Capítulo 1
La curiosidad es la herramienta principal para el descubrimiento, el hallazgo sobre algo sorprendente, un tesoro para los fanáticos de los viajes e historias, una experiencia más para los aventureros es esa chispa de motivación que lleva a los hombres a buscar lo desconocido, a revelar secretos de la humanidad, muchas historias son relatadas y escritas en papel para la posterioridad, eso fue el legado de los Lefevre, una familia burguesa de la capital italiana, que a pesar de ser franceses, habían conquistado el mercado italiano, adaptándose a la industria, el artífice de la apresurada fortuna fue consumada por el Sr. Quentin Lefevre, un hombre totalmente visionario, que no solo gastaba su tiempo en el trabajo y en la formación de negocios, sino en la aventura e investigación de diferentes rumbos y tierras fascinantes, un gusto que pudo heredar su primogénito: Laurentius Étienne Lefevre, un joven glamuroso e inteligente, fascinado por las aventuras anteriores de su padre, no dudaría por querer superarlo en sus hazañas, no siendo el único hijo, sería acompañado por su hermana menor: Ginevra Leóntine Dorée Lefevre, quien era considerada la joya de la familia por su ternura y belleza, siempre se mostraba dispuesta a apoyar a su hermano en sus ideas y nunca se notaba indiferente u orgullosa debiéndose a su estado social, que le brindaba de grandes privilegios; ambos hermanos eran el principal motivo de Quentin para engrandecer su apellido y ofrecerles la mejor de las oportunidades, situándose como una familia más en la aristocracia, Quentin gozó de reputación y reconocimiento por varios años, lo suficientes para poder ver a sus hijos crecer y relacionarse con la sociedad, pero el crudo destino le arrebataría el privilegio de mirar a su bella hija convertirse en toda una señorita al cumplir sus dieciocho años, pues una enfermedad del corazón lo dejarían tendido en su cama para ya no despertar más, el llanto y la tristeza dominaron la residencia, Laurentius se convertía en el principal heredero de la fortuna y de las acciones de la familia, pero debía actuar con suma responsabilidad y autoridad, algo que necesitaba mostrar a todos los integrantes de la casa, sin embargo la subestimación y la mala fama surgirían, una vez mirando los escasos resultados de mercado y supremacía económica, el gasto se realizaba para otros proyectos, de los cuales nadie ajeno a la familia Lefevre, podía asegurar cuales eran.
Laurentius, el joven aventurero en sus momentos de apogeo y de ánimo brillante, había recorrido países enteros, se adentraba en lugares sorprendentes y peligrosos, inhóspitos y hostiles, selvas, ruinas antiguas, buscando ciudades míticas, el continente americano siempre fue su destino preferido en sus planes, su hermana menor, Ginevra, le acompañó demasiadas veces una vez cumpliendo los diecinueve años, ella solo disfrutaba de los paisajes, haciendo un grabado de ellos sobre papel, sus dibujos son de perfección, pero su talento siempre lo ha escondido a la vista de todos, un pasatiempo que solo realizaba al desviar sus ideas repletas de preocupaciones hacia su hermano, le atemorizabaque en alguna de esas cuevas, peñascos, entrada de algún templo oculto, el peligro le alcanzara, le dañara o le asesinara, pero que negativa es Ginevra, solía ser que siempre en el campamento Ginevra todo el tiempo que no leyera, dibujara, se arreglase, o solo descansara, miraba el reloj de bolsillo que su hermano Laurentius dejaba en la tienda, no llegaba el fastidio teniendo el pendiente presente de no poder ver a su hermano cerca.
Una noche Laurentius no regresaba al campamento, Ginevra no conquistaba el sueño, rodaba y rodaba una vez acostada, volvía a mirar el reloj, el avanzar de las manecillas sólo reforzaban su tormento, exige a sus trabajadores que se emprendan a buscar a Laurentius, pero ellos le responden que el joven aventurero les ordenó únicamente quedarse y solo cuidar a Ginevra, por ningún motivo deben dejarla sola, de ningún modo nadie debe ir a hallarle, Laurentius no desea perder a ningún hombre y mucho menos a su querida hermana, ella debe estar totalmente segura. El valor de Ginevra por salir de la zona resguardada surge e intenta alejarse del grupo, se adentra por un pequeño momento hacia la jungla en el lugar exacto endónde observó a su hermano Laurentius entrar y desaparecer, en ello escucha el sonido de pisadas con la hojarasca y el movimiento de las plantas, Ginevra permaneció estática, paralizada, presentía que se trataba de algo peligroso como un animal salvaje, hambriento o solo ambulante por el lugar, pero todo era un leve susto, la emoción y la felicidad resurgieron en el latir de su corazón al ver a Laurentius regresar, Ginevra corrió hacia él para abrazarle sin importar que estuviese sucio de arena y lodo, Laurentius le recibió con una carcajada de cariño, le besó la frente tomándola por los brazos, solo sonreía pero su hermana casi libera alguna lágrima tras presenciar su ventura.
