramento.
Justo cuando mi mano tocó mis vaqueros, sentí el frío filo del peligro. No venía de la cama, sino de la ventana. Un destello metálico, fugaz, me hizo pegar un salto de nuevo a la seguridad del colchón, justo cuando un ruido sordo golpeó la ventana, pero sin romper el cristal blindado.
Levi estaba despierto. Sus ojos, ahora abiertos, eran dos trozos de obsidiana helada. No había confusión ni sueño en su mirada. En menos de un segundo, tenía la pistola en la mano.
—¿Qué has visto, Eren? —No fue una pregunta, sino una orden. Y en ese tono, supe que nuestra relación no era solo sexo; yo era una pieza más en su jodido juego de poder.
—Un láser rojo y una piedra chocando contra la ventana.