—Por favor querido, ya no quiero que desaparezcas más de mi vista por demasiado tiempo—decía Ginevra continuando, abrazando a Laurentius.
—Me aterra la idea de que te ocurra algo indeseable.
—No te asustes Ginevra, jamás me sucederá algo que me exponga al peligro—responde Laurentius.
—Eso lo dices siempre, pero cada vez que entras a uno de esos extraños lugares, tiembla por completo mi cuerpo, y mi tranquilidad se desmorona—dice Ginevra mirando fijamente a Laurentius.
—Ya no lo hagas, ¿me has entendido?
—Está bien hermanita, a tus órdenes, pero no ahora—habla Laurentius sonriendo, jalando algunos mechones del rubio cabello de Ginevra con señal de cariño y afecto.
—¿Y por qué no ahora? —pregunta Ginevra un poco exaltada.
—Porque he encontrado algo impresionante, algo que nadie ha imaginado—responde Laurentius.
—¿Qué es eso que nadie ha imaginado? —cuestiona Ginevra con la expresión de la duda.
—¿Acaso encontraste un tesoro?, ¿oro?
—Es mejor que eso— habla Laurentius buscando y sacudiendo sus bolsas de herramientas, en donde supuestamente guardó su hallazgo, después de demasiada búsqueda, de regar todos los objetos y accesorios, y antes de lograr la desesperación de Ginevra, sacó de la bolsa más grande una especie de vara dorada, reluciente, sin grabados o marcas, enteramente especial en su forma.
—Es una especie de varita de oro, o lo parece—dice Ginevra tomado el objeto de las manos de su hermano, y mirándolo atentamente de extremo a extremo, rozando con sus dedos toda su superficie, el sentir de su tacto, es de una suavidad y fineza indescriptible, verdaderamente Ginevra se fascinó con el descubrimiento de Laurentius.
—No estoy seguro de que se trate de oro, o alguna aleación conocida, pero es extraño e imposible que solo se encontrara en este lugar por mera coincidencia, suerte de un vividor aventurero como yo—habla Laurentius—se encontraba dentro de un cofre sellado, metálico y con dureza dominante, es por ello que demoré en volver contigo, intentaba abrirla, golpeando con cinceles y estacas, rocas sueltas de la cueva, más mi fuerza no fue suficiente y mi desespero cobró poder sobre de mis emociones y pasiones; y todo comenzó al encontrar esa singular caja metálica tras resbalar con el fango y la arena en medio de una profunda y extensa zanja que me arrastraba y me rozaba la piel a través de las lisas y entre porosas rocas esculpidas por los años en que persiste aquel vivo y basto canal.
Ginevra continuaba examinando la vara metálica, mientras escuchaba la experiencia contada del momento detallado en que se realizó el descubrimiento del artilugio desconocido.
—Zafé mi pie derecho con fuerza del barro pegajoso y cuando despegué mis piernas del suelo líquido y espeso, pues era más que piso compuesto de arcilla, material finamente granulado, me percaté que por debajo de mis ancas se encontraba algo ajeno a todo lo demás de la gruta.
—Casi te hundes tontito—interrumpe Ginevra apretando las mejillas de su hermano.
—Incorrecto, había suelo sólido de roca por debajo de mi cuerpo, aproximadamente un metro de profundidad, jamás he exagerado en mis relatos—responde Laurentius.
—¿Y después qué sucedió?, ¡adelante continúa! — insiste Ginevra.
—Es verdad, moví mi cuerpo levemente hacia atrás de donde había sentido una superficie plana y esquinada, en mi mente llegué a la conclusión de que había hallado algo que por lo menos no era de mi pertenencia, llegaba el momento de destaparlo después del tiempo que había estado ahí, años, décadas, o hasta centurias; apliqué fuerza en mis brazos y con mis manos sujeté fuertemente una de esas esquinas del polígono que sobresalía cada momento en que yo tiraba de él, mis pies y mis músculos de mis pantorrillas y piernas se mantenían firmes y con fuerza, para que yo mismo no me lanzara hacia atrás; al fracasar y resbalar mis manos, el nivel del agua me llegaba al pecho y temía de contraer un resfriado al permanecer gran tiempo en el interior de la zanja, intentado sacar de la caja misteriosa.
—¿Entonces por eso no llegabas en todo el día? —preguntó Ginevra.
—Resistí y decidí no irme hasta ver conseguido mi logro de hallazgo; el hambre podía esperar, tomé diversos descansos, intenté con mis cuerdas atar la caja y tirar de ella, y vaya que funcionó, había salido del angosto y apretado lugar por diversas rocas que solo le comprimía y hundía. Me decepcioné al ver que era de un color grisáceo nada especial, solo es metal, como el que se usa en la creación de armaduras o para moldear alguna herramienta de siembra, además de no tener peso, absolutamente ausente, muy liviano, lo agité, podía escuchar dentro de él un objeto que tardaba en llegar de una pared a otra; como te había dicho hermosa, intenté abrirla con navajas, cinceles y estacas, pero no lograba en nada destaparla, en sí el cofre era pobre en todo su aspecto, no tiene dibujos, decoraciones de ningún estilo, ninguna marca del dueño, ningún nombre, ninguna chapa para insertar alguna llave, presentaba abolladuras, señales de que yo no era el único que lo estaba intentando, el punto es que mi falta de paciencia dominó y con furia y demasiada fuerza lancéel cofre contra las rocas—continua Laurentius narrando el momento, mientras Ginevra toma asiento en el suelo aun mirando con estupefacción la vara dorada—Entonces grité: ¡Que te abra Dios!, y con ironía, absurda lógica que solo me provoco la risa en mi conciencia, el cofre se abrió y el objeto que era la vara brillante que tienes en tus manos, salió del raro baúl, tras caer en un pequeño charco con agua clara, ahí mismo quedaba limpio de barro y lodo putrefacto y pestilente arena, con el enjuague brillaba aún más.
—En verdad que es hermosa—habla Ginevra colocando y acercando la varita dorada a su punta de su nariz.
Laurentius toma la vara de las manos de su hermana y le visualiza detenidamente, se quita sus anteojos y les retira el polvo y algunas gotas de agua con un pañuelo, se los vuelve a poner—Me acerqué, la tomé con mis manos y la observé de extremo a extremo, ¡Aleluya!, ¡he encontrado oro!, grité y al momento brincaba como un niño que liberaba la emoción escondida, pero las dudas llegaron a mí, ¿quién fabricó este objeto?, ¿Qué función tiene?, porque en realidad no le miré parecido a algo conocido o inventado, como tu misma lo ves, es liso, de una longitud de entre veinte centímetros; considerando que el cofre tiene dimensiones de cincuenta de largo y diez por ancho, y otros diez de altura, no debió ser el único objeto en encontrarse dentro o solo que hayan extraviado su estuche original; todo es sumamente extraño, este artilugio l0 es, sus dos puntas son esféricas, y parece ser que se abren , porque de ambos lados se aprecian rendijas en toda la circunferencia de cada lado—Ginevra detiene el hablar de su hermano abrazándolo del cuello y acariciando sus orejas y su frente aún cálida por la temperatura anterior y el sudor que se había secado al reposar de su andar por la extensa selva.
—No te atormentes con averiguar de qué se trata o cuál es su función, o porque estaba en ese lugar, disfruta tu hallazgo que es hermoso e inigualable, te adoro, ¡eres el mejor aventurero que conozco! —Ginevra con sus finas manos toca la barbilla de Laurentius y le brinda un beso en su mejilla derecha.
—Tienes razón hermana, pero es que es demasiado anormal—responde Laurentius permaneciendo quieto y tembloroso ante su propio misterio creado.
—Si que lo es, pero no podemos hallar respuesta—habla Ginevra—¿Qué harás con la vara dorada?, ¿la venderás? —pregunta Ginevra mirando fijamente a su hermano mayor.
—No, la conservaré, es demasiado único y auténtico como para perderlo—responde Laurentius.
—Bueno, como lo desees, regresemos a casa, ya me cansé de estar aquí, los moscos me persiguen, y existe un frío y calor insoportables, tú sabes que estos terrenos no son de mi agrado, nada que sea de mi encanto, esta selva puede ser peligrosa y lo sabes niño, así que sácame de aquí—exige y súplica Ginevra, puessu estadía en las costas del caribe no han sido nada maravillosas para ella, una mujer delicada y no acostumbrada a exponerse a distintos y severos climas y ambientes, Laurentius le mira y sonríe porque siempre le causa gracia que su hermana presente sus quejas con un carácter especial.
—De acuerdo, nos iremos pronto—responde Laurentius recogiendo sus pertenencias y guardando la vara única y brillante en uno de sus bolsos, ambos se dirigen hacia el campamento para empacar y retirarse junto con toda la caravana, la aventura había terminado, tenían que regresar a Europa por mar.








